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“Continúo aferrada a mi patria literaria”, dice la autora de El crepitar de la memoria
Alba Vera Figueroa y el gran problema de su libro

jueves 17 de agosto de 2023
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“El crepitar de la memoria”, de Alba Vera Figueroa
Para la escritora argentina Alba Vera Figueroa la aparición de El crepitar de la memoria representó no sólo el triunfo tangible de la publicación del libro, sino también la constatación de ir por buen camino.

Quien lee cuentos, y con más razón quien los escribe, lo sabe: se tiene como norma que un libro de este género debe presentar una unidad temática y formal. Dicho de otro modo, todos los cuentos que lo integran deben presentar temas y estilos, si no iguales, al menos sí coincidentes, pues esto proyecta una sensación de equilibrio.

Esto es al menos lo deseable, pero la verdad es que no siempre es así. En ocasiones la creatividad impone otras fórmulas y el libro cobija relatos que no cumplen con esa condición. Y esto es algo que averiguó con la experiencia la escritora argentina Alba Vera Figueroa.

“Mi libro tenía un problema”, cuenta ella al hablar de El crepitar de la memoria, cuyos textos están organizados en tres partes: relato, prosa poética y cuento fantástico, más un epílogo titulado “Teatro y sueño”. Esto representaba para Vera Figueroa una traba al momento de enviar su libro a concursos, pues éstos por lo general limitan la participación a un género o un estilo.

“El crepitar de la memoria”, de Alba Vera Figueroa
El crepitar de la memoria, de Alba Vera Figueroa (Metrópolis, 2021). Disponible en Amazon

El equilibrio de El crepitar de la memoria no está ni en el tema ni en la forma, entonces. Pero sí que lo tiene. “Sentía en aquel momento que el libro mantenía una cohesión gracias al tono desde el que lo había elaborado y escrito”, explica la autora. “Y este tono, si bien impregnaba cada uno de los textos, no impedía la diferenciación en géneros narrativos de los mismos. Esta organización del libro dificultaba dar con un concurso que aceptara esta diversidad. Pero yo pensaba que no debía desorganizar el libro en su estructura”.

—Había dos partes del libro que me provocaban mayor inconveniente: la de prosa poética (“Prosa fugaz”), pues deseaba contar una historia desde la evocación cuasi poética en que la emotividad y la síntesis fueran fundamental. Y la segunda era “Teatro y sueño”: aquí deseaba representar por escrito las imágenes del sueño, así como se presenta una obra en escena, no en el escrito. O sea, debía carecer de acotaciones, nombres, identificaciones. Deseaba lograr que cada personaje se identificara desde su propia voz y algunas marcas, pero sin colaborar con el lector al estilo de “…dijo tal”, o “…le respondió cual”. Que el texto fuera una representación fiel del sueño. Sin la intermediación del narrador o presentador de las voces.

A mediados de los años 90, y de la forma más inesperada, el problema de El crepitar de la memoria se convirtió en la cualidad que impulsaría su presentación a concurso.

 

Lee también en Letralia: reseña de El crepitar de la memoria, de Alba Vera Figueroa, por Alberto Hernández.

Imaginación en prosa

La Secretaría de Cultura de la Nación convocó entonces, con el propósito de descubrir nuevos creadores, sus Premios Iniciación para el bienio 1996-1998, y lo hizo en cuatro categorías: poesía, ensayo, teatro y prosa, o “Imaginación en prosa” como lo denominaron las bases. “Esta forma que se encontró me hizo comprender mejor lo que yo había intentado: jugar sobre el escenario definido de la prosa permitiendo que el texto se acomodara a la forma que mejor le conviniere”, prosigue Vera Figueroa.

El crepitar de la memoria fue reconocido por un jurado de excepción compuesto por María Rosa Lojo, Jorge Boccanera, Horacio Castillo, Alberto Aliberti y Jorge Lafforgue, periodista, editor y crítico literario fallecido recientemente. El premio constituía no sólo la vía para que el libro fuera publicado, sino un espaldarazo a la intuición de Figueroa sobre la escritura de cuentos, relatos y otras formas narrativas.

 

La patria literaria

Otra preocupación se aposentó entonces en el ánimo de la autora. Cuando se produce la decisión del jurado que favorecía la publicación de su libro, ya en su familia otra decisión estaba tomada: irse de Argentina.

“Se había instalado en el país la economía especulativa financiera”, cuenta sobre el contexto de aquellos años, “y todo lo que fuera producción nacional —desde la industria, pasando por la investigación científica hasta la cultura— pasó a carecer de importancia desde el modelo de país que se instauró. Sólo valía lo que se llamó la ‘timba financiera’”.

La privatización de empresas nacionales y una gestión que terminaba en 1999 con un déficit fiscal de 7.350 millones de pesos fueron dos de los factores que desembocarían en 2001 en lo que se dio en llamar “el corralito”. Gobierno y bancos se apropiaron de los fondos de los ciudadanos y de empresas, se abrieron sin restricciones las importaciones de productos industrializados y las clases media y baja de Argentina fueron empujadas a un empobrecimiento brutal.

—Este proceso político, social y económico que marcó nuestro viaje significó un quiebre en cuanto a mis posibilidades sociales de intercambio en el medio conocido —explica Vera Figueroa—. Por lo que he continuado aferrada a mi patria literaria escribiendo y produciendo, pero sin el acompañamiento de mis pares nacionales. Así fue como he seguido en la escritura y organización de libros inéditos con la guía de escritores coordinadores, esta vez de Madrid.

Así, en un contexto económico y social adverso, con las maletas hechas para irse a España, la autora vio en la premiación de su libro, que hasta entonces creía difícil, un cordón de plata con su “patria literaria”, como la define. “Me ilusionaba la idea: en mi memoria permanecería esa patria literaria a pesar del cambio”.

 

La tríada de Alba Vera Figueroa

En 2021 Metrópolis Libros editó tanto el libro anterior de Vera Figueroa, Los Irreales, como El crepitar de la memoria. De este último ha escrito el escritor y crítico venezolano Alberto Hernández que “conduce al lector a descubrir en sus cuentos lo que de memoria traza de los pueblos que recorren sus palabras, de los personajes que abundan y se tejen como parte de su incumbencia como creadora de osadías verbales, como aventurera de sueños, de ilimitadas conjugaciones con la intimidad de sus distintos egos en cada actante que aparece en sus páginas”.

Ambos libros, además, forman parte de una tríada junto con un tercero, Es un lugar… —cuyo título podría cambiar, según adelanta la autora. “Aunque el próximo se enfoca en los espacios, los tres libros comparten el tema de la memoria puesta al servicio de historias más imaginativas, menos atadas a la vida política, más hecho de alusiones. En esos años en que fuera escrito Es un lugar… salíamos de la dictadura y la escritura no se había desprendido todavía de la autocensura”.

Para Alba Vera Figueroa la aparición de El crepitar de la memoria representó no sólo el triunfo tangible de la publicación del libro, sino también la constatación de ir por buen camino, algo que agradece a los destacados escritores que conformaron el jurado. “Todos ellos, y en especial María Rosa Lojo, impactaron en mi forma de valorar mis escritos, me transmitieron más confianza”, agrega.

La autora se encuentra actualmente abocada a la tarea de publicar el tercer libro y darle la mayor difusión a su tríada. Además, nos confía, está revisando cuentos y relatos ya agrupados en probables libros.

—Es muy difícil aceptar el propio escrito sino una vez que ha transcurrido mucho tiempo y después de sucesivas lecturas —concluye Vera Figueroa—. Hay tantas formas de expresar una idea o describir situaciones que resulta muy fácil distorsionar las mismas con imperceptibles errores. Descubrirlos y madurar en el proceso es mi trabajo como escritora.

Jorge Gómez Jiménez

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