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Relatos de ausencias atroces, de Luis Rodríguez Martínez

viernes 17 de marzo de 2023
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“Relatos de ausencias atroces”, de Luis Rodríguez Martínez
Relatos de ausencias atroces, de Luis Rodríguez Martínez (Sangrefría, 2022) Disponible en Amazon

Relatos de ausencias atroces
Luis Rodríguez Martínez
Cuentos
Ediciones Sangrefría
San Juan (Puerto Rico), 2022
ISBN: 979-8835399185
111 páginas

Del silencio, del amor, de la locura y sus atroces máscaras

“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos,
Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven (…). El miedo ciega”.
José Saramago, Ensayo sobre la ceguera
“No había nada más aterrador que el silencio en la oscuridad”.
Luis Rodríguez Martínez

Bienvenidos a un libro estremecedor. No esperábamos menos de la nueva entrega del escritor puertorriqueño Luis Rodríguez Martínez. Pues sus publicaciones, “como libros de ficción, en su mayoría ocultan realidades que discretamente se derraman sobre las manos y ante los ojos del lector”, escribió el narrador y editor Patrick Oneill. Concurro con él, más aún tratándose de un libro de cuentos de ficción (terror y ciencia ficción) de la mano de Rodríguez Martínez, que nos impregnan la sensibilidad y nos jamaquean en lo que somos, en lo que ocultamos, dejándonos en momentos perplejos, en éxtasis, otros igualmente desolados. Y es que, como bien señala el cuentista argentino José Luis Gallego: “Narrar cuentos es un asunto de relación íntima, de observación interna y particularidad”.

Leamos Relatos de ausencias atroces con la urgencia de quitarnos el exceso de equipaje o de esas máscaras que difuminan el límite entre la humanidad (no sólo la evidente cualidad de ser humanos, sino en su acepción de “capacidad para sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas”) y una desquiciada y dictatorial realidad virtual. Como bien reseña Oneill en la contraportada:

En estas páginas existe un punto de convergencia entre el pasado, el presente y el futuro de una sociedad sobreviviendo con las sobras de su humanidad…, en donde máscaras de piel juegan a ser personas, en donde existen ausencias atroces cuyo abandono consume la esperanza…

 

Ese silencio cómplice es un hilo conductor a través de los diez cuentos que componen la publicación, y que bien funcionan como capítulos de una novela fragmentada.

Del silencio…

Comienza el libro con el relato-capítulo “Calderas”: “La puerta se cerró y los dos hombres volvieron a quedar sumidos en el silencio absoluto” (pág. 9). Y con esa oración como gancho comienza la acción, dejándonos página tras página tan asustados y silentes, como ambos personajes arrestados, interrogados y torturados como sospechosos de la resistencia contra el nuevo régimen, o de poseer el antídoto ante ese virus que ha mermado y sometido a la sociedad.

Ese silencio cómplice es un hilo conductor a través de los diez cuentos que componen la publicación, y que bien funcionan como capítulos de una novela fragmentada. Comentó la poeta puertorriqueña Gloria Toro-Agrait que “es un libro de cuentos, pero bien podría tratarse de una novela. Un cuento nos explica el otro”, y sus personajes se van interrelacionando como un rompecabezas perfecto. Entonces ese silencio…

El resto era un silencio espeso e incómodo que se había instalado en la casa como huésped imprevisto.

(del cuento Margarita, pág. 60).

Ese mismo concepto del silencio: como metáfora (por ejemplo, usado en la música, la búsqueda profunda de éste que intentaba reproducir John Cage, parecido al de la poesía) o como un estado de paz existencial (parafraseando al antropólogo David Le Breton, “ese silencio que pule al hombre y lo renueva, pone en orden el contexto en el que desenvuelve su existencia”); igualmente, elemento del silencio como protección o mecanismo de defensa (como en la cita anterior del cuento “Calderas”), también como final, como muerte. Ansiamos el silencio, pero también tememos lo que éste pueda brindarnos. Y nos incomoda…

Todo es silencio a mi alrededor, dejo de resistirme y abrazo la muerte. No estoy en un callejón, tampoco hay un tumulto alocado junto a mí. Nada importa; al fin, he completado mi obra maestra.

(del cuento “La obra maestra”, pág. 42).

En Relatos de ausencias atroces, Luis Rodríguez Martínez nos obsequia con todas estas posibilidades enumeradas del silencio como otro recurso para sumergirnos en la complicidad del miedo que viven sus personajes, que sentimos nosotros cuando leemos sus páginas, y que, a fin de cuentas, básicamente vivimos en la actualidad. Son historias o máscaras de amor, locura y muerte (con su guiño a Horacio Quiroga, escritor que compartimos en la lista de nuestras influencias como narradores), que viven sus personajes (o, en efecto, intentamos sobrevivir nosotros) con demasiadas máscaras, las impuestas por el nuevo régimen en este apocalíptico libro.

Cuando entendimos el virus era demasiado tarde… En términos generales, le parecía que los portadores del virus éramos los pobres, por lo que había que exterminarnos.

(del cuento “Máscaras”, págs. 65 y 69).

Un gobierno que privó a todos (o más bien, casi todos, como suele suceder), en especial a los desventajados —los que no están en el poder— de sus derechos humanos básicos, como la salud y hasta de la propia vida. Sin embargo, lamentablemente el propio pueblo apoyó su instauración (la del “establecimiento del Magno Estado para la protección y el bienestar de la sociedad. Luego de la pandemia del 20…”, del cuento “Antídoto”, pág. 43, y sus represoras fuerzas del Orden y Paz). Y que buscan desesperadamente un Elegido que los libere. Cualquier parecido con la realidad puertorriqueña en época electoral, no es pura coincidencia.

Igualmente reseñó, sobre este libro, el educador y escritor Elvin Negrón, que con su unidad casi novelesca nos muestra “una distopía que bien puede ser Puerto Rico o cualquier parte del planeta. Las narraciones se sienten al mismo tiempo como historias clásicas de ciencia ficción de un mundo lejano y como una realidad aterradoramente cercana… La ausencia de empatía, ausencia de compasión y escrúpulos, ausencia de… libertad”.

 

Llegamos a una constante en la obra de Luis, la complicidad de pareja y familiar, el amor empático, y en todas sus dimensiones, incluida la amistad.

Esa falta de empatía, esas ausencias… v. el amor

El amor. Y llegamos a una constante en la obra de Luis, la complicidad de pareja y familiar, el amor empático, y en todas sus dimensiones, incluida la amistad. ¿Acaso el amor nos podría salvar? Eso creyó Stephen King, según escribió en su distópica y memorable novela The Stand de 1978 —adaptada de su cuento “Marejada nocturna” y luego reeditada y ampliada bajo el título de Apocalipsis en 1990—, sobre un virus que acabó con gran parte de la población y reestructurando la sociedad entre el bien (incluida la importancia de la bondad y la amistad) y el mal. Escribió Mr. King: “El amor es lo que mueve el mundo. Es la única cosa que permite a hombres y mujeres seguir en pie en un mundo donde la gravedad siempre parece estar queriendo derribarlos, llevarlos hacia abajo, hacerles arrastrarse”. El amor tan primitivo o elemental sentimiento como tan necesario, cual oxígeno para la sensibilidad.

“La vida es buena”, dice y reitera, a modo de mantra, el personaje del tercer relato-capítulo del libro, “Vivir el sueño” (pág. 25), quien repasa su cotidianidad. Vive con intensidad el amor con su pareja; además, observa esas pequeñas cosas que le dan sentido a las certezas de su aparente estabilidad: besar a su mujer en las mañanas, observar el fluir el agua del grifo antes de lavarse los dientes, desayunar juntos, la casa perfecta hacer el amor los sábados, una exquisita perfección y sensualidad. Junto a él, los lectores suspiramos con su placer, hasta que se le agota la batería de sus gafas de realidad virtual y cae hacia su propio abismo personal, para reconocer que “la vida es una mierda”.

La cercanía de los sucesos en sus cuentos-capítulos convierte en aún más “atroz” lo narrado por Luis Rodríguez Martínez. Su horror real y cotidiano es tan natural en la construcción de los personajes que casi los podemos escuchar y oler, observándolos desde el silencio, y junto a ellos intentar sobrevivir a ese nuevo orden. Estos personajes y sus situaciones, trabajados a la perfección dentro del género de la ficción de terror, son siempre cercanos, reales, orgánicos, naturales. Este es otro acierto literario en su trayectoria literaria; pues ya lo hemos podido apreciar en muchos de sus libros anteriores como Historias para beberse de a poco (2017, donde ya trabajó desde el terror el tema de nuestros miedos familiares, sociales, lo sobrenatural, e incluso ya aparecían personajes como los perseguidores y alusiones a las legiones de las máscaras que aparecerán evolucionados después en estos Relatos de ausencias atroces); Rotos (2019, relatos desgarradores sobre lo vivido durante el huracán María), o Zapatos colgantes (2020, historias inquietantes divididas en dos secciones: “Historias malditas” y “Mamá lo dijo…”), e incluso el terror con humor durante la pandemia del Covid en Crónicas de una trastera invencible (2020). Todas estas son lecturas altamente recomendadas.

Estas obras anteriores, que van desde la cotidianidad orgánica al horror, retratando esas atroces locuras de la sociedad, ahora en Relatos de ausencias atroces alcanza, desde una redacción mucho más novelada y estructurada, dimensiones apocalípticas, presentando los cimientos de un nuevo orden sociopolítico y antropológico tan parecido irónicamente al nuestro. A fin de cuentas, la inmensa sensibilidad de Luis Rodríguez Martínez no reprime su mordaz y fina ironía. Esta característica del autor se agradece profundamente a través de una lectura intensa, dura, pero con momentos necesarios para sonreír empáticos y, de vez en cuando, permitirnos una casi cruel carcajada, para seguir sumergiéndonos hipnotizados en su narrativa sin gríngolas, desde la ternura al suspenso, al terror.

 

En Relatos de ausencias atroces, esos horrores reales, con las pinceladas estéticas y temáticas del género de la ciencia ficción, llega a niveles de intensidad.

Esas atroces máscaras o la locura gubernamental…

“Inventamos horrores para ayudarnos a enfrentar los reales”, también comentó hace unos años Stephen King. Esta es otra de las características en la narrativa de Luis Rodríguez Martínez. Igualmente la apreciamos al recorrer su trayectoria literaria. Por ejemplo, en el libro Rotos, que ya mencionamos, describía esos agujeros en el techo de nuestra sociedad que dejó al descubierto el paso del huracán María (estas igualmente son ausencias atroces). El terror radica aquí en ese momento entre perderlo todo, el abandono del pueblo por el gobierno o ese instante entre la vida y la muerte, sea muerte natural, homicidio, suicidio o asesinato. Aquí en Relatos de ausencias atroces, esos horrores reales, con las pinceladas estéticas y temáticas del género de la ciencia ficción, llega a niveles de intensidad y dominio de la narrativa, que después de respirar al terminar la lectura, son aplaudibles e invitan a la relectura, a indagar intertextualidades, a meditar cómo debemos actuar.

Luis Rodríguez Martínez posee una depurada narrativa, oscura como el propio corazón humano, creativa como su propio torbellino de posibilidades, muchas veces macabramente aterradoras, que nunca dejarán de sorprender. Su dominio del lenguaje y la naturalidad en su redacción nos seduce y nos toma insomnes de la mano para inquietarnos y reflexionar sobre la vida en nuestra nueva realidad cotidiana casi distópica de nuestra isla. Y que bien vemos a través del nuevo orden social, los falsos moralismos a conveniencia de gobernantes.

Otro de los elementos que agradecemos es que sentimos veracidad al leer, que nada es pura fantasía estética, aún en la locura atroz institucional que nos presenta este libro. El autor, además de contarnos cuentos, estudia, indaga y critica —sin panfletos ni imponer juicios valorativos— los elementos sociopolíticos de nuestra realidad que llevaron a tan macabra situación. Nos abre la mente a través de sus manos, de las palabras de su corazón e inquietudes intelectuales muy sensibles y empáticas: elementos de los que carece “ese” (o nuestro) nuevo régimen en el libro.

Ya comentó en su momento el gran Gabriel García Márquez: “El escritor escribe su libro para explicarse a sí mismo lo que no se puede explicar”. O como bien sentenció el querido Julio Cortázar: “El cuento es una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”.

En el caso de Luis, como ya he comentado sobre este y sobre algunos de sus libros anteriores, tiene la capacidad de convertir ese temblor en vértigo, en certeza, en estremecimiento después de explicarnos sin maquillajes lo que temíamos escuchar. Pues, “en estos relatos encontrará la perdición y el nacimiento de la locura, documentada y creada”, regresando a los comentarios de Patrick Oneill, coanimador y coproductor junto a Luis Rodríguez Martínez del podcast Cienescritura. Relatos de ausencias atroces presenta una locura gubernamental, una locura de la que hemos sido víctimas y cómplices, una locura que nos lleva a las máscaras, hasta de nosotros mismos.

Para no hacer espóiler, no entraré más en los sucesos o conspiraciones, o qué es real y qué es virtual y otras tramas del libro; es mejor que comiencen a leer bajo su propio riesgo y se sorprendan. Quedan bienvenidos a adentrarse en una inquietante, adictiva y necesaria obra para los que hemos ido sobreviviendo —por el momento— a las pandemias virales, las políticas y las de esa ausencia atroz que es la apatía social. Es momento de desenmascararnos y ser “los elegidos”, con este libro entre las manos, leer y actuar. Esperamos ya la próxima publicación de Luis Rodríguez Martínez.

Ana María Fuster Lavín

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