“Can’t they see it’s why my brain says:
Rage”
Metallica
“Me declaro culpable. Asesiné a mi vecina y a mi ex...”. De inmediato borro ese texto de mi documento de Word. Apago la computadora y me sirvo un vaso de ron con sabor a coco. Doy vueltas por la sala. Todavía no estoy preparada para autoincriminarme. Regreso a mi escritorio. Lloro. Me abofeteo. De un solo trago me bajo la mitad de la bebida y tomo la decisión. Estoy lista para confesar. Si no lo hago, terminaré por atragantarme de rabia, no por sentirme avergonzada, más bien estoy harta de esta farsa que vivo. Enciendo el dictáfono:
Me reitero, soy culpable bajo juramento. Asesiné a mi ex y a mi vecina. Sin atenuantes. En el caso de ella, no fue premeditado. Sólo surgió mientras ella regaba las plantas de su balcón. No albergo remordimiento alguno. Era una chismosa, como mucha gente, pero sus parloteos me irritaban y, aún más, con su tono chillón insufrible. Además, siempre ligaba a mi ex. Y me decía cosas hirientes sobre mi cuerpo, sobre lo guapo y hombrón que era él, y que me cuidara de que no me lo quitara cualquiera, incluso ella. Esa tarde entré y me aguijoneó con otra de sus estupideces. La empujé. Fue un acto limpio y rápido. Sin pensarlo. Cayó al vacío. Sin ensuciarme las manos. Nadie me vio. Ningún vecino la soportaba. Les hice un favor, claro, menos al dueño del delivery de pizza, porque destruyó su motora al caer.
Al día siguiente, ya habían retirado su cuerpo, pero una mancha de sangre quedó tatuada entre la acerca y la cuneta. Su malasangre, hasta después de muerta, se aferraba a que la recordáramos. Esa silueta sanguinolenta parecía moverse, casi a punto de revelar lo sucedido. Como lo que describí en un cuento o como las que he visto en corte, cuando muestran evidencias de crímenes. Con este acto, casi heroico, me probé a mí misma. Puedo liberar mi rabia interior; repetirme cual mandra: no temo, mi destino no es sólo un escritorio y un teclado. Todo lo dejaron como un simple y desgraciado accidente.
En cambio, lo de él...
Apago el dictáfono. Me siento sospechosamente tranquila. No es conveniente. Incluso, el inocente debe lucir algo de ansiedad, nervios; en especial, con un toque de indignación. Sí, eso es lo que estoy: indignada. Me daré otro roncito con coco.
Su señoría, le ruego, entiéndame. Él era un peligro para mi vida, un completo abusador. Me hacía sentir acorralada...
Practico mi parlamento, mientras escucho un rock feroz, del último concierto al que fuimos juntos, por si llega el momento de ser arrestada. O tal vez, sea mejor quedarme callada y que el abogado que me asignen de la Sociedad para la Asistencia Legal emplee un perito siquiátrico que corrobore que, además de maniacodepresiva, padezco de alguna sicosis incapacitante, incomprensible para mí, y me perderé en sus términos médicos. Mantendré la mirada perdida asintiendo a todo. En efecto, me adelanto demasiado a lo que pueda suceder, mientras observo algunas gotas resecas de sangre en el cabezal de mi cama. Podría justificarme dada mi impulsividad desenfrenada, esa que me hace brincar al horizonte, antes de llegar al puente. En realidad, esto no es negativo, sino más bien efectivo para mi vocación de escribir. Empíricamente cualquier pretexto para sentir se torna en inspiración para mis palabras.

Terapia (confesiones no juramentadas)
Ana María Fuster Lavín
Cuentos
Isla Negra Editores
San Juan (Puerto Rico), 2025
ISBN: 978-9945-637-78-6
180 páginas
Sin embargo, la mayoría de las veces y durante tiempos prolongados, como ahora, me estanco entre las sombras. No se confundan. No soy una mujer fría y calculadora. Quizá se deba a que la fobia social dirige mi vida. Quiero gritar, llorar, huir y, a la vez, nunca más salir de aquí. Por lo general, exclusivamente salgo para ir al trabajo, comprar víveres y regreso rápido con mis gatas, computadora y libros. Bloqueo lo que no sea leer, escribir, atender y jugar con mis hijas felinas, comer viendo alguna serie en la app de turno, y dormir. No pretendo ser antisocial, pero me angustia estar entre personas conocidas o que me conozcan. Me abruma esa sensación de encontrarse a punto de explotar.
Por ejemplo, en particular hoy me ataca la ansiedad autoprovocada por haber accedido a matricularme en un taller de escritura por internet que me recomendaron la sicóloga y una antigua compañera de terapia. No recuerdo su nombre, pero deliraba con que era un personaje de un escritor que abusaba de ella y, finalmente, se suicidó. Nadie la creía. Yo sí. Quizá por eso me dejé convencer para matricularme en escritura creativa. No debí. Estoy mejor en mi silencio anónimo. De lo contrario me expongo, aunque use seudónimo, escribir en grupo puede llevarme a cometer la indiscreción de contar demasiado sobre mí.
En efecto, lo hice. Escribí cosas que, por fortuna, mis compañeros de trabajo, donde llevo casi treinta años, siquiera saben o imaginan. Aunque todos los talleristas vivan en países muy distantes, con la inmediatez de las redes sociales, cualquier descuido puede convertirse en evidencia directa. No exagero. ¿Y si los fiscales a quienes le asignen mi caso les da por leer mis escritos de supuesta autoficción? ¿Si les escriben a los talleristas? Escribí demasiado sobre él y sobre si tuve los ovarios para hacerlo... Al final, ha sido una terapia infructuosa. La ansiedad explota en mi cuerpo, en las paredes. No puedo mirarme al espejo, sé que esa otra yo me recriminará.
“Kill, it’s such a friendly word / Seems the only way / For reaching out again”. “Interrumpimos la transmisión del último concierto de Metallica para informar sobre la muerte del bajista de la banda local (...)”. Mejor apago la computadora. No me interesa. Me juré que él no será más uno de mis personajes.
¡Maldito imbécil! Engreído, básico, macharrán. Nunca sabrán. Nadie me vio... Amarlo fue hundirme en mi propio laberinto. Hace más de veinte años que debió haberse mudado a su sarcófago en el inframundo. Menos mal que pude alejarlo de mí, de la vida.
Es casi medianoche, doy tantas vueltas por mi habitación que escucho la voz, como un eco, de mi difunta abuela regañándome porque desgastaré el parqué caminando en círculos, durante minutos, horas. De adolescente ya lo hacía; en especial, cuando no sabía cómo terminar un relato, o intentaba resolver una situación. Luego seguí la recomendación de mi profe de español, un poeta muy conocido del país: cuando el desenlace no me llegue, me toca provocarlo; que lo cace como si fuese una presa, luego sea inmisericorde y lo someta sin miramientos. Hice de ese consejo uno de los lemas de mi vida.
Sigo caminando en círculos, recuerdo gritos, sangre, súplicas: “No me dejes, no te vayas...”. Tapo mis oídos. Me detengo al observar un pequeño promontorio de polvo y cenizas en una esquina de la sala. Avanzo con la escoba y el recogedor. Antes de echarlas a la basura, tomo mis medicamentos olvidados ante un inminente ataque de ansiedad. ¡No quiero escribir sobre mí, ni qué quiero saber o qué no quise ser! Es culpa de pretender hacer las tareas, dizque terapéuticas, del taller de autoficción. Meditar sobre mí misma agita mis demonios, funde las cadenas del olvido, los libera. Me persiguen. Me muerden.
“¡Cállense!”. “Confieso...”. “¡Noooo! ¡Cállense!”. “¿Qué hago?”. “¡Qué hago!”. Me golpeo la frente para acallar esas voces que preguntan demasiado sobre mí. Me miro al espejo. En mi reflejo siempre veo a una persona diferente. Soy yo, pero al igual es otra mujer. Me maquillo y vuelvo a disfrazarme de mí misma. De esa empleada judicial invisible, disfraz que me impuse hace demasiado tiempo. Aunque a veces incluso me abrume la invisibilidad, igual ésta me ofrece una coartada. Tengo imagen de inocente, aburrida, simple, y con los años he aprendido a optimizarla. En fin, amo mi rutina laboral.
“Lo volvería a hacer. Eran unos desgraciados, de lo único que me arrepiento es de haber usado mi camiseta favorita de los Brooklyn Nets. Esa misma, mamita, la que me regalaste, dizque porque es el equipo de Bon Jovi. Tuve que quemarla. Estaba salpicada de sangre (...). Ya no se me ocurrió llevarla al cabrón laundry (...)”, se defiende torpemente un acusado frente al magistrado, mientras transcribo un juicio. Eso definitivamente no será lo que testifique en mi juicio.
Aprendo tanto en mi trabajo. Por ejemplo, estos días escucho y transcribo el interrogatorio a un acusado de asesinar a sus suegros y a su ex mujer, también los testimonios de los testigos, la evidencia de la fiscalía. El hombre, además, tenía precedentes de escalamiento con homicidio. Su carita de yo no fui contrastaba con la conversación que tuvo aquella mañana en el pasillo hace dos semanas antes de entrar a la sala para su vista preliminar. No se dio cuenta de que yo estaba parada casi al lado suyo. El abogado me indagó con la mirada minutos antes de personarse el juez. Me hice la yo no escuché nada, me coloqué mis espejuelos, ubiqué mi grabadora y laptop. Volví a ser invisible.
Ser ignorada tiene sus atributos. Puedo perderme en frases abstractas, llenas de adjetivos y sinónimos, y sentirme tan plena y relajada al terminar como un amanecer después de una noche pletórica. Incluso, he cometido el delito de insertar poesía en mis textos narrativos. Digo, eso lo tildó de defecto la profe del infame taller y también alguno que otro colega, infructuoso aspirante a escritor.
No puedo evitarlo, ni quiero. Así percibo el mundo. Puedo causar incomodidad y lo disfruto. Esta es otra de mis contradicciones, puesto que ser complicada es incompatible con el afán de vivir invisible. Es uno de mis defectos o sicopatías, como el sentir que no encajo con la mayoría de los grupos de personas. Mucha gente tiende a cambiar cuando están rodeadas por otros. Se envalentonan, se hacen los graciosos, los intelectuales, los “esto y lo otro”. Lo reconozco cada día en mi trabajo como secretaria de sala penal, en el Tribunal de Primera Instancia.
Escucho y copio. Callo. Aprendo y ejecuto. Ejecutar es otra de mis actividades favoritas, en especial cuando me urge terminar un escrito y se me bloquea la inspiración. Salgo. Deambulo. Ejecuto: tortura-rápida-dantesca. Palabras encadenadas que definen los cuentos que juegan al escondite en mi piel y pensamientos. Me acompañan todo el día, me exigen-genéticamente-temblorosa-sangre. En fin, ejecuto y escribo, como ahora:
Él se detuvo de momento. Miró su copa de vino. Comenzaba a tambalearse. Miró hacia la ventana. Estuve a punto de caerme, pero no me vio. Volví a asomarme, en el momento que se le cayó la copa al piso. Minutos después, también él. Vomitó. Primero sólo un buche, después otro mayor y sanguinolento. Convulsionó, una, dos, tres veces, hasta quedar inerte.
Aquella noche seguí escribiendo o transcribiendo, como lo decida el lector, casi hasta el amanecer. Me reporté enferma al trabajo ese día —no me juzguen, tengo una asistencia casi casi perfecta— y me quedé todo el día con las gatas, leyendo, escribiendo y viendo series en la computadora.
Nadie creería que, además de aburrida empleada de la Rama Judicial y aspirante a escritora, pueda ser una sicópata. Además, de acabar con mi vecina y con mi ex, también murió sospechosamente mi profesor de redacción legal, por razones que no son relevantes en este testimonio. Mi identidad es la de una mujer pacífica, pero no tolero la manipulación ni las traiciones. Mis motivos, ejecuciones y encubrimientos de los crímenes están detallados con precisión en mis escritos. No declararé aquí en cuanto a lo que ellos me hicieron. No sirve de nada justificarse, ni victimizarme; mucho menos que se conviertan en personajes innecesarios de esta confesión. Tantos años escuchando justificaciones en la corte me han ayudado a degustar los crímenes desde su visceralidad y sinrazones. Tomo lo mejor, o peor, de cada acusado y convicto. Reconstruyo con mis posibilidades y acecho a mi siguiente víctima.
Soy perfeccionista.
Soy mi único personaje. La protagonista.
Acepto. Asesiné a gente cercana.
Es más, acepto que averigüé dónde residía la profesora del taller. Por si no la encuentran, no fui yo... Le di otra conclusión a su historia. La enloquecí tanto y tanto que recurrió el suicidio.
No invocaré ningún perdón ni rebaja de mi futura posible condena. ¿Cómo lo hice? Siendo yo misma. Incómoda, honesta, rebelde, rabiosa como si tuviese mi propia banda de heavy metal. Ni mi timidez ni mis condiciones neurodiversas me limitan.
[—Sin embargo, alentaré al abogado o abogada de asistencia legal a que me asignen un perito psiquiátrico. Tengo dignidad, pero no soy idiota. Esto último no va en mi confesión.—]
Así me identifico y confieso.
A los occisos, objeto de este recurso, en realidad tan sólo los separé radicalmente de mi vida. Procuré que ardieran hasta calcinarse en mínimos corpúsculos del olvido. La sangre de todos, de ellos y la mía, es mi tinta infinita que transcribe nuestros destinos en historias de terror, de la vida, la locura y la muerte. Y he amado tanto, demasiado, que esa ha sido mi salvación más allá del teclado, de mis disfraces, habita en lo que no puedes ver.
A fin de cuentas, prefiero no saber quién soy, más allá de aquella mujer sentada en la corte, transcribiendo testimonios de víctimas y acusados. Cuando llegue el momento pretendo arribar a los brazos de la muerte aún reinventándome en los distintos personajes de mis libros.
Me declaro culpable.
- Confesión no juramentada
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