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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

No saber

sábado 8 de agosto de 2015
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—¿Llegamos? —preguntó el que tenía la pala, aferrada como un espadón entre sus manos huesudas y grandes.

—Parece —respondió el otro, hundiendo el pico en la tierra disgregada, yerta.

 

Cómo podría avisarles, señor. Los que llegan no pueden imaginar el fondo de tristeza que surte nuestras vidas, aunque por momentos me parece recordar, pero estoy grande, y ellos no me hacen caso: mueven la cabeza de lado, sonríen y dicen “sí, viejo”. A veces, no sé, siento que es pura sonsera de la fantasía. Claro, con los años le va quedando a uno menos tiento para saber. Todavía veo la llegada de los últimos, esperando un milagro, cuando el arroyito ya se había secado y el único manantial era el de los cacharros con pedidos, guijarros empapelados de voces que la ventisca daba vuelta, mareada ella también por vaya uno a descubrir qué cosa rara. Se fueron acostumbrando a esperar primero; a olvidar después; y al final, a la desesperanza. Nada es más difícil: duele mucho el corazón, parece una piedra a la que le han carcomido el alma. Los más hasta creyeron que esto era el infierno. Creían que era el infierno y se reían, mostrando los dientes rotos y manchados, gastados de tanto mascar hambre. Todos acá se andan con hambre y, cuando están tristes, el hambre se les confunde con el frío. He visto a hombrones preguntar que cómo se reza; yo mismo lo hice, mucho atrás. Se pregunta, pero nadie le sabe decir a uno; será porque da miedo, no vaya a pasar que el otro le oiga a uno y se le aparezca a litigarlo, y uno está tan cansado que no quiere peleas, y menos con el dueño del pedregal, ¿ve?, el que por todas partes anda tragándose la tierra. El más terco fue un solitario; hablaba poco y miraba mucho: se diría que buscaba un sitio donde plantar. Le sangraron las manos empujando sílice contra el cielo sin pájaros. En un canto de mica creyó ver reflejado un rostro y gritó de miedo; aún hoy parece oírse, así de hondo su espanto, como un peso que nunca terminara de caer. Y ahora, esos dos, ahí los tiene, cavando y destapando recuerdos. Yo se los diría, pero ellos también van a ladear la cabeza. ¿Cuánto más? No, no le pregunto a usted, al otro le pregunto, pero él no quiere contestar. Se me ocurre que un día…, pero no sé, me olvidé cómo se cuentan los días. A lo mejor, el viento… Si hasta me siento con ganas de llamarlos a esos dos y gritarles que a lo mejor el viento nos dice dónde estamos.

 

Por detrás del terraplén y al arbitrio de la tarea realizada, desparramadas en asimétrica exposición, aquellas soledades declaraban su majestuoso escándalo.

—¿Escuchaste? —preguntó el de las manos grandes y huesudas.

—No —murmuró el picador, con esa contundencia que confiere un hondo cansancio—. Habrá sido el viento.

—Como si éstos pudieran hablar —completó el paleador, riéndose, mientras hamacaba graciosamente la carretilla.

Ernesto Fernando Iancilevich
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