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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El hijo de ceniza

jueves 10 de septiembre de 2015
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Una vez en la cúspide araña Jerónimo las grietas de la losa y se detiene, resollando, a los pies de la bobina: toca un garfio de cobre, lo envuelve en una espiga de gutapercha, a dos manos, sin presionar, y como si tuviese miedo de incurrir en una falta grave, ubica el muñón que necesitaba —alargando el cable— en el hueco del accidente, y espera.

Por un instante se imagina muerto entre el enjambre hidráulico del otro nivel.

Espera a que la fuerza del generador lo atraviese sin cocerlo, y murmura: “Tendrá que venir”. Luego repite lo mismo en voz alta.

Quiere cerciorarse de que aún sigue vivo, de que aún respira, de que aún escucha.

Yendo hacia el túnel de servicio, corta hacia donde están los baños del personal, y ahí se queda, buen rato, desnudo sobre las baldosas del piso, fregándose con un jaboncillo hediondo el azufre de las gomas quemadas que le hierve por la piel.

En el fondo ha tenido que ir acostumbrándose a la fetidez de aquel miasma eléctrico, como quien lleva un dolor encima —de la mañana hasta la noche, en el insomnio o durante los sueños— y que no lo mata nunca.

Ya en la calle, no lejos de su casa, distingue a los niños de la gorda Eliana, que andan haciendo locuras arriba de un patín, cerca de la escuela; y más allá, a los Arriazas, unos chicos molestos que apenas lo advierten corren a solicitarle algún favor, a que les preste el voltímetro o la radio, o a que les regale alguna baratija que no sirva.

Jerónimo agacha la cabeza, hurta los ojos yendo hacia la mampara y mientras busca las llaves trata de unir algunos cabos imprecisos y hallar una salida.

De un tiempo a esta parte lo remuerde la grave sospecha de que los niños lo espían, o que por alguna causa, los niños han llegado a calar más de lo necesario en su vida privada, y eso no está bien.

Jerónimo suelta el picaporte, el picaporte rechina —entra en la pieza—; luego se tumba sin quitarse los zapatos sobre la cama.

Aún se ven, por aquí y por allá, las tiras negruzcas de la masilla con que revistiese los tabiques y los vidrios, hace meses.

Jerónimo entrecierra los ojos: el olor que dejan los rayos que se precipitan frecuentemente en la boca del océano, el olor del oxígeno destruido por la luz, y el olor del sulfuro que irradian sus músculos, conforman un todo en la atmósfera de su imaginación.

Sabe que ella está ahí (o que estaba ahí), en la plaza de armas, en medio del otoño espectral, envuelta en paños menores y con un torbellino de lluvia en los cabellos rotos, igual que una lástima, quejándose de que le dolía un dedo del pie que se le había aglutinado al borde del lecho con el aletazo de la explosión.

—Me siento fea —dijo.

Jerónimo desenchufa la lámpara, le ayuda a bajar el pie que todavía lo tiene uncido al catre, y balbuce:

—Acércate.

Oriana está triste.

A Oriana le resbala la llovizna de los cabellos sobre el regazo y no quiere pestañear.

Esa verdad lo asfixia.

Jerónimo hace un amago por recorrerle las líneas del busto y luego tirita.

Le duelen las intrigas, el caos, el comportamiento equívoco de los hermanos —que habían sido sus amigos—, incluso le duele el papel ridículo que desempeñó el esposo, un diablo que llegó al extremo de sacar un revólver, bajo su nariz, para asegurar de que le iba a meter un balazo en la frente si no confesaba a grito herido de que aquella historia era una mentira, una falsedad, de que todo eran suposiciones, mientras se tiraba de los belfos en su mascarota, deshecho en lágrimas, y otros lo sostenían por detrás, cañón en alto, para que no fuese a salírsele una bala.

Una vez que Oriana se va, fruto de aquel diluvio tal vez, le deja siempre una lágrima eléctrica en la boca, sin reírse como antes.

Eso lo apena.

Una mañana advirtió a la hora del desayuno un barrunte pícaro en el gesto de doña Mercedes: “Mi casa es una casa decente, amiguito. Aquí no entran mujerzuelas”.

Después empezó a notar que aquel gesto no terminaba ahí. Doña Mercedes parecía escrutarlo con una cierta misericordia asquerosa.

—Siéntate —le pide—; siéntate, aquí hay una silla.

Oriana agita sus rizos húmedos.

—Tú no tienes la culpa. ¿Por qué piensas que tienes la culpa, tonto?

Quizás no era culpa.

Jerónimo no sentía culpa. Era otra cosa.

Habían hecho el amor, los dos, en los extramuros del tiempo y la vida, y aquello era algo más vergonzoso que cualquier pecado bíblico: ni siquiera tenía forma de pecado ni estaba escrito en los libros ni en los Evangelios ni en ninguna parte.

Oriana se levantó la combinación de ropitas que la cubría, por encima de las piernas, y le mostró su barriga hinchada.

—¡No me digas! —gritó él llevándose las manos a la cabeza.

La sola idea de haber ingerido los besos de un amor necrófago le provocó una arcada y se fue ahogado hacia la calle.

Cuando volvió, al amanecer, había tormenta en el mar.

—Será en diciembre —asentó ella.

Esa mañana, temprano, reparó en el semblante de doña Mercedes, que ya no insistía con la plata del mes: la mujercita estaba al tanto de muchas cosas.

“¡Qué diantres!” —se dijo.

En cierto modo se ha ido acostumbrando a doña Mercedes. La patrona no le causa daño ni anda con chismes ni cucharetea jamás en los asuntos que no le corresponden.

A eso de las siete agarra una bolsa de víveres y se va a un taller de juguetes electrónicos que hay en Playa Ancha —los lunes y martes— o a una fábrica automotriz, en Loncura —los viernes— para chequear las bobinas de un sistema hidrogalvánico que está en construcción.

A veces llega a casa volando.

Tiene miedo de que Oriana sufra o de que vaya la pobre a sentirse sola en un momento difícil o que esté tirada ahí sobre el plasma del amor nocturno llorando un descariño que se le ocurrió hace poco y que ahora le echa en cara apenas lo ve y que no haga otra cosa sino que pensar en eso, en eso, en eso.

Vuelve para consolarla, vuelve para decirle una palabra dulce o confesarle que él la quiere mucho.

—Quédate conmigo —le pide Oriana.

“¡Quédate!” —dijo en susurro.

Él le preguntó: “¿No te da frío así?”. Estaban ocultos entre las grietas de un árbol tratando de capear el aguacero, en la plaza de armas. No se veían ni ratas ni quiltros guachos por la calle y de la parroquia San Martín estilaba un torrente de mugre y bulla por sus canaletas de greda. Ella pareció no oírle con la quebrazón del cielo y los pimientos, y movía su cabecita, empinada sobre un charco de hojas muertas, como si recién hubiese salido de las aguas del mar, y lo besaba con la desesperación del que trae apuro y ha de volver enseguida.

Una noche de diciembre se detuvo Oriana en el umbral de la puerta, en su habitación, y le dijo, estremecida: “Dame un beso”. Significaba que había llegado la hora.

Oriana lloró, lloró.

El suelo parecía una capa gelatinosa de luciérnagas y sales.

Oriana tiró sus ropillas a los pies del lecho, y mientras se desvanecía de dolor, en silencio, y gesticulaba, fue entregándole un hijo de ceniza que acabó por armarse bellamente en las penumbras del amanecer.

Oriana ya no volvería a regresar.

La tarde que se la llevaron, creyó que vendrían a encajarle un plomo en el corazón —como le habían dicho— pero eso no sucedió, ni lo que él se imaginaba sucedió: se la llevaron tranquilamente en una carroza con penachos negros en dirección al Mayaca, y no supo más de ella.

Fue el último espejismo de su amor erótico.

Después de eso se fue a Valparaíso, adonde un cuñado de su tío Lionel, aunque la verdad de las cosas —puesto que nadie quería herirlo— era que lo estaban escondiendo.

El pobre castrado del marido no se iba a quedar así tan tranquilo.

¡Al diablo!

Le pusieron colorete en las mejillas (ya que el fuego quema), alguien se encargó de aderezarle una flor entre sus dedos, clavetearon la caja, y nada más.

¡No cabía una aguja en la iglesia!

No obstante, un año más tarde de aquellas desdichas, como para reírse de todo el mundo, Jerónimo había venido a tener la oportunidad de convivir un tiempo —en la pensión de doña Mercedes— con Oriana, sin que lo supieran ni el marido ni los familiares ni sus mismos padres, y sin que lo sospechase nadie, salvo doña Mercedes, o los niños de la cuadra.

De aquel tiempo memorable era el hijo de ceniza; de aquellos besos.

Jerónimo tenía especial cuidado al abrir la puerta: cualquier bochorno, cualquier aliento inadvertido que se metiera en el cuarto, podían dejar sin extremidades al hijo —sin rostro—, o convertirlo en una nube.

De ahí en engrudo en los tabiques y los vidrios o sus pasos de felino, día y noche.

Por las mañanas le ponía una mantilla limpia —con dedos de plumas—, y luego le daba de comer.

El hijo de ceniza gritaba, gritaba, pero no se oía nunca su voz, o solía pasar un día entero durmiendo: hundía la redondez de su cabeza en la abundancia del plumón, hacia atrás, y Jerónimo parecía distinguir en aquel acto, un acto suyo, como si él mismo estuviera hundiendo aquella forma de cabeza en la almohada, ya que era su propia forma. Jerónimo lo examinaba largamente, a ras de su contorno, y sentía que la nariz chata de su hijo era su nariz; que el borde de los párpados era el mismo borde que había en sus ojos, y que incluso el mohín aflictivo de Oriana estaba íntegro en la ternura de aquellos labios nuevos.

A menudo se le antojaba decirse qué iría a suceder cuando el hijo de ceniza empezase a gatear por el cuarto, o llegara hasta la elevación de la silla.

Una tarde volvía de un negocio con un muñeco de plástico en el bolsillo, cuando reparó, a diez metros del domicilio de doña Mercedes, de que habían abierto la mampara de la calle y que de su pieza salía un torrente de voces y ondas magnéticas.

Jerónimo se mordió los dedos —las uñas— y corrió sin saber adónde, o sin saber por qué lo hacía; después entró dando un caballazo por la puerta, y se quedó, por fin, helado de estupefacción en medio de la pieza.

Fue como si se le hubieran roto todas las venas del espíritu.

De ahí en adelante no hubo forma de arrancarle una sola palabra.

Vio que su madre enarbolaba un cerro de basura en su pocilga —con una escoba—, a su tío Lionel que se reía hasta las lágrimas — habían puesto una botella de vino sobre una mesa henchida de causeos y frutas—, vio a su padre echado tranquilamente en el estugo que no ha mucho fuera la cuna de su hijo de ceniza, fumándose un pitillo, con los ojos y la nariz llenos de vaho negro y risas.

—¡Cómo no te da vergüenza! —le dijo su madre al besarlo—. ¡Feliz cumpleaños!

Jerónimo notó la pulcritud de las sábanas, la colcha nueva, el piso encerado, olfateó en el fondo de una copa, rastreó bajo el catre —olisqueando—, en las paredes, en los vidrios, hizo un análisis del aire que había en la pieza y llegó a la conclusión de que ni siquiera quedaba ya una brizna del hijo de ceniza.

Entonces, se sentó, a los pies de un ropero, en un rincón de su covacha, y a duras penas contuvo el flujo de llanto que le subía a la boca.

Eso sucedió el viernes.

El sábado llegaron sus hermanos Julián y Eduardo; después, por la noche, sus primas Andrea y Rosario, y por último, la madre de Oriana, que apareció envuelta en un teristro obscuro de género, cuando ya estaba por terminarse la noche.

Todo seguía igual: el viudo en lo mismo, jefe de cuentas y depósitos en la botica Freire; y los niños mayores: Pepe de conscripto, en Antofagasta; el otro, en La Cruz, de capataz; y el más chico, de pioneta, en la flota de su tío Raúl.

—No hay de qué preocuparse, Jerónimo.

—Descansa.

Jerónimo se arroja de bruces en la altura del paisaje y barbulla: “¿Qué irá a decir Oriana cuando sepa?”.

Todos le gritaban a qué hijo se refería.

En la distancia, cerca de los jardines, distingue la cabeza airosa del director de Metafísica Electrónica.

Jerónimo lo indica con el dedo.

Es un hombre enclenque, de cejas blancas, fino, dueño de una endiablada convicción matemática.

Su única perversidad: tener contacto con el otro mundo, ya que el otro mundo es físico. Nada se crea. Todo lo que hacemos está construido en alguna parte del universo, o ya imaginado.

A su vera, con pasito de gallo, anda siempre el ornitólogo don Plutarco Jiménez, un bigotudo que piensa y reacciona con la agilidad de un ave cósmica y que parece golondrina cuando chilla o se emborracha.

La gorda que está tomando agua de la pileta se llama doña Rosa y afirma, cada vez que se la presentan a las visitas o a un recién llegado: “Si mi esposo estuviera vivo, joven, yo no me habría venido nunca a este sitio”.

Jerónimo se sonríe.

El chico de la esquina, Juan Valdés, era cajero de una agencia de productos lácteos, y lo pillaron tragándose un paquetón de billetes nuevos y estampillas y monedas antiguas, pero él niega —hasta ahora— y zapatea y rebufa cuando le recuerdan el asunto.

Fue doña Mercedes, la viejuca tacaña del barrio, la única que rompió lanzas por su destino.

Su madre estaba deshecha y no podía dar crédito a las cosas que oía: el administrador de la fábrica, más unos soplones que Jerónimo nunca había visto, y un jefe de custodia del taller de juguetes —en Playa Ancha— fueron un solo vómito en acusarle: Jerónimo tragaba corriente eléctrica de los dínamos y máquinas, y ponía los dedos en los enchufes.

Oriana se sonríe.

—¡Pobrecito!

Lo acaricia por las mejillas.

Como a eso de las tres aparece en los patios del establecimiento un tipo cara de bandido —ex fundador de cuatro ciudades importantes, en Chile, en el siglo XVI— destapa una canasta de mimbre, cerca del brocal de un pozo, bajo un sol horrible, y deja en libertad a cien palomas rosadas.

Jerónimo clava los ojos en el cielo azul y hace como que no entiende.

Luego el tipo echa a repiquetear una campanilla y se va.

—¿No te gusta el almuerzo del manicomio? —le pregunta Oriana, sin poder atajar un desatino de risa que le sacude los hombros y el pecho.

Jerónimo siente una exquisita tibieza maternal junto a su cuerpo: atrapa a Oriana por el talle, le levanta una falda de hilo grueso que le entregan a los enfermos cuando llegan, y la besa; pero la besa con aquella magnífica certidumbre interior de que todo lo que él besa y ama, en la vida, existe, puesto que el otro mundo es físico, y todo lo que imaginamos, en algún lugar del universo, existe.

Lo demás es falso.

Marco Villarroel Bruna
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