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Facultad de periodismo

jueves 26 de abril de 2018

Facultad de periodismo, por Sergio Borao Llop

Nuestra ciudad es famosa por su célebre Facultad de Ciencias de la Información, coloquialmente llamada Facultad de periodismo. Ésta, a juzgar por el edificio que la alberga, no se distingue demasiado de las otras facultades, pero un hecho concreto justifica su fama: de sus viejas aulas han salido los mejores periodistas de esta ciudad, de las ciudades más cercanas y aun de los puntos más alejados del país.

Pero no vaya a pensarse que siempre fue así. Hace poco más de cien años, la ciudad era una de tantas: ni muy grande ni muy pequeña, dedicada como otras muchas al ejercicio de la agricultura, la artesanía y el comercio. En aquel entonces ya existía, no vamos a negarlo, un gran interés por todo aquello que pudiese calificarse de noticiable, pero no pasaba de un mero entretenimiento colectivo. A lo más, se comentaban en corrillos los hechos acaecidos en los últimos días, las variaciones del clima, que en ese tiempo gozaban de gran importancia, y los rumores llegados desde la capital.

Todos los jóvenes de la ciudad con posibilidad de estudiar se echaron en brazos del nuevo medio con la pasión que despierta lo desconocido.

En nuestra pequeña universidad se formaba a un número limitado de jóvenes que, invariablemente, emigraban a otras tierras para poder hacer uso de los conocimientos adquiridos y desarrollar actividades acordes con su titulación académica: maestros, abogados y médicos, en la mayoría de los casos. Cierto que algunos de ellos preferían quedarse entre nosotros, ejerciendo su profesión en beneficio de sus conciudadanos.

Fue precisamente uno de estos, H. D., nada brillante según muestra su expediente universitario, quien acabaría convirtiéndose en el benefactor reconocido de nuestra ciudad. Licenciado como maestro tras repetir varios cursos, se interesó por la política. Sin que nadie acertase a explicarse el motivo, lo cierto es que tuvo un éxito sin precedentes en su controvertida trayectoria al frente de una junta vecinal. Medró con inusitada rapidez. Dos años más tarde, consiguió ser nombrado candidato a la alcaldía. A pesar de que el partido político al que representaba no era de los más valorados en las encuestas, venció por un estrecho margen a sus oponentes y lo celebró casi en privado.

Durante su mandato ocurrieron dos hechos cruciales, impulsados por su inquebrantable afán de modernizar la ciudad: la unificación de varias publicaciones minoritarias en un diario local de amplia tirada y cobertura, y la fundación de nuestra hoy celebrada Facultad de periodismo.

Estas medidas, por separado, tal vez no hubiesen tenido la menor repercusión en una ciudad como la nuestra. Su coincidencia en el tiempo, sin embargo, creó una desmedida expectación en torno al ejercicio y el aprendizaje de las técnicas informativas. Así, las facultades de medicina, derecho y enseñanza, quedaron prácticamente desiertas, y todos los jóvenes de la ciudad con posibilidad de estudiar se echaron en brazos del nuevo medio con la pasión que despierta lo desconocido.

Los más prudentes, así como los partidos de la oposición, vaticinaron la pronta decadencia de la moderna fe, apoyados en la falsa creencia de que la ciudad era demasiado pequeña para albergar a todos los presuntos titulados que, en breve plazo, empezaría a parir la recién creada facultad.

Los acontecimientos posteriores se encargaron de demostrar que tal razonamiento era tan arbitrario como erróneo. Los primeros en licenciarse, del mismo modo que ocurriera en el pasado con los diplomados en otras disciplinas, hubieron de emigrar a otras ciudades, pero el prestigio que alcanzaron en muy poco tiempo llevó a los responsables del diario local a plantearse la posibilidad de contratar, aun de modo provisional o como becarios, a algunos de los estudiantes de último año, con la intención de incorporarlos a la plantilla, si lograban demostrar su valía, una vez que concluyesen sus estudios.

El experimento tuvo un éxito rotundo. Casi la mitad de la plantilla del periódico fue renovada. Los periodistas formados en la facultad local eran más ambiciosos, más hábiles en el manejo del idioma, más rápidos a la hora de tomar decisiones; en suma: estaban infinitamente mejor preparados que los otros, venidos desde ciudades remotas y ahora devueltos a su origen por obra del mercado laboral.

Las siguientes hornadas de estudiantes aportaron más columnistas y redactores, de tal modo que el diario se fue expandiendo hasta que no hubo rincón del país donde no hubiera, al menos, un corresponsal diplomado en nuestra pequeña pero fructífera facultad.

La tirada del periódico creció y fue necesario instalar sucursales en varias ciudades, convirtiéndolo así en una publicación nacional. La fama del edificio que había creado a los nuevos patriarcas de la información fue creciendo de manera proporcional. Así, no hubo rincón de la nación desde donde no llegasen, casi a diario, infinidad de solicitudes de admisión. Las autoridades universitarias, viendo en ello una oportunidad única, decidieron ampliar las dependencias de la facultad, habilitando aulas en el ala antes destinada a magisterio, carrera que apenas despertaba el interés de unos pocos y que corría el severo riesgo de desaparecer.

Muy pronto, ante la gran cantidad de medios informativos en constante evolución, no bastaron las noticias convencionales.

Como es sabido, lo que ocurre en una ciudad afecta a todos sus vecinos. De este modo, la afluencia de estudiantes de otros lugares supuso una buena inyección económica para la comunidad. La facultad vino a ser el eje en torno al cual giraba la que, poco a poco, comenzaba a devenir en metrópoli.

Fue por aquel entonces cuando empezaron a surgir pequeños problemas derivados de la excesiva producción de flamantes titulados. A pesar de la proliferación de periódicos y revistas de todo tipo, no había lugar para todos. Eso motivó el renacimiento de las migraciones y provocó un extraño fenómeno que los expertos denominaron “periodismo pasivo”.

Muy pronto, ante la gran cantidad de medios informativos en constante evolución, no bastaron las noticias convencionales. Hubo que recurrir a sucesos de segundo orden. Así, todo empezó a ser noticiable: desde el atropello de un perro hasta el empaste de una muela; desde los devaneos amorosos de una criadita del barrio oeste hasta el análisis detallado de un parto múltiple. Comenzaron a elaborarse estadísticas. Así se supo que lo que mayor interés despertaba en la población no era la situación política del país, ni los muertos en guerras lejanas, ni la hambruna producida por las catástrofes naturales, ni los abusos de que eran objeto los niños en lugares de difícil ubicación en los obtusos mapas de la memoria, ni tampoco la situación de desamparo vivida por las mujeres de las naciones del sur. Por el contrario, las encuestas demostraron que los temas preferidos por la mayoría eran las bodas, los encuentros deportivos, las defunciones y las enfermedades de los famosos, por ese orden.

En eso, según se supo, no éramos diferentes del resto de los pueblos del norte, donde se concede mayor importancia al partido del domingo que al secuestro y posterior violación de una niña. Nuestras portadas se veían adornadas por fotografías en color que mostraban rostros de famosos, cuya fama no siempre parecía justificada ante los ojos de los más críticos, que en cualquier caso no pasaban de ser una minoría disconforme y carente del beneplácito popular. Por otra parte, estos defensores de lo absurdo también disponían de una publicación propia, de escasa tirada y nula repercusión social. Mientras, nuestra ciudad crecía, se modernizaba y hasta permitió el nacimiento de pequeñas comunas de mendigos, quienes se albergaban, con permiso del Ayuntamiento, en una zona de chabolas situada hacia el norte, a poco más de un kilómetro del núcleo urbano.

A fines de la pasada década, coincidiendo con el mayor auge de las publicaciones impresas, tuvo lugar un hecho aparentemente trivial, pero que, como se verá, tuvo capital importancia en el devenir posterior de los acontecimientos: a falta de noticias, un avispado redactor inventó una. El periódico en el que prestaba sus servicios la lanzó en primera página con un par de falsas fotografías a todo color. Al principio, esto causó cierto revuelo, ya que los otros diarios desmintieron el hecho y se suscitó una agria polémica en la que hubieron de intervenir las fuerzas políticas. Lo cierto es que, a partir de ese día, comenzaron a publicarse notas incorrectas, cuando no totalmente falsas. Lo que en un primer momento pudo parecer una falta de ética, llegó a convertirse, no tardando mucho, en un modus operandi tan lícito como cualquier otro. Muy pronto los lectores, jueces supremos en la cuestión tratada, empezaron a considerar igualmente fiables una noticia falsa o una verídica, amparados tal vez en el principio de que toda realidad, en definitiva, es ilusoria.

Como es harto difícil distinguirlas de las verdaderas, las falsas noticias han creado entre nosotros un mundo virtual donde casi todo es posible: perros parlantes, abanicos dorados recubiertos de una materia que rejuvenece a sus usuarios, amas de casa que por las noches remontan el vuelo y visitan los barrios prohibidos, presurosos peces de cristal que surcan los ríos cercanos, concejales de lengua bífida, ordenanzas de sonrisa perenne y otros seres y artilugios no menos fantásticos, han salido de la fantasía popular y ahora deambulan entre nosotros, siquiera de un modo informal; nos llaman desde las hojas impresas de los diarios y parecen solicitar toda nuestra atención.

Todo ello ha hecho que cada uno de nosotros sea un periodista de hecho o en potencia. Así, los menos dotados cuentan de viva voz a los expertos aquello que consideran digno de ser publicado. Al día siguiente reciben el premio en forma de artículo a doble columna.

Tal vez recuerden un cuento de Silvio W. J. (inspirado en El castillo de Kafka) en el que se habla de un remoto castillo al que invariablemente llegan agrimensores que, al encontrarse con que no pueden desarrollar su auténtica profesión, y decididos a quedarse a toda costa en el lugar, desarrollan otros oficios, viéndose así convertidos en labradores, maestros de escuela, panaderos, electricistas o recepcionistas de hotel. En nuestra ciudad se da el caso contrario. No hay fontanero, gerente, ama de casa o guardia municipal que no haya ejercido, al menos una vez o de forma tangencial, de periodista.

Lo que importa son los hechos, no ya los que suceden, sino los que son contados. Nada es real mientras no haya alguien que lo narre.

De ese modo, se han creado vínculos que antes no existían. Los mendigos, por ejemplo, dotados de una imaginación poco común, se han convertido en la mejor fuente de información para los reporteros de a pie, que pululan todo el día por las calles a la caza del rumor improbable, de la noticia increíble. También las amas de casa, agrupadas ahora en sindicato, han contribuido a la difusión de la nueva doctrina, aportando un punto de vista diferente y nunca antes debidamente valorado.

No es preciso ahondar en detalles. Quizá baste decir que el novedoso procedimiento fue adoptado en otras ciudades y por otras publicaciones. No pocos han pretendido atribuirse la invención. Tal vez no anden errados. Hoy es difícil conocer lo que alguna vez ocurrió, imposible distinguirlo de sus múltiples reflejos. ¿Cómo afirmar que fuimos nosotros quienes iniciamos este proceso de renovación periodística? ¿Qué nos autoriza a adjudicarnos su autoría cuando los recuerdos se confunden con aquello que leímos o escuchamos?

El mundo entero se ha rendido a la nueva doctrina. ¿Qué importa dónde nació o quién fue su inventor? Lo que importa son los hechos, no ya los que suceden, sino los que son contados. Nada es real mientras no haya alguien que lo narre. Tú, lector, acaso no existes sino porque alguien está contando que lees este informe; el que escribe tal cosa o yo mismo quizá no seamos más que un producto de la imaginación de otro.

Sergio Borao Llop
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