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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

La infidelidad familiar

• Martes 15 de mayo de 2018

“Venus del espejo” (1555), de Tiziano

Por si no fuera suficiente, me tuve que entretener en buscar debajo de la mesa la monedita que se le había caído a mi cuñada para mostrar benevolencia, solicitud. Ella había llegado de Canadá, estudiante aventajada de informática en Toronto, en su universidad más renombrada, la del ranking de no sé qué institución académica de Singapur, como repetía su novio belga cada cuatro minutos. Mi mujer, Petra, quería tanto a su hermana que no se daba cuenta de que el tipo, Jules, mostraba una curiosa sumisión a mi mirada. Yo me divertía jugando a las sonrisas y los guiños casi secretos.

Definitivamente el escándalo fue mayúsculo y partió por la mitad ese matrimonio oficioso con Petra, que sólo era un noviazgo que el hábito inveterado de tres años había llamado así.

La moneda la encontré. Por debajo de la mesa eché un largo vistazo a las espinillas de Lorena, encajadas sin resistencia en una pantorrilla regordeta. Lo de meterme en la cama con cualquiera de mis cuñados no estaba en mis planes. De hecho me aburría como una ostra aquellos días del puente de no sé qué santo. Petra ilusionada con recibir adecuadamente a su hermana pródiga antes de que fuera a casa de mis suegros. Le puse la monedita de un euro en la palma de la mano. Lorena me notó cierta turbación y comenzó también con ella, aunque más a conciencia, el maldito lenguaje de la tensión sexual reprobable, que intentó paliar con un largo pico a Jules, pero no le resultó. Yo pasé la mano por el muslo delicado de Petra, que me sonreía.

Eso fue hace tanto… Ahora acabo de componer un poemilla muy pedestre sobre mi asalto en la cocina de nuestra casa, justo cuando mis suegros acababan de irse, tres días más tarde, y Jules y Petra se intercambiaban convencionalidades en inglés, allá a lo lejos, en el balcón. Me había equivocado plenamente en mis cálculos.

Supiste la bestia en su membrana inguinal,
Que te rozaba como un sapo.
Mi mejilla desfloró la tuya
En un apretujón de atolondradas hadas
Jadeante y fallido,
Que deshiciste como una sátira,
De pronto desapercibida de mi urgencia.

Definitivamente el escándalo fue mayúsculo y partió por la mitad ese matrimonio oficioso con Petra, que sólo era un noviazgo que el hábito inveterado de tres años había llamado así. No he vivido en mis días situación más embarazosa. Me encerré en nuestro dormitorio a acurrucarme, inmóvil, en penumbra, con la vista perdida, junto a la mesita de noche, mientras oía las quejas e imprecaciones que profería Lorena entre sollozos, sentada en la chaise-longue del comedor. Jules pedía sin éxito un resumen en inglés, a ser posible con links a páginas de psicología especializada para tamaña crisis nerviosa, y Petra, arrasados los ojos en lágrimas, pero muy tensa, muy firme, irrumpía cada diez segundos en el cuarto para sacudirme furibundos reproches a mi mezquindad, que yo amortiguaba como cuerpo inerte.

El resultado a la larga es que ella se fue con su hermana Lorena a probar fortuna como profesora de español, puso su pisito en alquiler semiturístico y yo me mudé a un medio estudio por Glorias. Aún me imagino las probables charlas familiares en las que yo me convertiría en la oveja negra que tenían que haber enajenado antes, la diatriba unánime y al final las selectas burlas de elegante suficiencia. No aporta nada referir las noticias indirectas sobre el caso. Una cuarta parte de mis contactos me borraron de sus cuentas en los dos meses siguientes y mi trabajo se resintió. Ingresé bastante menos.

Hice un gran esfuerzo por conseguir engañarme a mí mismo sobre la razón de mi deseo y de mi intento, con la idea de ennoblecerlos. Pensé que Petra se lo había buscado por negarse a tener sexo a menudo, o que Lorena me había tentado a sabiendas o no, o incluso que yo me había enamorado de ella sin sentirlo. Todo esto eran memeces. Lo cierto es que mi demonio, mi manía, me estaba arrastrando ya desde hacía mucho. Es cosa sabida. Siempre irradia desde aquel callejón. Y mezclar la dulzura y perfección del encuentro familiar, cuando aún el buen aroma y el calor afectuoso de los padres de las dos hermanas flotaban en el ambiente, con la satisfacción de la libido que los rasga a total contrapelo, era demasiado atrayente.

Ante mí, a pesar de su desprecio, se mostraba distante, precisa, no rebajándose a la menor familiaridad.

Ahora no voy a venir con antecedentes. Esta fue una de las primeras veces en que me empecé a comprender. Mi placer no era ni bueno ni malo, pero especialmente no era bueno. Por supuesto que para gozar debía afinar más la jugada, aunque de hecho era muy difícil. Para nada me apetecía marrar el tiro así y caerme con todo el equipo, tragar tantas turbulencias, incluido el reto de Jules, que casi me golpea. No obstante, y esto ocurre siempre, conseguir la complicidad de Petra llevaba aparejado el horror del sacrilegio. De lo contrario, hubiera sido sustituir una normalidad por otra, como intercambiarnos educadamente las parejas. Tal cosa no contiene el menor morbo.

No consideré nunca la posibilidad de vengarme. Vino de improviso, cuando ya otras pieles me habían borrado de la mía la luz tenue de Petra, que me había despojado como un salitre algo alquitranado. Coincidí con su madre en el departamento de RR. HH. de FHYULTA, SL, donde ella distribuía al personal recién contratado de acuerdo con el perfil más pertinente y yo asistía a la empresa enviado por la mía para una asesoría de escaso relieve, pero penosa, que me iba a ocupar tres semanas, en días periódicos. Ya se sabe, en reencuentros de este tipo la vergüenza y el desconcierto imperan, aunque ya hubieran pasado 7 meses desde el incidente, para subsanar el cual yo no había opuesto ninguna traba, sino aportado repetidas excusas y facilidades. Precisamente por ello Auda acabó sonriéndose con leve misericordia entre la conformidad, la repugnancia apaciguada y la sorpresa ante las carambolas del destino.

Nuestro trato laboral fue de lo más correcto. Ante mí, a pesar de su desprecio, se mostraba distante, precisa, no rebajándose a la menor familiaridad. Conociéndola, sabía que su rectitud de costumbres no concebía en el fondo mi presencia en público. Aquella velada me había acariciado con tan maternales pupilas cuando le serví primero a ella el cava, los platos y los postres, y ahora interpretaba y conseguía encarnar tan bien el papel de desconocida, que todos en la empresa así nos supusieron.

Evidentemente me dolió, pero debía ser comprensivo. En casa, con la gata y la baraja de cartas, mientras sólo oía la televisión, me vino un rijo poderoso. Auda tenía (y digo yo que todavía tendrá) unas arruguitas en las ojeras que deslucían muy poco dos portentosos luceros. En sus ojos vibraba aún el hondo sabor de satisfactorios escarceos pasados, de dulces mezcolanzas fugitivas, de bien ensalivados morreos y enérgicas culetadas, acaso no todas en perfecto estado de fidelidad. Es cierto que el teñido de pelo no escondía del todo los mechones canos, pero la melena undosa caía sobre los hombros anchos. Yo me imaginaba que los pechos no serían tan firmes ya, pero era imposible negar que aquel tamaño estaba destinado a parecer siempre ubérrimo y a esquivar honrosamente, hasta los sesenta, la necesaria decadencia. El vientre era plano, plegado en dos rollos de carne pero de tremenda llaneza en el triángulo de la entrepierna, desde el ombligo. Las caderas respondían demasiado bien a la anchura de los húmeros. Las piernas las llevaba siempre embutidas en los pantalones, pero el pie era escultórico, resistente.

Con tal registro imaginativo, no llevado a cabo nunca antes, me masturbé sudorosamente en un rincón del sofá, con las piernas encogidas para proyectar mejor el pene y exprimir al máximo el orgasmo derivado de la revelación de mi nuevo deseo. Es evidente que la posibilidad de desquitarme del ostracismo padecido lo sazonaba en la forma exacta como yo lo necesitaba. Era imposible que Auda, que quería tanto como respetaba a sus hijas y estaba contenta con su marido (hasta donde yo sabía), no se sintiera abocada a un verdadero bloqueo mental en el caso de que un pensamiento de interferencia sexual cruzara su mollera. Su consciencia lo cancelaría con tal eficiencia que difícilmente reaparecería, a no ser en forma de pesadilla que repitiera mi asalto, ya convertido en definitivo acoso, esta vez sobre ella, en la oficina, a solas.

Visitar al demonio en su calleja me dio fuerzas considerables. El fracaso era el agua de manantial que escapa de diques de cartón y mi agudeza, sin su ayuda, no sabría de ningún modo cómo apresarla. Es más, me daría una perspectiva otra vez errónea, la que probablemente me costara un cliente crucial en mi trabajo, la empresa que me enviaba a FHYULTA. Tampoco creo que Auda se ahorrara una querella, para vengarse de mi pasado error. Como yo tengo muy claro que mi deseo no tiene nada que ver con la menor infracción de la ley, debía conseguir a toda costa su complicidad, incluso debía lograr que ella misma se convirtiera en sensualísimo motor del ansiado coito. Ese sería un goce insuperable.

Así que me dediqué a alargar un poco las indicaciones sobre la tarea que debíamos compartir, que era mínima, y ella no siempre podía desembarazarse de mí de inmediato. Auda trabajaba a su mesa, yo rondaba entre la otra gente, y me acercaba a inquirirle cada dos por tres. Claro que nos tuteábamos y además ya de hecho habíamos restablecido la normalidad de dos antiguos conocidos, que sin embargo no conservan el menor afecto. Mi deseo tenía que aparecer en ese ambiente como del todo identificado, ya desde el principio, con otro suyo. Al inicio sería como una minúscula comunidad incuestionable de un mismo sentimiento, aún incierto, entre la simpatía y el enternecimiento del perdón, de la posible reconciliación. Luego sería la duda, también compartida, de que aquello no fueran en el fondo feromonas obedeciendo al maldito instinto de la especie.

Algunos roces muy involuntarios le pusieron miradas tiernas, aquellas mismas de una vez. Luego se convenció de que podíamos tomar algo juntos en el camino.

En efecto, en la segunda semana Auda ya fruncía el ceño con vago desespero ante mi presencia. Es seguro que se le estaba abriendo el apetito. Yo me hacía el tonto, el inconsciente, el aturdido. Ya había purgado otrora mi falta, ahora tenía derecho de nuevo a la presunción de inocencia. Con fingido esfuerzo me contenía de mirar sus pezones menudos, pero tiesos, en el mar de rotundidad de los pechos apretados a la camiseta. Cuando ya fui viendo que Auda se agitaba internamente demasiado empecé a permitir que sorprendiera esas miradas mías. Definitivamente nuestra comunicación ya estaba bañada del todo por el presentimiento, el pensamiento, de la fusión carnal inminente, aunque nos miráramos a los ojos, y ella insistiera en mostrarse expeditiva.

Como decían en los antiguos tutoriales de manejo de sustancias peligrosas, nadie debe probar esto en su casa, entiéndase en su vida diaria. Está claro que tal cosa es una chorrada. Pero yo estaba de verdad desorientado y hundido por el patinazo que había tenido con Lorena. El riesgo era altísimo. De todos modos, la recompensa soñada me dejaba dolido de tan prometedora. Además, en las redes sociales, Petra y su hermana aparecían tan risueñas y perfectas en su sociedad canadiense, de universitarios e investigadores predecibles, que el jarro de agua fría del futuro desliz de su madre me iba a saber a néctar.

Lo que ignoraba era cómo llegar a demostrárselo sin infringir la ley. Pero ante todo estaba la venganza en sí, su meollo tangible, la infidelidad de su madre a su familia. Luego, ya se averiguaría cómo desvelarlo fehacientemente. Además, la verdad siempre acaba sabiéndose. Por lo tanto, me preparé para la última semana. La forma de deseo inspirada en Auda era la óptima: la que se deja arrastrar por un arrebato al menor descuido, sin preocuparse de nada, más que el secreto, la intimidad. La ocasión vino cuando me vi en la posibilidad de coincidir con ella un cuarto de hora en el metro. Qué bien funcionó el tabú establecido respecto de nuestro pasado en común. Algunos roces muy involuntarios le pusieron miradas tiernas, aquellas mismas de una vez. Luego se convenció de que podíamos tomar algo juntos en el camino. Por último conseguí besarla en el sillón del bar, en una especie de exedra de verdad idónea. Me apretujó con ansia, movió la lengua en mi boca con vaga impericia turbadora. Yo me aposesioné de aquellos pechos, sobre la camiseta, francamente. Mucho me temía que no quisiera ir más allá. Pero mi erección era demasiado sugerente. La rocé mucho y logré que en el baño, puesto que el bar estaba medio vacío a media tarde, se la metiera durante unos breves segundos. Al día siguiente, en que yo libraba de su empresa, me escribió que me venía a ver a casa por la tarde y allí consumamos con bastante plenitud y acierto, en abismal silencio. Mis manos en la leuda de sus pechos y un recoger intenso y exitoso de varios cuerpos sucesivos, caducados de lustro en lustro, hasta devolverla a sus veinte varias veces, al final de la cuesta de nuestras cópulas. Imagino que no siempre, pero es comprensible que una suegra follada conserve aún aquel pudor violento último, un poco suicida, que mencionaba el capuchino de Ferrater:

I si una dona amaga
La cara sota el teu pit, perquè no vegis
Com la rebolca el fosc torrent que has desfermat…
Tornaràs a dir-ne vida?

Pues sí. No la hay más pura.

Daniel Buzón

Escritor y filólogo español (Manresa, 1977). Se ha dedicado a la docencia. Ha publicado relatos en las revistas electrónicas Axxón y Ariadna-RC. Así mismo ha colaborado en Rebelión. En 2012 editó una traducción al castellano de una obra prácticamente ignorada del escritor romántico Stendhal, De un nuevo complot contra los industriales (Madrid, Ediciones Sequitur), cuyo estudio preliminar trata sobre la implicación del sansimonismo en la defensa e implantación del sistema de deuda pública en Francia.

Sus textos publicados antes de 2015
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