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Transparencia involuntaria

martes 18 de agosto de 2020
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No acostumbro a recibir visitas a las 5:30 de la mañana. A pesar de haber tenido algunas en horas atípicas, no es una rutina a la que uno se acostumbre y mucho menos cuando se está desnudo y listo para tomar la primera ducha del día.

Al abrir el agua caliente saltó un espécimen a mi bañera sin invitación o buenas intenciones. Uno de esos reptiles que uno detesta y espanta de las paredes.

Pequeño, muy pequeño en realidad.

Me observó con unos enormes ojos negros, enormes, no miento, más grandes que su vertebrado y diminuto cuerpo; mientras tanto, intento por todos los medios ver si tiene piel o escamas; así es, nos conocimos en un momento íntimo sin habernos visto antes.

Al saltar el animal salté yo para caer en el otro rincón, mi corazón llegó a mi garganta, mi respiración perdió su ritmo y grité callado para no despertar a nadie.

Me mira, lo miro, nos miramos, el agua se calienta cada vez más. Me pego de la pared que está helada, lejos de donde él está; me arrastro despacio para acercarme al grifo, ese animal con sangre fría me persigue con su mirada. Se ve que respira, no tiene párpados, su mirada es algo escalofriante. De repente grita. Grita fuerte. “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!”. Además de mínimo y de ojos inmensos el reptil es tar… ta… mu… do…

Lo escucho, sé que está allí, pero no lo veo hasta que levanto la mano hacia mi cara y lo encuentro agarrado a mi dedo índice.

El agua hierve, quema la piel, el vapor comienza a sofocar el baño. Debo alcanzar el grifo; pegado a la pared el vapor no me deja ver, pero el canalla sí me ve. De repente otro “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!” fuerte y claro y el vapor alrededor se arremolina. Ya no lo veo, no sé dónde está.

No quiero abrir la puerta, no puedo abrir la puerta. Quiero hacer el ridículo aquí encerrado yo solo con este límpido animal. No quiero que nadie se entere. Arrastro mi mano por la pared para alcanzar el grifo, cuento las cerámicas una a una, tengo que cerrar el agua caliente. Mis dedos se deslizan lentamente para no llamar la atención, no encuentro el grifo, el baño parece inmenso, pero sé que no lo es, el agua quema, quema, hierve la sangre.

Desde el zócalo del lado derecho de la puerta sale un “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!”. Esta vez con un silbido agudo al final del último “¡que!”. De repente, la bestia agarró mi dedo índice con sus enormes garras, comenzó a gritar “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!” una y otra vez. Lo escucho, sé que está allí, pero no lo veo hasta que levanto la mano hacia mi cara y lo encuentro agarrado a mi dedo índice. Pego un brinco, me tapo la cara con la otra mano, siento un fuerte mordisco en el dedo capturado y grito. Y el malvado grita otra vez “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!”. No me suelta, no tiene intención alguna de soltar mi dedo.

Debajo del agua hirviendo veo cómo mi corazón late con fuerza. Me arde el cuerpo. Envuelto en vapor, me descubro a través del espejo con unos ojos grandes, no tengo color, estoy pálido de los pies a la cabeza, siento mi sangre fría, el reptil sigue pegado al hueso de mi dedo índice.

Con furia lanzo al insignificante a la pared del frente mientras tiene los ojos bien abiertos y grita “¡TU! ¡QUE! ¡QUE!” una y otra vez, se torna verde salvaje, me mira, salta repentinamente para desaparecer por la pequeña ventana.

Me arrastro sobre los charcos de agua caliente. No voy a abrir la puerta.

—Volvió a dejar el grifo abierto.

Con mis desarrollados ojos, desde el suelo, en la esquina donde me encuentro observo a mi mujer desnuda que se cepilla los dientes frente al espejo. Por primera vez en treinta años, disfruto de su cuerpo desde otro punto de vista mientras me abriga esta palidez involuntaria y un deseo animal de tenerla cuerpo a cuerpo.

Enrique Coll Barrios
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