Servicio de promoción de autores de Letralia

Saltar al contenido

Microrrelatos de Daniel Buzón

martes 8 de septiembre de 2020

Desvanecimiento

El hijo del profesor de matemáticas correteaba por el prado. Mi prima y yo íbamos a misa luciendo nuestros vestidos de gasa y seda, bajo chales de franela. Caminábamos por la senda que bordeaba el sembrado de papá. Saludamos al profesor, que decía algo a su hija antes de dejarla unirse a nosotras. Él llegaría más tarde a la iglesia con el muchacho, al que su hermana dedicó una última mirada protectora. Después anduvimos unos metros charlando. Desde mi posición, tenía todo el prado a la vista y me sorprendió su soledad. Nuestra amiga giró la cabeza distraída y pegó un grito lancinante. El prado, que los rumiantes habían dejado raso y se extendía hasta el horizonte, algo en lontananza, estaba totalmente vacío. Su hermano no podía haber corrido tanto. El revuelo de vecinos y el afán de todos no lograron dar ni siquiera con un agujero o una sima fatales. Ahora que soy ya una anciana provecta y no puedo más charlar con mi amiga y mi prima, difuntas desde hace tiempo, me visita a menudo un joven, que cruza el prado, y me habla de su hermana y de su padre, el profesor de matemáticas.

 

Palingénesis

Era Rodolfo un administrativo banal y parsimonioso, casado y divorciado a sus cuarenta, fracasado y reflotado por terapias peregrinas. Sus padres lo posponían a cualquiera de sus cinco hermanos. Era acogido con bromas aviesas en las celebraciones familiares. Una tarde que había visitado a sus padres, durante la comida se vio de pronto capaz de levantar un lebrillo lleno de lentejas, cogiéndolo del borde con el índice y el pulgar. Causó asombro. En las horas siguientes, comprobó que sus brazos habían desarrollado una fuerza desmedida. Podía alzar cualquier peso. Se puso la chaise-longue de su casa por montera sin el menor esfuerzo. De pronto comprendió. Dios le había regalado un don con el que desquitarse de las humillaciones pasadas. Esa cualidad le haría respetable ante todos, incluida su familia. Saboreó con delicia tamaña expectativa. Se durmió sonriendo. Durante la noche, los brazos le arrancaron la almohada de debajo de la nuca y taparon con ella su cara con desmesurada potencia, hasta asfixiarlo.

 

Carnaval

Si me retraigo de la algazara desmesurada de los demás figurones carnavalescos es porque me duele en los tuétanos. No exagero. Es verdad que en la vida me había disfrazado, pero por elección personal, y esta defección no significaba que me desagradase la fiesta. Más bien al contrario. Todo esto cambió en aquella ocasión en que yo había entrado en un bar estrechito a pedir alguna bebida. Eran las 12 y pico de la noche. Pude notar con el rabillo del ojo cómo se iban acumulando a la puerta animados participantes de las carnestolendas con jovialidad notable. No sé si llevaban aquellas caretas dieciochescas clásicas, pero sí me acuerdo de una especie de gabanes. Podría estar equivocado. Tanta inseguridad de la memoria sólo me certifica el enmascaramiento más opaco de aquellos sujetos, hombres y mujeres, abandonados a un espíritu orgiástico evidente. Pero lo que me tintinea aún en el cerebelo son las carcajadas estruendosas que pegaban. Tuve que abandonar a toda prisa el local, abriéndome paso entre los risueños, porque su hilaridad me retorcía los nervios. Fue, sin duda, la manifestación de un hechizo. Desde entonces he dejado de existir durante los días laborables o demás festivos, para poder vivir sólo durante el carnaval, como un polichinela cualquiera.

 

El padre

Al saber que su padre, fumador empedernido, había llegado a las cocheras de Sants, sintió un escalofrío que llamó incluso la atención de su esposa. El público, hablador pero expectante, le había recibido con una reverencia especial, sin duda a causa de la materia del libro, premiado con el galardón al mejor ensayo metafísico. Lo miraban con admiración por su capacidad, alabada y proclamada a los cuatro vientos por los medios de comunicación, para penetrar en la teología abisal más especulativa y a la vez para afirmar sus mismas tesis con cálculos de incuestionable valía científica. Pero su angustia crecía. No es que su progenitor no aprobara su profesión, sino que lo presentía disconforme con un aspecto preciso de la misma. Y la incertidumbre aun lo inquietaba más. Lo había visto tan poco en su vida. Y, al mismo tiempo, lo conocía tan bien. Un libro que en cierto modo desvelaba su compleja personalidad no podía ser más que una muestra de amor algo huérfano. Y, sin embargo, no pudo sino presentir su propia insignificancia, como un mortal cualquiera, cuando vislumbró la columna de humo que fulguraba y olió el hedor sofocante.

 

Fallas del sistema

Tras la constante alarma terrorista de los años pasados, que afectaba fundamentalmente a los aeropuertos, aquella sociedad había alcanzado un grado inmejorable de seguridad. Los equipos tecnológicos más punteros controlaban los equipajes de mano no sólo escaneándolos eficazmente sino también de un modo diligente y sencillo. Ya no era necesario que los pasajeros se despojaran de cintos y calzados. Era tan seguro el control que habían reducido el número de agentes en las cintas y podían atender a otras probables lagunas securitarias, decían. Asimismo la facturación de maletas disponía de un escáner de detección inmediata. Para evitar acciones incontroladas, patrullaba buen número de agentes bien armados y se habían colocado bolardos en la acera exterior para detener vehículos kamikazes. La tarde en que era reelegido uno de los alcaldes más carismáticos, aclamado impulsor de estas medidas, un lobo solitario entró tranquilamente en la zona pública, previa a los controles, con una maleta de treinta kilos, y la hizo explotar entre la multitud de familiares y pasajeros.

 

Reversibilidad del sino

Nuestro compañero del último curso del instituto había sufrido muy penosamente de enfermedades psicosomáticas titilantes y traicioneras. Parecía un tipo resuelto y sin embargo era un manojo de inseguridades. Creo que fui uno de los que le compadecían. Por una amiga supimos los entresijos del paradójico final. Estaba resentido con su familia, sus maestros, el mundo. Mientras sus padres y su hermano veraneaban en el Caribe, se determinó a la venganza. Así todos conocerían su dolor. Le comprenderían. La misma madrugada en que debían volver sus familiares, metió la cabeza en el horno y se quitó de en medio. Pero el hado dispuso de otro modo: desde dos horas antes se daba la noticia de que el vuelo en que iban sus padres y su hermano se había estrellado y, cuando descubrieron su cadáver, todos lo consideraron una consecuencia de la catástrofe. Y en cierto modo lo era.

 

Bromas macabras

Acostumbraba a alardear de ello en el vestuario del gimnasio. El grupo de adolescentes se carcajeaba. Aunque muchos decían que ellos habían hecho lo mismo, lo cierto es que él era el único que de veras llevaba a cabo la proeza. Le disparaba la adrenalina como saltarse con la moto a toda velocidad los semáforos en rojo. Su abuelo paterno había muerto tres años atrás de un tumor en el cerebro, cuando él apenas tenía catorce. La última vez que lo vio fue en el hospital durante una visita familiar. El hombre estaba despierto pero ausente como un vegetal. Al acercarse a darle un beso, le susurró al oído, sin posibilidad de que nadie más le oyera: pronto te comerán los gusanos, carcamal. Cuando su abuela materna tenía muy avanzado el alzhéimer, le musitó otra frase parecida. Por lo tanto, cuando su otra abuela estaba en coma postrada en cama, fulminada por un ictus, con pocas horas de vida, le dijo que le esperase en el infierno y la insultó. Oyó entonces un hilo de voz imperceptible para los demás que le contestaba ominosa y certeramente: tú llegarás antes.

Últimas entradas de Daniel Buzón (ver todo)