“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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La vuelta en u

martes 1 de diciembre de 2020

A Carmen María, Francisco Javier, Gerardo Tadeo, Juan Carlos, Paulo Gabriel.
Mis hermanos que a lo mejor no se acuerdan de la vuelta en u, pero estuvieron presentes.
A mi amigo Alfredo Quintero quien cuenta historias en otras dimensiones.

1
La chica en la moto y su hervido piloto

¡Pegó el grito! Nos dejó sin aliento con los cuerpos en temblor latente. Mis hermanos y yo saltamos del asiento sorprendidos por un agarrón al anochecer de la pista. Una pelea al aire libre sobre dos ruedas a una velocidad desmedida. Tenía que frenar, no le quedaba más espacio. Tiene que girar, detener la moto, seguir la curva, bajar la velocidad. Se deslizó dejando caucho en el asfalto; con los brazos al aire escuchamos el grito más aterrador de la noche. Ella voló. Él sostuvo su máquina hasta quedar enterrado entre el asfalto y el motor hirviendo. Mi padre giró al final de la u, las luces del auto descubrieron a la chica que aterrizó sobre la montaña de tierra en el medio del camino blandiendo los brazos. Su compañero fundido desapareció cuando las luces se dejaron llevar. El silencio chocó lo que quedaba, nadie pronunció palabra alguna, sobran los suspiros.

Al llegar a casa mi hermana me preguntó: “¿Crees que estén muertos?”.

Al llegar al final teníamos que girar en u para subir hacia la Sanz y de ahí a casa.

Hace muchos años, a finales de los 60, la autopista Francisco Fajardo llegaba a la entrada de lo que hoy es La California. Un poco más allá estaba cerrada. No había luz o camino alguno. Una montaña de tierra impedía el paso hacia Petare o Guatire. Estaba cerrado.

—¿Cómo uno puede ser tan idiota para dejarse llevar por una pelea y no ver una montaña en el medio de la autopista?

 

2
El gallo pelón en la vía

De regreso del club, un poco tarde, cansados de un largo día de piscina mi hermano desde la ventana derecha me preguntó si conocía la historia del gallo pelón. Me quedé callado. No quería jugar. Mirando hacia afuera, me reta: “¡No te oigo! ¿Conoces la historia del gallo pelón?”. Caía la tarde y con ella las ganas de jugar cualquier tontería. Sólo se siente el rodar del auto sobre el asfalto.

—Mami, ¿tú conoces la historia del gallo pelón? —preguntó mi otro hermano muy inocente. Desde la derecha se escucha claro, en buen tono de voz, sin burla o ironía.

—No es “mami, ¿tú conoces la historia del gallo pelón?” —silencio. Nos acercamos al giro de la historia. Mi madre sí sabe cuándo debe bajar la velocidad y encender las luces altas.

—Mi mamá no conoce al gallo pelón —dijo mi hermano hasta ahora ausente acurrucado en su toalla con el traje de baño mojado.

—No es si mi mamá no conoce al gallo pelón… —dijo mi hermano aguantando la risa.

Con la toalla metida en la boca comienza mi hermano: “¡El gallooo pelónnnn! ¡El galloooo pelónnnn!”.

Desde la ventana resuena: “¡No es el galloooo pelónnnn! Es si quieres que te cuente el gallo…” (carcajadas).

Mi mamá giró lentamente el Ford Fairlane, ya derecho y seguro lanzó la chancleta a mi hermano para dejarlo pegado de la ventana con un grito de susto y amargado.

Llegamos a casa sin saber si mi madre conocía al gallo pelón; a mi hermano le colgaba la chancleta de la oreja.

—¡Te la dejas colgada hasta que te metas a bañar o te pego la otra para que te la cuelgues también!

Vivimos en El Marqués, la autopista era nuestra ruta de rutina a cualquier hora. Al llegar al final teníamos que girar en u para subir hacia la Sanz y de ahí a casa. Era el giro en u o la avenida Rómulo Gallegos.

 

3
Herraduras para burros

Cuando nos quedamos hasta tarde en el colegio mi madre era la responsable del transporte. Primero a mi hermana con la pequeña vecina, luego a los de La Salle y por último a mí en el instituto. Tarde, con hambre y ganas de estar en casa escuchábamos la radio en silencio durante el recorrido. El ruido atrajo nuestra atención. Una carreta destartalada jalada por dos viejos burros y su centenario dueño. A petición mi madre redujo la velocidad; el Ford acompañó a los animales despacio. Nos peleábamos las ventanas para ver mejor y gritar cualquier tontería. Las preguntas saltaban desde el interior del auto; el viejo no contestaba, no nos miraba, tan sólo contaba sus pasos sobre el camino. Mi madre observaba inquieta, satisfecha de haber complacido, no nos quitaba la vista de encima, hasta sonreía, el Ford avanzaba.

—¿Cuántas herraduras tiene ese burro? —preguntó mi hermano.

El viejo se le queda mirando largo rato.

Mi madre, distraída, pega un grito al sentir cómo se monta el Ford sobre la montaña en la mitad de la autopista. Quedamos en el aire con una rueda trasera despegada de la tierra. Brincamos, gritamos, nos bajamos con cuidado, para evaluar daños o salir corriendo. ¡Qué susto, sólo fue un susto!

La montaña cobraba vida, nos sentía, fingía no sentirnos, pero yo estaba seguro de que a medida que nos acercábamos los cauchos se convertían en cómplices de algún fatal destino.

—¡Cuatro! —gritó el viejo dando la vuelta en la u—. ¿Cuántas creías que tenía? —los burros continuaron su camino.

—¿Y si le pedimos prestados los burros al viejo para bajar el carro? —dijo mi hermano con cierta ironía.

—No pueden, sólo tienen cuatro herraduras —dijo la vecina quien repetía quinto grado por tercera vez.

Llegamos tarde a casa, cenamos y antes del baño fuimos hasta la casa del vecino el llanero para preguntarle si tenía alguna herradura de burro.

—No tengo burros, sólo caballos —tiró la puerta en nuestra cara.

Al atardecer, durante la noche, sólo con mis padres o mis hermanos me dejaba encantar por la magia de la u. Con un poco más de diez años me gustaba llegar a la vuelta en u para girar. Cuando estamos cerca, me recuesto del asiento delantero y fijo la mirada en el trayecto, espero lo inesperado. La autopista, apenas terminaba al final del Aeropuerto La Carlota, era de un oscuro aterrador. Los autos encendían sus luces altas y los prudentes bajaban la velocidad. La montaña cobraba vida, nos sentía, fingía no sentirnos, pero yo estaba seguro de que a medida que nos acercábamos los cauchos se convertían en cómplices de algún fatal destino y la montaña respiraba profundo para esperarnos con los brazos abiertos.

 

4
El autobús musical

School Bus de color amarillo se nos acercó por el lado derecho, lleno de muchachos, todos cantaban la canción de moda. “Sugar, ah, honey honey. You are my candy girl. And you got me wanting you!”. Dentro del autobús había como un hervidero de múltiples colores de piel y cabellos. Los muchachos saltan, cantan, brincan de un lado al otro de los asientos mientras la canción se escuchaba hasta el otro lado de la autopista. A mi padre al principio le pareció prudente bajar la velocidad del Ford, pero al ver la cara de aturdido del chofer comenzó a hacer señales para que bajara la velocidad. El chofer se ofendió y aceleró para apartarse lo más rápido posible. “I just can’t believe the loveliness of loving you. (I just can’t believe it’s true) I just can’t believe the one to love this feeling to. (I just can’t believe it’s true)”. Desesperado aceleró, la música sonaba a lo lejos.

El autobús comenzó en franco frenada a tan sólo metros de la montaña en medio de la autopista. Sin señales de precaución, sin artilugios para detener lo inevitable, la montaña se tragó la trompa, los vidrios saltaron por todos lados, los muchachos cambiaron la letra por alaridos y largos llantos de desesperación.

Mi padre se detuvo un poco más atrás de la u.

— No se bajen —corrió hasta el autobús. Forzó la puerta. El chofer apareció pálido y adolorido. Mi padre se subió, recorrió el pasillo del bus mientras preguntaba si todos estaban bien; regresó al carro más tranquilo.

Aceleramos para girar en u sin quitarle la mirada al espejo retrovisor. Continuamos petrificados recostados del espaldar del asiento trasero con la mirada en la montaña amarilla y las luces intermitentes encendidas burlándose de lo sucedido.

—Están bien —llamaremos a la policía al llegar a casa.

Durante el día no era tan emocionante acercarse a la montaña del medio de la autopista. El silencio nos acompañaba hasta cierto punto. Mis hermanos por lo general están dormidos o demasiado cansados para disfrutar de un encuentro en otra dimensión. Cada uno como que está en lo suyo, casi nunca pasa algo que nos llame la atención. Yo, en cambio, me inclinaba lo más cerca del parabrisas para no perderme de algún sorpresivo encuentro. Algunas veces nos acompaña algún amigo o familiar, pero es muy raro dar la vuelta en u con algún extraño en nuestro Ford Fairlane.

 

5
El escape de las naranjas

Me acuerdo como si fuera ayer. Un domingo de iglesia obligada en Altamira con mis abuelos. La misa, el almuerzo familiar, escuchar las conversaciones de adultos y regresar temprano a casa para dormir la siesta, ver televisión el resto de la tarde y cerrar con Renny Presenta a las ocho.

La autopista nos recibió como de costumbre, el Ford Fairlane a sesenta kilómetros por hora sobre el asfalto, uno que otro bostezo desde el asiento de adelante y casi todos dormidos en el de atrás. Las carcajadas de mi padre nos levantaron del asiento, nos asomamos a las ventanas para disfrutar de una vieja Vespa con un piloto setentón sentado de lo más tranquilo conduciendo por el lado derecho. Atadas a la parte de atrás de la moto, dos bolsas de papel.

La u nos regala diversión hasta los días feriados. Dígame en carnavales, la cantidad de historias que giraron en torno a la u de El Marqués.

—Ya van a ver lo que pasa —dijo mi padre con la sonrisa en la cara.

El piloto hablaba solo sobre su moto, sonreía, daba una que otra explicación con la mano, aceleraba y desaceleraba, total era domingo. La Vespa brincó por culpa de un bache en la vía, el viejo se sujetó al manubrio, pero una naranja se disparó de la bolsa, rodó por el asfalto, pasó por el lado hasta desaparecer detrás de nosotros. El viejo no se dio cuenta, inmerso en su solitaria conversación conducía, mientras las naranjas lo abandonaban sin aviso o despedida.

Mi padre con la risa suelta en la cara baja la velocidad para enfrentar la u, cede el paso a la Vespa, da la vuelta y lo deja al frente. La naranja, apenas gira sobre la u saltó de la bolsa, mi padre la esquiva, pero es inútil, se viene contra el vidrio y se aplasta. Las carcajadas reventaron la u. La Vespa rodaba sin percatarse de que a medida que conquistaba metros perdía naranjas.

—Se imaginan la sorpresa del viejo al llegar… —soltamos las carcajadas, lloramos de risa el resto del trayecto. Nadie pudo dormir la siesta ese domingo, nos dolía el estomago de tanta alegría.

La u nos regala diversión hasta los días feriados. Dígame en carnavales, la cantidad de historias que giraron en torno a la u de El Marqués. Los domingos en particular eran diferentes, pocos vehículos, casi nadie durante la noche, pero uno que otro cuerpo presente sobre la montaña antes de girar. Esas son otras historias con otros giros para disfrutar.

 

6
El cazavírgenes

Mi tía virgen por naturaleza eterna vino de Maracay a pasarse unos días con nosotros. A sus ochenta años estaba como nueva. La recogimos en casa de la abuela, por supuesto que nos quedamos en Altamira hasta tarde. “Encuentros esporádicos de familia”, decía mi tío. De regreso ya de noche mi padre se dirige a la autopista como de costumbre. Pareciera que el Ford se la conoce de memoria. Mi tía en cháchara nocturna nos tenía aturdidos, aburridos, encerrados en un silencio sepulcral; el Ford no hacía otra cosa que rodar, mis padres asentir con la cabeza o bostezar. Distraídos, cansados, vencidos, con el tiempo arruinado de tantas historias familiares perdimos el sentido del camino. Un monstruo sin escrúpulos, inmenso, con catorce patas rodando, gritó desaforado a nuestro lado. Sus inmensos ojos alumbraron el interior del Ford, exigía paso, que nos arrinconáramos a un lado del camino. Mi tía aterrorizada no para de aullar, temblar, abrazar a mi hermano pequeño para arrastrar su terror a otro cuerpo en otro lugar. Nos abrazamos del lado izquierdo del Ford, el pánico nos desarmó la noche, el monstruo estaba cerca, muy cerca, mi padre aceleró lo más fuerte que pudo para evadir el ataque. Lo logró, el monstruo nos pasó por el lado dejando rayos rojos en el interior del vehículo. Lágrimas, gritos, ahogos de espasmos descontrolados nos dejaron sin vía, quietos a un lado, en oscuridad absoluta. Los destellos rojos del monstruo anunciaron la catástrofe. El monstruo se llevó la montaña del medio de la autopista, la arrastró unos quinientos metros. Humo, descargas de fuego, sonidos guturales, la montaña no se dio por vencida y fue ella quien devoró al monstruo herido de muerte y negligencia. El chofer salió en tumbos de la cabina, borracho, desorientado sin poder darle otra vuelta en u a su vida. Mi padre aceleró despacio para asegurar el giro en u sin sufrir daño y así fue. Después de la u respiramos en paz. No volteamos, dejamos al monstruo digerido y continuamos a casa sepultados por el terror de haber sido testigos de la glotonería de la montaña del medio de la autopista.

—Ese monstruo es un cazavírgenes y viene de Maracay —dijo mi hermano con su típica ironía.

Mi tía se persignó tres veces y nos pidió tres avemarías. Llegamos a casa junto con el coro del último amén. Sanos y salvos otra vez. En la u encontré una razón para no devolverme nunca. No es necesario. La u abre los ojos, primero por alerta y después para soñar despierto. Al girar la u no desaparece, yo tampoco, tan sólo giro mi cuerpo, tomo otro camino más interesante.

 

7
Pesadillas de regreso

La primera noche que la vi estaba sentada en la parte más alta de la montaña del medio de la autopista, descansaba con sus piernas encogidas y su cabeza recostada sobre sus brazos. Las luces iluminaron su rostro, se levantó con ganas de pelea, molesta, con los ojos encendidos en llama para dejar claro que pasar por allí no era una opción. El auto giró obligado, rápido a la izquierda mientras dejábamos atrás un coche sin cauchos al lado derecho del matorral más denso. La muchacha nos siguió con la mirada y prendió en fuego el auto y a su dueño. Clavé mis uñas en el brazo de mi hermano, quien le dio una patada al asiento delantero. Mi padre saltó del susto, perdió el control del Ford por un instante y nos castigó por una semana por rodar soñando. Algunas veces dar la vuelta en u nos despierta castigados.

 

Las panelitas de San Joaquín flotan en sus manos. Al lado un balde lleno de mangos.

8
Panelitas de San Joaquín en la u

La llovizna traicionera le decía mi padre al agua que cae del cielo que no moja, pero resbala. El Ford asumía los cuarenta kilómetros con sentido común para no caer en asfalto resbaladizo. Ese 12 de octubre Radio Capital se escuchaba en absoluta tranquilidad. Nuestro recorrido era de una felicidad impávida, nos cobijaba la brisa desde Altamira hasta la u. Un privilegio disfrutar de la mañana feriada, el olor vegetal humedecido con las ventanas abiertas y los ojos cerrados para mirar de cerca lo que sentimos algunos días.

—No puede ser… ¿Qué hace ella aquí? —dijo mi padre al acercarse despacio hacia la u.

Una señora corpulenta, de color oscuro, con un vestido blanco enorme rebelde al viento, transparente debajo de la lluvia, se encuentra a unos doscientos metros de la montaña del medio de la autopista. Mueve sus brazos adelante, hacia atrás, a su derecha, a su izquierda. Las panelitas de San Joaquín flotan en sus manos. Al lado un balde lleno de mangos.

—Se equivocó de autopista —fue lo primero que dijo mi hermano sin quitarle los ojos a los pechos ensartados en el vestido mojado.

Mi padre detuvo el Ford, la señora sin permiso metió la mano por la ventana y ofreció sus panelitas con el vestido empapado.

—Buenos días. ¿Desde cuándo se encuentra aquí? Es la primera vez que la vemos en la u —le comentó mi padre.

—Llegué temprano, mijo. Vendo mis panelitas, pero no llovía —le dijo la señora entusiasmada.

—Deme un par, pues. ¿Cuántas personas se han detenido? —preguntó mi padre al darle el dinero.

—Ustedes son los primeros. No sé por qué la gente no se para —se guarda los billetes entre los senos. A mi hermano se le escaparon los ojos, mi padre le tuvo que dar un coscorrón para devolverlos a su lugar.

—Debe ser porque se equivocó de autopista —gritó mi hermano con desfachatez sin quitarle la vista a los estruendosos senos.

Mi padre busca su paraguas de Golf en el asiento de atrás y se lo pasa a la señora.

—Tome, úselo, consérvelo. Nuestro regalo el día del descubrimiento.

La sonrisa ilumina su rostro, saca el paraguas por la ventana y lo abre con una carcajada sin igual. Un auto se detiene detrás de nuestro Ford sin apuro. Otro se acerca, frena, observa, retrocede y se queda a la espera.

—¡El paraguas es mágico! —sonrió la señora—. Si así llueve que no escampe —la señora metió de nuevo la mano por la ventana y dejó caer otro paquete sobre el asiento—. Si así llueve que llueva para los dos. Un regalo de mi sobrina, señor.

Mi padre sonríe.

—¿Cuándo regresa a Maracay? —pregunta mi padre listo para arrancar.

—No, mijo, si yo vivo aquí en Petare. Mi sobrina es la que me trae la mercancía y yo la vendo por allá en el cerro. Hoy se me ocurrió bajar a probar suerte, usted ve. ¡Gracias, mijo! Dios se lo pague. Cuando quiera panelitas ya sabe que no tiene que ir a Maracay. Aquí también hay. Dios los bendiga.

Se aleja del carro debajo del paraguas para vender y agradecer con la sonrisa debajo del paraguas. Giramos en u junto con los demás. La señora alzó el brazo de nuevo para bailar las panelitas.

—¡Las tiene enormes! —comenta mi hermano sin perder de vista a la señora.

Hay días que la u nos regala descubrimientos. Hoy fue muy especial. Las panelitas de San Joaquín no llegaron para quedarse. Nunca sabremos qué tan lejos se venden detrás de la montaña del medio de la autopista. Ese universo está cerrado para los que damos la vuelta en u casi todos los días. Es otra vida.

 

Con un poco más de diez años me gustaba llegar a la vuelta en u para girar. Cuando estamos cerca, me recuesto del asiento delantero, fijo la mirada en el trayecto, espero lo inesperado.

9
Velocidad de altura

En qué momento se puso a nuestro lado el deportivo rojo no lo sé. Lo cierto es que el Ford, cansado de ir y venir, no le hizo caso. En esta ocasión estábamos todos en el auto y la verdad es que no recuerdo de dónde o hacia dónde íbamos.

—Es un Porsche —confirmó mi hermano acostumbrado a la ventana de la derecha. Ruge, acelera y desacelera.

—Está buscando carrera —de nuevo mi hermano con la cabeza casi fuera de la ventana.

—¡Tú no le hagas caso! —ordenó mi madre. Mi padre lo ve de reojo, lo vuelve a ver, sonríe con picardía y acelera fuerte. La reacción del Porsche no se hizo esperar. Aceleró en menos de tres segundos y voló por la montaña del medio de la autopista. Sólo vimos tierra y humo acompañados del ruido de algo que se desbarata al otro lado cerca de Petare.

Mi padre giró la u como si nada.

Si hay algo que nos ha enseñado la u es prevenir el futuro, no tomar todo en serio y dejar que los peligros los corran otros cuando la prudencia obliga.

 

10
La vuelta en u

Hace muchos años, a finales de los 60, la autopista Francisco Fajardo llegaba a la entrada de lo que hoy es La California. Un poco más allá estaba cerrada. No había luz o camino alguno. Una montaña de tierra en el medio de la autopista impedía el paso hacia Petare o Guatire. Estaba cerrado. Vivimos en El Marqués, la autopista era nuestra ruta de rutina a cualquier hora. Al llegar al final teníamos que girar en u para subir hacia la Sanz y de ahí a casa. Era el giro en u o la avenida Rómulo Gallegos. Al atardecer, durante la noche, sólo con mis padres o mis hermanos me dejaba encantar por la magia de la u. Con un poco más de diez años me gustaba llegar a la vuelta en u para girar. Cuando estamos cerca, me recuesto del asiento delantero, fijo la mirada en el trayecto, espero lo inesperado.

La autopista, apenas terminaba al final del Aeropuerto La Carlota, era de un oscuro aterrador. Los autos encendían sus luces altas y los prudentes bajaban la velocidad. La montaña cobraba vida, nos sentía, fingía no sentirnos, pero yo estaba seguro de que a medida que nos acercábamos los cauchos se convertían en cómplices del destino y la montaña respiraba profundo para esperarnos con los brazos abiertos.

Durante el día no era tan emocionante acercarse a la montaña del medio de la autopista. El silencio nos acompañaba hasta cierto punto. Mis hermanos por lo general duermen o están muy cansados para disfrutar de un encuentro en otra dimensión. Cada uno en lo suyo, casi nunca pasa algo que nos llame la atención. Yo, en cambio, me inclinaba lo más cerca del parabrisas para no perderme de algún sorpresivo encuentro. Algunas veces nos acompaña algún amigo o familiar, pero es muy raro dar la vuelta en u con algún extraño en nuestro Ford Fairlane.

La u también nos regala diversión hasta los días feriados. Dígame en carnavales, la cantidad de historias que giraron en torno a la u de El Marqués. Los domingos en particular eran diferentes, pocos vehículos, casi nadie durante la noche, pero uno que otro cuerpo presente me imaginaba sobre la montaña antes de girar, esas son historias con otros giros para disfrutar. En la u encontré una razón para no devolverme nunca. No es necesario. La u abre los ojos, primero por alerta y después para soñar despierto. Al girar la u no desaparece, yo tampoco, tan sólo giro mi cuerpo, tomo otro camino más interesante para resucitar encuentros. Algunas veces dar la vuelta en u nos despierta castigados, hay días que nos regala descubrimientos. Algunos son días especiales alrededor de la u, las panelitas de San Joaquín, por ejemplo.

Nunca sabremos qué tan lejos se vende o divierte la gente detrás de la montaña del medio de la autopista. No creo que haya otra u para girar, a lo mejor es sólo una vida recta. Ese universo está cerrado para los que damos la vuelta en u casi todos los días. Es otra vida. Si hay algo que nos ha enseñado la u es prevenir el futuro, no tomar todo en serio y dejar que los peligros los corran otros cuando la prudencia obliga.

 

Instrucciones para leer “La vuelta en u”

Puedes leer cualquier capítulo en el orden que más te plazca, menos “La vuelta en u”, ese capítulo lo debes leer después de haber leído todos sin importar el orden. No hagas trampa. Dale un giro a tu lectura.

Enrique Coll Barrios
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