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Tierras de profetas

sábado 27 de marzo de 2021
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La verdad es que a todos nos había cabreado bastante el comportamiento abstraído de Julián, justo cuando teníamos que preparar la mochila, recoger la tienda de campaña, limpiar la suciedad, pertrecharnos adecuadamente para el tramo que habíamos decidido recorrer ese día, y él lo único que cavilaba era dibujar sus paisajes, que en el fondo no lo eran, aunque simulaba. Yo me había dado cuenta de que esas hojas de papel que protegía tan celosamente de nuestra vista en verdad guardaban escorzos de alguna clase de efervescencias inaprensibles a la pupila. Eran puras divagaciones ideales. No se lo quise comentar a los compañeros porque ya, desde el principio, cuando decidimos formar el grupo de viaje, que en el fondo había salido de varios anuncios clavados en la librería Altaïr de Barcelona, a todos nos había resultado peculiar ese muchacho patizambo, con gafas montadas al aire, que sonreía sólo con la mitad de la boca y decía tener una madre paralítica de la que debía ocuparse, pero a la que afortunadamente podría cuidar su otro hermano, el cual sin embargo sufría alguna clase de enfermedad psíquica. Al grupo le angustiaba tácitamente pensar en la seguridad de la pobre anciana.

La presión me fue minando acaso más que a los otros, que iban confiando de manera más ingenua en la buena dinámica del grupo.

Yo llegué a soñar con él cuando hacía apenas dos semanas que nos conocíamos y faltaban unas 48 horas para irnos. La pesadilla me produjo un desasosiego áspero, granuloso. Estaba Julián en su casa con su madre, la cual tenía para mí una cara anodina, inventada y apedazada de recuerdos del todo ajenos a esa familia. Él estaba agarrado a sus piernas y ella empezaba a comer de su cabeza con una cuchara sopera muy tranquilamente. El niño sonreía como un niño adolescente, pero que presentaba las canas que tenía cuando nos conocimos. Sonreía feliz. De pronto en el fondo de la habitación se abrió una puerta por la que entraba el hermano, que con gran flema cortaba con un hacha que blandía la cabeza de la madre, la cual caía directamente encima de un plato sobre una mesa. Luego los dos hermanos se sentaban a comerse el cráneo con gran parsimonia. La cara de la anciana reía y comentaba anécdotas del día. Esto eran ocurrencias que no debía transmitir al grupo porque me parecieron delirios estivales. Mi amiga Roberta, con la que habíamos podido estrechar un poco más de amistad desde que contactamos a principios del verano, me había sugerido que podíamos dejarlo en la estacada, porque al final no nos conocíamos de nada, y borrar los mensajes en el móvil y bloquear al marginado. Pero no lo vi correcto. Me pareció incluso peligroso. Se trataba de un viaje místico por Medio Oriente y no era conveniente pegar puñaladas traperas ya desde el principio. Todos queríamos llevar a cabo una expedición en busca del sentido más arcano de la felicidad. Convencí a Roberta e incluso a Miguel, que empezaba a tener las mismas dudas, de que había que integrar a Julián sin fisuras.

De todos modos, como esa era mi opinión, que yo defendía vehementemente, la presión me fue minando acaso más que a los otros, que iban confiando de manera más ingenua en la buena dinámica del grupo. Dejamos atrás la costa turca, rocosa y en el fondo filosofal, y continuamos nuestro camino por la Anatolia más agreste, curtida tierra tachonada de alquerías y poblachos, convencidos de que ninguna criminalidad podía poner a prueba el buen karma en el que creíamos. Una verdadera sandez. Evitamos la insondable Ankara. Dibujando una parábola por la ortodoxa Armenia y Raión de Babek llegamos por fin a la tierra de Irán, donde el frío de la montaña era atenazador, así que tuvimos que echar mano del fondo común para pagarnos un hotel en la azerí Tabriz y postergar lo de la acampada para mejor ocasión.

Es ahí cuando la conducta de Julián fue volviéndose más espinosa. Una vez faltó a la cita que nos habíamos dado en el vestíbulo, a las ocho de la tarde. No lo hallamos en su cuarto. En las siguientes horas, tampoco dio señales de vida. Por fin pudimos encontrarlo en un magno ejido despampanante en la periferia de la ciudad, frente a la ladera pétrea de una cordillera progresiva y fantasmal. Se me abrazó con trémulos brazos y lloró sobre mi hombro muy absurdamente. Le pregunté qué le ocurría con indelicada impaciencia. Él insistía en el llanto melodramático. Por último nos dijo que había visto una luz cándida que se presentó con voz de aterciopelado silencio como uno de los seis entes que conducen a la divinidad, y que se llamaba “la buena mente”.

Ninguno de nosotros teníamos la menor idea de a qué podía referirse. Y desde entonces la presión para que lo abandonáramos fue acreciendo, por lo menos de parte de Teresa y Hugo, que me habían apoyado muy noblemente en la crisis previa a nuestra partida. Pero ahora insistían en tomar esa salida, que de ningún modo lo era. En cambio, Roberta, Miguel y Arancha querían visitar el consulado español para reclamar atención médica y repatriación, un dislate no menos inviable. Porque no nos harían el menor caso. Por otra parte Domingo y la sibilina de Marta andaban maquinando alguna otra solución demasiado tajante, pero no podía saber qué. A mí me reventaba porque me había convertido en una especie de mentor o preceptor de aquel viaje, cuando nadie debía tener voz de mando, sino someterse a una democracia grupal espontánea. Pero es que Julián se iba quedando poco a poco tan aislado que no me quedaba más remedio que ejercer como contrapeso y en consecuencia adquirir un aire conciliador y sensato.

Nuestro afán por acampar a la intemperie sin organización ni recinto señalado iba chocando con la dura realidad climática, que azotaba heladas de espanto sobre la tierra indómita que se tendía a nuestro paso. Habíamos alquilado dos todoterrenos de poco fiar y por más que lo intentamos la temperatura nos aconsejaba continuar hasta la próxima población y seguir apurando la hucha destinada a las pernoctaciones bajo techo. Julián miraba arrobado el panorama, camino de Zanyán. Marta intentaba chincharle con preguntas inapropiadas que no venían a cuento e incomodaban un poco al resto, al menos a mí. Digamos que fingía querer ligar con él. Pero Julián le pasaba la mirada por la cara con profunda indiferencia, incluso algo afectuoso. Domingo, que había hecho con ella muy buenas migas, quiero decir en la cama, le interrogaba sobre su vida más íntima y sobre la anomalía de su hermano. Arancha se había sumado a las insidias y al menos en una ocasión me quiso hacer creer que, tras una parada, Julián había vuelto al Nissan cuando aún estaba el pobre sentado sobre una laja oteando un horizonte propio.

Julián mascullaba su letanía. Junto al agua había una gran tienda nómada sobre ocho puntales, de cuyo borde colgaban borlas.

Desde temprana edad, he sido un agnóstico de pies a cabeza. No he creído ni dejado de creer en nada y en consecuencia he sido un descreído más empedernido que el peor ateo. Sin embargo, reconozco que en algunas ocasiones he percibido en los afectos de la gente destellos de algo sobrehumano que podría asemejarse a potencias dignas de fe o de abominación. Y aunque en el pasado he podido actuar movido por esas apreciaciones, lo cierto es que entonces, al ver cernirse sobre Julián la malquerencia de los otros, me fue pareciendo que podía respirar un dejo maligno y compacto como una presencia incómoda y sobrenatural. Ni siquiera podía confiárselo a Roberta, que sonreía despreocupada mientras oía cómo embromaban a Julián.

El pobre hombre repetía junto a la ventanilla unos términos poco comprensibles, que venían a sonar como pendar-e nik, goftar-e nik, kerdar-e nik, o algo por el estilo. Por más que le preguntábamos no aclarábamos nada. En sus dibujos aparecía una suerte de ángeles voladores con bocas enormes y ojos ennegrecidos, atroces. Lo curioso es que la animosidad del grupo se acrecentaba en vez de amortecerse ante su apatía, especialmente en Marta y Teresa, que eran muchachas más bien retraídas. Dos o tres veces tuve que reñirlas por soltar a Julián coscorrones y pellizcos. Sus iris rezumaban oscuridad.

Hay en el camino hasta Zanyán alguna verde llanura ligeramente ondulada cruzada por un arroyo de impoluto cristal. Aquella en que nos paramos algunos matorrales la jalonaban a media distancia y las colinas, más terrosas, flanqueaban la cañada con distraída somnolencia. Rebasaban la cresta de la elevación algunos trashumantes con su hato de cabras. El sol del alba ya avanzada hendía con su luz la planicie. Yo, que conducía el primer todoterreno, me detuve involuntariamente sobre el asfalto, asombrado, y provoqué que Hugo tuviera que frenar algo precipitadamente. Julián mascullaba su letanía. Junto al agua había una gran tienda nómada sobre ocho puntales, de cuyo borde colgaban borlas. Esperamos sin saber a qué durante un tiempo impreciso. Al cabo, surgieron de su sombrío interior seis individuos orlados de un vago esplendor. Julián salió del coche y anduvo a su encuentro, mientras decía reconocer en uno de ellos a la que llamó “la buena mente”.

A mi lado los compañeros estaban o aterrados o furiosos. Me pareció que Hugo se decidía a perseguir con el coche a Julián la loma abajo. Yo ya no podía tener más dudas. Las seis figuras avanzaban vestidas de inconsútiles chilabas y a través del resplandor creía verles sonreír. Julián, si es que aún debía mantener ese nombre, nuevo Zoroastro, al que seguiría en adelante y defendería contra cuantos demonios nos rodeaban, caminaba más allá de nuestro alcance.

Daniel Buzón
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