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Último Geist

martes 12 de octubre de 2021
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Artículo publicado, con notas incluidas, en el Panuniverso Digital del domingo 8 de abril de 2035.

Nuestro objeto se ha dilatado como las pupilas de estos disipados individuos cuando les aplicamos algún narcótico que les resulta excesivo.

Por supuesto es una alusión a los métodos preventivos y, diré, medrosos que usan con ellos nuestros colegas numerarios. Hace muchos años que me veo obligado a tratar con estos llamados colegas, y hasta conmigo se inclinan sin falta, en las ensalivadas actividades de Cohesión prescritas por la empresa, hacia la misma pusilánime cautela. Actividades de cohesión que van remuneradas a la fuerza, en virtuales activos financieros que no hay modo de no reinvertir de nuevo en energía de participación en las cibernéticas realidades en que se desarrolla otra buena parte de nuestra empresarialidad. Ya ven que no evito los términos. El caso es que nuestros colegas, que los usan sin error, han establecido tics que no tienen cabida como tales en lo que califican esos términos sino como reverso hueco. Por él escapa el resplandor de lo que yo veo.

No caigo en la vanidad competitiva, no hago otra cosa que repetir los manoteos quejicosos de una metodología de reajuste cada vez que alguien defiende una postura: “soy presa del mobbing, o soy víctima de cualquier exceso de individualidad que a fin de cuentas está en los antípodas de la cohesión que nos aúna”. De la regla que nos galvaniza. Por lo tanto esa queja sirve, otra vez, para ahogar la queja. El mobbing es el sistema entero, los mobbings parciales y su queja infantil, pero escuchada, son la misma general Estructura. Amigos… (déjenme hablarles así: es que soy ya uno de los individuos), mi queja, en cambio, es un berrido sin elementos distinguibles según ninguna articulación. No se cansen, no contiene monedas de moral victimaria que poner en curso (para la mayor liquidez del sistema).

Hay muchos modos de romanticismo, y también de hegelianismo (estatista…), del que nuestro sistema no está tan lejos.

Me han chirriado en los ojos sonrisas cascadas, me he visto trabajando sin ninguna protección con los individuos o especímenes más letales, he removido durante meses cajoncitos delante de los animales más lerdos, por expresarme con la libertad (inexistente, porque no está dentro de la Cohesión), que (no, por lo tanto) me caracteriza. Se me ha culpado trapaceramente de alguna inyección mal calibrada y por fin, hace un mes, de la última que podrá ya administrarse a aquella absorbente jirafa del campo V (y más tarde de una sospechosa profusión de mortandad causada en verdad por ayudantes que se me han impuesto). En mitad del discurso del encargado que siguió a nuestro partido de baloncesto del martes 9 de mayo, se me aludió con esta frase, que buscaba ser simpática: “¿Qué eutanasia puede haber en ciertas negligencias inyectivas, que caen sobre los más sanos especímenes? ¿Qué no podrían cometer algunos en la red? Será mejor que sigan laborando en la empresarialidad fenoménica, o realidad física, aunque hayamos de contemporizar con sus insuficiencias, en vez de emborronar la virtual”. Aceptemos que fuera cierto. Por contestarles, o conformarles, les recordaré que para ustedes no hay especímenes “mejores” (punto 3, avance M, Ley sobre regulación biológica). Y por otra parte yo he descrito en dos mil sesiones los movimientos de ese animal, enriqueciendo los parcos resultados (aunque a ustedes les complazcan) de su biocinética informática. Me dirán que mi apego a esos animales no contiene un humanitarismo moderno, ni siquiera respeto a lo que se llamó su “dignidad”, que ahora es la nuestra (Ley europea de unificación de derechos), y que se desliza hacia una forma muy sui generis de exaltación romántica. Yo les contestaré que hay muchos modos de romanticismo, y también de hegelianismo (estatista…), del que nuestro sistema no está tan lejos. Pero no les aplicaré el manido insulto (fascista) que ustedes suelen usar hipócritamente al menor atisbo de individualidad.

Mi propósito es más amplio. Y, dejando la queja, a él me limito. Mi propósito prescinde de la biocinética informática, como he dicho, porque de hecho la rebasa.

Primero observé a los especímenes en su ámbito real o fenoménico, y en concreto (el único aquí) el del parque zoológico. Por una parte ha dejado de despertar el interés de ningún público: los espacios del zoo son ya esos vastos jardines sin aurora que dijo Cernuda. Ni las escuelas acuden. Los más afortunados de estos animales ven atravesar a lo lejos por las aceras fuera del zoo transeúntes mecanizados en su mayoría y algunos peatonales y por el asfalto la hemorragia vehicular de siempre. Sus miradas se han ido impregnando de un mego desinterés físico y lo trasmiten sin falta a otras especies más aisladas. Estas últimas, sin embargo, guardan un conmovedor apego a la impulsividad creativa, naturalmente en el terreno fenoménico, y justo por eso enternece. Marginado, entre ellos, por el mobbing, me abstraje. Y pensé que nuestras clásicas observaciones sobre estos seres se ceñían al ámbito de la reclusión o al de la primitiva libertad y que todos los resultados acumulados desde Pavlov y otros desatendían el efecto producido por la liberación. Igualmente los estudios sobre psicología, ideología y moralidad animal asentaban como axioma la plácida simpatía (impuesta) entre tratador e individuo.

Un dato único les aporto: es cierto que el leopardo que se soltó en noviembre del año pasado (en el juicio ya quedó esclarecida la exclusiva culpabilidad de mi subalterno Fonolls) no duró en la calle más de un cuarto de hora, y que ninguna empírica posterior observó alteraciones, pero yo que me cuidé de él estoy seguro de un cambio: antes los tratadores (yo también) y visitantes eran meras serpentinas decorativas de un vacío en el que no sabía qué hacer, en el que empezaba a no distinguir su propia autonomía a fuerza de no privilegiar algunos elementos sobre otros. Su reclusión era una esencia en la que no tenía por qué existir. Después de ese vislumbre, y hasta al cabo de dos semanas (cuando el segismundo bruto se acabó conformando), demostró tener una percepción más despierta que la de un humano: ¡consideraba a los tratadores y visitantes como enemigos, como los culpables del encierro! ¿Se dan cuenta? No pudiendo revolverse contra su inexistencia la tomaba con nosotros. En todo caso esta distorsión leve no invalidaba ese logro de su perspicuidad: el Vacío.1 Pero lo más sorprendente de todo es que le vi despertarse del letargo dicho (a esa hipercinesia le llaman ustedes hiperactividad)2 y puedo confirmar que llegó a un estado más natural en él (sé lo difícil que es establecerlo, no frivolizo) al montar a su hembra y dejarla embarazada, y no es culpa de su metabolismo sino del de ella, que no había escapado también, el que acabara abortando. Sobre la base de esta observación consideré que había que aislar el Vacío, como aletargador de estas especies. En definitiva, me di cuenta de que actuaba sólo en el ámbito fenoménico (¿quién habla ya de vacío cibernético, después de los ñoños reaccionarismos con los que, aunque parezca extraño, no comulgo y que ya se desvanecieron en la segunda década de este siglo?). Algo en la fenomenología, la antiguamente llamada Realidad, estaba hueco y adormecía a nuestros animales.

Tengo un ojo educado en la percepción del detalle más mínimo que pueda aflorar a la superficie desde la fisiología interior. No me es necesario ningún esfuerzo. Me gusta mi trabajo y no dejo de advertir en los otros las mismas reacciones, más ricas en matices, que ya analicé en el estudio. Si alguna cosa que podemos llamar vacío existe, no es sólo entre los individuos zoológicos. No dudo de que también en nuestra más vasta y vetusta fenomenología humana se ha llegado a instalar (más de cien años de cultura, además, lo corroboran).

Nuestros conciudadanos ya no sólo navegan, y por una sola red, sino que pueden estar en alguno de los espacios alternativos.

Antes les hablé de hegelianismo, como alusión que quizá no captaran. Aunque sólo sea como metáfora, su Espíritu, que es la civilización misma, se ha trasvasado. A ustedes les llena de delicia no sé qué golosina que prueban con sus internavegaciones, pero les tendré que desengañar de su condición de ciudadanos actuales. Disculpen. En la Red ya se han desarrollado al menos veintiún modos de universalidad, o de cosmos, concomitantes o excluyentes, y el de la internavegación es sólo el más viejo.3 Acaso porque nuestra empresa es pública y burocrática no se fomentan las lecturas actualizadoras de artículos como por ejemplo los del sitio web wxw.netpioneering.com. Nuestros conciudadanos ya no sólo navegan, y por una sola red, sino que pueden estar en alguno de los espacios alternativos, que a su vez generan automáticamente otras tantas renovaciones de las formas virtuales de la existencia (y empiezan a aventurarse nuevos modos del estar-ahí). Ustedes mismos, a nivel particular, las conocen, pero no las entienden, y mucho menos aplican esa neoconciencia a nuestro trabajo. Hablan de la libertad y dignidad de los animales y burdamente los abandonan a una realidad fenoménica que los deja inertes. “Ese es su estado normal, no insista en sus reactivaciones dionisíacas”, me dirán y me insultarán con sus ingeniosidades pedantes. El Whitman de los animales… Si algo soy —y no insistiré en quejarme— es el Whitman cibernético.

Tomar neoconciencia no es dejar que los programas más obsoletos describan la cinética animal con monotonía pedestre. No es tampoco dar la espalda a los especímenes mientras nosotros, con un instinto que está regido por algo que nos abarca (y quizá nos utiliza para sus propios fines), nos vamos adentrando poco a poco en el nuevo espacio donde la plenitud se reencuentra: la Red. Por las calles, ¿qué es ya lo que transita?: una coreográfica inanidad sin vida, una repetición sin objeto como la órbita de un inmenso mineral que llamamos planeta. No sólo la civilización, sino que el mismo espíritu de la naturaleza ya no está donde estaba.

Mis horas de observación han alcanzado recreaciones virtuales que descuidan un porcentaje de movimientos fenoménicos ciertamente bajísimo. Y si no pueden completarlos es porque no merece la pena. Son ya también parte del Vacío. Nuestra jirafa del campo V y otros especímenes (y el leopardo, la hembra y su feto), liberados del Vacío de la Realidad mediante las inyecciones de mis subalternos y trasladados por mí a la fenomenología virtual donde el Espíritu los acoge, gozan de nuevo en ella de la vitalidad que, hace millones de años, mostraron los primeros ancestros de su especie en la tierra fenoménica. Alguno objetará con atolondrada perspicacia que también la oveja Dolly hizo creer a muchos que podían continuar su existencia a través de un clon y con crasa mitología cientificista, propia del siglo anterior, incurrieron en la ingenuidad de prometerse inmortales. Yo no fabulo. Primero y más importante, repetir la carne donde ya se ha instalado el Vacío no era extenderse. Segundo y último, la energía virtual que configura todas las formas interiores y exteriores de cualquier individuo se diluirá en otra y ésta en otra, obedeciendo a la ley de la naturaleza que la destruye para rehacerla, y de ese modo continuándola, como describe la belleza de estos versos:

Somos lo que es la atmósfera, trasparentes, hospitalarios, permeables, impermeables,
Somos nieve, lluvia, frío, oscuridad, somos el producto y la influencia del planeta,
Hemos vagado en círculos hasta volver los dos al hogar,
Lo hemos vaciado todo, menos la libertad, todo, menos nuestra alegría.

W. Whitman

Daniel Buzón
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Notas

  1. Me permito utilizar este término, mucho más preciso en su atrevimiento, que el de abulia o apatía, con los que interactúa. En toda observación es fundamental cazar la sensación exacta, enriqueciendo así los términos técnicos con que trabajamos. De este modo no se nos escapará tampoco lo no psíquico y ya sí exterior de esos estados.
  2. Entre nosotros es costumbre pensar que en esos animales es connatural el reposo: les recuerdo la crucial importancia, por lo menos, del concepto de supervivencia en la teoría de Darwin. Para un ulterior análisis remito a mi artículo Autonomía celular en mi web.
  3. Para entender la trascendencia de este dato, es imprescindible valorar suficientemente el principio de Hillsdale, que avanza, sí, en 2021, las conclusiones del principio de indeterminación de Heisenberg y la teoría de la relatividad, hasta conseguir la sustitución del concepto de realidad en su sentido estrecho por el de Fenomenología para nuestro mundo no cibernético, pero también en su ampliación tres años más tarde crea científicamente la categoría “Realidad”, en sentido amplio, para integrar en ella la Virtualidad informática, rebasando el límite de la mente como marco, en que la dejó Turing. Y describía como sigue la naturaleza de ambas formas de Realidad, virtual y fenoménica, ya justamente equiparadas: mientras que la Fenomenología se describe por leyes que sólo reflejan algo aparecido, sin posibilidades de ahondar en su esencia, ni de modificar esas leyes —físicas, químicas…— que la rigen, que son las de la razón, la Virtualidad se “basa” en la imaginación y el principio de Hillsdale deja bien claro que no es posible rebajar esa esencia a su fenoménico fundamento electrónico, descrito por sus fenoménicas leyes matemáticas, como el supuesto lenguaje binario que la estructura, tan “irrevocable” como lo era la naturaleza exclusiva de la célula viva hasta que se descubrió su común formación química. Por último, nuestra psique refleja, como un espejo, el vacío o la plenitud (depresión o vitalidad, respectivamente) según lo dictamina o según se lo manda el Espíritu Universal —ya se le llame a éste civilización o como se quiera—, y la preferencia de este Espíritu Universal por una “realidad” u otra: ahora esa realidad que el Espíritu prefiere es, meridianamente, la Red, es decir, la Virtualidad. Remito nuevamente a mi web para una profundización más detenida.