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Joshua el autónimo

sábado 6 de noviembre de 2021

Non siamo più in epoca d’avanguardia, siamo in epoca neotribunizia
Philippe Daverio, clase en el Politecnico di Milano Bovisa, 2013

En el centro de la sala, una nutrida platea parpadeaba de calvas, multicolores matas de pelo, turbantes y pañuelos musulmanes. Jalonaban los pasillos laterales de progresiva inclinación azafatos impecablemente uniformados y políglotas. El presidente del Organismo de Nomenclatura Inclusiva de la ONU, especie de paquidermo cejijunto y montaraz, de suaves maneras, deslizó una sonrisa protocolaria para agradar a la prensa y dio la palabra a su secretario de acción inmediata, que se levantó de la primera fila con holgados andares de franela para plantarse gallardo tras el anodino atril azul, apropiado para galas eurovisivas. A Joshua Autonimous, crecido en las impolutas calles de Oslo, aunque de un pueblo cercano favorecido por el comercio del Brent, le solía inquietar la perfección frágil de los códigos secundarios, que creía principales en el subconsciente del auditorio. Letreros, gestualidad, incluso colores debían ser cuidados ad nauseam por el equipo a sus órdenes. Nada podía preterir no ya cualquiera de los principios filosóficos que inspiraban a su organismo, sino el debido respeto a los valores que una nueva década se había propuesto promover y hacer triunfar. Resultaba ridículo que cada organismo de la ONU defendiera unilateralmente una causa y otros organismos descuidaran respaldarla. Por ello las leyendas de los rótulos que ornamentaban la sala debían ser rigurosamente correctas, sin la menor falla. Y él, incluso en el mismo instante de iniciar su discurso, tendió la mirada escrutadora sobre las cuatro paredes. Con una frialdad de hierro, mientras tomaba aire y preparaba a su audiencia, comprobó la adecuación de cada letra, en cualquiera de las cinco lenguas oficiales. Luego, empezó:

El nombre nacido de las emanaciones telúricas de un lugar debe ser respetado en su forma exacta y no desvirtuado por el sesgo de perspectivas imperialistas.

—Estimades presentes, buenas tardes. Escribió el afamado poeta hindú Jemacandra: “No hables de espada contra espada, porque ellos son como la paja”. En efecto, nuestro gabinete ha presentado algunas conclusiones de su último estudio en un ciclo de conferencias en Beijing. Otras ciudades de Zhong Guo han acogido a algunos de nuestros representantes con verdadero calor. Yo mismo acudí a Sverige, en cuya capital, Stockholm, su primera ministra mostró total colaboración para implementar cambios sustanciales en el léxico del svenska y erradicar así toda forma de discriminación. Los países escandinavos, Suomi, Norsk, Danmark, lideran el cambio. Se ha aprobado legislación pertinente en Polska, Lietuvos, Eesti Vabariik, Česko, Slovensko, Deutschland, Magyarország, Srbija, France, Belgique, Holland, Severna Makedóniya —continuó impertérrito casi paladeando petulantemente la modulada escala de pronunciaciones específicas—, entre otros tantos. En England y en el conjunto de United Kingdom se ha introducido en las escuelas un programa de reeducación vinculado directamente al mapa interlingüístico y autolingüístico que nuestro laboratorio, radicado en Brussel, ha actualizado al segundo de acuerdo con las mínimas variaciones no ya fonológicas sino fonéticas de toda habla local. En otros países europeos el avance y la implantación es notable. África ha comprendido que el futuro exige de ella un espíritu inclusivo si quiere ser incluida. Algunos países renuentes, como Türkiye y Rossíya, porque se niegan en redondo a la penetración siquiera progresiva del cambio, padecen justas sanciones económicas. Todo el horizonte es autónimo. La exonimia es una rémora del pasado, situada en el lado equivocado de la historia, una práctica primitiva. Usar un exónimo, por más inocente que parezca, es fomentar la alteridad y la incomprensión del otro a través de su cultura, es deshumanizarlo, cosificarlo, volverlo un producto de nuestro consumo del todo inservible después de haber sido utilizado. Por ello, la acción judicial es necesaria. La ONU no puede permitir que cada país regule despreciando la tercera generación de derechos, que ya han sido aprobados en las últimas declaraciones. El nombre nacido de las emanaciones telúricas de un lugar debe ser respetado en su forma exacta y no desvirtuado por el sesgo de perspectivas imperialistas, colonialistas, racistas o simplemente basadas en el odio. Así pues, las condenas por lesa autonimia o por racismo lingüístico, aunque sean respecto del término más usual, deben continuar pavimentando un futuro de respeto y hermandad.

Mientras degustaba con morosidad esta parte normativa de su discurso, advirtió movimientos incomprensibles en el fondo de la sala. En el pasillo que circundaba las gradas, enmoquetado y azul, una serie de rótulos repetían cuasi psicodélicamente los principales mensajes del organismo, en multitud de lenguas, y los topónimos de los lugares donde contaba en la actualidad con algún observatorio, más otros muchos recónditos, para escaparate. Por lo general, las últimas filas de la gradería y dicho corredor se mantenían en una discreta penumbra desangelada, solitarios y prescindibles. Sin embargo, alguien operaba en el vacío, como queriendo establecer una polémica comunicación con uno de los carteles, amenazando con un objeto en la mano parecido a un punzón. Con el terror del iniciado que vislumbra la profanación, Joshua achinó la vista bufando en sus entretelas contra el atentado del eterno fascismo mientras continuaba ejerciendo su oratoria con adquirida desenvoltura. Estaba a punto de interrumpirse un segundo para advertir en voz baja a alguno de los empleados del inminente atropello contra el letrero, cuando percibió que la acción se desarrollaba de modo minucioso, que el sujeto blandía un instrumento de escritura, pero que el ademán no era violento, desafiante ni siquiera clandestino, sino discreto y ponderado. Entendió que estaba corrigiendo un topónimo. Aguzó la vista pero no pudo leer.

Aún debió esperar con el alma en vilo durante la hora siguiente hasta que acabara el acto para poder acercarse y observar que la localidad de Chu-iu, en Zhong Guo, había sido tachada para escribir al lado el siguiente (al parecer) topónimo: Choån-thē-chű-į. Atribulado, agitado, desorientado, casi descompuesto, acudió presuroso a su equipo lingüístico, sus asesores más cercanos, los cuales no supieron darle clara respuesta. Ni los registros dialectales más minuciosos, ni los mapas actualizados casi al minuto, ni los informes anuales arrojaban el menor destello de luz sobre tan curiosa transposición. ¿Se trataba de un cambio de nombre acaso adoptado recientemente o reflejaba un substrato idiomático barrido u oprimido por una sutil colonización hanyu? Joshua se colocaba el dorso de la mano sobre la frente, con los ojos en blanco, sólo al concebir el desgarrador pensamiento de que su programa de detección de exónimos, después de una década de ímprobo activismo, hubiera descuidado una variedad lingüística sometida. La negativa de un país del G8 a firmar un compromiso internacional, el fracaso de otra resolución de la ONU contra los países llamados “gamberros” y su sistemática infracción…, cualquier otro revés hubiera sido perdonable, menos deber admitir en el propio seno de la organización el uso inveterado de la exonimia y la colaboración irresponsable con la transgresión de nobles principios.

Era un misterio ese otro nombre para Chu-iu, localidad por otra parte del todo ubicable. Joshua tomó una decisión inmediata: visitar él mismo dicho pueblo.

Se rodeó de asesores durante unas horas intensas en los altos despachos del ente que coordinaba, mientras lanzaba como sabuesos a tres becarios a la búsqueda del testigo de tan imperdonable desliz, de la enésima víctima de la opresión lingüístico-colonial. Joshua destilaba lágrimas del alma al viajar con el pensamiento al pasado remoto cuando los aborígenes que emitieron tal nombre, Choån-thē-chű-į, fueran aplastados por el rodillo del imperio zhôngguó.

—¿Dónde se encuentra? —preguntaba ansioso a sus ayudantes—. ¿No será acaso que la fonología del nombre ha sido deformada por siglos de deletérea influencia y por ello no podemos reconocerlo?

Una de las asesoras, oregoniana de origen zhôngguó (aunque ello era un tabú inefable que una vez creyó que la protegía del racismo), acertó a rehacer el topónimo con ideogramas pero no advirtió nada más: era un misterio ese otro nombre para Chu-iu, localidad por otra parte del todo ubicable. Joshua tomó una decisión inmediata: visitar él mismo dicho pueblo. El vuelo de 15 horas fue una tortura de búsqueda vertiginosa de información inflamada y escurridiza. Atravesó territorios vastos con tren hasta un valle sembrado de chozas campesinas y media docena de edificios como pagodas. Joshua apenas sabía más lengua que la suya y la internacional nórdica, de modo que le acompañaba un becario medio trujimán que hablaba hànyŭ y dialectos orientales. Con él cruzó las calles con cautela. El muchacho hablaba con ancianos y niños. Alguna ama de casa le confirmó el nombre oficial del pueblo, con cierto estupor por las dudas de los dos visitantes, que eran objeto de curiosidad para todos. Tras dos días de investigación sin resultados, a punto de volverse, un campesino algo desastrado y dentudo se les arrimó y les habló con extraño acento sobre el “nombre prohibido” del pueblo, como temeroso de sus vecinos. Cuando el muchacho iba a proferirlo, el pobre hombre temblequeó y correteó la calle abajo hasta que abandonó el villorrio y se perdió por el ejido. Al cabo de un minuto lo columbraron en lontananza alcanzar cuatro cabañas apartadas y agarradas a la ladera, de las que no habían hecho caso hasta entonces.

Cuando se disponían a pasar del pueblo a esa especie de barrio desgajado, un oficial de la policía les conminó a detenerse, pero Joshua mostró sus credenciales de la ONU y superaron el obstáculo. En aquellas moradas paupérrimas aquel hombrecillo no apareció más, pero sí un curioso consejo de señores mayores que pidieron muy solemnemente al becario que no pronunciara ni media sílaba de aquel verbo secreto. A cambio, se comprometían a explicar la historia que aquella personalidad había venido a escuchar. Vivían, explicaban con cierto deje desconocido para el joven trujimán, el horror de una subyugación abisal y casi eterna. De pronto su narración, ahumada de cigarro y mal alumbrada por los hilos de luz filtrada entre la paja, se tornó retorcida y tenebrosa, rellena de vísceras devoradas por demonios orientales, carnívoros y más bien absurdos en su monstruosidad. Los dos visitantes escuchaban respetuosos y mareados. Por fin comprendieron que los zhôngguó eran los diablos de que venían oyendo hablar desde hacía dos horas. Joshua vio al oficial espiando desde fuera, intentando captar la conversación, y comprendió que había topado verdaderamente con la cíclica opresión universal. Y miró con admiración a aquellos venerables puntales de un pueblo casi borrado de la faz de la tierra.

Se alojaron en una de las chozas durante semanas, meses. Allí recogieron palabras y palabras de la lengua pianjú, que así se llamaba. Desde el primer domingo los miembros del consejo pidieron a Joshua una mísera contribución para el poblacho, a cambio de cada vocablo, que acabó saliendo a unos 10 dólares al cambio. El clima de resistencia era tal, tanta la animadversión que se percibía en la otra parte de la villa, no exenta de burlas hirientes, que el becario fue perdido para la causa y abandonó a su jefe, balbuceando extrañas advertencias sobre la insignificancia y la vaciedad de aquel lenguaje, que el secretario de nomenclatura inclusiva juzgó xenófoba e imperialista. Al becario, que fue expulsado a distancia del organismo, lo substituyó otro muchacho del villorrio, ya plurilingüe. Y Joshua continuó su minucioso registro lexicográfico, que crecía en su ordenador más que el Johnson, el Collins y el Cambridge juntos. Era un tesoro inexhaurible que, a pesar de agotar a Autonimous, también lo arrastraba hacia las delicuescencias del deber cumplido.

Durante otras ochenta semanas Joshua continuó dolorido por la carga infinita de trabajo, palabra a palabra, sustantivo a sustantivo, verbo a verbo, sin obviar matiz ni rasgo.

Aunque recibió llamadas e incluso una visita de cuadros de su organización, que le ofrecían el relevo, el secretario decidió seguir. 800.000 entradas configuraban ya el monumental lexicón. Los matices entre los aparentes sinónimos eran delicados, sutiles, más de veinte palabras para cada color primario, cincuenta para los tipos de pino, sesenta y dos para las formas de hilaridad, noventa para los subtipos de saltamontes. Joshua había desarrollado una especie de tendinitis, que era sólo una de las cuarenta y nueve recogidas en la riquísima lengua pianjú. Comía y dormía poco. Su objetivo eran doscientos vocablos al día, definidos correctamente en aquella lengua, en hànyŭ y en el idioma internacional. Además redactaba un informe para la ONU, que diera publicidad a aquella reliquia recién descubierta.

El tricentésimo lunes Joshua pidió una reunión del consejo, para preguntar inocentemente cuántos vocablos juzgaban ellos que faltaban por recoger. Los señores mantuvieron un largo silencio, para el que se habían registrado ya sesenta y un sinónimos, y lo rompieron para pedir encarecida y lastimosamente que no los abandonara entonces. Y así fue. Durante otras ochenta semanas Joshua continuó dolorido por la carga infinita de trabajo, palabra a palabra, sustantivo a sustantivo, verbo a verbo, sin obviar matiz ni rasgo. A la bucólica oficina, bajo un ginkgo, que tenía Autonimous, afluían no sólo los habitantes de las cuatro chozas, sino también del resto del pueblo. Joshua comprendió que estaba venciendo: se revelaba una opresión mayor, de la que ahora despertaba la conciencia de aquella etnia, acaso extendida por toda la región. Tanta era la mole de trabajo, sin embargo, que el secretario apenas se movía de aquella oficina: dormía bajo el árbol, en una yacija de hojas secas.

Pasaron otros tantos meses. A falta de wifi, el ordenador había sido empaquetado para ser enviado directamente a la sede de Nueva York. No obstante, había quedado arrumbado en el interior de la choza. Una libreta debía sustituirle. Ahora Joshua, con dedos anquilosados como sarmientos, con ojos empequeñecidos y entelados, con oídos obturados, ovillado entre dos raíces, aún recibía visitas, pero no iban ya a presentarle vocablos, sino a traerle alguna clase de ofrendas, de exvotos, de cuasi religiosos homenajes. Los perros lo husmeaban. Los niños lo temían o le tiraban piedras, si no los reñían las abuelas. Una tarde, cuando caía una llovizna suave, Joshua pudo advertir una sombra que se plantaba ante él. La nube sobre las pupilas le impedía reconocer al aldeano. No lo había visto nunca o eso creía. Realmente, al cabo de un rato, pudo reconocer las facciones, pero no las identificaba. Por fin, aquel hombre movió las manos antes de hablar, como para llamar su atención, inseguro de si estaba consciente. Y entonces Joshua cayó en la cuenta de quién resultaba ser: se trataba del personaje que había denunciado el error en el topónimo, hacía mucho tiempo, en el auditorio enmoquetado. Una mueca, una especie de rictus, que no parecía precisamente de dolor, le avivaba la faz. Y dijo esta frase en hànyŭ, con impecable acento:

—Gracias por los dólares.

Joshua, que a pesar de los años transcurridos aún tenía dificultades con los idiomas del lugar, no entendió y cerró los ojos definitivamente como una exhausta Sibila sin secreto.

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