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Microrrelatos de Jorge Etcheverry

sábado 28 de octubre de 2023
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El tigre en el espejo

Me meto al baño de hombres, me miro al espejo, con dedos trémulos me aplico rayas verticales en la frente, en las mejillas, bajo los labios, encima de la nariz, con el rouge que le saqué de la cartera a ella mientras coqueteaba con unos vecinos de mesa que parecían gringos, extranjeros. El hombre tigre me mira, me enfrenta desde ese mundo reflejo en la pared, encima del lavatorio. Abro la llave y dejo que salga un chorro de agua casi hirviendo, con toallas de papel me borro las marcas de la cara, ahogo un grito de dolor y salgo vivificado, envalentonado, a ella, a la pista de baile.

 

Sueño con manvantara

En el sueño se repite la misma situación, una misma familia, un mismo círculo de amigos. Agobiado no puede salir aunque al comienzo cree que lo está logrando, otra casa, otra gente, anécdotas parecidas que se van reconociendo con pavor hasta que revelan ser la misma u otra versión ligeramente diferente. Se encapota el cielo, desaparecen las paredes, el horizonte se alarga negro, con unas nubes al fondo, luego llega la paz. Entonces surge en otra habitación. Reconoce un pequeño closet con algunos utensilios, una sombre imprecisa en el mismo se amolda y toma la forma de un traje familiar. Reconoce algunas caras, parecidas pero no las mismas. A todo eso se echa con alivio.

 

Visita nocturna

Esa noche era viernes y a su mujer le tocaba trabajar hasta más tarde. Él decidió cocinar una cena no muy imaginativa ya que tenía la cabeza ocupada con otros asuntos. Puso la cocina en mínimo para hacer el chile con carne que, como se sabe, tiene que cocerse despacito. Se tendió a lo largo en el sofá y se dispuso a leer las noticias en el iPod. Al poco rato estaba dormitando. En sueños vio una figura que no se parecía a nadie con quien se hubiera encontrado nunca en el mundo de la vigilia, pero que sin embargo tenía un aire de familiaridad. Era un hombre con un impermeable azul, pálido, estragado, bastante alto y muy delgado, lo que se le notaba aunque estuviera sentado. O quizás se hacía más evidente. Los dos estaban tomando café en una terraza al aire libre, que parecía no tener límites, pero que daba la impresión de encontrarse cerca del mar; uno podía oír las olas reventando contra rocas y desfiladeros, se escuchaban gaviotas, aunque no se veían, y había un cierto aroma marino. Había una infinidad de mesas chiquititas, redondas, vacías, como de cristal, y todo daba la impresión de un comercial de televisión, de esos con un auto en primer plano, un paisaje majestuoso al fondo y casi sin gente. El hombre delgado enarbolaba un papel frente a sus narices para que lo firmara.

 

Espera

Estábamos en esa habitación, sin saber a ciencia cierta qué esperar. De pronto y con el paso de las horas se encrespa la situación. Todos esperan algo pero sin saber a ciencia cierta qué. O cambiamos el escenario y es un café en que salvo contadas excepciones la gente opera y mira sus tabletas, juntos en el espacio físico, separados cada uno en su mundo en pantalla. En un horizonte vislumbrado se despliega la imagen de una mujer erguida cuyas mitades corporales se disputan una gama de colores y otra de sombras. Achaquemos eso a un sueño que alguna vez tuvimos. Tratemos de despojarlo todo de cualquier matiz trascendente o adivinatorio mientras nos tomamos el primer café del día. Afuera el cielo se lo disputan palomas y cuervos.

 

Razón, sillas, monstruos y cafés

La razón que sueña monstruos me dijo la otra vez que ya no tiene mucho dónde elegir, que ya todo o casi todo ha sido inventado, imaginado y representado. Sentada de medio lado comentó que la silla era un gran invento. “¿Cómo imaginarse un conciliábulo por ejemplo de los griegos que hablaban echados? Todo el espacio que ocuparían, los de más lejos no entenderían nada. Entonces fue que decidieron hablar mientras caminaban, peripatéticos. Pero una se cansa, sobre todo en estos tiempos de tantas comodidades, de comida chatarra. Hasta a mí, que me gusta tanto hacer ejercicio, me están saliendo rollos. No se me nota, pero yo me doy cuenta. Mira, creo que los Starbucks, los Bridgeheads van a crear a la postre una revolución intelectual, que creo que nos está haciendo falta, aunque los iPod están un poco en el camino, porque con ellos la gente ni piensa ni conversa”. Sus ademanes de niña expresiva hacían brotar del aire formas inconclusas que no me atrevía a tratar de percibir con claridad. Entonces me desperté. Eso me dijo ese joven aún que se junta conmigo a veces en este mismo café para contarme sus sueños. Me pasó su cuaderno lleno de dibujos. Se veía que no manejaba bien la técnica aunque mostraba bastante talento. Lo tengo ahora en la mesa del comedor, cerrado. A veces me fumo un cigarrillo, pese a mi edad, o me tomo una copa de vino o un café cargado y me atrevo a ojear una que otra página al azar. Después me cuesta conciliar el sueño en la noche. Lo voy a botar para la próxima recogida de basura.

 

En La Ardilla Negra

Estamos en Ottawa, capital federal de Canadá, este barrio desde donde hablo y escribo muy tranquilo, quitado de bulla, bastantes cafés y restaurantes, cuerpos hídricos, áreas verdes y de recreación y paseo. Esta es una tienda de libros usados que también se desempeña como café. Llevo esos libros de los que quiero deshacerme y me dan vales por otros libros y me puedo sentar ahí a tomar café o un vasito de vino tinto, que ahora tienen licencia —manteniendo eso sí una distancia segura y manteniendo puesta la mascarilla cuando no estoy consumiendo— y ojeo un libro que encontré y compré, pero cuyo título, autor e idioma prefiero no divulgar, en estos tiempos, cualquier detalle se integra a otros de la red virtual que rodea el planeta y así contribuye a construir o develar el perfil de una identidad cuyos posibles portadores concretos pasan a peligrar. Al abrir mi nueva adquisición, y en esa primera página en blanco que tienen en general los libros, antes de la página que lleva el título y la de los créditos, hay unas frases engarzadas por una caligrafía menuda y cuidada, pequeña, con una leve tendencia a curvar las líneas finales de algunas letras. También uno puede percibir una cierta levedad, el bolígrafo no ejerce mucha presión, intuyo una mano joven, femenina, y la continuación de un texto acaso empezado en otra página en blanco al comienzo de otro libro.

 

La amenaza de los espejos

La vida diaria está llena de superficies reflejantes. Sin ir más lejos, en esta misma habitación, en la ventana que da a la calle, aunque casi cubierta por la cortina y según la luz que venga de afuera o de adentro o la conjunción de ambas, puede surgir el reflejo, para qué decir en el baño, la cocina, mi dormitorio, etc. No pude seguir en la institución, llamémosla así, porque los doctores y técnicos, que no son tontos, se dieron cuenta de que, aparte de un síndrome quizás un poco paranoico, yo no era un peligro ni para mí ni para nadie, y bueno, me descargaron a que me las arreglara, y no tuve que ir a una casa de recuperación y compartirla con otros pacientes dados de alta y supervisados por un o una visitador(a) social, porque me acababa de llegar una pequeña herencia proveniente del fallecimiento de mi querida madre, que en paz descanse, la que administrada con mi mesura y moderación habitual me durará varios años. Los excesos te hacen perder la serenidad, bajar la guardia, y así te puedes encontrar de pronto frente a un reflejo inesperado, en el espejo o el enlozado de los urinales de un baño de bar, las ventanas de autobús o un simple escaparate junto al que pasas pensando en tus cosas y sin tener la precaución de bajar la vista.

Jorge Etcheverry
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