El puñal se respeta
Nuestro verdadero encuentro ocurrió cuando hundí el puñal ancestral de mi abuelo en su pecho. No había lugar para la ambigüedad, las emociones desordenadas, la excitación física. Si este amor debía terminar, sería por la fuerza, sin piedad.
Me quedé junto a su cuerpo caído, permitiendo que la sangre empapara mis pies.
Hace apenas unos minutos, habíamos concluido un acto sexual que reveló sus sentimientos, algo que no podía tolerar. No permitiría que nadie en este mundo alterara mi esencia. Ni mi padre, que ahora descansa en paz, ni mi madre, que brilla en algún lugar que no me importa, lo lograron.
Mi abuelo siempre estuvo en lo correcto, golpeaba incansablemente a sus hijos para que se comportaran a su manera, no a la de ellos. En más de una ocasión, lo vi desenfundar el puñal y amenazar a mi abuela, quien lo ahuyentaba con una chancleta. Entre gritos, evasiones, refugios, lágrimas y terror, en mi casa se mantiene una paz aterradora, nos guste o no.
Ella no podía ser el martillo que destruyera nuestra monstruosa tranquilidad.
Lavé mis pies en la bañera, me puse las chancletas que heredó mi madre y la arrastré hasta el jardín para enterrarla junto a mi abuelo y a mi padre.
El puñal volvió a su lugar, tan pulcro como si nunca hubiera sido usado para matar.
La cabaña del tío Cuarentón
En algún lugar cercano al centro de la tierra se alza la enigmática cabaña del tío Cuarentón, un refugio apartado construido hace varios siglos, pero que conserva su nombre original. A pesar del paso del tiempo, siempre lo llamaremos el tío Cuarentón. Alrededor de la cabaña se extiende un oasis de tranquilidad y sencillez, donde las ideas y los sentimientos se sumergen en un viaje reflexivo para dejar de ser lo que somos y buscar lo que seremos.
Llegamos porque quisimos; nos informaron que en la cabaña del tío Cuarentón se descansa en paz, su ubicación, en el pozo seco más profundo de la tierra, las palabras se disuelven en la densidad del aire, se grita sin escuchar, no hay sombras vivas o muertas, no se habla, no se atiende. Se está al límite con uno mismo.
Los cuatro, Alfredo, el acuático, Ángela, la angelical, Beatriz, la samaritana, y yo, bajamos, o mejor dicho, descendimos, con cautela extrema, por un caracol de rocas húmedas y tierra reseca. Tras aclimatarnos al mareo de las curvas en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos corriendo a ciegas hacia el abismo; caímos al vacío hasta desmayarnos. Vértigo y sudor gélido amenizaron el viaje. Abajo, más cerca del centro de la tierra, ni frío ni calor, una oscuridad absoluta y el sonido de nuestra respiración. La brújula interna, inquieta. Silencio sepulcral, roto sólo por el amable contacto de Beatriz, un toque en el hombro, un apretón de manos, una caricia en la espalda; el apoyo incondicional, un clásico en su repertorio.
La tiniebla nos envolvió, agudizó nuestros sentidos.
De pronto una figura emergió de la oscuridad, advertimos la presencia de otro ser: el tío Cuarentón. Su cuerpo encorvado, curtido por siglos de soledad, contrastaba con su sonrisa desdentada, aún se atreve a sonreír. Su pasividad era tan palpable como el polvo que cubría todo a su alrededor.
—Bienvenidos... Por aquí, por favor —con un gesto paternalista, el tío Cuarentón rozó a Ángela, la tomó de la mano y nos arrastró como un tranvía oxidado por un laberinto de callejones—. Calma, la cabaña está iluminada por la tenue luz de un par de velas a punto de extinguirse. Allí podrán descansar en paz, o al menos eso dicen. No esperen lujos ni comodidades, sólo cuatro paredes y un techo que puede venirse abajo en cualquier momento.
Durante el trayecto, nos agarramos de las manos, nos miramos, nos sostuvimos tras repentinos resbalones; nos sentimos perdidos, pero en camino hacia alguna parte.
El tiempo en la oscuridad se detiene, se olvidan hasta los recuerdos.
Esperar, saltar, un paso a la izquierda, pisar firme; no se separen ni se suelten. Durante nuestro recorrido tenemos esa sensación de escuchar a alguien, sin saber si pronuncia palabra alguna, o sentir su presencia, tal vez, desde el más allá.
Así transcurrió el trayecto hasta que con cierto alivio nos detuvimos frente a un precipicio; el viento te lo advierte.
Llegamos a la cabaña del Tío Cuarentón. Un refugio para aquellos que buscan escapar del mundo exterior, un lugar donde la imaginación y los sueños cobran vida. Un oasis de paz y tranquilidad en el corazón de la Tierra. El tiempo parece detenerse, solo el susurro de la oscuridad nos acompaña. Las paredes, construidas con madera tosca y desgastada por el paso del tiempo, exhiben una gama de colores terrosos que se fusionan con la roca que la rodea al borde de un desconocido barranco infinito. El techo, inclinado y cubierto de viejas tejas que tiritan musgosas, se asemejan a un endeble caparazón protector contra las inclemencias del subsuelo.
—No se preocupen, no estaremos solos.
—Saldremos de esta, ¿verdad? —pregunté.
—¡Sí! Seremos mejores de lo que ahora somos —exclamó Fernando con voz firme desde el fondo de la cabaña.
Ángela, con los ojos abiertos como platos y las manos entrelazadas en un gesto de súplica, elevó su mirada hacia el techo para susurrar “amén” y rezar un avemaría.
La tenue luz de las velas comenzó a extinguirse y un escalofrío recorrió sus cuerpos.
El tío Cuarentón se llevó la llave.
Alfredo fue el primero en percatarse de que el techo se abrió en pedazos.
Beatriz, sin poder contener la emoción, se santiguó con fervor.
Los cuatro descansamos en paz, pasamos a mejor vida, en la cabaña próxima al centro de la tierra.
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