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Por el camino (extractos)

lunes 18 de junio de 2018
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Por el camino
Ricardo Martínez-Conde
Aforismos
Ediciones Trea
Gijón, Asturias (España), 2017
ISBN: 978-84-9704-971-9
64 páginas

Una soledad no se forja con el consentimiento a solas. El acto ha de ser puro; la armonía con la sombra es quien distingue el estilo creativo.

 


 

¿Qué sería de la locura si no se ocultase tras la apariencia de la verdad?

 


 

Vivió como un estornudo: sonoro hasta la evanescencia.

 


 

Así se expresó:
La mujer se construye para la muerte.
El hombre se educa para la muerte.

 


 

A pesar de cuanto se pretende hacer creer, la miseria de la similitud nos lleva a una identificación provocada con aquello que deseamos poseer —de un modo u otro— desposeyéndolo de sí mismo. La cesión de la voluntad es sólo un acto de disimulo

 


 

Volver a la memoria. Esa es la lucidez. El único lugar verdadero donde uno puede habitar es aquel donde pueda percibir la perfección de su soledad anidada (Para la memoria personal es necesario eludir toda retórica moral. Ha de haber una claridad definida, iconoclasta incluso. La palabra ha de ser reflexión, no salvación).

 


 

¡Es tan firme la soledad de un solo árbol, aún en el bosque! Este de mi curiosidad era un árbol viejo y nudoso. Sus ramas eran como sueños difíciles. ¡El tiempo —pienso— ha pesado ya tanto sobre él! Era un árbol sin nombre, a pesar de lo cual su familiaridad me alcanzaba al corazón.

Al fin, puesto que no podía tener un sentimiento preciso hacia él, le deseé suerte.

 


 

Muchas veces desearía que le prestasen la eficacia, que le cediesen, aunque fuese por un momento, el don de la utilidad. Pero otras muchas veces no deseaba más que la inactividad, inasible siempre, rica y creadora. Cuando veía la hierba iluminada se acordaba de esto.

 


 

Pienso a menudo que con la única verdad con la que he de cumplir es la de mi duda. Ahí está la moral, la primigenia libertad.

 


 

Un planteamiento. El personaje que piensa pone en relación entre sí cuanta curiosidad ha encontrado su inteligencia a lo largo de una jornada. El destinatario de su pensamiento es él mismo y el Otro. No se trata de nada extraordinario, pero una fuerza renovadora se ha puesto en movimiento para producir la transformación crítica, la belleza.

 


 

Es preferible elegir el descanso; el trabajo —lo distinto— siempre aguarda.

 


 

La autobiografía tiene para mí todo el valor atribuible al conocimiento. ¿Por qué, entonces, en algún momento no la he justificado? Porque yo no soy el único implicado en la Trama. El Otro, que ejerce una función de guardián del que quisiese librarme a veces, posee también su peculiar individualidad, y por ello derecho a una defensa de su inocencia, de su inviolabilidad. Aun a sabiendas de que en mi autotexto no pretendiese su condena, sino conocimiento.

Cuando se escribe no creo que se haga solamente para uno mismo; siquiera creo que se haga con ese fin. El escritor, siempre, se ve impelido a ordenar, clarificar y pulir su lenguaje, y con él su discurso y la ética y formalidad del mismo. El móvil —más para el tímido— es una voluntad de perfección, y éste ha de enlazar necesariamente con el origen.

 


 

Siempre hay un dolor que acompañe, una incertidumbre que “alimenta” una parte de la libertad. ¿O tal vez no? ¿Tal vez la libertad del vivir no se hace de esas cosas, sino de tantas otras similares, desiguales?

 


 

Mis dudas nacen de mis certezas; en eso apenas dudo.

 


 

En la libreta más aparentemente prosaica guardamos el itinerario de los caminos más difíciles, los interiores. Los más armoniosos, al fin.

 


 

Respecto de su muerte, deseaba que fuese algo personal sencillamente.

Ricardo Martínez-Conde
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