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La Carta de Jamaica: vislumbres y propuestas para América

lunes 8 de febrero de 2016
Simón Bolivar
Simón Bolívar por José Gil de Castro, óleo sobre tela (1825)

I. Vislumbres

Las ideas, cuando tienen poder revelador, parecen ser inmunes al tiempo, sobre todo cuando pensamos en el tiempo más allá de una convención cronológica —se trata de una estructura dinámica difícilmente aprehensible— a la cual hemos dividido arbitrariamente en semanas, meses o años con el fin de obtener puntos de referencia para medir el hacer humano, un hacer al que hemos denominado historia, cotejándolo con diversos fenómenos caracterizados a través de disciplinas sociales, económicas o culturales que forman parte de ella.

A las ideas surgidas de esta geografía convencionalmente llamada América —para distinguirla de la vieja Europa y de las aun más antiguas culturas asiáticas o africanas— le hemos venido adjudicando conciencia por vía de los antagonismos o contrastes que presentan, al ser comparadas a las de aquellos continentes. Un pensamiento americano propiamente dicho apenas tendrá algo más de dos siglos, lo cual es poco si advertimos que las ideas en Europa se vienen incubando desde hace miles de años.

En un texto conocido como la Carta de Jamaica, escrito por Simón Bolívar hace doscientos años, se pueden apreciar justamente algunas de las ideas que intentan configurarse en los diversos escenarios donde comienzan a moverse, siempre atenazadas por las diversas dubitaciones que surgen a la luz de la voluntad de fundar nuestros países, movidas por un afán de independizarse de los modelos que pretendían imponérseles. Bolívar aprovecha la oportunidad que en este caso le brinda Henry Cullen en la isla de Jamaica, cuando éste le interroga acerca de “la suerte de la patria”, esto es, el destino de Venezuela, difícil de vaticinar por entonces, el cual corresponde sin embargo a “los objetos más importantes de la política americana”.

En primer lugar, Bolívar se excusa diciéndole a Cullen que no podrá esbozar ideas luminosas al respecto. Cosa no cierta, pues Bolívar justamente hace aquí alarde de la que es quizá su primera cualidad: su capacidad visionaria. De las Casas denunció ante el gobierno de España “los actos más horrorosos de un frenesí sanguinario” de los españoles. Cortado el lazo que la unía a España, América forja su propio destino, al punto de impedir en aquel momento una reconciliación con ella. Se lamentó Bolívar de esto, sin embargo, diciendo que “todo lo que formaba nuestra esperanza nos venía de España”. Pero “al presente sucede lo contrario: la muerte, el deshonor, cuanto es nocivo nos amenaza, todo lo sufrimos de esa desnaturalizada madrastra. El velo se ha rasgado y hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas y ya hemos sido libres y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos”.

Bolívar dibuja una serie de conjeturas “arbitrarias dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable”.

A partir de este aserto, Bolívar nos va desbrozando el camino de las ideas, un camino donde el Nuevo Mundo está conmovido y armado para su defensa en la inmensa extensión de su hemisferio. Comienza entonces a fijar sus nociones en torno a cada país del continente. De Argentina dice que ha conducido su victoria hacia Bolivia (antes Alto Perú) inquietando a los realistas en Lima, con el saldo positivo de un millón de habitantes disfrutando de su libertad. En Chile son ochocientos mil los ciudadanos libres por los indómitos araucanos, quienes logran esta hazaña.

En el Perú no puede decirse lo mismo por entonces: más de un millón y medio de habitantes viven sumisos al Rey de España. En Panamá y Colombia dos millones y medio de habitantes se defienden del ejército del español Morillo. En cuanto a Venezuela, ésta se halla reducida a la indigencia y a la soledad, casi un desierto: ancianos, mujeres y niños indigentes, y los que han muerto por resistirse a ser esclavos. Los pocos sobrevivientes combaten en los campos y pueblos internos. Del millón de personas que había en Venezuela, al menos una cuarta parte pereció a causa del terremoto de 1812, y el resto en la guerra.

En México, de los casi ocho millones de habitantes, más de un millón de hombres murieron a manos de los españoles. De los ochocientos mil habitantes de las islas de Puerto Rico y Cuba, son por aquel tiempo ganadas por los españoles sin oponer resistencia, a costa de su humillación y bienestar. Bolívar llega a realizar el cómputo final de dieciséis millones de americanos oprimidos, defendiendo sus derechos de una república enemiga que “pretende conquistar a América sin marina, sin tesoro y casi sin soldados”. Ante la evidencia de esta descabellada empresa, se pregunta Bolívar si en un futuro los hijos de los americanos y de los europeos reconquistadores, “¿no volverán a formar dentro de veinte años los mismos patrióticos designios que ahora se están combatiendo?”.

En una anotación de este tenor es donde se observa el poder visionario de Bolívar. Agrega éste que Europa debería disuadir a España de su obstinada temeridad. Nos aclara que una parte de la Europa consciente debería haber preparado ella misma el proyecto de la independencia americana, tomando en cuenta el equilibrio mundial, y porque es el medio seguro para ella de adquirir establecimientos comerciales en ultramar. Apela entonces Bolívar a la sensatez. A la Europa que no se encuentra agitada por las pasiones de la venganza, la ambición y la codicia (como España), sino una Europa ilustrada, razonable y culta que pudiera presentarnos ventajas recíprocas a ambos continentes. En cambio, esas esperanzas fueron frustradas, y hasta los países del norte de América se mantuvieron indiferentes ante tales posibilidades.

Ante una interrogante de Henry Cullen acerca de los reyes en México (como Moctezuma, preso y muerto por Hernán Cortés), y de Atahualpa en el Perú (destruido por Francisco Pizarro), Bolívar señala la fundamental diferencia entre los reyes americanos y los españoles. Mientras a los primeros se les trata con dignidad, a los segundos se les vilipendia y atormenta.

 

II. Conjeturas

Bolívar aborda otra de las preguntas de Cullen en su carta, acerca de la situación de los americanos y sus esperanzas políticas: “Tomo grande interés en sus sucesos, pero me faltan muchos informes relativos a su estado actual y a lo que aspiran, deseo infinitamente saber la política de cada provincia, como también su población, si desean repúblicas o monarquías…”, dice Cullen.

Ante esta interrogante, Bolívar se lanza a la empresa de describir el incierto panorama de América haciendo uso de tal olfato, de una intuición tan prodigiosa, que empieza por anotar los detalles de las habitaciones campestres de sus moradores, las labores de labradores, pastores, de nómadas errantes por bosques, llanuras o comarcas que imposibilitan un censo, hasta establecer los principios de la política que desean adoptar. Sin atreverse a vaticinar nada (“toda idea relativa al porvenir de este país me parece aventurada”, dice), pero dado que poseemos un mundo aparte y nuevo en artes y ciencias, “el estado de América en el siglo XIX, no siendo ni indio ni europeo sino una especie media entre los legítimos propietarios de país y los usurpadores españoles; en suma, siendo nosotros americanos por nacimiento y nuevos derechos los de la Europa, tenemos que disputar a estos los del país y mantenernos en él con la acción de los invasores, así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado”, anota. De aquí en adelante, Bolívar dibuja una serie de conjeturas “arbitrarias dictadas por un deseo racional y no por un raciocinio probable” a las cuales me he aventurado a enumerar de modo arbitrario. Estas son:

  1. “La posición de los moradores del hemisferio americano ha sido, por siglos, puramente pasiva: su existencia política era nula; nosotros estábamos en un grado todavía más bajo de la servidumbre, y por lo mismo con más dificultad para elevarnos al goce de la libertad”.
  2. “Un pueblo es esclavo cuando el gobierno, por su esencia o por sus vicios, holla y usurpa los derechos del ciudadano o súbdito (…). En las administraciones absolutas no se reconocen limites en el ejercicio de las facultades gubernativas”.
  3. “Si hubieran siquiera manejado nuestros asuntos domésticos en nuestra administración interior conoceríamos el curso de los negocios públicos y sus mecanismos”.
  4. “Estábamos ausentes de la ciencia del gobierno y administración del Estado”.
  5. Despojo de la autoridad constitucional: “Es decir, América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli”.
  6. “Los americanos han subido de repente, y sin los conocimientos previos, y lo que es más sensible, sin la práctica de los negocios públicos, a representar en la escena del mundo las eminentes dignidades de legisladores, magistrados, administradores del erario, diplomáticos, generales y cuantas majestades supremas y subalternas forman la jerarquía de un Estado organizado con regularidad”.
  7. “Nos precipitamos al caos de la Revolución. (…) En el primer momento sólo se cuidó de proveer la seguridad interior contra los enemigos que encerraba nuestro seno. Luego se extendió a la seguridad exterior; se establecieron autoridades que sustituimos a las que acabábamos de deponer encargadas de dirigir el curso de nuestra revolución, y de aprovechar la coyuntura feliz en que nos fuese posible fundar un gobierno constitucional, digno del presente siglo y adecuado a nuestra situación”.

 

III. Propuestas

De la anterior serie de conjeturas Bolívar extrae una serie de propuestas entre las cuales podemos citar:

  1. La necesidad de crear las juntas populares, tal como se habían establecido en los nuevos gobiernos de América.
  2. Un gobierno democrático y federal, declarando previamente los derechos del hombre, manteniendo el equilibrio de los poderes y estatuyendo leyes generales a favor de la libertad civil. Esto, sin exagerar en lo del federalismo, pues según él la Constitución de Venezuela conlleva “el sistema federal más exagerado que jamás existió”.

Por supuesto, no son éstas unas respuestas sistemáticas; no obedecen a un plan. Se trata de ideas generales que tienen en cuenta situaciones específicas de los países, y permiten a Bolívar obtener una visión completa del panorama político americano desde los desmanes del absolutismo, teniendo en cuenta “las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte”. Los llamados por él “sistemas enteramente populares” encubren peligros como la tendencia al populismo y la demagogia y deben ser revisados, aunque siempre evitando los vicios de una nación como España. Resulta claro que Bolívar prefiere una Constitución como la norteamericana al absolutismo español y europeo.

Impresionante resulta el dominio que posee Bolívar de la historia y de la realidad de México, y usa ese conocimiento para abrir, desde la realidad mexicana, una reflexión para referirse a los desatinos del absolutismo, y la guerra de exterminio practicada por España a la sumisión al rey y a la institución de la monarquía (“un coloso deforme”, la llama) poniendo a Venezuela de relieve como el país donde más se ha avanzado en sus instituciones políticas, pero al mismo tiempo el más ineficaz para la forma democrática y federal de los nacientes Estados; esto es, excesivas facultades de los gobiernos provinciales y falta de centralización en el gobierno federal.

En una próxima fase, insiste Bolívar en la conocida quimera de América como “la más grande nación del mundo”; a mi modo de ver una utopía poco probable, y no precisamente por negarle a otros su derecho a soñar en un mundo mejor sino por las infinitas razones históricas, sociológicas y económicas que condicionaron ese sueño, las peculiaridades que se fueron desenvolviendo en cada país, habida cuenta de las marcadas diferencias observables en éstos (aunque podamos coincidir en muchas de nuestras costumbres, tradiciones y modos de vivir), las cuales se fueron efectuando con el ascenso del capitalismo y con las nuevas burguesías nacionales a lo largo de toda América, desde la época colonial hasta nuestros días.

 

El propio Bolívar lo dijo muy claro en una de sus alocuciones: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar de hambre y miseria la América entera, en nombre de la libertad”.

 

IV. Visiones

El discurso de Bolívar toma actualidad en la medida en que intenta atar cabos desde las experiencias particulares de cada país. En ese sueño de unión, Bolívar ve a Panamá y Guatemala juntas, cuyos canales marítimos servirían para acortar las distancias en todo el mundo; ve a Colombia unida a Venezuela teniendo como capital a Maracaibo, y una nueva ciudad llamada De las Casas, en homenaje a este héroe. Sigue el sueño de Bolívar con Colombia, en honor al descubridor del hemisferio, pero pudiendo imitar al modelo inglés, prescindiendo de un rey, empleando unos poderes ejecutivos y legislativos electivos, liberados de vicios, no centralizados, sin adición a lo federal. En cuanto a Angostura, ve que sus generales pueden degenerar en una oligarquía; mientras en Chile ve a los araucanos bendecidos por las leyes de la república, en bien de su libertad. En Perú, observa lo contrario: la corrupción guiada por el oro y los esclavos, la servidumbre y las cadenas. Nos dice que ahí los ricos y la oligarquía no tolerarán la democracia, y tenía razón. Pese a la relativa democracia que pudo haberse implementado en ese país, es donde quizá, dada su condición de virreinato, se consolidaron una burguesía y una oligarquía nacionales de las más fuertes del continente, que han impedido el desarrollo integral de ese país.

Bolívar ve la necesidad de fundar una sola patria unida por una lengua, una confederación de Estados que pueda hacerle frente a los vicios de la corrompida España. En México observa el fenómeno del fanatismo, que impide ver bien las cosas; un fanatismo religioso proveniente de una adoración a la Virgen de Guadalupe donde se mezclan política y religión, ignorándose los poderes arcanos del dios Quetzalcóatl. Después vendrán las guerras civiles formadas por los partidos conservadores y reformadores, cada uno de acuerdo al efecto de obediencia a las potestades establecidas, es decir, una masa física que equilibra la fuerza moral. Bolívar invoca aquí una vez más la Unión como concepto integrador, a objeto de fundar un gobierno libre, una Unión que no vendrá por prodigios divinos, sino por esfuerzos bien dirigidos. Nos dice que América se halla entonces abandonada de las naciones, aislada en medio del universo, sin relaciones diplomáticas ni auxilios militares, y combatida por España, que posee más elementos para la guerra que cuantos nosotros furtivamente podamos adquirir.

“Cuando los sucesos no están asegurados, cuando el Estado es débil y las empresas son remotas, todos los hombres vacilan, las opiniones se dividen, las pasiones se agitan, y los enemigos las animan para triunfar por ese fácil medio. Luego que seamos fuertes, bajo los auspicios de una nación liberal que nos preste su protección, se nos verá de acuerdo a cultivar las virtudes y los talentos que conducen a la gloria; entonces seguiremos la marcha majestuosa hacia las grandes prosperidades a que está destinada la América meridional; entonces las ciencias y las artes que nacieron en el Oriente y han ilustrado la Europa volarán a Colombia libre, que las convidará con un asilo”.

Este último párrafo de la Carta de Jamaica es una suerte de síntesis de la esperanza que le aguarda a América, si se recupera a tiempo de todos sus males a través del esfuerzo bien dirigido. Vale la pena hacer el ejercicio histórico de contemporizar estas palabras en el momento actual, en que un grupo de naciones desea despertar de la pesadilla neoliberal a la que intentan conducirnos por todos los medios posibles. El propio Bolívar lo dijo muy claro en una de sus alocuciones: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar de hambre y miseria la América entera, en nombre de la libertad”. Su poder visionario se reveló una vez más. No “parece” destinado: de hecho ha plagado de hambre y miseria moral este continente mediante la dependencia económica, la penetración cultural, la manipulación ideológica y las permanentes injerencias en los asuntos internos de las naciones suramericanas, con el objeto de manejar sus negocios o apropiarse de sus recursos naturales, sembrando vicios, tráfico de drogas y costumbres nocivas, para minar esa unidad que tanto invocó Hugo Chávez para fortalecer a la Venezuela contemporánea, llamando a la paz y a la concordia, y obtener con nuestras naciones positivos intercambios sociales y culturales, por vías de una política humanista. A comienzos del siglo XXI se pudo vislumbrar, con el ascenso del pensamiento bolivariano de Hugo Chávez Frías, una esperanza que pudiera cristalizar para ese sueño neogranadino, con un discurso cohesionador e integrador que Chávez manifestó y tuvo eco en países como Argentina, Bolivia, Ecuador, Cuba o Nicaragua. A mediados de la siguiente década vuelve la arremetida del capitalismo de Estado a vulnerar la autodeterminación de los pueblos, en un discurso sustentado en la especulación financiera, los golpes de Estado, las injerencias e intervenciones militares en países débiles, con un discurso seudodemocrático sustentado en una libertad puramente enunciativa, propiciadores todos del retorno del capitalismo como forma de dominación, avalado por la troika europea.

Tengamos, pues, al texto de la Carta de Jamaica como una de las fundamentales reflexiones sobre Nuestramérica. Mediante sus vislumbres, conjeturas y propuestas nos ha servido para estar más despiertos en el momento de observar y defender la tierra americana de los ávidos intereses extranjeros, que intentan hacerla fracasar en el inmenso reto que tiene frente a ella.

Fragmento de la Carta de Jamaica, de Simón Bolívar.
Fragmento de la Carta de Jamaica, de Simón Bolívar.
Gabriel Jiménez Emán
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