Publica tu libro con Letralia y FBLibros Saltar al contenido

Cervantes y Amenodoro Urdaneta ante la crítica

domingo 29 de mayo de 2016
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Amenodoro Urdaneta
Más allá de los moralismos que dominan los juicios de Amenodoro Urdaneta están sus dotes de verdadero crítico.

Se nos ha enseñado que la crítica a una obra literaria no puede hacerse fuera del contexto de época donde se ha producido. Cada siglo o cada medio siglo (a veces incluso cada década) las obras se hacen sentir a la luz de la crítica bajo nuevas ópticas, independientemente de si esas ópticas puedan ser o no justas o acertadas, sea para convalidar o no determinada obra, para tratar de desentrañar sus sentidos o señalar sus defectos o aciertos, la crítica se ejerce en un sentido que puede abarcar el terreno moral, filosófico, religioso, histórico o pedagógico, pero siempre teniendo como fundamento el elemento estético cotejado con el tiempo que le antecede, y el que le aguarda en un devenir.

Amenodoro Urdaneta (1829-1905) es un escritor difícil de encasillar, pues se trata de un personaje polifacético, hijo nada menos que del general de la Independencia, el zuliano Rafael Urdaneta.

El ensayo crítico en Venezuela ha tenido un desenvolvimiento acorde con las exigencias de cada época, describiendo distintos periplos conceptuales en cada uno de los movimientos o tendencias donde se ha insertado. Desde el siglo XIX el ensayo, la crítica o la tesis académica se han dado cita para asumir visiones interpretativas. En dicho siglo nació nuestra crítica desde los tiempos de Francisco de Miranda, Andrés Bello, Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Rafael María Baralt, Juan Vicente González, Fermín Toro o Cecilio Acosta, quienes estructuraron sus ideas para construir nuestro primer corpus crítico. A la siguiente generación de escritores pertenece Amenodoro Urdaneta (1829-1905), un escritor difícil de encasillar, pues se trata de un personaje polifacético, hijo nada menos que del general de la Independencia, el zuliano Rafael Urdaneta. Recibe desde su infancia (nació en Bogotá, de madre colombiana, pero desde niño viene a Venezuela con sus padres) clases de gramática, filosofía y literatura de Fermín Toro; desde su juventud desarrolla una intensa actividad periodística en los estados Zulia y Apure, y luego en Caracas. Cultiva la poesía épica (Canto a Zamora, 1864; Bolívar y Washington, 1865) escribe obras didácticas para niños (El libro de la infancia, 1865, Fábulas para los niños, 1874) y numerosas exégesis religiosas (La fe cristiana, 1881; Poesías religiosas y morales, 1884). Figura como miembro fundador de la Academia Venezolana de la Lengua (1883) y de la Academia Nacional de la Historia (1888). Pero la obra que le produce más reconocimiento es Cervantes y la crítica (1878), ensayo filológico-histórico donde Urdaneta quiere ser exhaustivo en lo que respecta a la percepción del Quijote frente a la crítica de su tiempo, especialmente entre aquellos que se empeñaron a restarle méritos o encontrarle defectos, lo cual sirvió de pretexto a Urdaneta para mostrar su admiración por la obra y explayarse en sus descripciones analíticas, filosóficas o morales acerca de la obra, las cuales se cuentan entre las más osadas en la historia de nuestro ensayo crítico, aunque mostrando también sus debilidades en cuanto a los parámetros retóricos que maneja, accionados entre lo romántico y lo clasicista, y enfrenta una serie de conceptos tópicos, muy frágiles, fácilmente desmontables debido a la argumentación reiterativa que presentan, hasta el punto de dañar a veces la apreciación de la obra en su conjunto, y algunas páginas valiosas del texto. Pero, como dijimos, hemos de observar esta obra en su contexto epocal, permeada de todos los influjos clasicistas que llaman la atención sobre el equilibrio, la mesura y la ponderación de los sentimientos y de la expresión, con la respectiva carga moral que compete al catolicismo.

Voy poco a poco. El libro está estructurado en tres partes fundamentales organizadas por capítulos. En la primera de ellas, Juicio sobre el libro de Don Quijote, Urdaneta realiza un repaso general sobre la importancia del libro que, aun cuando es loable, está repleto de lugares comunes, expresiones grandilocuentes y exageraciones. Por ejemplo, frases del tipo: “el Quijote es el cuadro sintético de la vida y el análisis de la humanidad” (pág. 35), o: “ese ente moral que vino a señalar y describir aquellas culpables divisiones y a delatar las faltas y las debilidades del hombre” (pág. 36), o: “ese gran libro que vino a poner de relieve los secretos de nuestras flaquezas y la moral del Evangelio”.

Cuando entra al terreno de la poesía, las frases son aún más trilladas: “No es el Quijote una vana copia de las acciones humanas, una estéril crítica de nuestros vicios y pasiones. Es más, él llena el verdadero, el más elevado fin de la poesía (…). Ni debe la poesía pintar el mundo tal cual es, sino como debe ser”. Los raptos moralistas de Urdaneta (pueden comprenderse en un primer momento, dada su fe cristiana, pero no puede aplicarlos a toda la obra) y su cristianismo a ultranza le impiden ver otras aristas filosóficas de la obra, llegando al extremo de señalar “la misión civilizadora de la poesía”, lo cual lo lleva a construir una frase como: “Era preciso pues, que un genio superior, un hombre honrado y no influido por las preocupaciones antirracionales de la sociedad viniese a purificar la tierra y a purgarla de la mala simiente” (pág. 42).

En fin, estos primeros capítulos están repletos de frases así, que arremeten de paso contra la tradición árabo-persa, pero también contra Shakespeare, contra Bocaccio, contra Ariosto, contra Aretino. La “moderación cristiana” con la cual Urdaneta identifica a Cervantes le ciega a veces hasta puntos simplistas para observar la poesía, como los juicios emitidos en el capítulo VI.

No obstante, Urdaneta comienza a recuperarse a partir de la vindicación de los romances, cuando hace énfasis en los aspectos políticos. Veamos el cambio en el tono del juicio un poco más adelante: “Cervantes pertenece a esa época de transición en que el romance caballeresco y el morisco daban paso al vulgar; a la jácara y demás géneros que manifestaban la lucha del instinto moral popular y las ideas opresoras”.

Después pasa a revisar la caballería andante y el espíritu de las Cruzadas con bastante rigor, donde sale a relucir el llamado siglo Carlomagno (o ciclo carlovingio), el siglo del rey Arturo y el de los Tirants (como Tirant Lo Blanc) y los Amadises (como el Amadís de Gaula). Justamente, de Carlomagno y del arzobispo Turpín nace la literatura caballeresca, retomada luego por los ingleses para su historia épica del rey Arturo y las Caballeros de la Tabla Redonda. Después vendría, en los siglos XV y XVI en España, el “subgénero” narrativo cuyo prototipo es el Amadís de Gaula (1508), de Garci Rodríguez de Montalvo, cuyos antecedentes serían en España El Caballero del Cisne y El libro del Caballero Zifar (1300), atribuido a Ferrand Martínez, de Toledo. La estructura de estas novelas es simétrica (mas no sencilla); los romances están basados en el galanteo amoroso y los caballeros están movidos por la guerra; en el relato se crea un “suspenso”, al demorar la consecución de los deseos del héroe movidos por la fama (debida al heroísmo individual) y el amor hacia las damas de la nobleza les imprimen fuerzas a los caballeros para conseguir sus objetivos, además de constituir una prueba de fuego para su fortaleza interna y su perfección moral.

En estas novelas se va introduciendo poco a poco una orientación religiosa, opuesta al esquema de valores heredados de la tradición artúrica, al sustituirse el erotismo de aquellas por las del héroe cristiano, como se advierte en otras novelas, como Las Sergas de Esplandian, el Amadís de Grecia (1530) de Feliciano de Silva, donde se agregan elementos de novela pastoril y cambia la actitud acartonada de los caballeros. Es natural que estas novelas tuviesen tanta aceptación, pues sus móviles centrales, el amor, la guerra, la fama, el reconocimiento individual y los combates cuerpo a cuerpo de los caballeros revisten una indudable belleza. En este sentido encuentro a El Amadís de Gaula una obra insuperable de la tradición caballeresca; sin ella hubiese sido imposible la construcción del Quijote de Cervantes, y no concuerdo para nada en aplicarle a ésta los cánones morales provenientes del cristianismo. Amenodoro Urdaneta incurre en este dislate moralista de aplicar a todas las novelas de caballería las reglas religiosas del catolicismo, algo absurdo. Es verdad que Cervantes logra empapar por primera vez el espíritu noble del cristianismo (mejor sería decir de los evangelios, de la palabra y la actitud de Cristo) a sus personajes Sancho y don Quijote, humanizándolos más (hay en ellos, ciertamente, un sacrificio desinteresado y altruista), pero también vemos cómo Alonso Quijano (que bien pudiera ser la conciencia de Cervantes), presa de la locura y de la pobreza debidas al mediocre tiempo que le tocó vivir, convierte y transfiere su frustración personal en idealismo para sus personajes, quienes abrazan una suerte de conmovedora utopía en cuanto don Quijote aspira a la inmortalidad para sus actos justos, y Sancho aspira a ser gobernador en su isla Barataria (la isla de utopía, donde todo es abundancia y placidez, es decir, América, el continente que siempre quiso y nunca pudo visitar Cervantes), pero insertos ambos dentro de una concepción realista del mundo, que se constata al final de la novela, cuando el Quijote recupera la cordura para convertirse de nuevo en Alonso Quijano. No olvidemos que Cervantes escribió la primera parte de esta novela en la cárcel, viviendo a su vez una realidad tan cruda, que todas sus aventuras personales —imposibles de por sí, como la de viajar a América, otra utopía— las transfiere a la imaginación calenturienta de su personaje, esto es, a las locuras y delirios del Quijote, a ese ideal de belleza, justicia y verdad imposible de vivir en su propia época. Jorge Luis Borges, en su breve ensayo “Magias parciales del Quijote” (que forma parte de su libro Otras inquisiciones, 1952), aludiendo a este asunto del realismo cervantino, nos dice que “la forma del Quijote le hizo contraponer a un mundo imaginario poético, un mundo real prosaico (…). Cervantes ha creado para nosotros la poesía de la España del siglo XVII, pero ni aquel siglo ni aquella España eran poéticas para él (…). El plan de su obra le vedaba lo maravilloso; éste, sin embargo, tenía que figurar, siquiera de manera indirecta, como los crímenes y el misterio, en una parodia de la novela policial. Cervantes no podía recurrir a talismanes o a sortilegios, pero insinuó lo sobrenatural de un modo sutil, y por ello mismo, más eficaz. Íntimamente, Cervantes amaba lo sobrenatural”. Me parecen oportunas estas palabras de Borges en el momento de caracterizar este realismo sui generis empleado por Cervantes.

Resulta ciertamente muy difícil caracterizar la tipología de este realismo del Quijote. Primero habría que reseñar la influencia filosófica ejercida por la obra Elogio de la locura, de Erasmo de Rotterdam, que dejaría en él una marca indeleble; luego, debido a las fuertes vicisitudes que sufrió como soldado, herido en un brazo y hecho preso varias veces, forjaron su temple humano y literario a tal punto, que decidió expresar más sus experiencias vitales que sus ideales, deseos o estados de ánimo. En su tiempo había una fuerte corriente contra el realismo, y él asumió ese reto. Pero este realismo, ya lo dijimos, se produce sólo de manera parcial, pues los móviles del personaje central son más bien mentales (debidos a su locura), lo cual permitiría que su novela se considerase en más de un sentido psicológica por un lado, y por el otro fantástica, por la cantidad de fantasmas que aparecen en la realidad de Alonso Quijano y él ve, o quiere ver. Por otra parte, hay un solazarse en el absurdo, en un humorismo rico en cosas imposibles, disparates o paradojas permanentes, vividas en un cuerpo a cuerpo con la realidad. De igual modo, su idealismo y su búsqueda frenética de la belleza o la verdad lo identificarían con buena parte del romanticismo.

Ya he dicho en otra ocasión que el Quijote influenció más la novela del siglo XX que las de los siglos XVIII y XIX, pues la figura prototípica del héroe se va desgastando justo a partir de Cervantes con la decadencia de los caballeros andantes, y da un salto enorme al siglo XX para propiciar la entrada del antihéroe, la del hombre que ya no libra batallas cuerpo a cuerpo. Después de las dos guerras mundiales en el siglo XX y desde la segunda mitad de ese siglo, las guerras no se libran entre contrincantes identificados, sino mediante intervenciones militares o injerencias en la política de países débiles, a través de guerras mediáticas, informáticas o ideológicas manipuladas por la cibernética, las guerras asimétricas o intermitentes de tercera generación aupadas por empresas financieras e instituciones militares con el aplauso de grandes medios de comunicación, banqueros y círculos de hombres y mujeres poderosos sin identidades conocidas (esa es su condición real) que manejan a gobernantes, políticos, ministros y presidentes de naciones como si se tratara de marionetas. La era industrial, tecnológica y cibernética del capitalismo “avanzado” da la estocada final, creando a través del marketing productos de consumo para triturarlos lo mismo que a la conciencia humana, como si ésta fuese otro de sus productos de desecho.

Todo esto incidió en la percepción del héroe, que se volvió débil, alienado, fracasado, mecanizado, impotente; así son los héroes de Albert Camus, Franz Kafka, Louis Ferdinand Céline, James Joyce; en América Latina son conocidos los antihéroes de Juan Carlos Onetti, Virgilio Piñera, Witold Gombrowicz, Salvador Garmendia. El Ulises de Joyce parodia al de Homero y hace su “odisea” cotidiana en un solo día por el centro de Dublín. Por eso Cervantes es más aceptado en el siglo XX, porque su Quijote los prefigura tres siglos antes y expone el sinsentido de los nuevos antihéroes: seres alienados, anodinos, aislados, grises, turbios, viciosos de las grandes metrópolis, de las ciudades-pánico.

Después de Cervantes son contados en España los narradores sobresalientes durante el siglo XVIII: tenemos el caso casi único de José Francisco de la Isla, con su genial novela Don Gerundio; en el XIX a Juan Valera y sobre todo a Benito Pérez Galdós, el más grande novelista de España durante ese siglo, sólo comparable a Dickens, Tolstoi o Balzac. Por cierto, Galdós tiene una novela (La de Bringas) con asunto tomado de una meditación sobre el Quijote, y continúa la línea realista dentro del mejor lirismo, siendo a la vez una obra maestra del arte cómico. Otros grandes novelistas hispánicos de ese siglo son Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés y Vicente Blasco Ibáñez. En el siglo XX sobresalen los nombres de Ramón Pérez de Ayala, Ramón del Valle Inclán, Miguel de Unamuno (quien tiene un ensayo novelado, Vida de don Quijote y Sancho), Pío Baroja (quizá el mejor) y más adelante a Miguel Delibes, Josep Plá, Camilo José Cela, Rafael Sánchez Ferlosio (El Jarama es una obra maestra inimitable), Juan Benet, Gonzalo Torrente Ballester, Juan Goytisolo, Carmen Martín Gaite, Manuel Vázquez Montalbán, Luis Goytisolo. No sé cuánto le deban los de mi generación en España a Cervantes; de los que puedo recordar están Javier Marías, Enrique Vila Matas, Jesús Ferrero, Antonio Muñoz Molina y Javier García Sánchez. De otros países es más difícil hablar, pero estoy seguro de que Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, Gabriel García Márquez y R. H. Moreno Durán le deben mucho a Cervantes. En el siglo XIX el ecuatoriano Juan Montalvo se atrevió a escribir los Capítulos que se le olvidaron a Cervantes.

Muchos párrafos no sólo están dotados de claridad sino de lucidez interpretativa y expresividad real.

Volviendo al libro en cuestión, prefiero a Amenodoro Urdaneta diciendo las cosas claramente, como: “Cervantes pertenecía a esa época de transición en que el romance caballeresco y el morisco daban paso al vulgar, a la jácara y demás géneros que manifestaban la lucha del instinto moral popular y las ideas opresoras”. O juicios ponderados como este: “Los consejos y sentencias que frecuentemente salen de los labios del Quijote son el resumen de la sabiduría, salpicado de agudezas y atractivos. Allí tienen reglas y modelos el magistrado, el juez, el caballero y demás gentes de la nomenclatura social; lo mismo que las ciencias, las artes, la literatura y los oficios; todo impulsado por las eternas leyes de la justicia, de la caridad y la misericordia, espíritu de las leyes cristianas, que nadie con razón disputaría al héroe de esta incomparable novela”.

Especialmente en los capítulos IX y X muchos párrafos no sólo están dotados de claridad sino de lucidez interpretativa y expresividad real; no así cuando empieza a emplear ciertas palabras de modo profuso, tal el caso de la palabra “extravagancia”, o a usar el concepto de verosimilitud (o su contrario inverosímil) con tanta frecuencia a lo largo del texto que pierden sentido. Cuando Urdaneta usa el término extravagancia no se sabe bien a qué se refiere, si a lo raro, lo extraño, artificioso, recargado o ridículo, pero lo cierto es que deposita en este término demasiadas sugerencias negativas, que al fin y al cabo no quieren decir nada. Se me ocurre que al leer a Edgar Allan Poe Urdaneta se ruborizaría, o pensaría que éste no sería más que un escritor extravagante, y no podría leer siquiera una página suya. Por ejemplo, cuando dice: “Ella no es sólo una cabal pintura de las ideas extravagantes que reinaban en los espíritus y agradaban a los pueblos, sino que responde a las exigencias que se hacían al novelista, al historiador caballeresco y al poeta”. Más adelante: “Basta que un suceso, por imposible y raro que parezca, esté consignado en esta novela, para que se le dé cabida entre los que formaban la novela del tiempo, pues ya he dicho que ella es una reunión de las creencias y prácticas literarias del funesto reinado de la extravagancia en la literatura europea”. Otro ejemplo: “Las exageraciones y las extravagancias que invaden los órdenes sociales destruyen los sentimientos más nobles del corazón y turban la armonía del mundo moral”.

Mientras tanto, el concepto de verosimilitud está usado en otro sentido, y campea en todo el libro, sobre todo cuando los críticos de Cervantes se lo aplican a determinadas acciones o frases del Quijote, para ellos difíciles de creer, y a las cuales Urdaneta se apresta a defender. Esta noción es una de las más importantes para el arte de la ficción, la de inventar personajes y acciones que sean perfectamente creíbles para el lector, cualquiera sea el contexto en que se produzcan, válida tanto para la narración fantástica como para una realista, romántica o clásica; en cualquiera de ellas los personajes deben lucir cómodos y el lector aceptarlos como tales. En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha no aparece ese problema nunca, pues todos sus personajes actúan de un modo verosímil al tratarse de una obra realista, donde el personaje central actúa como loco y dice cosas alocadas, pero todos sabemos que no está en sus cabales y así lo aceptamos y comprendemos, sentimos hacia él una piedad constante, pues se trata de un hombre noble y bueno, lo cual hace que en el fondo nos identifiquemos con él a pesar de sus delirios. El asunto no es ya si las novelas de caballería son buenas o malas, aburridas o divertidas, atentan o no contra la moral, sino si son verosímiles. Al parecer muchos críticos de Cervantes, especialmente Clemencín y del Río, advierten estas situaciones poco creíbles. Tampoco se trataría, creo yo, de comparar la novela de Cervantes con las obras de Homero, Virgilio o Dante situándola por encima de aquéllas, como lo hace Urdaneta, sino de otorgarle una verdadera dimensión estética o histórica a ésta con la mayor precisión posible, lo cual sería, por cierto, una labor de la crítica.

“Cervantes y la crítica”, de Amenodoro UrdanetaDecíamos que más allá de los moralismos que dominan los juicios de Urdaneta están sus dotes de verdadero crítico, y también, por qué no, de poeta, como cuando escribe:

He aquí el inmenso edificio construido por Cervantes en honra de las letras humanas y en nombre y en memoria eterna de su nombre y de su nación. Este edificio descansa sobre vastas y gigantescas columnas, de risueñas y encantadas formas, como vienen a serlo mil ingeniosos episodios y acciones curiosísimas que se relacionan entre sí con inimitable armonía, y se sostienen salvando diestramente las luces del recinto (…).

y, sobre todo, cuando defiende a Cervantes de las críticas miopes que pretenden hacerle en el siglo XIX escritores como Vicente Salvá Pérez, Vicente de los Ríos, Juan Eugenio Hartzenbusch, Juan Antonio Pellicer y Pilares, Gregorio Mayans y Siscar y Diego Clemencín. Estos autores escribieron libros o prólogos sobre la obra de Cervantes, y Amenodoro Urdaneta se dio a la tarea de realizar una pesquisa escrupulosa de juicios adversos que van desde los bien sopesados —como son los de Vicente de los Ríos— hasta los juicios efectistas u ortodoxos de Clemencín. Son muchos los ejemplos donde Urdaneta hace sus apreciaciones como para pretender resumirlos aquí, y comprenden la parte segunda del libro, titulada “Censuras que se han hecho a la fábula del Quijote y a la verdad de sus caracteres”, mientras la parte tercera trata de las “Censuras hechas al estilo y al lenguaje del Quijote”.

Particularmente interesante es el capítulo III de la segunda parte, titulado “Lenguaje del tiempo de Cervantes”, donde Urdaneta realiza puntualizaciones pertinentes acerca del lenguaje literario del siglo XVI, capitales para entender los amaneramientos de la lengua española de ese tiempo, los giros y palabras rebuscados, contra los cuales reacciona justamente el lenguaje cervantino. Escribe Urdaneta:

Muy difícil es recoger en un cuerpo todos los elementos del espíritu literario de una época, y más aún de la que nos ocupa, tan incierta, tan contradictoria y llena de vanidad, y de tantas cualidades falsas, social, política y literariamente hablando. Fue en España tal la confusión de espíritus y estilos distintos, según el roce que traía la conquista de tantos pueblos diversos y las expediciones lejanas, que no es fácil dilucidar cuándo empezaron a ingerirse tales o cuales modismos extraños, tales italianismos, galicismos, etc., y cuándo dejaron de tenerse como elemento castizo de nuestro idioma, así como sucede con más regularidad con los anteriores préstamos de otros idiomas. Por lo que es muy arriesgado negarles entrada y rechazarlos sin otro fundamento que porque hoy chocan y no los necesitamos (…). En aquellos días reinaba la mayor anarquía en las partes de la oración y en la forma de los pensamientos: parece que la tortura de éstos y la absoluta libertad de aquéllas eran un elemento esencial del lenguaje, bastando decir que su principal modelo era el libro de Amadís, retocado por Montalvo y presentado al pueblo y a los literatos, que sancionaban este uso.

Urdaneta va haciendo los respectivos desgloses de partes de la oración para someterlas al análisis: nombre, artículo, pronombre, preposición y otras particularidades como las figuras retóricas: transposición, antítesis, pleonasmo, hipérbole. Me parece que la revisión llevada a cabo aquí es una de las más logradas desde el punto de vista filológico; constituye sin dudas una contribución significativa en este campo. Realizando estas puntualizaciones gramaticales, Urdaneta deja bien sentado hacia dónde se dirigen sus críticas, la mayoría de éstas fundadas.

Habría que remarcar la curiosa manera que tiene Urdaneta de titular algunos capítulos de esta parte del libro, repitiendo su título en varios de ellos: “El mismo asunto”, a objeto de no alargar demasiado la extensión de la parte alusiva al lenguaje de la época, propiamente dicho, sino segmentando los capítulos y titulándolos de esta manera.

La obra gana hacia su parte final, en los aspectos de exégesis y de defensa filológica; no es de ningún modo un purista ni un académico ortodoxo.

Hacia el final de la obra, Urdaneta aborda el tema de la censura (sobre todo la hecha por Diego Clemencín), capítulo a capítulo, a la obra de Cervantes. Esta parte es sencillamente fascinante para quienes gastamos nuestro tiempo en comparar vocablos viejos y nuevos, apreciar sus sonidos, significaciones o sutilezas, lo cual sería materia de estudio de la historia de la lengua. En cualquier caso, la capacidad crítica de Urdaneta es puesta a prueba y su manera de hacer crítica también, pues casi nunca aburre y sabe argumentar y polemizar.

En conclusión, la obra gana hacia su parte final, en los aspectos de exégesis y de defensa filológica; no es de ningún modo un purista ni un académico ortodoxo, sino lo contrario: aboga por la renovación y la depuración de la lengua castellana más castiza, con el impulso dado por Cervantes.

Debemos agradecer esta nueva edición de Cervantes y la crítica (2005)1 de Urdaneta y el cuidado que ha puesto en ella Francisco Javier Pérez, su esmerado prólogo y oportunas notas, donde el académico venezolano revisa el trayecto crítico recorrido por esta obra entre distintas generaciones de escritores, tanto en el siglo XIX como en el XX, y resultan de suprema utilidad para investigadores y lectores. Se trata del único libro escrito hasta ahora por un venezolano íntegramente dedicado a la obra de Cervantes, que recibió los elogios del sabio español Menéndez y Pelayo, y en Venezuela ensayos de Julio Planchart y del padre Pedro Pablo Barnola, entre otros. Planchart hizo críticas muy severas a este libro —según se infiere de las anotaciones de F. J. Pérez—, mientras que Barnola hizo un elogio de éste (“Un eximio cervantista venezolano”) en el año 1965. Sería interesante realizar un arqueo bibliográfico de la crítica sobre Cervantes producida en Venezuela, a objeto de preparar algún volumen antológico.

Luce muy bien al final la inclusión de un “Prólogo al lector” firmado por Urdaneta, y el aún más famoso “El buscapié de Cervantes”, considerado “la más célebre de las atribuciones apócrifas cervantinas”. Se trata de un texto presentado por Adolfo de Castro, publicado en 1848, que se tuvo por mucho tiempo como un prólogo escrito por el propio Cervantes y que generó muchas polémicas, pues se pensaba que éste lo había escrito para defenderse de quienes atacaron la primera parte de su novela, editada en 1605. La gracia del texto falso es evidente, un juego literario de altura, de autorías posibles, que quizá le hubiese gustado al propio Cervantes, creo yo, y nos alienta una vez más en la idea de que la obra y el estilo del gran escritor manchego seguirán teniendo lectores en el futuro, y despertando curiosidad sobre el arte del ingenio y la parodia.

Gabriel Jiménez Emán
Últimas entradas de Gabriel Jiménez Emán (ver todo)

Notas

  1. Urdaneta, Amenodoro: Cervantes y la crítica, presentación, edición y notas de Francisco Javier Pérez. Biblioteca Ayacucho, Colección Paralelos, Caracas, 2005, 352 pp.
¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio