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Elí Galindo: casa ancestral y mitos de la memoria

lunes 19 de octubre de 2020
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Elí Galindo
En la poesía de Elí Galindo los versos se encabalgan en una libre asociación rítmica y de mucho colorido, de muchos matices visuales.

Preludio editorial

Recuerdo bien los paseos y encuentros que tuve durante las décadas de los años 70 y 80 del siglo veinte con varios poetas de mi generación en la ciudad de Caracas, y que deseo rememorar ahora para hacer un tributo a su memoria y obras, como son Eleazar León (1946-2009), Elí Galindo (1947-2006) y Luis Sutherland (1951-2010), fallecidos aún jóvenes, con quienes compartí infinidad de conversaciones sobre literatura, arte, cine y lides editoriales, mientras nos formábamos como escritores en medio de un ambiente de ideales para forjar una cultura y una sociedad que merecieran la pena ser vividas, y pudieran éstas quizá conducirnos a la búsqueda de un conocimiento vital para nuestro país y nuestros semejantes.

Nos reuníamos con los fundadores de la República del Este en sus bares famosos, para luego pasar a Plaza Venezuela y sus establecimientos aledaños, cervecerías, cafés, librerías, galerías de arte, cines.

Primero, en el edificio Macanao de la urbanización Las Mercedes, en Caracas, donde estaban situadas las oficinas de las revistas Imagen y Revista Nacional de Cultura, publicaciones del entonces naciente Consejo Nacional de la Cultura (Conac), revistas que fueron escuelas editoriales para nosotros y nos permitieron no solamente aprender secretos en ese oficio, sino también trabar amistad con una serie de escritores que serían decisivos en nuestra formación, como son los casos de Vicente Gerbasi, Francisco Pérez Perdomo y Baica Dávalos en la RNC y Pedro Francisco Lizardo en Imagen, acompañando ahí a Pedro Francisco el periodista José Benavides, el poeta chileno Mahfud Massís y yo. Luego se incorporarían a la RNC Elí Galindo y William Osuna y el gran narrador José Vicente Abreu. En funciones de diseño gráfico estaban los artistas Santiago Pol, Alirio Palacios y Ángel Ramos Giugni. Luego vendría a mudarse a las oficinas del edificio Macanao una escuela de danza, por lo cual se creó allí un ambiente muy propicio. Después llegó Caupolicán Ovalles acompañado de Víctor Valera Mora a organizar allí la biblioteca La Gran Papelería del Mundo, que el abuelo de Caupolicán le había legado y que Caupolicán estaba negociando con el Conac. Conformamos allí un ambiente muy propicio para la camaradería. Salíamos por los establecimientos de Las Mercedes a comer o tomar tragos; había muchos lugares gratos, pizzerías, galerías de arte, polleras, sitios al aire libre donde la pasábamos muy bien charlando entre cervezas.

Cada grupo tenia su “cuerdita” aparte. Gerbasi, Adriano Gonzalez León y Francisco Pérez Perdomo iban al Hereford Grill, mientras que Elí Galindo, el chino Valera, Caupolicán, Luis Sutherland y yo frecuentábamos pizzerías y polleras de la zona de precios más accesibles. En un edificio cercano vivían en apartamentos distintos Juan Calzadilla y Ramón Palomares cada uno con su familia, y por ahí cerca se dejaban caer muchos poetas y artistas de todas partes por lo agradable de la zona. De aquellos días recuerdo bien la gestión frente al Consejo Nacional de la Cultura (Conac) del poeta Luis García Morales como presidente, y al poeta Alejandro Oliveros como director de Literatura. El edificio principal del Conac quedaba en la urbanización Chuao, relativamente cerca, y uno podía irse a pie si quería, o caminar varias cuadras en dirección contraria y llegar a Chacaíto, El Bosque y Sabana Grande. Lo cierto es que en aquellos años se tejió un ambiente muy propicio para el trabajo literario y editorial; Caracas se percibía como una ciudad grata, ganada a la bohemia y al amor de las bellas mujeres. Yo personalmente me sentí muy estimulado compartiendo con todos estos escritores y artistas que, aun cuando teníamos algunos nuestras diferencias políticas o ideológicas, sentíamos mucho respeto hacia los pareceres contrarios.

 

Con una ayuda de los amigos

Elí, Eleazar, Luis, William y yo éramos del grupo de los más jóvenes y teníamos amigas y amigos en toda la ciudad. Uno podía ir hacia Sabana Grande, Chacao, Altamira o Los Palos Grandes y hallar allí ambientes propicios. Viví un tiempo en Chuao en el apartamento de Salvador Garmendia junto a las hermanas Elisa y María Elena Maggi, que eran nuestras compañeras, y luego yo me mudé con María Elena para La Floresta en Altamira, y ahí recibíamos las visitas del Chino Valera, Luis Sutherland y muchos otros. Cuando queríamos irnos de farra podíamos comenzar en cualquier parte y terminar en el sitio más inesperado, de eso se trataba la bohemia en aquellos años. Nos reuníamos con los fundadores de la República del Este en sus bares famosos, para luego pasar a Plaza Venezuela y sus establecimientos aledaños, cervecerías, cafés, librerías, galerías de arte, cines. De ahí podíamos ir andando hacia la Ciudad Universitaria, donde estaban las escuelas de Letras, Periodismo y Filosofía; impartían clases allí profesores de la talla de Ángel Rama, Juan Nuño, Ludovico Silva, Rafael López Pedraza, Adriano González León, Juan David García Bacca, Alexis Márquez Rodríguez, Oscar Sambrano Urdaneta, Eleazar Díaz Rangel y otros. Después una generación joven se integró a la Escuela de Letras, entre los que estaban justamente Elí y Eleazar. Yo siempre les iba a visitar y compartíamos en los cafetines de la ciudad universitaria, que en aquellos años estaban repletos de sueños, libros extraordinarios y conversaciones profundas. Asistí en calidad de oyente a muchas clases de aquellos profesores. Allí estudió también mi hermano Ennio Jiménez Emán, que se licenció en Letras, y otros amigos míos de Yaracuy como Orlando Barreto, Rafael Garrido y Lázaro Álvarez, quienes también son excelentes escritores. Pero lo cierto es que durante aquellos años de lucha y estudios, también disfrutamos de muchos momentos de plenitud vital y existencial.

Eleazar León, nacido en Caracas, era un tipo cultísimo y de una sensibilidad muy aguda, dueño de una de las poéticas más densas con que cuenta la literatura venezolana de fines del siglo veinte. Autor de varios libros entre los que se cuentan Estación durable, Palabras del actor en el café de noche, Cruce de caminos, Hechura de palabras, Reverencial y Papeles para un adiós, entre otros. Le hice en los años setenta una entrevista en la revista Imagen, donde yo trabajaba como jefe de redacción, que titulé con las propias palabras del poeta: “Estamos solos, pero el universo nos acompaña” (Imagen, Caracas, 1977, Nº 110). Y hace pocos años también le dediqué otro dossier en la misma revista, con nuevos poemas. Allí en una nota de presentación escribo: “En discusiones y diferencias, Eleazar tiene sus salidas fogosas, que no permiten lo prosaico ni lo vulgar, sino el ejercicio de la inteligencia sutil. Puede ser duro, tajante y hasta demoledor, pero luego siempre asciende hacia la corriente del río que mueve y remueve las ideas con el cálido remo de la alegría. Los libros de Eleazar están dotados de la dramática inflexión de la voz interior y de una música difícil, entrecortada, encabalgada, que interroga en cada verso. Su espléndida obra, aún por descubrir, se ofrece a una lúcida interpretación de nuestros estudiosos (…). Eleazar me hizo llegar los originales de Sílabas de piedra, una serie de textos inmersos en el más puro frisson filosófico, dotados de ese tono de reflexión donde se juntan la perplejidad del existir con las potencias de la naturaleza, en un diálogo conmovedor…” (Imagen, Revista Latinoamericana de Cultura, Nº 3, Nueva época, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, abril de 2012).

Uno interioriza los paisajes con sus gentes, sus animales, sus árboles y sus recuerdos y luego los derrama sobre la página lo más meticulosamente posible.

Estuve visitando a Eleazar en su apartamento de Los Palos Grandes en Caracas durante los años noventa. Ahí solíamos oír jazz, beber vino y conversar sobre literatura Eleazar, Malena su mujer y yo. Cerca de su apartamento había varias cervecerías muy acogedoras donde compartíamos charlas literarias.

En cambio, Luis Sutherland era un tipo alto de tez oscura, de ojos saltones y nariz grande. Llevaba una vida azarosa e intensa; tenía una buena conversa aunque no era muy hablador; poseía una memoria enorme para recordar poemas de grandes autores, especialmente poemas de Borges. Era un tipo muy serio pero cuando reía la explosión de su alegría era sinigual. Publicó poco; sólo los libros Relación de un pasajero oculto, La puerta de la pequeña separación y Juegos de la existencia. Compartimos en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) un taller de poesía dirigido por Guillermo Sucre en el año 1976, si no me equivoco. Luego Luis ganó el Premio Municipal de Poesía en Caracas con Relación de un pasajero oculto. Sutherland nació en Ciudad Bolívar (donde por cierto nació también Guillermo Sucre) y traía de allá todo ese denso paisaje interiorano que transportamos con nosotros lo queramos o no, y que le imprime carácter y personalidad a cuanto escribimos. Uno interioriza los paisajes con sus gentes, sus animales, sus árboles y sus recuerdos y luego los derrama sobre la página lo más meticulosamente posible. Ese proceso suele ser complejo; cuando con todo ello trasladas a las palabras sentimientos, afectos, pensamientos de nuestro ser interior y luego intentamos, mediante la palabra, otorgarles un sentido a nuestro existir. Le debo muchas cosas a Luis Sutherland, además de una reflexión detenida sobre su poesía, muchos gratos momentos de radiante amistad y lucidez intelectual.

A menudo la vida me toma de la mano para llevarme de un sitio a otro sin avisarme; apenas me doy cuenta y ya estoy en otro lugar, y en un abrir y cerrar de ojos ya me encuentro en el espacio más insólito: ahora estoy en Coro, donde el tiempo me ha tomado por sorpresa en mis labores de editor y de escritor, abriendo los ojos y despertando al final de la segunda década del siglo veintiuno, sin que apenas me diera cuenta. No sé aún cómo he podido tolerar toda la medianía moral de este siglo, o más bien de sus gobernantes y hombres públicos. Creo que en buena parte he salido ileso de este pandemónium gracias a la acción de la literatura y el arte, de la poesía y las diversas formas literarias que me han llevado por los caminos del espíritu y el pensamiento, más allá de lo que mi cuerpo ha podido soportar. Pues, de algún modo, uno tiene que dar siempre una batalla por la vida.

 

“San Baudelaire”, de Elí Galindo
San Baudelaire (2009), de Elí Galindo.

Una poética que cambia y permanece

Los libros me han acompañado un buen trecho en este recorrido, se apilan en las habitaciones y se convierten en torres, estantes, bibliotecas, se caen al piso. Uno de ellos, muy delgado, salió del costado de un estante y vino a dar al suelo: se titula Metamorfosis y ha sido el germen de esta crónica, pues su autor, Elí Galindo, ha provocado buena parte de los comentarios que siguen. He vuelto a leerlo y me ha obligado a volver la mirada hacia la poesía de uno de mis grandes amigos. A la par de honrar esa amistad con la crónica precedente, intentaré ahora acercarme a algunos de los libros de este poeta para señalar algunos de sus rasgos dominantes.

Vengo leyendo a Elí desde los años setenta, antes de que él me conociera. Se trata de Los viajes del barco fantasma (1974), un libro que nos dejó a todos desconcertados porque abría una lectura distinta en la poesía venezolana, y porque entonces nos reveló toda la fuerza de su personalidad literaria. Uno de los signos más visibles de este libro es su alusión al Infierno de Dante, cuando en el poema del italiano Elí convierte a Caronte en un espíritu sonoro propio, como bien advierte Manuel Bermúdez; es decir, el viaje poético de Galindo comienza con buen pie en el sentido de que lo hace utilizando un lenguaje despejado (y despojado) de afeites; dotado de un ritmo calmo, sedoso, pero dueño de honduras que expresan la errancia interna del ser, aludiendo soterradamente a mitos y a algunas leyendas.

No hemos de olvidar el libro inicial de Galindo, Las estrellas fugaces me ponen ebrio (1971), incorporado a la edición de Monte Ávila San Baudelaire (2009), donde se advierten los gérmenes esenciales del trabajo de Elí expresados de la manera más nítida; ahí los elementos constitutivos de su poesía se presentan de manera abierta, el paisaje se anuncia desde un principio con los animales, las fuerzas de la naturaleza y los astros, las colinas, los aromas de la tierra, los cielos, las historias tejidas entre personas y personajes, aventureros, cazadores, navegantes. Su lenguaje también está forjado, se encuentra en escena con una fuerza que proviene de las imágenes mismas: el poeta está seguro de que éstas se producen a partir de una clarividencia que no se halla basada en las imitaciones o en las correspondencias con ciertos tremendismos de la vanguardia, sino con los momentos más lúcidos de ésta, como por ejemplo en la imagen pura que encierra un verso como:

Detrás del oleaje se esconden las colinas
la piel de las barcas tiembla como las duras costillas del agua

Se trata de una imagen creacionista, casi surrealista, así como otras del tipo:

Las ventanas del mar levantan flores
y arrecifes muertos a través de las estrellas

Mi madre brota de las olas un ramo de pájaros nocturnos
me arrodillo pensando en cascadas
un grito de aves toma la noche
me ofrece arenas llevándose las ondas

las cuales tienen, porque sí, una carga vanguardista debida a las asociaciones insólitas de las imágenes, a sus símiles atrevidos.

De modo que no se trata sólo de los nutrientes clásicos en los personajes, sino de un lenguaje atemperado en la modernidad, merced a los innumerables hallazgos que la lengua francesa donó a la poesía europea a partir de Guillaume Apollinaire, principalmente al surrealismo, y luego se expandió por España y por América Latina con una fuerza innegable. Basta citar a Vicente Aleixandre y a Ramón Gómez de la Serna en España; al Jorge Luis Borges ultraísta en Argentina; al Huidobro creacionista en Chile; al César Moro surrealista en el Perú y a su discípulo Emilio Adolfo Westphalen, o a Juan Sánchez Peláez y José Lira Sosa en Venezuela, para darse cuenta del poderoso influjo que tuvo la vanguardia en nuestros países. No olvidemos este sustrato, entonces, cuando nos adentremos en la poesía de Elí Galindo, cuyos versos se encabalgan en una libre asociación rítmica y de mucho colorido, de muchos matices visuales.

Surge, en primer lugar, la figura de Charles Baudelaire, tomando la imagen de un santo que le acompaña:

San Baudelaire extiende sus pardas alas
y me cubre el viento cargado de lluvia
y me veo cruzar las colinas
en su compañía
los dos cubiertos por capas negras
él hablando del infierno
y yo tropezando con las rocas

Se trata de un viaje sideral nocturno, acompañado de lunas, ríos y peces que se alimentan de yerbas, matas, árboles, rocas. Luego arriba a una ciudad fantasmal mirando muros, perros, seres errantes, palacios caídos, tierras en llamas, árboles brumosos. Dice:

Sólo el barco de fantasmas
hace sus viajes
sobre la piel negra de un río
que bordea las murallas de la ciudad

Hallamos un poema-monólogo del viejo Carón, en uno de los textos mejor logrados del libro, el gran navegador de la Odisea homérica y de la Comedia dantiana cuando dice:

Con los remos golpeo los hombros de las almas muertas
y las dejo caer en la madera carcomida
una vez dentro las tranquilizo a gritos y dentelladas
(…)

Aqueronte, el otro conductor del buque fantasma, es un anciano eterno que puede “llevar la oscuridad del oleaje / de una orilla a otra orilla” mientras cruza por el infierno; Pedro Desvignes es “un árbol nocturno cargado de aves muertas” y durante todo el poema su figura nos habla como el árbol mismo, en un poema único.

Así continuamos con “Las brujas”, “Gerión”, “Orfeo”, “Restos del barco fantasma”, “Hoy me siento un árbol cargado de lluvia”, “Las aves” y otros donde Elí Galindo usa una expresión construida con personajes para narrar historias, llevando a cabo un registro de primer orden en nuestra poesía. Sin perder su tono conversacional, Galindo apuesta a la minuciosa descripción de personajes; sólo que estos personajes son fantasmas, apariciones, seres míticos, hombres con formas de árbol, aunque hacia el final del libro las aves, los bueyes, los animales que van por los desiertos se van imponiendo en el dibujo de un paisaje asordinado que, de hecho, consiguió tener un lugar en la poesía venezolana del siglo veinte, con ecos bien asimilados de poetas como Vicente Gerbasi, Ramón Palomares, Francisco Pérez Perdomo o Luis Alberto Crespo, sobre todo cuando su lenguaje se halla liberado de retóricas y ampulosidades verbales, asumiendo sus riesgos al escoger motivos del mundo grecolatino y tomando como ángel protector a Baudelaire. Nótese la triple operación realizada aquí por el poeta: al tiempo que se nutre de los mitos y las fuentes clásicas premodernas, acude a la figura de Baudelaire, considerado uno de los padres tutelares de la modernidad poética, al adoptarlo como santo o ángel lo acerca al contexto cristiano, de manera simbólica, pero viene esta vez “hablando del infierno”. A su vez esta idea de San Baudelaire se origina con Vicente Huidobro, cuando lo invoca como santo patrono en el supuesto texto de un loco, citado por el mismo Huidobro, cuando dice que si le sacan de una tienda lo nombra almirante de la flota del Atlántico. La referencia es bastante compleja; lo suficiente para volver a sumergir a Baudelaire en las aguas del misterio, más allá de los egoístas enfoques de un Jean Paul Sartre, que desean ver al poeta limitado a una simple tarea humana. Logra así Galindo ejecutar un equilibrio de fuerzas entre la modernidad y el clasicismo. No es casual aquí la referencia a Vicente Huidobro, padre tutelar de la vanguardia hispanoamericana.

En Los viajes del barco fantasma se aprecian en buena medida los nuevos rumbos que habrá de tomar la lírica venezolana asentada en el mundo clásico y premoderno.

Realizando esta mixtura de prototipos, símbolos e imágenes, Galindo logra también crear personajes como el buey o el árbol, que en varias ocasiones encarnan en el humano: más bien es el ser humano, el individuo, el que se metamorfosea en otros seres y se presenta bajo otras máscaras; lo cual en adelante, creo, definirá el mundo de Elí Galindo: el permanente cambio. En efecto, al continuar su viaje o peregrinar por los distintos paisajes, el poeta va adquiriendo sus máscaras: todo aquí es cambio, transmutación o transferencia simbólica. Digamos también, en el remate de esta idea, que el demiurgo en este caso ha alcanzado un tono de claridad expositiva muy notable. Eleazar León ha hablado en este caso de una tensa melancolía, una especie de mixtura entre luz y sombra. Más adelante apunta su amigo: “una humanización de la naturaleza y una naturalización de lo humano”, y esta es una acertada afirmación de Eleazar, pues lo que se efectuará en adelante en esta poética será precisamente una ampliación de esta idea, bajo distintas formas. Dice León que el asunto del infierno en Galindo “retoma el lugar del castigo cristiano y lo evoca con palabras que no sólo nombran el infierno, sino lo provocan, como si el poeta hubiera regresado de allí”. Nos dice que es un infierno más existencial que teológico, y obedece a una visión del mundo modelada por las experiencias premonitorias, reales y a la vez imaginarias del trasmundo, la orilla, la otredad, los serenos estremecimientos de la muerte”.1

Luis Alberto Crespo nos dice sobre el trabajo de Elí que “su voz asordinaba la efusión de un viaje literario y personal, errancia del ser y de la memoria por la comarca de los mitos, las leyendas y la conciencia”, y que a través de ese bogar ambiguo por mares y ríos, el viaje inmóvil del yo, entrevisto en una realidad de bosques, desiertos, vocablos: aguas, aves, follaje aterido…”.2

En Los viajes del barco fantasma se aprecian en buena medida los nuevos rumbos que habrá de tomar la lírica venezolana asentada en el mundo clásico y premoderno, con un denso sustrato de símbolos, mitos y personajes reconocibles tanto en la paideia griega, las irradiaciones grecolatinas y las insinuaciones dantescas del Renacimiento, que hacen de la Divina Comedia la referencia ineludible de la literatura en la Edad Media en el sentido de máxima innovación, pues abre un definitivo compás a la modernidad poética (que no filosófica, aclaro, cuya historicidad fluye aparte), por cuanto de este venero del Dante hemos bebido muchos para extraer de él las premoniciones más insólitas para los siglos posteriores, al punto que los poetas, de un modo o de otro, hemos acudido al Dante para verificar nuestros propios tránsitos por las escalas del ser o del espíritu.

Justamente el segundo libro de Elí Galindo, Ruido de las esferas (1986), está conducido hacia una peculiar hermenéutica de conocimiento sensible en medio de “las complejas y dolorosas insinuaciones de los tenues velos del horror, y lo que ha sido el principio y el fin del totalitario sentimiento de estar vivos frente a una niebla insoslayable que lo cubre todo”, como nos dice el poeta Luis Sutherland. Esta niebla, según Sutherland, “es una referencia fundamental en la osamenta de este libro, se convierte en una deidad que alude a la psiquis del poeta y lo confronta con su cordón astral, sobre una invocación determinante en sus efluvios, capaz de regresarnos a mundos y afectos de una espantosa irrealidad”.3

Me parece que se trata de una aseveración de primera importancia para comprender la lírica de Galindo, por cuanto nos ubica en los núcleos interpretativos sobre su obra, “una manera de capturar sombras de sombras en una atmósfera inasible, fugaz como alguna idea del tiempo. Y en cada personaje del poeta, en su diálogo consigo mismo, forma una conciencia crítica que trata de recuperar el follaje y las floraciones de un paisaje de la memoria y un país venido a pique y sus confines alrededor de una metafísica de ser en sí: tránsito hacia el infierno; permanencia del pasado, olvido. Huellas indelebles de la infancia rural”. Lúcidas palabras del poeta Sutherland.

La poesía de Galindo debe gran parte de su misterio a la gran carga escéptica de nocturnidad que posee.

En efecto, en este libro la voz de Galindo se interioriza hacia su historia personal, se vuelve indagación memorística de la infancia y de la juventud, como podemos apreciar en varios textos como “Mi casa me busca”, “La calle Paul”, “Espejos”, “Tijereta”, casi todos rotan sobre la memoria de la casa. Se trata de una lírica del espacio agreste, de los corredores, habitaciones, seres animados de la casa, como bien observamos en “Las casas mudan de piel”, el cual constituye por sí mismo una suerte de arte poética del libro en el sentido de que configura los espacios más notables del trayecto del demiurgo.

Encogidas en medio de las fuerzas de la tierra
enfermas
han cambiado de lugar
como serpientes
han mudado de piel

Una vez decididas
los muros se derrumban ante sus pasos

Ni a la voz humana obedecen
sólo las detienen las flores
cuando hay flores

Este libro viene a consagrar el habla poética de Galindo, acertando en el instante de recuperar fuerzas ancestrales de la familia, la memoria infantil, los seres queridos, las plantas, los espejos, los juegos, los veranos. Estas remembranzas pueden ser tan hermosas como terribles, tan diáfanas como crueles, que hacen volver su mirada hacia el Leteo. La poesía de Galindo debe gran parte de su misterio a la gran carga escéptica de nocturnidad que posee, por su cercanía con la sombra, con elementos del noctambulismo en permanente contrapunto con lo diurno: el sol, la luz, los amaneceres y sobre todo con uno que se presenta desde un primer momento, como es el ya citado de la casa, referido en otra imagen:

A lo largo del campo
bajo los remolinos del verano
las delgadas paredes
apenas ocupan espacio
el techo recibe cielos que pasan
y rodean lo visible

En efecto, las casas en la poética de Elí Galindo son un elemento de primer orden: organizan la memoria, los recuerdos de infancia, los afectos de antes. El tiempo cíclico aparece a través de ellas, asumiendo varios roles: compañera, cobijo, alimento espiritual:

Cuando me sabe solo
junta su rostro junto al mío
y aullamos como lobos al viento
(…)

De las calles me recoge
en los malos sitios me azota
jamás me abandona

Se pudiera decir que el paisaje individual aparece nítido en este libro, ofreciendo sus mejores signos de identificación: el verano en calles y casas solariegas, los aleros, los valles, los juncos, las cayenas, todo ese paisaje entretejido con otro donde el Leteo surge en tres poemas sucesivos: “Viaje nocturno / a través de una ruta sometida a frecuentes asaltos / río que choca mi frente sin penetrarla (…). Río de dos rostros / dos espejos en los que no veo mi imagen”. Es el viaje interior, el viaje que se registra por intermedio de símbolos o mitos; en este caso el Leteo, un trozo de infierno que nos conduce, inevitable, hacia un destino desconocido donde debe estar incluida, por supuesto, la muerte, o si se lo prefiere, el necesario sentimiento de finitud que nos hace reflexionar a diario, y otorga un secreto sentido a nuestra existencia. Diríamos que se trata de un gran trayecto, de un viaje que se efectúa desde el mismo momento en que llegamos a este mundo. En el libro terminan por dibujarse los elementos constitutivos de la lírica de Galindo, y se preparan otros para continuar el viaje en la parte tercera del volumen, donde los motivos se amplían y el discurso se enriquece con nuevos giros y nuevos hallazgos, como los que se advierten en los poemas “Demuestra el tiempo”, “Mal tiempo”, “Bolero”, los cuales tienen todos como eje central a la mujer, tal como se puede notar en algunos versos de cada poema:

Como Ulises
toma disfraz de extraño
cuando regreses a casa
luego la puerta de los cabellos penetra
no pases solo
asegúrate que vas con la bella
hazla aferrar tu mano
en su propio paisaje
(…)

En “Bolero”:

Reclinado
soplando suavemente tu cuello
cerrado sobre ti
mis palabras levantan los cabellos
y penetran hacia abajo
buscando el laberinto
(…)

En “Fiesta”:

Algunas mujeres han venido
buscando mi silenciosa apariencia
acercándose al junco que lentamente se mueve en la orilla
poco ignorante de aquella corriente subterránea
que las impulsa
y es la mía
por encima del bullicio
apartando la música que las hace girar
ella buscará mis palabras
las buscará y les dará sentido
(…)

Hay varias obras maestras en este libro, especialmente las piezas tituladas “La niebla es cruel”, “Ícaro”, “Bonhomía”, “Verano” muestran lo mejor del trabajo de Galindo, pues concentran una serie de imágenes, de sensaciones y presentimientos que constituyen síntesis de sus modos de decir y de asumir esta conciencia del verbo creador:

Subo la cabeza
si la muevo con violencia
soledad sale
bosque de muertos sale
espejo donde va el sol de las tumbas
después de tanto amor sale
galería quejumbrosa donde he guardado
el viejo astro
de un país ido a pique
sale

(“Verano”)

 


 

La niebla lo ha borrado todo
baja de mí lo que fui colgando del viaje
carga con lo que ahora me es lejano
echa yerbas sobre lo mío
cae un rostro por tierra
más adelante
toma el paisaje que cubrió mis ojos

(“La niebla es cruel”)

En fin, el itinerario de Galindo no estaría completo si no convocara sus vegetaciones, sus montañas, sus retoños, pájaros, hojas y vientos para que éstos lo animen en su permanente indagar en el espíritu. Y entonces:

Mi alma aguarda los últimos retoños
mientras me acomoda en el sitio logrado
los rascacielos
lanzando luces
interrumpen el libre paso
a la vía láctea
a mi alrededor caen las aves

El viaje igualmente se cumple a lo largo de la memoria, cuando la vida se percibe como un personaje de sí misma:

Caviloso por mi memoria me veo pasar
de la oscuridad penden algunos frutos de la noche
abren la negra maleza
puesta en las calles
cabizbajo
borrado para las estrellas
vengo hacía mí
hasta dar con mis ojos
(…)

Cuando dice que “el viajero es el de mis tropiezos” el poeta quizá nos está insinuando que el trayecto no sólo ha sido difícil, sino que ha estado poblado de símbolos y presencias afantasmadas, de mitos y rituales que deben efectuarse para que la existencia recobre su plena justificación. Me parece que el mensaje filosófico, o —si se lo prefiere— la interpretación que hace del mundo, es la de que ha valido la pena hallarse en medio de su propio destino, y asumirlo como tal, a pesar de todos los obstáculos y dificultades.

“Ruido de las esferas”, de Elí Galindo
Ruido de las esferas (1986), de Elí Galindo.

Galindo logra trazar en Ruido de las esferas lo más notable de su voz poética porque aúna en él las sorpresas íntimas del existir con los viajes que se operan en la psique, los sentidos y los sentimientos. Ha tenido el cuidado de llevarlo a cabo merced a un lenguaje escalonado, casi narrativo, límpido, muy penetrado por los mitos griegos clásicos y por muchos personajes de esa mitología que le han servido de pilares para estructurar unos textos que sin duda han conquistado un lugar excepcional en nuestra poesía.

Unos años después vio la luz Metamorfosis (2008), un libro donde nos hallamos a un poeta interesado en otros registros y motivos. Su texto viene prologado por María Clara Salas, esposa y compañera en sus últimos años, quien anota varios rasgos esenciales tanto de la personalidad humana como literaria de nuestro poeta, recalcando la admiración de Galindo hacia los temas y autores clásicos, haciendo énfasis por supuesto en el célebre texto Las metamorfosis, del poeta latino Ovidio, donde nos aclara que el caos de Elí, a diferencia del de Ovidio, es “rechazo al pensamiento de la muerte”, justamente porque, “al inventar la muerte, el hombre introduce el caos, invierte el origen de las cosas, hace del caos algo sin poderes”. María Clara refiere cuáles son esos textos del libro donde se perciben estas referencias (“Siete veces”, “Medusa”), aclarando que estas transformaciones experimentadas por seres humanos, plantas, animales y dioses permiten justamente los cruces, fricciones y contactos del ser con la propia experiencia en toda su tesitura de dolor o placer, alegría o pesar, sufrimiento o éxtasis. Estos dispares elementos, ficticios o reales, son los que disponen los arpegios para que se entonen esos acordes, esa música que tantas veces es articulada por el bardo para tener vigentes estos avatares, que pueden ser cantados o contados con la lira sensible del poeta. Aquí Salas realiza una observación de importancia al decir que nuestro poeta posee “una fértil habilidad en el manejo del encabalgamiento, las pausas internas hacen que el poema se mueva en espiral, enlazado un verso con el otro el poema fluye sereno y sin prisas”, poniendo de inmediato el ejemplo:

Dicen que la música
luego de esperar pacientemente
aprovechó el choque de dos cosas
en el movimiento del aire
y allí montó casa
aprendió a viajar en la burbuja del aire
y la puso a cantar
se desplazaba en el solar de la casa
y alimentaba con masa a los loros
les soplaba las plumas de la cabeza
para dejarle su lenguaje
y no el humano

Es interesante ver el modo en que Galindo presenta sus poemas amorosos a la mujer. Evita cualquier lugar común, cualquier tópico del enamoramiento.

María Clara advierte con tino4 que el lenguaje y la música buscan en Elí las reminiscencias del solar doméstico en San Sebastián de los Reyes, cuando desde su infancia se metamorfoseó en casa para ofrecer el acogedor afecto de sus amigos. “En su cabeza soplaba el don de la amistad”, anota su compañera en una frase que nos conmueve en lo más hondo, pues así en efecto era Elí, lleno de afecto y afabilidad.

En Metamorfosis tenemos un libro ciertamente inspirado más en temas y motivos premodernos, mitos, personajes y situaciones de la tradición grecolatina y en imágenes naturales panteístas, que en circunstancias cotidianas del mundo contemporáneo o de la urbe moderna. Antes, Galindo vuelve la mirada al caos originario para ofrecernos un texto ciertamente filosófico, que organiza su mundo a través de imágenes:

(…)
Lo muerto no sufría
retornaría poco después
y lo vivo soportaba el vivir
pronto vendría el descanso natural

Antes que el pensamiento
creara la muerte
mucho antes que el hombre pensara
en el término de las cosas
y el caos abandonara su misión verdadera
todo era perfecto
todo era irrupción
azar

Asimismo otra imagen originaria, la del Huevo, resulta en un texto homónimo, también resulta de orden filosófico, puesto que en él se dan cita varias interrogantes sobre el origen de la vida, como podemos observar en algunos de sus versos:

Satisfecha de su obra
aprobado el procedimiento
Natura suavemente
lo empuja en el cuerpo de la mujer
sus paredes delgadas
aceptan sentimientos

Se contraen ante el dolor y la muerte
ante el placer de lo efímero
y de lo infinito
sin rasgar la cáscara
sin romper a destiempo las tiernas carnes
de angustia

De igual forma “El gallo” y “La medusa” participan de esta serie de gestaciones iniciales, de nacimientos, intercalados con textos de remembranza familiar. Se trata de una sucesión de piezas sin organización por partes o secciones; los textos se despliegan aleatoriamente, desde el café servido por la madre en la casa de infancia, hasta los más abstrusos recorridos por los distintos caos. En “Café” nos dice: “Hervía el agua / y mi madre colaba el café / entre los rojos tizones / se inflaba la masa de maíz / las redondas arepas tornaban de color dorado / del fuego / el humo salía por los flecos de la ventana”.

Es interesante ver el modo en que Galindo presenta sus poemas amorosos a la mujer. Evita cualquier lugar común, cualquier tópico del enamoramiento, cualquier erotismo expreso; el suyo es elusivo, metafísico, sutil, no se aferra a imágenes eróticas sino que discurre lateralmente, pero recuperando siempre la imagen de los cabellos femeninos:

Qué pensamientos rasgas
desde adentro
tan fuertemente
que molestan tu piel de pocos años
qué música oscura
suena en tu laberinto
qué pasa
bajo esos hermosos cabellos

(“Ante el triste ánimo de la joven Alba”)

El poeta mezcla personajes: un mecánico, un estudiante, una bailarina, un portero, con mitos: una “Tentación de San Antonio”, un “Tántalo”, un “Arciles”, con situaciones cotidianas como un desayuno (“Pausa”), una apreciación de la luz (“La piel salmón del sol”), unos perros, las mujeres jóvenes que lo exaltan (“Sueños”) o un gallo. El gallo, por cierto, ha merecido varios textos del poeta, como presencia importante que es en los paisajes interioranos venezolanos, el gallo monitor de las estrellas como bien lo llama el poeta larense Elisio Jiménez Sierra desde sus espacios agrestes. También las lavanderas y varios textos alusivos a la música (“Dicen que es la música”) y la capacidad de oír (“Sabio es el oído”) más que la de ver se entrelazan aquí, como dijimos antes, con los textos de personajes de la clasicidad griega: así vemos de nuevo la figura de Eumeo el porquerizo alternando con pájaros e incluso con una imagen suya a los diez años de edad (“Elí a los diez años”), en un recorrido por el pueblo que resulta realmente conmovedor, y es en verdad una reflexión sobre los ríos y sobre el agua como elemento vital.

Estamos sembrados en esas casas olorosas a orégano, a maíz tostado, a leña quemada, a carne asada, a sopa y budares humeantes.

La enumeración puede seguir: gatos, el Leteo, una muchacha, un águila, el toro constelado de nuestro común amigo Mario Abreu, Áyax, Rosalinda, los mangles y las hojas en el río, terminan por constituir una mixtura de temas y de voces en este libro que tan bien justifica su titulo de Metamorfosis, por todo el conjunto de cambios que expresa admirablemente, donde el autor se mueve a sus anchas sabiendo que dentro de sí conviven las fuerzas naturales de la vida con las fuerzas míticas; las potencias ancestrales de la tierra con los sueños humanos, las dimensiones animales con las presencias vegetales, todo ello en esta idea de cambio perpetuo, de manifestación dinámica.

 

Casas venezolanas de provincia

Para concluir, deseo trazar una correspondencia entre la casa de Elí Galindo en San Sebastián de los Reyes, en el estado Aragua, y mi casa de niñez y adolescencia en San Felipe, en el estado Yaracuy, donde discurrió buena parte de mi vida. De hecho, hay muchos puntos de convergencia entre esa infancia de pueblo, tan mágica, con sus mares, ríos, bosques y montañas, que al final del recorrido iba a concluir en los corredores de las casas, a cocinarse en las manos de la madre, los abuelos y las tías, y a viajar en los caballos, mulas o trenes desde San Felipe, Atarigua o Caraballeda, y en los solares de tantos pueblos como Chivacoa, Guama, Cocorote, Quíbor o Carora, al calor de los amigos y de los enamoramientos femeniles, de las novias maravillosas que nos prodigaron su amor o su cariño. Estamos sembrados en esas casas olorosas a orégano, a maíz tostado, a leña quemada, a carne asada, a sopa y budares humeantes, y hasta los gatos, los perros y los loros, las lagartijas y los pájaros nos perseguían para ser felices con nosotros mientras decíamos un poema, pulsábamos una guitarra o modulábamos una canción. Valses, bandolinas y guitarras, golpes de tamunangue amenizaban nuestras parrandas. Todos estos sabores y presencias componen la fiesta familiar o bohemia, la celebración por la vida. Todo sucedía en aquellas casas de pilares rústicos, de barro y argamasa, en habitaciones que guardaban viejos secretos, olores ancianos, patios que aún conservan la lozanía de los recuerdos. A veces pareciera que la memoria es como una calle interminable, que le duele a uno de tanto usarla.

La amada de Elí nos dice que nos legó otras obras escritas: Elegías y El convidado de tierra. Aguardamos para leer pronto estas obras que de seguro serán otras sorpresas de la tierra y del espíritu que nuestro gran amigo nos legó para que continuáramos ejerciendo las efusiones del noble afecto que dimana de la poesía, y los recuerdos hacia él permanezcan intactos, por su alta calidad de ser humano.

Gabriel Jiménez Emán
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Notas

  1. Eleazar León, “Rebelión en sosiego”. En: San Baudelaire, Monte Ávila Editores, Caracas, Colección Altazor, págs. XI-XV, 2009.
  2. Luis Alberto Crespo, “Elí Galindo en Los viajes del barco fantasma”. En: San Baudelaire, Monte Ávila Editores Latinoamericana, págs. XXVII-XXIX, 2009.
  3. Luis Sutherland, “Elí Galindo. La poesía, el paisaje, la representación”. En: San Baudelaire, Monte Ávila Editores, Caracas, págs. XVII-XXV, 2009.
  4. María Clara Salas, “Prólogo”. En: Metamorfosis, Fundación Editorial El Perro y la Rana, Colección Poesía Venezolana, págs. 9-11, Caracas, 2008.
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