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Teresa Carreño, primera pianista de Venezuela

lunes 16 de noviembre de 2020
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Teresa Carreño
Entre algunas de las características del modo de tocar de Teresa Carreño estaba su naturalidad: asumía el teclado como si estuviese jugando con él.

El reconocimiento que se hace a los artistas, llámense escritores, pintores, músicos, bailarines, actores, dramaturgos o cineastas, siempre comporta un proceso complejo donde concurre un conjunto de elementos históricos y culturales provenientes de distintos orígenes, pero en casi todos está presente la capacidad inventiva de la gente, el vuelo individual nutrido a su vez de voces, gestos, sonidos y manifestaciones colectivas que, luego de un arduo proceso de decantación, cristaliza en el estilo individual de cada artista; va sembrando en él una serie de preocupaciones expresivas que lo llevan a ser portavoz de una época, de un tiempo determinado por donde discurren sentimientos, pensamientos, intuiciones, dotes para la creación de una obra multiplicada en diversos lenguajes que dan cuenta de la vida de una época. Este reconocimiento puede ser oportuno o tardío; los artistas notables pueden permanecer rezagados por el gran público durante muchos años o bien pueden ser reconocidos por un breve lapso, pero casi siempre tal tributo llega tarde; luego el propio tiempo se encarga, mediante los juicios de la historia, de precisar dónde radican tales logros o por qué se han producido.

La pequeña Teresa escribió algunos himnos para pequeñas bandas de Caracas cuando sólo contaba con siete años.

Hago esta breve reflexión una vez que me he puesto a observar la vida de Teresa Carreño. En verdad se trata de una artista de primera magnitud, con un reconocimiento unánime en su época dentro de los espacios más exigentes de nuestra cultura en los años postreros del siglo XIX y comienzos del XX. Para que una mujer lograra esto luchando contra numerosos obstáculos sociales, familiares y sentimentales y contra una serie de prejuicios que se tenían hacia las mujeres, el haberse ella abierto camino en un ámbito tan exigente como la música, puede ser considerado como un evento de primera importancia no sólo para la música, sino para una mujer nacida en un país de América del Sur; una mujer que gracias a su fuerza de voluntad y a su talento consiguió poner en evidencia sus magníficas dotes de artista y su alta calidad humana.

 

Los primeros años

Teresa Carreño nació en Caracas en 1853. Desde niña se dedicó al piano bajo la tutela de su padre, Manuel Antonio Carreño, hijo de Cayetano Carreño, maestro de Capilla de la Catedral de Caracas y hermano del maestro del Libertador, Simón Rodríguez Carreño, por lo tanto tío de Teresa; por si fuera poco, su madre, doña Clorinda García de Sena, era prima de María Teresa Rodríguez del Toro, esposa del Libertador. Su padre había compuesto numerosos ejercicios técnicos para piano que tuvieron mucha difusión en su momento, y además fue autor del conocido Manual de urbanidad y buenas costumbres. La pequeña Teresa escribió algunos himnos para pequeñas bandas de Caracas cuando sólo contaba con siete años. Fueron numerosas las veladas musicales y literarias en casa de los Carreño. Pero don Manuel Antonio y doña Clorinda, viendo las dotes excepcionales de su hija, tenían otros planes: mudarse a los Estados Unidos, cosa que hicieron en el año 1862, cuando Teresa contaba con nueve años, para establecerse en la ciudad de Nueva York.

Viendo los grandes progresos que Teresa logra en el piano, las veladas musicales se continúan en aquella ciudad, donde ocupan una casa situada en la 2ª Avenida. Su padre se empeña cada vez más en que continúe sus estudios, pero el ambiente cultural no será todo lo exigente que se pueda imaginar; se trata más bien de un medio ligero, de una atmósfera musical superficial, incluso inferior a la que pudiera haberse vivido en Caracas. A propósito de ello, el escritor cubano Alejo Carpentier ha insistido en sus escritos sobre el medio musical caraqueño en que, desde el siglo XIX hasta mediados del siglo XX, el escenario era muy exigente pero muchas veces la prensa y el público no respondían con justicia a esas exigencias. En Nueva York —tanto desde el punto de vista musical como pedagógico— se vive en un ambiente de diletantes, de mánager que saben más de negocios que de arte musical. Sin embargo hubo excepciones, como la del pianista Louis Moreau Gottschalk, oriundo de Nueva Orleans y de ascendencia germano-francesa. Había estudiado en París y realizado giras por Francia, Italia y España. Regresa a Estados Unidos y comienza una gira por su país, tocando y dirigiendo. Un amigo cubano de Gottschalk que conocía a la familia Carreño y era crítico musical logró que el famoso pianista diera clases a la pequeña Teresa luego de oírla tocar en una audición privada. Teresa siempre recordaría en su madurez aquellas clases del profesor Gottschalk, pues fue su primer contacto con un músico de renombre, y el suceso tuvo para ella una repercusión personal. Según parece, el primer concierto formal de Teresa tuvo lugar en 1862 en la Academia de Brooklyn; ese año también fue invitada por la Casa Blanca a tocar para el presidente Abraham Lincoln, a quien gustaba mucho la música de Gottschalk, y pidió a la pequeña Teresa que tocara la pieza The Mocking Bird. La niña se dio cuenta de que el piano de la sala estaba desafinado y no quería tocar, pero el presidente Lincoln le dio unas palmadas cariñosas para que lo hiciera y Teresita comenzó a tocar modificando el tema original con algunas piruetas que divirtieron mucho al presidente.

Teresa continuó dando conciertos por otras ciudades de los Estados Unidos como Baltimore, Filadelfia, Boston y Miami; también fue a Cuba, donde ofreció conciertos en La Habana y Matanzas.

 

Las giras iniciales

Teresa da muestras pronto de su talento artístico; comienza a hacer giras para mantener a su familia, que en esos días se encuentra atravesando una crisis económica grave. Viaja primero por Norteamérica y luego a Europa, sobre todo a París, a donde arriba en 1866. Allí Teresa conoce a algunos músicos importantes como Rossini, Vivier, Gounod, Brahms, Puccini y sobre todo Franz Liszt, para quien toca el piano y llega a impresionarlo, por lo que le recomienda a la niña que nunca pierda su personalidad. Se trata de un dato de suprema importancia, pues Liszt está considerado como el renovador de la moderna técnica del piano y el gran virtuoso del instrumento en todo el mundo, además de gran compositor signado por una vida tempestuosa y bohemia. Dos años después, en 1868, Teresa conoce a Antón Rubinstein, quien le da algunas clases que modifican completamente la concepción interpretativa de Teresa, pues la sacan del contexto de la reiterativa música de salón, para instalarla en la exigencia de las escuelas pianísticas. Por estos años también conoce al violinista Émile Sauret, con quien tendrá dos hijos, pero a la larga resulta una relación amorosa desafortunada; la convivencia con él se convierte en un calvario; muere uno de sus hijos y luego Sauret la abandona a su suerte. Su padre también fallece. De modo que se regresa a Norteamérica, donde intenta recomenzar su vida, esta vez como cantante.

 

En Berlín se produce el gran debut de Teresa Carreño, invitada por un prestigioso director musical: Hermann Wolf.

Una azarosa vida matrimonial

Meses después conoce a un cantante tenor, Giovanni Tagliapietra, a quien se une en matrimonio, y luego viaja con él a Venezuela en 1886. Con él tiene tres hijos: Teresa, Lulú y Giovanni. A la larga también el matrimonio fracasó, por lo cual regresa a Europa nuevamente. Pareciera que la felicidad conyugal no está hecha para ella; cuesta mucho imaginar para aquella época una situación de dos relaciones fallidas consecutivas, cada una con hijos de por medio. Pero lo que le espera es mucho peor en este sentido.

La ciudad elegida ahora por Teresa para vivir es Berlín, que se encuentra en ese momento en un apogeo de prosperidad, donde una emergente clase media tiene incidencia en los parámetros sociales de la época, pues le concede importancia a la educación y a la cultura por encima de los exhibicionismos de la aristocracia y la burguesía. Ahí en Berlín se produce el gran debut de Teresa Carreño, invitada por un prestigioso director musical: Hermann Wolf, quien es tenido como el primer empresario que maneja artistas, músicos, actores, tanto de figuras reconocidas como de jóvenes emergentes. El debut de Teresa se produce en el año de 1889 con un éxito completo, incluyendo en éste el modo acrobático interpretativo de entonces, de matiz espectacular, como lo llamaríamos hoy. Poco a poco ese estilo se va tornando más refinado y controlado. En 1891 conoce a un músico con un dominio del piano verdaderamente impresionante: Eugene D’Albert, quien pasaría en adelante a ser su ídolo: un hombre apuesto, más joven que ella, aclamado por la crítica. Se casaría con él ese mismo año y su idolatría hacia él cambiaría incluso su modo de vida. D’Albert era reconocido como uno de los prominentes intérpretes de Bach, Beethoven y Liszt. Era un virtuoso y poseía una ejecución brillante que le granjeó fama en todo el continente. Al unirse a él, trajo sus hijos a vivir con los hijos de D’Albert. La unión fue relativamente breve, de cinco años. Eugene era un casanova, un hombre apuesto, más joven y con toda la disposición de entregarse a una vida libérrima, aduciendo que Teresa era mayor que él y que debía vivir su juventud libremente, razón por la cual Teresa cayó en el abatimiento sentimental. Eugene planteó la separación a Teresa: además de llevarse la mayor parte del dinero que le correspondía legalmente a Teresa para mantener a sus hijos, Teresa se negaba a concederle el divorcio, mientras que él la obligaba a hacerlo demandándola por bigamia bajo el argumento de que su matrimonio con Tagliapietra aún no había sido disuelto legalmente. Pero la unión se deshizo: los hijos propios y de otros matrimonios se separaron nuevamente; D’Albert se casaría cuatro veces más, como buen donjuán que era, y se conoció que había decidido donar su fortuna a una hermosa lavandera italiana, mientras buscaba la manera de disolver el matrimonio con Teresa en la ciudad de Riga, y haciendo el testamento para dejar su herencia a otra mujer. Pero ocurrió que allí en Riga encontró la muerte; el testamento le fue anulado y se determinó que su legado fuese distribuido a su última esposa y a los hijos de ese matrimonio, cosa que favoreció a Teresa. Dentro de este curioso fenómeno social de matrimonios permanentes y obsesivos —al cual Sigmund Freud ha de haber tipificado en sus categorías de complejos mentales—, Teresa Carreño terminó casada con Arturo Tagliapietra, hermano de su segundo marido, Giovanni, en 1902. Según parece, para una mujer permanecer soltera y con hijos en aquella época era tenido como signo de inestabilidad y desprestigio social; la gente se divorciaba y casaba de manera compulsiva. Pero, afortunadamente, esta última unión de Teresa con Arturo Tagliapietra significó la calma y la estabilidad para toda su vida.

 

Música en los salones

Es bueno ubicarse en el contexto de la época, cuando a comienzos del siglo XX impera la llamada música de salón y los artistas debían adaptarse a los moldes sociales para impresionar a los auditorios. En un trabajo que hice sobre Federico Chopin, refería yo los conocidos episodios similares entre él y la novelista George Sand; las diversas peripecias del compositor polaco y su amante francesa, cuando la música romántica de cámara era una de las expresiones más rotundas para darse a conocer en los círculos sociales; Chopin, como hemos dicho, es el pianista romántico por excelencia, tanto como compositor como en el modo de interpretar, se trata de un genio completo dedicado únicamente al piano, al punto que Liszt se refirió bromeando a su amigo como “la iglesia de Chopin”, e influyó con seguridad en Gottschalk, pero con armonizaciones distintas, ejercicios de otra naturaleza. No hay punto de comparación entre ellos desde una óptica musical: el virtuosismo de dificultades era importante en aquel entonces, y en esos complicados pasajes de notas dobles, saltos, trinos y octavas se ubica la primera producción musical de Teresa Carreño: marchas fúnebres, baladas, elegías, quejas (plaintes), transcripciones operáticas y diversas piezas donde también acusa el influjo de su maestro, el pianista ruso Antón Rubinstein, y de otros grandes compositores como Schumann y Mendelssohn.

 

En numerosos recitales, al final de las presentaciones, Teresa interpretaba el valse dedicado a su hija y lo hacía con tal emoción que dejaba impactados a los auditorios.

Algunas composiciones

Hay una conocida composición de Teresa Carreño, Un val en rêve, donde se distingue claramente el ritmo de un merengue venezolano, utilizando los ecos de nuestro folklore para incorporarlo a las formas clásicas, influjo que también se deja ver en su Valse de primavera (Opus 25), donde usa los compases del vals vienés hasta llegar a formas de mayor elaboración, visibles en el Cuarteto de cuerdas en si menor, tenido como una de sus obras más logradas y por considerar que la propia intimidad de Teresa estaba involucrada en esa composición, pues en ella de veras se percibe una especial libertad interpretativa. Este Cuarteto fue editado por primera vez en Leipzig por la Casa Fritsch. Casa a la que estuvo muy unida y a la cual obsequió los derechos de su valse Teresita —dedicado a su hija— cuando comenzaba su carrera, dejando a la Casa pingües ganancias. El valse Teresita se convirtió pronto en una de las composiciones más conocidas en Europa a principios del siglo XX, y mereció innumerables arreglos para distintos instrumentos; mandolina, guitarra, piano, violín, cello y acordeón. Para piano están una versión simplificada y otra a cuatro manos; mientras que existe la versión para piano y violín, otra para violín y cello y para orquesta de cuerdas, pequeña orquesta y gran orquesta. En numerosos recitales, al final de las presentaciones, Teresa interpretaba el valse dedicado a su hija y lo hacía con tal emoción que dejaba impactados a los auditorios. Se registra como memorable la ocasión (1907) en que su hija Teresita interpretó el Concierto en mi menor de Federico Chopin.

Otra composición memorable de Carreño es la Serenata para cuarteto de cuerdas, así como la Serenata para orquesta de cuerdas, y una serie de fantasías, danzas, baladas, estudios y piezas para coros. Algunas de estas piezas son Marcha fúnebre, Valse Corbeill des fleurs, Valse Gottchalk, La oración (opus 12), Polka de concert, Ballade, Plainte, Elegie (Plainte sur une tombe), Fantasie sur l’Africaine, Le primptemps, Un rêve en mer, Scherze-Caprice, Intermezzo scherzoso, Le somneil de l’enfant, Mazurka de salón, Staccato capricietto, Petite Valse (“Teresita”), Saludo a Caracas, Vals gayo, Himno a Bolívar, Himno al Ilustre Americano, Serenata para cuerdas o Danza venezolana.

 

La misión de enseñar

Su labor como pedagoga es reconocida, y en este sentido es útil acotar sus destacadas cualidades, ejercidas en varias ciudades y países. Entre algunas de las características del modo de tocar de Teresa Carreño estaba su naturalidad: asumía el teclado como si estuviese jugando con él, con lo cual causaba una impresión de seguridad. Buscaba, por encima de todo, el color pianístico, la búsqueda incesante de colorido instrumental; se refugió en el color para corregir su propia personalidad musical, para llegar a una individualidad y no parecerse a ninguna otra; es decir, había que lograr a toda costa un sello personal, unos rasgos que permitieran reconocer su estilo en el momento de compararlo con el de otro músico o intérprete: para ella era muy importante defender esta individualidad frente a cualquier sistema educativo artificial, que pudiera ahogar el brío que puede habitar en la persona más allá del dominio de la técnica; es decir, el proceso natural de formación de un estilo no debe medirse acelerando el crecimiento de determinada parte de la ejecución, sino poner el énfasis en el desenvolvimiento de una personalidad que descubra, en sí, cuáles son los secretos de determinada interpretación cuando se encuentra expresada en el músico. En ello Teresa Carreño coincide tanto como intérprete como cuando enseña, haciendo hincapié en estos elementos.

Nada de esto significa que no haya problemas que salvar en este complejo arte, cuestión que puede superarse a través de la observación. La complexión de cada cuerpo, la posición de cada mano, cada dedo, la cantidad de horas al piano de cada alumno de acuerdo a su resistencia física: todo ello tiene consecuencias en el instante de la interpretación. Al apenas cerciorarse de las cualidades ínsitas de cada alumno, éstas deben tomarse en cuenta tanto en el momento de la enseñanza como en el de la interceptación, y en este sentido para Teresa Carreño el arte de la pedagogía musical era también una misión. En algunos casos llega a comparar la docencia con el trabajo del médico que diagnostica y receta al paciente en cuanto detecta sus signos o síntomas; sobre todo, parece indicarnos la pianista que hay que armarse de una gran paciencia para realizar todas estas intenciones. El desenvolvimiento de esa individualidad también lo encauzó mediante el estudio de la poesía. La técnica pura o la destreza en los dedos puede adquirirse, pero las cualidades poéticas son otras.

 

La importancia de la poesía

Por ello, Teresa Carreño se esmeró en ir más allá de los virtuosismos, alcanzando más bien a la mente cultivada del artista. Lo cual se logrará con la lectura de la buena literatura, sobre todo de poesía. Ella solía decir que encontraba mucha inspiración en Shakespeare, y esa inspiración la comunicaba a sus interpretaciones. Comparaba a menudo a los maestros de la literatura con los maestros de la música. Por ejemplo, parangonaba a Shakespeare con Brahms y a Goethe con Beethoven; a Heine con Chopin y a Musset con Liszt. En cambio, la vivacidad y el brillo los identifica con el temperamento. En este sentido, vuelve su atención hacia Chopin para decirnos que éste se caracteriza por una delicadeza y una intensidad en la expresión que era absolutamente distinta a la forma de tocar de los artistas de la época; era más bien brava, tempestuosa. En esta dirección iba también su maestro norteamericano Gottschalk, en la dirección de Chopin, pero sin imitarlo, claro. Tal brillo se lograría sobre la base de la precisión; una precisión que no permite el descuido, para lo cual recomienda tocar despacio, con minuciosa atención en los detalles.

 

Teresa Carreño era dueña de una gran naturalidad y llaneza, pese a que en su interior concentraba una energía extraordinaria.

La individualidad

Todas estas recomendaciones de Teresa Carreño se encuentran en artículos en los que la pianista se explaya sobre los diversos aspectos de la música y de su labor como pedagoga, recordándonos la importancia de ir lentamente en la enseñanza de sus discípulos, y que no se puede plantar al estudiante frente a un Bach o un Brahms de un solo golpe, sin afectarlos. Es importante estudiar la historia de la música, lo cual nos permitiría reconocer en adelante las personalidades de cada artista, la biografía de los músicos y el análisis de las composiciones. El tiempo, la experiencia y el trabajo constituirían entonces el molde de la individualidad, pues ésta, o se mejora o se pierde. Nos dice:

Para un músico, el trabajo es el gran escultor de la individualidad, y un hombre no será otra cosa que un reflejo de su pensamiento, de su trabajo. No hay hecho alguno ni pensamiento ni esperanza que resulte insignificante para influir una naturaleza. Conforme mejoramos como seres humanos a través del trabajo, llegaremos a ser mejores músicos.

Sobre los aspectos técnicos de la música pianística, Teresa Carreño escribió un libro con un extenso título: Las posibilidades del color del sonido a través del uso artístico del pedal, donde lleva a cabo observaciones significativas sobre el tema, deslindando los aspectos puramente técnicos de los artísticos; resultó de mucha utilidad no sólo en su momento, sino para todas las generaciones de ejecutantes.

Ya hemos referido cómo Teresa Carreño se vio inmersa en una serie de tribulaciones amorosas y personales; se sintió obligada a continuar con la responsabilidad de sus hijos, atendiendo sus deberes de madre y esposa. No se manejó nunca en un ambiente artificioso de poses sociales, escándalos publicitarios ni admiradores superfluos, ni se dejó enredar en dimes y diretes tan característicos de un contexto de época donde los prejuicios estaban a la orden del día. Ella era dueña de una gran naturalidad y llaneza, pese a que en su interior concentraba una energía extraordinaria. Nunca se sintió socialmente privilegiada ni se rodeó de intelectuales extravagantes. En cierto modo, su infancia de niña prodigio le impidió disfrutar de una niñez “normal”. Ella misma criticó el concepto de “niña prodigio” cuando observó que muchos niños superdotados habían sido usados por padres impacientes que ignoraban la verdadera naturaleza humana, y que no era posible un desarrollo mental si no había un desarrollo físico adecuado.

 

Complejo Cultural Teresa Carreño (Caracas)
En Caracas se le dio el nombre de Teresa Carreño al principal complejo cultural de la ciudad, cuya construcción comenzó en 1973 y fue concluida durante el mandato presidencial de Luis Herrera Campins en el año 1983. Fotografía: José Gregorio Ferrer

La mentalidad americana

Pocos meses antes de morir concedió una entrevista a un diario de Nueva York donde hizo una serie de importantes declaraciones, dentro de las cuales resaltan sus ideas acerca de la actitud tomada en América hacia la música, diciendo que advierte “una marcada irreverencia y falta de devoción hacia el arte”, aclarando que la gente “se sirve de medios artificiales para presentarse en público”. Cuando compara las situaciones culturales en Norteamérica con París nos dice que en la capital francesa “se construye la reputación de un artista paso a paso”; en cambio en Norteamérica advierte un gran conglomerado de diversos elementos mentales y raciales. El elemento mental es pasivo, y ello permite que sea desarrollado luego, pero por falta de interés en este caso el desarrollo ha sido lento. Los siglos han hecho a Europa instintivamente musical, pero aquí no se ayuda al arte a desarrollarse por completo. “La simplicidad de la mente americana es idéntica a la de un niño”, dice.

Dele un libro con fotos a un niño y él no entenderá la historia allí escrita, pero se encantará con las fotos. Esa es América. Lo espectacular, lo sensacional, llega al corazón de los americanos, y los americanos tienen tanto corazón. América en el presente posee esa pasividad mental y está esperando que la despierten, al igual que un niño que aguarda su educación. Pero, como un niño, debe ser enseñada correctamente, pues las primeras impresiones son lo más importante y es una tarea tremenda el corregir lo que se ha aprendido una vez mal. Como un niño, pues, América deberá tener la correcta educación en arte. Los mejores y más grandes maestros.

Creo que este es un párrafo digno de una glosa, pues lo que aquí afirma Teresa Carreño no es cualquier cosa. Nos está diciendo —como había dicho Baudelaire— que Estados Unidos es un país de mente infantil, en la peor acepción de la palabra. Un país que no madura, un país que se deja impresionar por el speculum, por el espejo que mira en sí mismo, el narcisismo que da origen al espectáculo de las glorias aparentes o virtuales, por el relumbrón, la moda, lo transitorio. Esa pasividad mental referida por Carreño sería uno de los rasgos definitorios del nuevo continente: lo superfluo, el quedarse en la cáscara sin penetrar el corazón del fruto, el carácter pasajero de las tendencias y modas: lo que impacta a primera vista y puede ser vendido, ser ofertado en el mercado, pero que no termina nunca de cristalizar plenamente porque sus instituciones, sus maestros y ductores están aguardando una nueva tendencia, el próximo producto. Este infantilismo norteamericano espera siempre nuevos ídolos para encumbrarlos, y luego destruirlos.

En Caracas se le dio el nombre de Teresa Carreño al principal complejo cultural de la ciudad.

¿Qué pasó con la música estadounidense del siglo XX? Después de los grandes artistas románticos como Gottschalk vinieron otros que hicieron escuela como George Gershwin, Samuel Barber, Charles Ives, Aaron Copland o John Cage, entre otros. Desde principios del siglo XX en la ciudad de Nueva Orleans, donde la raza negra dio origen al góspel, al blues y luego al jazz, fueron reconocidos desde los años cuarenta los creadores de la nueva modalidad aglutinadora: el jazz, el cual a través de orquestas y grandes pianistas como Duke Ellington, Jelly Roll Morton, Fats Waller, Count Basie, Thelonious Monk, Earl Hines, Bill Evans, Oscar Peterson, Ray Charles, Nat King Cole, Chick Corea, Diana Krall, Dave Grusin, Herbie Hancock, Erroll Garner, Horace Silver, Jimmy Smith, quienes seguramente tuvieron el influjo de los pianistas clásicos del romanticismo como Chopin y Liszt, Schumann o Mendelssohn, Beethoven o Brahms, dejando nuevas generaciones de pianistas en toda América que influirían en las nuevas escuelas y sus distintas variables modernas tanto en Europa como en América: impresionistas como Claude Debussy, vanguardistas como Erik Satie, cosmopolitas como George Gershwin, o el caso ya paradigmático de Louis Moreau Gottschalk, nativo de Nueva Orleans, lo que nos permite tomarlo como punto de referencia del piano en los Estados Unidos y debe haber influido en todo el movimiento jazzístico, eso es seguro, siendo esa ciudad una de las cunas musicales de Estados Unidos. Luego se fundaría el star system de Hollywood para constituirse en la industria más poderosa del espectáculo en Estados Unidos y el mundo, por donde pasarían célebres cantantes y actores que vendrían a expresar justamente ese espíritu de lo espectacular, esa dramática fábrica de sueños tan característica del espíritu norteamericano, como bien anotaba Teresa Carreño.

Aparte estaría el legado de pianistas latinoamericanos y del Caribe que han aportado nuevos elementos al instrumento. En Venezuela tenemos numerosos ejemplos de pianistas clásicos y populares entre quienes descuellan Evencio Castellanos, Aldemaro Romero, Pat O’Brien, Rosario Marciano y Guiomar Narváez, quienes han dado relieve al piano dentro y fuera del país. En Caracas se le dio el nombre de Teresa Carreño al principal complejo cultural de la ciudad, cuya construcción comenzó en 1973, fue concluida durante el mandato presidencial de Luis Herrera Campins en el año 1983 y ha sido sede de los principales eventos musicales del país, una obra que estuvo a cargo de los arquitectos Tomás Lugo Marcano, Jesús Sandoval y Dietrich Kunckel. Posteriormente, la pianista caraqueña Rosario Marciano creó el Museo del Teclado, que estuvo funcionando durante mucho tiempo en Parque Central, donando a la Alcaldía de Caracas una colección de instrumentos y dirigiéndolo, además de ser la autora de una biografía de la pianista. Marciano fijó su residencia en Viena, Austria, ciudad donde falleció después de haber divulgado de manera constante el legado de Carreño.

Decíamos que Teresa Carreño ha sido probablemente la primera mujer en Venezuela reconocida en medios internacionales de manera unánime, basándose en méritos propios y reales, sin el empleo de una publicidad pomposa ni haciendo uso de ningún otro artilugio propagandístico. Ni siquiera las circunstancias atípicas de su vida personal con cuatro esposos músicos, y los escándalos derivados de esto, hicieron mella en su personalidad interior. Se mantuvo como música en un mediano perfil, aunque su relevancia fuese mayor.

Para casi todos los artistas ha resultado muy duro admitir que fuera de las lindes de la patria hay un mayor reconocimiento para nuestro trabajo. Es ciertamente arduo abrirse camino en Venezuela dentro de la cultura, dedicándose al oficio creador de manera completa, sin tener que acudir a otros medios para ganarse la vida. Quienes hemos ido por temporadas a algunas ciudades de Europa, recorrido sus calles y tratado sus gentes, hemos podido constatar ambientes más propicios. La indiferencia y la ignorancia que se palpan en nuestra propia tierra sólo pueden ser calificadas de dolorosas; tenemos entonces la opción de luchar fuera de nuestra patria para poder brindarle a ella misma lo mejor, extraña paradoja.

Así le ocurrió a Teresa Carreño, quien casi no pudo hacer vida en su país natal. Salió de Venezuela un día del año 1862 para regresar a ella en 1885 por menos de un año, creyendo que podía hacer algo positivo a través de una compañía de ópera al lado de su esposo, pero no pudo conseguir ese espacio en Venezuela. Algo similar ocurrió cuando Teresa vino a hacer su debut en Caracas tocando un concierto de Chopin, y casi nadie asistió. Igual sucedió en Valencia, donde ni siquiera se pudieron vender las localidades. Pese a que se estaba viviendo en todo el mundo el apogeo del romanticismo, por aquella época Caracas también vivía un momento de medianía cultural que le impedía no sólo disfrutar de la música, sino del más elemental sentido de sensibilidad estética; sin demeritar de las expresiones folklóricas o populares que siempre han sido nutrientes de toda nuestra cultura, sino a causa de la mediocridad de las clases sociales pudientes, aún inmersas en un océano de prejuicios, atavismos, supersticiones que sumían a nuestra patria en la asfixia cultural, en parte por prejuicios eclesiásticos, turbios negocios de terratenientes inescrupulosos y políticos viles.

 

Deseamos no sólo ensalzar su figura, sino rendir un homenaje a su talento y a su entereza personal.

El reconocimiento europeo: algunos juicios

En Europa, Teresa Carreño fue aclamada en varias ciudades capitales con elogios que ni siquiera se aplicaban a artistas de aquellos países. Y este no es sólo el caso de Teresa, sino el de tantos artistas, escritores y músicos que han disfrutado de honores y reconocimientos en ciudades europeas, mientras en sus patrias americanas deben soportar humillaciones y limitaciones de todo tipo. No se trata de un sentimiento de elitismo europeizante ni de un complejo de inferioridad en el momento de mirar nuestras expresiones; se trata de un hecho tan palpable que fue experimentado por nuestros propios fundadores: Francisco de Miranda, Simón Bolívar, Andrés Bello, Simón Rodríguez y tantos otros, hasta llegar a algunos de nuestros contemporáneos. Para Teresa los adjetivos y expresiones de admiración en Europa no se hicieron esperar: “la leona del piano”; “la más grande entre las pianistas”; “llevó el concierto de Tchaikovski al más alto puesto de honor” (1905); “hizo brillar el concierto de Rubinstein en la última parte, con perfección rítmica y ligereza de tiempo” (Berlín, 1905); “hizo temblar las tablas del escenario”; “fascinadora y magnífica sobre las nubes de una tempestad de aplausos” (1903); “la excelsa artista, aquella a quien rendir tan ruidoso homenaje de admiración era gloria nuestra, que nos pertenecía por entero con todos sus prestigios de mujer espléndida, con todos sus trofeos, palmas y atributos de personalidad insigne” (Miguel Eduardo Pardo, París, 1903); “como pianista es imposible medirla como encarnación de lo instrumental; su técnica no es una técnica, sino la técnica que se da en forma natural como resultado de la combinación entre el instrumento y el poder físico” (Berlín, 1903); “no se sabe qué admirar más en ella, si sus brillantes pasajes arpegios, sus trinos y octavas fenomenales, o su poder dinámico sin límites” (Alemania, 1902); “Teresa Carreño ha gustado enormemente en Milán, han alabado allí su energía masculina y su interpretación llena de espíritu” (1900); “en el cuarto concierto de la temporada oímos el Concierto en mi bemol de Beethoven interpretado con esa fuerza masculina, brillo y pureza que son tan admirables en Frau Carreño y luego escuchamos varias piezas de Chopin” (Stuttgart, 1899). Y aún son pocos estos elogios, que pueden ascender hacia expresiones y adjetivos más inflamados. Lo cierto es que su paso por los escenarios de Europa y Estados Unidos no dejó a nadie indiferente.

Me parece que aún podemos tributarle mayores honores, realizando un certamen anual de piano que convoque a los ejecutantes de América Latina y el mundo, organizar un festival internacional o fundar una cátedra permanente de piano con su nombre. Deseamos no sólo ensalzar su figura, sino rendir un homenaje a su talento y a su entereza personal, al ver realizado su sueño de mujer, de ser humano y de artista, que es a su vez un legado al espíritu y a la sensibilidad de Venezuela.

Gabriel Jiménez Emán
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