“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Chet Baker: tiernas baladas de un ángel terrible

lunes 20 de junio de 2022
Chet Baker
Chet Baker (1929-1988) tenía una tierna voz de muchacho triste, queda y sin estridencias, y tocaba la trompeta con inteligencia sensible.

Viendo mis discos de jazz dispersos por el cuarto, decido organizarlos en sus estuches y me encuentro con varios de Chet Baker; los coloco cada uno en su lugar y justo en ese instante recuerdo las audiciones musicales en el traspatio de mi casa materna en San Felipe (que llamábamos “La Bocacalle”), por donde desfilaron poetas, escritores y músicos de la ciudad y hacíamos permanentes tertulias de cualquier tema, entre cervezas y parrilladas. Fue una época fulgurante donde el jazz, el rock, los valses, la música clásica europea, los boleros y la salsa desfilaban por nuestros oídos en similar medida; invitábamos a nuestras novias, amigos, amigas y familiares a participar de aquellas reuniones musicales y tertulias. El jazz era una de las músicas que más oíamos y entre los músicos siempre estaban los considerados clásicos como Armstrong, Ellington, Basie, Parker, Monk, Pepper, Gillespie, Mulligan, Waller, James, Coltrane, Evans, Gordon, Miller, Gardner, Davis, Mingus, Hines, y las cantantes Ella Fitzgerald, Dinah Washington, Peggy Lee, Billie Holiday, Lena Horne, Sarah Vaughan y muchos otros. Todos y cada uno con personalidad y estilo inauguraron a su modo un capítulo o una época en la historia del jazz, y merecen reseñas de quienes estamos movidos por su mágico sonido, por la mixtura de elementos africanos y americanos en una proporción de estilos y tendencias expresados de modo admirable.

Entre los músicos que más oíamos por esos años estaba Chet Baker. Uno de los amigos trajo un día uno de sus discos y quedamos hechizados; un joven apuesto, sentado frente al piano, visto desde la cola del instrumento, inclinado mirando hacia el teclado. Escuchamos la trémula voz del joven interpretando canciones y acompañándose al piano, con una sencillez y ternura verdaderamente pasmosas. Días más tarde, otro amigo nos acercó una nueva grabación donde Chet Baker interpretaba la trompeta con similar delicadeza. Nos miramos las caras: ¿de dónde ha salido este genio? Buscamos nuevos discos suyos y nos fuimos enterando de varios detalles de su atribulada vida. Se trataba, en efecto, de una personalidad trágica, aun cuando su tragedia no se diferenciaba mucho de otras figuras del jazz, enfrentadas también a realidades crudas de convivencia, enfermedad, riñas, drogas, infelicidad. Frente a este fenómeno de los jazzistas atribulados, caben muchas explicaciones sociológicas, raciales y culturales. Los músicos de jazz se vieron rodeados simultáneamente de ambientes propicios cuanto hostiles, de fama y rechazo, reconocimiento e hipocresía, viviendo muchos de ellos ambientes antagónicos donde, por un lado, se les veneraba como músicos hasta el endiosamiento, o se les rechazaba como individuos. El fenómeno de las drogas terminó por acelerar estos procesos contradictorios de lo personal y lo social, sumiendo a muchos de los músicos en un tren de vida que podía ser verdaderamente agobiante. Todo ello venía también relacionado con la fama procreada por el cine, la riqueza súbita, los medios y el complejo aparato publicitario de que eran objeto, impuesto incluso por encima de sus propias vidas.

Comenzó como casi todos los jóvenes de entonces: memorizando canciones de la radio y tarareándolas con notable facilidad.

Algo de esto sucedió con Chet Baker, quien nació en Yale, Oklahoma, en 1929. Su padre fue guitarrista profesional y debió dejar su oficio de músico para tomar un empleo común de mayores ingresos, mientras su madre también tocaba el piano en una tienda de perfumes. Pronto fueron visibles sus dotes naturales para la música, iniciando su carrera en el coro de la iglesia local; su padre le regaló un trombón que después cambió por una trompeta. Comenzó como casi todos los jóvenes de entonces: memorizando canciones de la radio y tarareándolas con notable facilidad. Apenas se disponía a ir al bachillerato a los dieciséis años, dejó los estudios para marchar a la Fuerza Armada, donde permaneció dos años; a su regreso se dedicó a estudiar música formalmente en un college de Los Ángeles, y luego volvió a la Armada americana, donde se incorporó a una banda musical por un tiempo; al salir de nuevo, ya vendría decidido a hacer una carrera en la música.

Siendo muy joven, Chet se unió al cuarteto musical de Gerry Mulligan en 1952, donde ambos, tanto él como Gerry, quisieron diferenciarse del estilo de grandes maestros de entonces como Charlie Parker y Dizzy Gillespie. Fue entonces cuando se produjo el primer hito de Chet Baker, al grabar la canción “My Funny Valentine” —cuyos autores son los grandes compositores Rodgers and Hart—, y sería para él algo así como una marca de fábrica, debido a la inusual versión que hizo de ella: sutil, delicada, tenue, de fuerza emotiva impresionante. La canción lo catapultaría desde el Club Tiffany de Hollywood en 1952, donde Charlie Parker lo vio y decidió llevarlo a su grupo, aportando matices inéditos al nuevo sonido cool creado por el gran saxofonista. Ya desde entonces, ambos músicos habían comenzado sus tratos con las drogas, junto a Gerry Mulligan. Chet y Gerry también decidieron conformar un cuarteto propio donde pudieran incorporar piezas suyas, intercaladas con las de prestigiosos compositores de entonces.

Chet Baker
Chet Baker tenía la estampa de James Dean. Llevaba un copete bien peinado y aspecto de ángel, con una cara de bebé que no mataba una mosca.

Muchos buenos álbumes surgieron en esa época. La fama de Chet no se hizo esperar. ¿A qué se debió? A mi entender, a tres elementos fundamentales: voz, trompeta y aspecto físico. Chet tenía la estampa de James Dean, el famoso actor joven muerto trágicamente en un accidente, protagonista de Rebelde sin causa y de Gigante al lado de Rock Hudson, que se convirtió en ídolo de Hollywood. Llevaba un copete bien peinado y aspecto de ángel, con una cara de bebé que no mataba una mosca. A ello se agregaba una tierna voz de muchacho triste, queda y sin estridencias, sin dar muestras de virtuosismos vocales, amoldada perfectamente a su personalidad callada; luego, una trompeta manejada con inteligencia sensible, no demasiado brillante, más bien opaca y pastosa, a veces oscura, de aliento corto, deliberadamente rezagado, para diferenciarse quizá de su maestro inmediato, el genio Miles Davis, que había ya lanzado el cool a nivel mundial mediante sus largos fraseos que le convirtieron en el maestro indiscutible del instrumento y en el padre de una nueva época del jazz. Para rematar, era compositor y pianista. Se trataba de un jazzman natural.

Le propinan a Chet una fuerte golpiza donde pierde parte de su dentadura; su cara entonces adquiere otro aspecto, con una mueca desdentada que le hace envejecer prematuramente.

Por el otro lado, lo negativo: el uso excesivo de drogas, cuestión que se complica cuando cualquier músico adicto arriba a otros países y debe procurárselas yendo a determinados sitios, que suelen ser peligrosos y hasta letales;1 Chet Baker, cierta noche, se dirige a buscar droga y llega a un lugar donde hay un grupo de pandilleros con quienes sostiene una discusión; luego llegan a las manos y éstos le propinan a Chet una fuerte golpiza donde pierde parte de su dentadura; su cara entonces adquiere otro aspecto, con una mueca desdentada que le hace envejecer prematuramente; su rostro ahora exhibe un aspecto sórdido, con barba hirsuta, bigotes descuidados y párpados caídos; en fin, la cara de ángel ha tomado un aspecto prematuramente envejecido; ya no es el baby face sino más bien un pequeño demonio trágico que, sin embargo, hace sonar mejor esa trompeta; debe adaptar las boquillas a sus nuevos labios deformes, mientras su voz adquiere tintes amargos, pero también asimila tonalidades patéticas, transmitidas de inmediato a la trompeta. Su personalidad será así en adelante: voz y trompeta se complementan, surgen como un nuevo fenómeno en el jazz moderno. Algo así no ocurría desde los tiempos de Louis Armstrong, cuando Louis cantaba con su voz carrasposa y luego tomaba la trompeta para sacarle notas clarísimas. En el piano, el fenómeno sería más frecuente, cuando cantantes como Ray Charles, Nat King Cole o Tom Waits cantan y tocan el piano a la vez, algo visible también en mujeres de especial sensibilidad jazzística como Diana Krall o Norah Jones.

Chet Baker
Tras una golpiza que le deformó el rostro, Chet Baker ya no es el baby face sino más bien un pequeño demonio trágico que, sin embargo, hace sonar mejor esa trompeta.

Nada de ello le impidió a Chet Baker volver una y otra vez sobre sus temas preferidos. Comenzó con una gira por Europa muy exitosa. Ya venía del éxito rotundo de Chet Baker Sings (1954), donde todas y cada una de las piezas interpretadas se acuñan en la memoria sensible del oyente. No es, ciertamente, un crooner del tipo Sinatra, Tony Bennett o Nat King Cole, sino más bien un trovador, un cantor que en lugar de usar la guitarra para acompañarse, acude a la trompeta como parte de sí mismo, y lo que es más: se apropia de las canciones como si fueran suyas, de modo que todas pasan a ser representativas de su hacer: “My Funny Valentine”, “Look for the Silver Linning”, “But Not for Me”, “Taboo”, “I Can’t Get Started”, “Autumm in New York”, “Time After Time”, “There Will Be Another You”, “I Get Along Without You Very Well”, “The Thrill Is Gone”, “I Fall in Love Too Easily”. Después de oír estas piezas surgen entonces los calificativos: dulzura, ternura, cariño, imbuidos en una voz baja, sin demasiados énfasis ni recursos vocales complicados, nada de virtuosismos sino más bien un sentimiento que involucra pureza, lentitud, suavidad, capacidad lírica complementada con la trompeta, como si el instrumento fuese una continuación de la voz y a su vez la voz se complementara con la trompeta: un verdadero fenómeno musical llevado a cabo con un mínimo de elementos.

A esto se agrega el temperamento real del cantante: ser humano de pocas palabras, pero dotado de una fuerza interior que asoma por momentos en un rostro castigado, marcado por los estragos no sólo de la droga sino del destino; es decir, la droga se convierte en una necesidad imperiosa, en un medio que le sirve para expresarse y concentrarse, sobrevivir mientras toca, no sólo un vicio o adicción; la droga viene a ser uno de los elementos de su música, un vehículo de la desesperación y también, por supuesto, parte de los avatares de su propia vida, azarosa y turbulenta.

Por supuesto, Chet Baker viene precedido por una constelación de trompetistas de la talla de Buddy Bolden, cornetista de Nueva Orleans que es uno de los fundadores del jazz (recreé su vida en mi novela El último solo de Buddy Bolden, editada en España), King Oliver, Red Rodney, el ya citado Louis Armstrong, Bobby Hackett, Bill Davison, Bix Beiderbecke, Buck Clayton, Bunk Johnson, Clifford Brown, Dizzy Gillespie, Harry James, Hot Lips Page, Shorty Rogers, Red Rodney, Muggsy Spanier, Roy Eldridge, y deja discípulos jóvenes como Arturo Sandoval, Art Farmer o Wynton Marsalis.

Continúa su producción con álbumes como You Can’t Go Home Again, donde se rodea de músicos notables como el bajista Ron Carter, el guitarrista John Scofield.

Chet se casó varias veces, primero con Charlaine Souder; luego con Halima Alli y después con Carol Jackson, quienes le dieron cuatro hijos, y ellos supieron recoger y divulgar su legado. Ellos, sus hijos, aparecen en la película de Let’s Get Lost (1987), de Bruce Weber, magnífico documental sobre Chet Baker que tiene características del estilo beat, de los Nacidos para perder (Born Losers), una película con un ritmo magnífico centrada en la personalidad de Baker donde se mezclan fragmentos de giras, conciertos, entrevistas y momentos familiares, paseos con sus hijos… se trata de un filme creativo narrado a ritmo musical, con una fotografía de primera línea, todo un acierto. Ahí se siente Baker, su movimiento existencial.

Su trabajo continúa siendo reconocido: obtiene un premio Grammy; luego marcha con un tour por toda Europa; las firmas disqueras se lo disputan. Continúa su producción con álbumes como You Can’t Go Home Again, donde se rodea de músicos notables como el bajista Ron Carter, el guitarrista John Scofield; los saxos de Paul Desmond y M. Brecker en el logro de piezas como “Love For Sale” (el clásico de Cole Porter) y otras como “Un poco loco”, “You Can’t Go Home Again” y “El Morro”.

Otro disco notable es Chet Baker & Crew (1956), donde le acompañan los músicos Phil Urso (saxo tenor), Bobby Timmons (piano), Jimmy Bond (bajo) y Peter Littmann (batería), y la actuación especial de Bill Loughborough (tímpano cromático). Éstos le acompañan en un repertorio de diecinueve piezas donde destacan “Halema” (dedicada a la esposa de Baker y compuesta por Phil Urso), “Chippyin”, “Pawnee Junction”, “Extra Mild”, “Lucius Lu” y “Taboo”, esta última pieza de Margarita Lecuona que siempre fue una de sus preferidas.

Son numerosas las grabaciones de Chet Baker, muchas de ellas en vivo. No pretendo en este trabajo ser exhaustivo con su discografía, sino apenas referir algunas de las grabaciones suyas que he disfrutado y he escuchado una y otra vez (como se hace con cualquier clásico), tal por ejemplo Chet Baker Quintet (1956), donde le acompañan otra vez Phil Urso en el saxo tenor; Bobby Timns en piano, Jimmy Bond en el bajo y Peter Littmann en la batería, haciendo las piezas “Extra Mild”, “Chippyin” y “Taboo”.

Reseño también Candy (1985), acompañado por los franceses Jean-Louis Rassinfosse en el bajo y Michel Graillier en la guitarra, haciendo siete piezas: “Love for Sale” de Cole Porter, “Nardis” de Miles Davis, “Candy”, “Bye, Bye, Blackbird”, “Sad Walk”, “Tempus Fugit” de Bud Powell y “Red’s Blues” de Red Mitchell. El álbum constituyó por otra parte una de sus últimas grabaciones.

No debemos olvidar el clásico Walkin’ con Blanch en el piano, Gerry Mulligan en el saxo y Bob Carter en el bajo, los saxos de Paul Desmond y Al Cohan; Dave Brubeck en el piano tocando las piezas “Walkin’”, “Five Brothers”, “Unknown Stone”, “Tea for Two”, “This Is Always” y “You Don’t Know What Love Is”. Y así podríamos seguir con más grabaciones. Destaco algunos de los álbumes que me han acompañado siempre. Por ejemplo, una magnífica selección de su obra titulada Chet Baker for Lovers (2003), con catorce piezas extraordinarias donde no hay desperdicio alguno. Son obras sentimentales donde destila el mejor Baker. Destaco sólo algunas: “The Touch of Your Lips”, “Tenderly”, “Autumn in New York”, “Born to Be Blue” y “That Ole Devil Called Love”. La compilación para el sello Verve se la debemos a Richard Seidel y el texto preliminar a Al Young (2003). La recomiendo ampliamente a los seguidores de Baker o a quienes deseen iniciarse con buen pie en sus audiciones.

Otro concierto digno de mención es el de Chet Baker en vivo en Bologna (1985), al lado de Philip Catherine en la guitarra y de Jean-Louis Rassinfosse en el bajo, donde los tres músicos se lucieron con seis piezas, “Conception”, “My Foolish Heart”, “Tune Up”, “My Funny Valentine”, “But Not for Me” y “Down”. Como observamos, Baker vuelve siempre a sus “clásicos”, a los temas que le granjearon reconocimiento.

Chet Baker
My Favourite Songs, The Last Great Concert, disco de Chet Baker.

También tengo entre mis grabaciones “piratas” CDs grabados de otros CDs de amigos, como Chet Baker: My Favourite Songs, The Last Great Concert, con los standards de siempre. “Mis cosas favoritas” es el famoso tema de Lerner and Loewe, músicos de los cuales por cierto Baker hizo un disco completo que es de sus mejores trabajos; en efecto, es acaso el único monográfico del trompetista. My Favorite Things es, para quienes son muy jóvenes, una de las canciones más conocidas de la popular película La novicia rebelde (en inglés se titula The Sound of Music), de los años sesenta, protagonizada por Julie Andrews y Christopher Plummer. Es en verdad una de las películas más bonitas de todos los tiempos, y el mejor papel de Julie Andrews junto al que hizo encarnando a Mary Poppins, otro clásico musical de Hollywood.

En Deep in a Dream, selección llevada a cabo por James Gavin en Nueva York en 2002, se recogen diecinueve obras del repertorio de Baker.

También se realizó una excelente selección de la obra de Baker en Deep in a Dream, llevada a cabo por James Gavin en Nueva York en 2002, donde se recogen diecinueve obras de su repertorio, justificadas una a una con la debida precisión, intentando así recoger en cada una de ellas un hito en la carrera del músico, también muy recomendable para quienes se acercan por primera vez al trompetista. Así se titula también la mejor biografía de Baker, que pudiéramos traducir al castellano como Deep in a Dream: La larga noche de Chet Baker, debida a James Gavin. Merecen especial referencia en esta selección de Gavin las piezas “Little Girl Blue”, “Deep in a Dream” y “Petite Fleur” de Sidney Bechet, “Little Flower” o “Florecita” en castellano, es una composición del más grande de los clarinetistas, a quien oía desde niño durante mi infancia en las rocolas del pueblo de Caraballeda, allá en el mar Caribe del Litoral Central, y me parecía estar oyendo la canción más linda del universo. Sidney Bechet es una especie de Louis Armstrong del clarinete; el más grande maestro de ese instrumento, nacido en Nueva Orleans, a quien deseo hacer aquí un pequeño homenaje, por ser la primera melodía de jazz que oí en mi vida.

Como sabemos, Baker tomó la decisión de ir a vivir a Italia el resto de su vida, por la extraordinaria receptividad que le dieron tanto a su música como a su persona, pudiendo permanecer tranquilo lejos de la agitación y la violencia tremenda de los Estados Unidos. Estando en Italia recibió la invitación para ofrecer un concierto en Ámsterdam, Holanda, y no lo pensó. Se dirigió a la capital holandesa a cumplir con su compromiso. Se encontraba en la habitación del Hotel Prins Hendrik, en un segundo piso, después de haberse proporcionado la dosis respectiva. Mientras se hallaba en giras, a Chet siempre le gustó acercarse a ensayar cerca de las ventanas y los balcones de los hoteles; ese día cumplió con el rito, se acercó al balcón del segundo piso, pero no se percató de que la baranda tenía poca altura; se recostó de ella bajo los efectos de la droga, dio un traspié, resbalando por el piso, y se vino abajo, cayendo sobre el pavimento de la calle y golpeándose la cabeza tan fuertemente que eso le ocasionó la muerte instantánea. Chet Baker ya no estaba en este mundo. Eso fue en 1988. Sólo tenía 59 años. Llevaron su cadáver a los Estados Unidos, donde fue incinerado y sus cenizas depositadas junto a las de su padre en el cementerio de Inglewood, California.

Pertenece Baker al panteón de los músicos trágicos de filiación romántica (quiero decir de los verdaderos románticos, léase Byron, Shelley, Beethoven, Chopin, Teresa Carreño) cuya línea sigue hacia Charlie Parker, Bill Evans, Nat King Cole. Sobre todo lo percibo cercano a Bill Evans, un verdadero poeta del piano, también adicto a las drogas con un sino trágico similar al de Chet. Creo que estos músicos perduran precisamente porque exponen los lados más sensibles del ser humano, su naturaleza frágil, sus oscuridades inagotables, y continuarán haciéndolo, creo yo, abriéndose paso en una sociedad global que por momentos amenaza con convertir a los seres humanos en cuerpos manipulables, navegando hacia una deplorable nada.

La ternura, si algo nos ofrece, es un cobijo al espíritu, por encima de todas las cosas. Y la voz y trompeta de Chet Baker acarician los sentidos, nos trasladan a un espacio de evaporación sentimental, nos hacen viajar hacia nostalgias innominadas, se estacionan en la zona melancólica del ser para remover allí esencias de sentimientos, viajan la trompeta y la voz de Chet por cada espacio de la noche abismada, la noche donde nos hundimos en las aguas de lo que alguna vez fuimos, tristes o felices, ya no importa, sólo deseamos revivir algo allá adentro con ellas, las sublimes notas del jazz, como si estuviesen sembradas en nosotros, en nuestros sueños.

Gabriel Jiménez Emán
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Notas

  1. El caso del célebre rockero argentino en la cumbre de su carrera, Gustavo Cerati, en Caracas en 2000, por ejemplo, fue trágico: cuando fue en busca de droga, le proporcionaron una sustancia de muy mala calidad que le produjo una parálisis cerebral y lo dejó en estado de coma. Estuvo internado cuatro años en un hospital de Buenos Aires, donde murió en 2004.