
Otro amanecer Tintoreto volvió que ya se moría.
—Me comí un ratón de biblioteca —dijo—. Y yo que detesto a muerte la lectura. Mírame en estas condiciones.
—No es la primera vez que llegas envenenado —comentó Rosalino.
—Rápido, maestro, préstame el periódico —dijo Tintoreto.
Para su repentino afán de lectura, Rosalino desenvolvió una panela y le pasó la media página de periódico, rota y sucia de buruzas. El gato, que no entendió los jeroglíficos, lamió las buruzas.
Rosalino puso el agua al fuego para preparar el remedio.
Encendió un tabaco mientras hervía.
—¿Y dónde atrapaste el veneno?
—¿El ratón de biblioteca? Me lo dio Linda. Por eso discutimos. Dijo que era un ratón importado, políglota, humanista, aprendiz de poeta y mago de feria. Casi un premio Nobel, mejor dicho. Se me revuelve el estómago. Prefiero a los que no le ponen problemas a la vida ni le buscan cinco patas al gato. Discutimos como perros y gatos.
Se echó a morir sobre la mesa, bajo una nube de humo.
—Linda no quiere verme más.
Se puso una mano en el corazón.
—Y eso no es lo peor: quiero escribirle una carta para pedirle perdón. Imagínate, Rosa, nunca le he pedido perdón a nadie.
—No me digas Rosa.
—Perdón.
Rosalino aceptó el perdón y, de paso, aconsejó:
—Escríbele una carta en tinta verde.
—¿Qué pasa con la tinta verde?
—Trae buena suerte, muchacho.
Tintoreto lo miró de arriba a abajo y de abajo a arriba, con profundo dolor.
—No sé escribir y tú lo sabes, maestro.
Rosalino se burló:
—Por eso no le has pedido perdón a nadie.

Tintoreto murmuró con humildad que por escrito nunca en todos los años de su breve existencia. Nunca quiso asistir a la escuela porque pasó la niñez elevando cometa y no se arrepentía, al menos hasta ahora. Su colección de cometas daba envidia. Ya era un cometero de cierta fama.
Rosalino dio una profunda chupada al chicote. La nube ocupó la habitación y por un momento no se vieron.
—Está bien, escribiré esa carta.
—Gracias, Flor —se escuchó en alguna parte de la nube.
—No me digas Flor.
—Perdón, Picaflor. Estoy harto de perdones.
—No me digas Picaflor.
—Perdón.
—Olvídalo.
—Estoy desesperado —dijo Tintoreto.
Rosalino escribió:
“Querida Linda: sufro al pensar que el destino logró separarnos. Guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré...”.
Tintoreto tosió:
—Perdón, maestro, ¿no hemos oído eso en alguna parte?
—En el bar de Osiris.
Rosalino echó al fuego la hoja: la arrugó primero, hizo una pelota y la encestó entre las piedras del fogón. Seleccionó yerbas y las revolvió en la olleta. Trajo el platito de la leche y puso a enfriar el remedio.
“Amada Linda: sin ti no podré vivir jamás...”.
Tos de gato.
“Sufro la inmensa pena de tu extravío, guardo el dolor profundo de tu partida...”.
Toses: otra pelota de papel.
“Linda: cuánto tiempo disfrutamos de este amor, nuestras almas se acercaron tanto así...”.
Tintoreto tosió: ninguna carta se acomodaba con exactitud a su caso. Se rascaba la cabeza, se tiraba los pelos, quería decir algo que le bailaba en la punta de la lengua. Tosió tantas veces como cartas arrugadas, hasta que se agotó la paciencia de Rosalino. No hubo carta. Tintoreto bebió el remedio pero no se sintió mejor. Era un malestar más profundo. El malestar de la cultura. Como que Tintoreto le buscaba cinco patas al gato.
No salió aquella noche. Se la pasó puliendo, en la memoria, una poesía que reconquistara el amor de la bella. Algo que le había oído a Cantaclaro. Sobre la mesa ensayó los gestos, el tono, los patéticos silencios, una cosa parecida al llanto. Linda no soportaría tanta belleza.
Pero Linda soportó.
De esta manera entró la cultura en casa: Tintoreto estudiaba el abecedario, ya garrapateaba unas vocales más o menos decentes, ya casi escribía Tintoreto se muere de amor por Linda Ochoa. Rosalino desempolvó los libros de poemas de su lejana adolescencia. Se la pasaba diciendo: “Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver...”. Ya te fuiste, qué broma. Soplaba, esparcía la nube de polvo con la mano, y las hojas semejaban alas de mariposa prehistórica. “Esto ya no convence a nadie”, se repetía tras la lectura de cada poema. Rosalino y Tintoreto, de repente, se volvieron asiduos espectadores de los recitales de Pascual Cantaclaro.
Rosalino acudió a la biblioteca casi todos los días, descuidando la herrería, y memorizó algunas de las mil páginas de Los mejores versos de amor de todos los tiempos. Se le llenó la cabeza de maravillas. Pronto pudo competir con Pascual Cantaclaro, que obtuvo sin discusiones un aumento de maíz. El corazón de Rosalino se alborotó y le escribió algunas de esas maravillas a Julieta. Exaltada y más loca que nunca, la mujer respondió desde Caracas que no podía vivir un minuto más sin verlo. Pero viviría muchísimos minutos. Su letra era bella, su ortografía espantosa.
Tintoreto fue a la biblioteca apenas dominó las primeras letras. Algo leía, aunque lento y en voz alta. Se le escapaban los maullidos de la impaciencia. Nadie se sentaba a su lado porque no dejaba de moverse. Parecía escribir cada letra con el cuerpo. Pero algo aprendía. Una jirafa que leía novelas de misterio lo miraba de reojo. Un cerdo colorado hojeaba libros de pintura y se relamía de gusto. Alguien, al fondo, resolvía un crucigrama con la punta de la uña.
—Tenemos magníficas historias de dragones —pregonó la bibliotecaria.
—Otro día.
—De vampiros y hombres sin cabeza.
—Otro día.
—Eres el primer gato que nos visita en treinta y cinco años —señaló la bibliotecaria—. Hemos progresado. Al principio no teníamos mesas ni sillas. Ni la jarrita donde los lectores se lavan las manos. Ni siquiera teníamos libros. Tampoco lectores, claro.
Era una escoba que barría los libros con la mano. Antigua y seca. De zapatones de tacón grueso y anteojos de bruja. Tal vez una prima lejana de Margarita del Valle del Encanto. Tintoreto le agradeció sus palabras pero no sabía si disfrutar el orgullo de ser el primero o padecer la vergüenza por la ignorancia de todos sus hermanos. En cambio, por todos lados había ratones, limpios y serios, con gruesos anteojos. Ratones de biblioteca que el gato nunca más probaría.
—Prefiero volverme vegetariano —le anunció al maestro.
Algo aprendía. Leyó la dolorosa historia de la silla que perdió una pata y terminó invadida por el gorgojo y las telarañas. “Seré viejo”, dijo Tintoreto, y pensó que el amor podía salvarlo. Leyó sobre amores desdichados: el soldadito de plomo que se enamoró de una bailarina porque la vio sosteniéndose en una sola pierna y la creyó coja como él, el triste fin del gusano que enloqueció por una golondrina sin corazón, las desventuras del león que escribía cartas de amor en la piel de sus víctimas y en la corteza de los árboles, la locura del rey que cambió a la reina por una caja de estornudos.
—Seré sabio y Linda Ochoa se volverá loca por mí —suspiró Tintoreto—. Algún día usaré anteojos.
Golpeó la mesa tres veces para darse suerte y los lectores le pidieron silencio.
Leyó sobre astronomía, patafísica y alquimia.
—¿Patafísica? —preguntó Rosalino.
—Física para principiantes, maestro.
—Para que los principiantes como tú metan la pata.
—Así es, maestro.
Aprendió tanto el dichoso gato que llegó a casa arrastrando un grueso volumen en la mochila.
—¿Dónde te lo robaste? —exclamó Rosalino.
—Es de Linda: vuelve a quererme. Lo lees y me lo cuentas, maestro. Le hice a Linda una promesa. Este mamotreto lo escribió un desdichado hace cinco siglos.
Rosalino casi se desmaya. “Debió ser muy desdichado”, observó. Una cosa era leer pequeños y delgados libros de poemas que cabían en el bolsillo de la camisa, y otra cosa era meterse en las entrañas de ese monstruo sin pies ni cabeza. ¿Cuántas páginas?
—Te puedo leer el título.
Nervioso, Tintoreto leyó a trancazos:
EL IN GE NI OSO HI DAL GO DON QUI JO TE
DE LAMAN CHA
Mi guel de Cer van tes Sa a ve dra
Rosalino se retorció los bigotes.
—¿Tan mal lees, Tintoreto?
—Linda me tiene así.
Rosalino se acercó al libro con una mano estirada, abierta, indicando mansedumbre, temeroso de un mordisco. “Debe ser una mancha muy grande”, dijo. “De nacimiento”, agregó Tintoreto. “De las que no se quitan”, se alarmó Rosalino. “Hasta contagiosa será”, murmuró Tintoreto, retirándose. Rosalino examinaba el objeto como el médico que enfrenta a un enfermo grave, y pasaba saliva. O como el que atraviesa la cuerda floja donde se juega la vida. Abrió al azar y leyó el comienzo de la página: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme...”. Tres horas después, hechizado por las aventuras del Caballero de la Triste Figura, que andaba por los caminos de este mundo arriesgando el pellejo para salvar viudas, doncellas y huérfanos, con la única compañía de su escudero y su caballo, Rosalino dijo al aire: “Cómo pude vivir sin saber esto”. Y en verdad no supo más de este mundo hasta un amanecer de la semana siguiente, cuando el gato regresó, más enamorado que un toche y tan dichoso como marranito estrenando lazo, y saltó a la botella. Rosalino abrió la ventana del otro día y, apretando el libro contra el pecho, suspiró:
—Pobre hombre...
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