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La verdadera historia del gato con botas
(capítulo 1)

domingo 6 de abril de 2025
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“La verdadera historia del gato con botas”, de Triunfo Arciniegas
Las ilustraciones de esta nueva edición de La verdadera historia del gato con botas, de Triunfo Arciniegas, son de Augusto Mora.

Un molinero, al morir, dejó a sus tres hijos un molino, un burro y un gato. El mayor se adueñó del molino, se casó y puso a moler a la mujer. El segundo se fue a otro país, montado en el burro. El menor se quedó en casa, con el gato. Estaba contento porque conocía el cuento del gato con botas que hizo rico a su amo.

—Mis hermanos ignoran la suerte que tengo —se dijo el muchacho—. José no será tan feliz con el molino como yo con este gato. ¿Qué será de Antonio con un burro en el extranjero? Qué suerte la mía, como para bailar en un pie. Sólo tengo que conseguirle un par de botas a este gato, un sombrero de plumas y una bolsa. No hay problema. Papá tenía unas botas viejas que le pueden servir. Mamá usaba un sombrero de plumas antes de fugarse con el payaso. José me prestará una bolsa. Así, todo elegante, el gato irá al bosque a cazar conejos y perdices para el rey. Tengo un plan. El camino al corazón de la princesa pasa por el estómago de su padre. Dicen que los cocineros del palacio son excelentes. Al rey, que come por tres, se le vuelve agua la boca con sus manjares. Mi gato le dirá que va de parte del marqués de Carabás. Ése soy yo. Los conejos y las perdices serán mi tarjeta de presentación. El rey me mandará muchos saludos y, de pronto, una botella de ron. Cuando salga a pasear en su carroza con su hija Blanca Flor, aún más bonita que su nombre, me zamparé en pelota al río y el gato se pondrá a gritar que el marqués de Carabás se está ahogando y que le robaron las ropas. El rey, que vive tan agradecido conmigo por el asunto de los presentes, enviará unos guardias a salvarme y otros a traerme ropas reales. Entonces, vestido como marqués de verdad, me presentaré con voz fina y ademanes delicados. “Soy el marqués de Carabás, majestad”, le diré despacio, alargando las sílabas, engordando las palabras. Debo verme delicado pero firme, decidido, imponente. Ni altanero ni vulgar, desde luego. Necesito un espejo para ensayar. Nunca he visto películas de marqueses, ¿cómo serán? Tal vez compre una crema para suavizar la piel. Imagino que los marqueses con botas serán como gladiolos. En todo caso, sea como sea, el rey quedará impresionado, y su hija, la más blanca de las flores, se enamorará de mí a la velocidad del relámpago. Los tres, dichosos y alborotados, iremos a recorrer mis tierras. El gato se adelantará para decirles a todos quién es el dueño de las tierras que trabajan. Si no me reconocen como tal cuando pase con el rey y la princesa, no les valdrá nada la vida, aunque no creo que se atrevan a desafiar las garras del gato. Después llegaremos al castillo del ogro, el verdadero dueño de todo. Como el gato ya lo habrá despachado transformado en ratón, comeremos y beberemos, y le diré al rey que quiero casarme con su hija. Oh, la bella Blanca Flor, toda atravesada por la flecha del amor, se desmayará en mis brazos. Así llegaremos al final del cuento: nos casaremos y viviremos felices para siempre jamás.

—No es tan sencillo, Abelardo —dijo el gato, peinándose los bigotes, desde las piedras del fogón—. Te quedas con la casa y conmigo, muchacho astuto. Pero no pienso salir de cacería con unas botas viejas y mucho menos con ese sombrero ridículo que tu amado padre nunca se atrevió a echar al fogón. Quiero unas botas de piel de conejo.

—Es la casa de todos. Ni Antonio ni José se la pueden llevar. Y no es un sombrero ridículo.

—Las lágrimas de tu amado padre arruinaron las plumas. No me contradigas, Abelardo: ese sombrerito es más ridículo que la peluca del payaso. Quémalo y no me discutas.

—Ofendes a mi madre, que lo usaba todos los domingos.

—Tu madre nunca lo va a saber, Abelardo. Perdona que te diga que nunca me cayó bien esa falsa pelirroja. Varias veces me peló con agua caliente y más de una vez me acertó con el cucharón de la sopa. ¿Tú sabes por qué se pintaba el pelo? Nadie lo sabe. El rojo no le lucía, pero nadie se atrevió a decírselo. Perdona que te lo diga: tu madre se maquillaba como el payaso que se la llevó. ¿De dónde sacó tu padre una loca así? Nunca le puso ley.

—Cuando estaba contenta me acariciaba las orejas.

—Una o dos veces en toda tu vida, Abelardo, no más.

—Le gustaba bailar hasta destrozar los zapatos. Llegaba al amanecer con el sombrero y los zapatos en la mano.

—Y los pies ampollados, Abelardo, de tanto parrandear, por supuesto.

—Dormía todo el día. Caminábamos en puntillas para no despertarla. Papá se iba a toser al bosque.

—¿Vas a empezar con el cuento de La bella durmiente? No te pongas sentimental, Abelardo, ahora que tenemos prisa.

—Te ofrezco mi sombrero.

—Da pena —dijo el gato—. Con tantos rotos parece un colador.

—Te mantiene la cabeza fresca.

—Olvidemos el asunto del sombrero, Abelardo. No todo tiene que ser al pie de la letra.

—¿Dónde voy a conseguirte unas botas de piel de conejo?

—Ya sabes —dijo el gato—. Primero busca la piel. Vete al bosque y consíguete un par de conejos gordos. Espabílate, muchacho, que la vida es corta.

 

 

A manera de epílogo

A finales del siglo pasado, cuando estaba escribiendo las parodias de los cuentos de hadas de Caperucita y otras historias perversas, me sorprendió un gato maldadoso que no se conformó con unas cuantas páginas. Sin pedir permiso ni hacer preguntas, sin el menor respeto por Charles Perrault y los hermanos Grimm, expertos en magias antiguas, exigió un libro completo y el papel de protagonista. No quiso cazar conejos ni perdices y obligó a su amo a realizar toda clase de tareas. Así son algunos gatos. Sinvergüenzas, descarados y sin remordimientos.

Desde principios de febrero estoy recorriendo Italia y acá apareció el bendito gato. He pasado estos días lluviosos del final del invierno revisando las pruebas que me envió Alejandra Arciniegas, quien se encargó de acomodar el texto en la inmensidad de las páginas en blanco. A su ojo de diseñadora no se le escapa una errata o una línea huérfana. Después de Las batallas de Rosalino y El muerto feliz, La verdadera historia del gato con botas es nuestro tercer libro.

Los libros no sólo cuentan historias emocionantes sino que deben verse bellos. Se leen con regocijo, y luego nos esperan con paciencia en ese paraíso llamado biblioteca. Los libros, como los gatos, anhelan nuestra contemplación.

Así que recorro el Coliseo o arrojo una moneda a la Fontana di Trevi, paseo por las antiguas y estrechas calles de Trastevere, en Roma, tomo otra foto a los asombrosos canales de Venecia o la majestuosa catedral de Milán o saboreo una pizza en Nápoles mientras repaso las astucias del gato que torció su destino.

Esta madrugada leí todo el libro y me fui de compras al Porta Portese con mi hermano. Fuimos en autobús desde la Piazza Duca di Genova hasta la Piazzale della Stazione del Lido y ahí tomamos el Metromare hasta el final de la ruta. De Porta San Paolo, también conocida como Piramide, fuimos a pie a Porta Portese porque una maratón de diez mil personas cortó la ruta de los autobuses en Roma. Tuvimos que correr, integrándonos a la maratón como nadadores que se dejan arrastrar por la corriente, hasta quedar al otro lado, sin tropezar con ninguno de los diez mil atletas. Ya en el famoso mercado de los domingos, encontré un estilógrafo antiguo y estuve a punto de comprar una curiosa cafetera. Llené el morral con un pantalón azul, una colorida correa y una botas poderosas, un libro de fotografías de Willy Ronis y otro de poemas, cinco para niños y tres magníficas novelas. Me enamoré de un reloj rojo y de un marco negro para mis nuevos lentes. Encontré los audífonos inalámbricos para el celular. Y luego volví a las páginas del gato.

He estado leyendo La verdadera historia del gato con botas en la pantalla del iPhone, sin imprimir una sola línea, y escribiendo con un solo dedo. Para evitar algunas páginas en blanco de esta nueva edición, he tenido que inventar párrafos. Federica, la mujer que le lee las cartas a la princesa Blanca Flor, nació ayer mismo. Me prestó su nombre una mujer que vende frutas en el mercado de Ostia y que domina el español porque estuvo casada con un chileno que ahora no quiere ver ni en pintura.

Triunfo Arciniegas
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