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El caballo de los sueños

sábado 16 de noviembre de 2024
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El caballo de los sueños, por Triunfo Arciniegas
Rosalino empezó a pensar en aquel caballo que acababa zapatos como un demonio. Patabrava, así debe llamarse. Obra de Triunfo Arciniegas

En las pausas de la lectura, el maestro Rosalino tropezó con un caballo.

Un martes iluminado un señor muy elegante, de anteojos verdes y bigote de cola de conejo, que caminaba con la cabeza ladeada como para escuchar a los pájaros, vino a la herrería por un juego de herraduras de tamaño gigante.

—Soy Jairo Aníbal, maestro —dijo—. Y necesito las herraduras más grandes que usted sepa hacer.

—Tengo mular y caballar —dijo Rosalino, acariciándose los frondosos bigotes—. Pero me parece que su pedido es algo especial.

Había encendido la fragua con palitos untados de petróleo, y Pepino Titiribí bajaba y subía el palo de un fuelle que soplaba sin pausa. Rosalino arrimaba el carbón con una cucharilla de hierro para alimentar el fuego: un pequeño volcán de colores. En menos de media hora hizo el juego de herraduras, toda una obra maestra, y el señor elegante quedó muy contento. Hablaron de caballos famosos y bebieron café. Hablaron del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, de su triste figura y sobre todo de Rocinante, su caballo.

—Es el libro más gordo que Tintoreto ha traído a casa.

—¿Quién, maestro?

—El gato.

—¿El gato te consigue libros?

—Leo casi todo lo que trae, pero sobre todo poemas y novelas. Tareas de la novia.

—¿La novia te pone a leer?

—La novia de Tintoreto, Linda Ochoa.

—¿Linda Ochoa te puso a leer? ¿La gata de Ana Beatriz?

—No a mí sino a Tintoreto, que todavía no domina estos placeres —precisó Rosalino, y se rio de buena gana—. No me vaciles, caballero.

—Pensé que una gata te estaba atormentando la vida.

“Las batallas de Rosalino”, de Triunfo Arciniegas

—Leo las novelas y se las cuento a Tintoreto mientras me lava los platos. Ambos ganamos. Detesto lavar platos, y Tintoreto adora los ratones en salsa de Alabama que le envían a Linda de Miami.

—Pero qué gata más sofisticada.

—Como toda la familia Ochoa –dijo Rosalino—. En la mesa sólo hablan en francés.

—De Francia traerán los vinos y los quesos.

—Eso imagino.

Pronto el señor elegante volvió por otro juego de herraduras y más conversación. Rosalino empezó a pensar en aquel caballo que acababa zapatos como un demonio. Patabrava, así debe llamarse.

Pero así no se llamaba.

—Lucero —dijo el señor elegante que escribía libros—. Se llama Lucero Galindo, y las herraduras nunca en la vida le habían durado tanto como esta vez.

“Demonios, hasta tiene apellido”, exclamó Rosalino para sí mismo. Un caballo muy distinguido, el más distinguido de los caballos. Rosalino pensó con intensidad en aquel hermoso caballo blanco.

Pero no era blanco.

—Es negro con una estrella en el pecho. Una estrella toda blanca.

Rosalino se moría de ganas por conocer aquel precioso animal. Lo veía en los sueños, trotando en una pradera de tréboles, como una nube negra. Asistió a las carreras del domingo para saborear el terrible espectáculo de un caballo sudoroso en el viento.

—Debo conocerlo —se dijo Rosalino en la ventana del ansia—. Mi reino por un caballo.

Como atendiendo su deseo, el señor elegante que escribía libros para niños llegó montado en Lucero Galindo. Rosalino quedó sin respiración.

—Maestro, ¿podría cambiarle el juego de herraduras?

Se entendieron de maravilla. El caballo relinchó de gusto cuando Rosalino le acarició la crin. Le sacó los clavos viejos con las tenazas para desprender las herraduras desgastadas, le limó los cascos como si le pintara las uñas a la más bonita de las muchachas y le clavó el más precioso juego de herraduras que hizo en toda su vida. El caballo pareció advertirlo porque se alejó con un paso juguetón, como un colibrí, como un viento entre las hojas.

Lo volvió a ver.

Una muchacha lo montaba, una arisca morena de ojos de culebra, que giraba una sombrilla de colores entre sus dedos de seda. El caballo le hizo a Rosalino una profunda reverencia, reconociéndolo.

—Soy Alejandra, la hija de Jairo Aníbal, maestro —dijo la muchacha—. Lucero no hace más que pensarte.

El caballo relinchó y se alejó con su dama. Rosalino no lo volvió a ver en mucho tiempo. Pero no perdió la fe. Estaría salvado mientras no la perdiera. Y así fue.

El señor elegante apareció en la herrería el día menos pensado y dijo:

—Maestro, nos vamos a Europa de paseo y tardaremos en regresar.

El corazón le brincó a Rosalino: un puro galope.

—Pensé que podía encargarse de Lucero Galindo: se le ve en los ojos que le tiene cariño.

Qué soberbio espectáculo: el maestro Rosalino con su chaleco rojo, el pantalón a rayas y una camisa blanca, encima de esa nube negra. Qué soberbio espectáculo para los domingos. Y después para todos los días. Los niños se asomaban a las ventanas apenas presentían el galope. Y las viejas y las muchachas y todo el mundo. El lío de los perros se dio por concluido porque Rosalino estaba muy arriba para cualquier mordisco de este mundo.

Lo amarraba a la argolla de la puerta de la herrería y el día se acababa en un suspiro. El caballo se entretenía con el abecedario de fuego de la puerta, donde se probaban las cifras de hierro de marcar el ganado, y con los manojos de hierba fresca que Rosalino le mandaba traer de la tienda de Anastasia Sisisí, la novia del flaco Pepino Titiribí. Luego, a la sombra del árbol más famoso de Monteadentro, se le vio feliz, adornado de pájaros y estrellas, qué sueño de caballo. Nunca antes fueron tan felices un caballo y un herrero. Venían a mirar al precioso caballo. Todos venían: el tragafuegos Chámbilo Candela, el famoso bailarín Juanito Trucupey, el serenatero Romeo Caretigre y tantos otros, todos tan amigos. Con su cara de júbilo, con el corazón en la mano, armaron la parranda.

Pepita Girasol vino llorando.

Triunfo Arciniegas
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