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¡Búscame!

jueves 19 de diciembre de 2024
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La vida se queda en las palabras.
La muerte se marcha en los silencios.
Carlos Roberto Gómez Beras

¿Eres la muerte? ¿O, quizá, esa soledad que se alimenta de mis fragilidades? Estiro las manos para alcanzar a la sombra que me observa desde la pared. En el último lustro ha sido mi única compañía nocturna. Ella, los libros y la música..., casi puedo sentir el polvo en el viento danzando junto a mi abandono, mientras escucho aquella canción —era nuestra canción— y el tiempo se disipa —como tú. Trato de controlar mis emociones. A la sombra no le gusta que llore. Se ríe de mí, mientras me dejo llevar por esa cuerda floja entre el dormir y el anhelo por mantener un balance para no rendirme.

—¡Estoy aquí, búscame!

Escucho una voz, me suplica que la ayude. Poco después, mi habitación retumba. Despierto arrítmica ante ruidos apocalípticos. El piso tiembla. Bajo por las escaleras de emergencia. Abro la puerta del sexto piso. Un golpe en mi pecho congela mi piel poco antes de toparme con cuatro bomberos que habían destrozado la puerta y el portón de entrada del apartamento bajo el mío. Otra vecina, también empijamada, me toma de la mano. Tiritamos. Según los hombres se internan en la estancia y abren las puertas de las recámaras, se acerca a nosotras un nauseabundo tornado gris. Es la fragancia de la muerte, cuando lleva días haciéndole el amor a un cuerpo. Le arrebata la vida, se alimenta de sus esencias y, con su necrótico aliento, nos abre los ojos de nuestros pavores más escondidos. Amarga, penetrante, ácida, esa peste nos produce vértigo, a ambas y a otros dos vecinos que acaban de llegar.

Abro los ojos. Siempre he tenido la sensación de que la soledad me hace muecas. Gesticula que soy suya, que soy la próxima. Los vuelvo a abrir. Sí, estoy en el pasillo del sexto piso. El más joven de los bomberos se nos acerca. Está controlando el llanto. Se quita la mascarilla. Definitivamente está afectado. Y nos mira intentando que yo sea la intérprete de su terror. Le pregunto si ha sido la residente. Asiente. Le pregunto si llevaría muchos días allí. Asiente. Luego le pregunto si nadie la había echado de menos. Bajó la cabeza.

Minutos después salen de la vivienda los otros bomberos. Comentan entre ellos durante más de una hora: “Hay que esperar por el forense”. “Está de camino con el fiscal”. “No hace falta, eso es una muerte natural, murió durmiendo”. “De seguro, la anciana llevará cuatro o cinco días”.

“Menos mal que el dominicano de la cafetería de enfrente, donde ella iba casi todas las mañanas, la echó de menos y le preguntó esta tarde al handyman de aquí”, me dice al oído doña Plaza, la guardia de seguridad del condominio, que acaba de llegar escoltando al personal del forense, vestidos con mamelucos blancos con capuchas y máscaras, olor a desinfectante; también se acerca la fiscal de turno que nos pregunta quiénes somos sin mirarnos.

La anciana inquilina ha muerto sola y en silencio. La mayoría somos tan sólo silencios en busca de pequeños abrazos de vida, para no morir abandonados. Así mismo. Abandonada. Murió. Una muerte muy callada. Triste. Es lo único que tengo claro. ¿Cómo se llamaba la doñita? Ni siquiera recuerdo su nombre. ¿Sería la viuda cubana, aquella que preparaba en navidades los pasteles de plátano y garbanzos? Ay, sí es ella. Y murió sola, ningún familiar, ni nosotros los vecinos la echamos de menos. ¡Sola! Creo que esto último lo expresé en alto, pues la vecina que estuvo tomándome de la mano desde que arribamos, la soltó. Solidaria soledad... Ella también lo está. Lo estoy. Me toca la espalda: “Me llamo Lucía, vivo en el 5-A. Si quieres mañana almorzamos juntas donde el dominicano”. Asiento. “Soy Ana, 7-C”.

Creo ver una sombra pequeñita en el interior del apartamento de la muerta. Me mira y luego corre escondiéndose por aquella sala, donde la muerte sigue obsequiando su fetidez. Incómoda, y con la sensación de que me he fundido en la dolorosa y abandonada pestilencia, también decido regresar a mi hogar, pero me detengo. Los seres de blanco salen del lugar. Empujan una camilla. Sobre ésta un saco cerrado con cremallera. Al pasar a mi lado, sigilosa, como si cometiera un crimen, no puedo evitar extender mi mano. Rozo con mis dedos aquel bulto. Veo muy claro mi rostro en su interior. Parezco dormida. Gris. Acartonada. Dormida no, momificada. La fiscal me pregunta si estoy bien. Abro los ojos. Le digo que sí. Su asistente me pide mis datos y número de teléfono. Doña Plaza le interrumpe: “Tengo los datos de todos los vecinos abajo, si prefiere puedo llamar al presidente de la junta de condóminos”, y me recomienda retirarme a descansar.

Subo casi zombificada a mi apartamento. Me doy un duchazo, no pienso, no reacciono. Dejo que el agua purifique el terror. Hasta volver a sentirme humana. Lloro largo y en silencio. Tomo un poco de agua y un ansiolítico. Me recuesto. Aún llevo impregnado ese hedor a muerte... No pensar. No sentir. Mañana escribo algún poema o un microcuento para sacarme este shock. Iré al trabajo, a la rutina. Quizá almuerce con Lucía. Por precaución intento no remover los recuerdos. Me miro al espejo. Esa nube amarga y penetrante sigue quemándome la nariz y la garganta. ¿Quién es esa envejecida mujer que me observa desde el espejo? Soy la misma yo, pero otro día más, sola, demasiado sola. Poco antes de dormirme recordé a la muerte. Estaba tatuada en la mirada silentemente aterrada de aquel bombero.

—¡Búscame! —escuché a la noche siguiente, desvelándome febril.

El hedor. ¡Otro golpe! La cama tiembla. Estoy tan sudada que las sábanas parecen haber sido sacadas de una tanda de la lavadora. La sombra se esconde al encender la luz. Quizá mi soledad le teme a la muerte. Muchas veces, la muerte se teme a sí misma. “Nothin’ lasts forever but the earth and sky”, escucho en sueños la canción de Kansas. Miro mi celular. Otra vez me había quedado dormida, con el Spotify encendido.

—¡Búscame!

No, no es la música... Hay alguien. Me llama. La sombra toca mi hombro. Brinco. Ya insomniada, escribo en mi diario sin hilar, sólo sensaciones.

La bruma de su despedida silente invade otras dos noches mi recámara junto a pequeñas pisadas acercándose a mí, llamándome. Su aliento roza mi rostro absorbiéndome el aliento:

—Sigo allí, búscame y te salvaré.

Cada madrugada, su voz se acerca más a mi piel. Luego desaparece. “Te buscaré”, respondo.

Decidida bajo a su apartamento. Al sexto piso... Empujo la puerta rota, semiabierta. Mi corazón convulsiona. Estoy temblando, pero no me detengo. Ya en la sala, una pequeña gata brinca a mis brazos. “¡Pequeña, tú eres la sombra que vi cuando los forenses se llevaban a la señora!”, le digo y la acaricio. Regreso a mi habitación con la gatita entre los brazos. Confieso que su ronroneo y calor contra mi pecho me llenan de un inmenso amor y esperanzas.

No volví a escuchar aquella voz.

A partir de aquella madrugada, la gatita se acurruca junto a mí en la cama, liberándonos de la tragedia de morir solas...

(este relato pertenece al libro inédito de relatos Terapia [confesiones no juramentadas], de Ana María Fuster Lavín).

Ana María Fuster Lavín
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