
![]() |
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2026 en su 30º aniversario
|
Todo es repugnante cuando uno deja de lado su propia naturaleza y hace cosas que le son impropias.1
Sófocles, Filoctetes.
No quise mezclarme en la discusión porque sabía que no me iban a dejar hablar. Ya me advirtieron, hace de ello muchos años: debía ir al logopeda, o utilizar el viejo remedio de ponerme piedras bajo la lengua, y, con ellas en la boca, lanzar discursos a las voladoras y chillonas gaviotas ante un mar enfurecido. Mi voz es débil, lo sé, pero además, y es lo más importante, le dije a quien me aconsejó ir al logopeda, cuando alguien me interrumpe en mis razonamientos deduzco de ello su falta de educación y su nulo interés por cuanto yo pueda decir. De forma que, interrumpido, me callo, y si es posible me voy dejando atrás potentes voces y necias divagaciones.
No iba a ser una excepción aquel día. Tras la comida, y tras el primer café, se inició una fuerte discusión. El detonante fue acusar uno de los comensales, ante otro, periodista de profesión, de falta de ética a los periódicos en particular y a los servicios informativos en general. Se enzarzaron los dos, apoyados ora por éstos, ora por aquéllos, como coro de tragedia, sobre las noticias, la forma de hacerlas llegar al lector o al espectador, y los intereses creados en decir esto, resaltar aquello, o acallar lo que puede perjudicar a los dueños y señores de radios, periódicos y demás medios de sujeción.
Me pareció muy bien traída a la discusión la importancia del cine en nuestros días. Lo hizo un compañero de recia voz, y de razones que sonaban como descargas de rocas redondeadas lanzadas por potentes catapultas. Vino a decir que algunas películas, y muchas noticias, se asemejan a esas novelas de Agatha Christie donde se da la información que interesa para sorprender al lector, y salir por donde éste menos se lo espera. Concluyó diciendo que aquello, como juego para averiguar si el asesino es o no el mayordomo, está bien, pero no es ético, empleó la palabra, cuando se convierte en una tomadura de pelo, tanto en unas películas con unos guiones deleznables, cada día más deleznables, como en las noticias con las que, así lo sostuvo, se trata, en muchas ocasiones, de llevar al lector a donde interesa en vez de informarle con objetividad y veracidad. Al final, el mayordomo no es el asesino. No es ético.
Y allí fue Troya. Se elevaron las voces. Todos hablaban, al mismo tiempo, de la objetividad y de la honestidad, y de la ética, que, para la inmensa mayoría, era oír o leer aquello que esperaban leer u oír. En medio de tamaño vocerío, pasando desapercibido, me levanté, pagué en la barra mi consumición, y fingiendo ir al servicio me marché a casa respirando a pleno pulmón.
Cerca de mi casa hay un parque ni muy grande ni muy pequeño. Vecino del cementerio municipal. Tal vez por ello lo frecuenta poca gente. Es una rareza ver a algún perro paseando con su dueño, y no está permitida la entrada ni de patinetes ni de bicicletas. Gracias a eso es el lugar ideal para pasear y meditar. Y allí me dirigí. En todo el jardín sólo había dos o tres personas, encargados de la limpieza y policía de caminos y lagos. Ni un papel por el suelo. Ni una colilla.
Llegué con el recuerdo de haber leído unos cuantos libros sobre ética. El más importante, o el más recordado, era el de Aristóteles, Ética a Nicómaco. Paseando por entre enanas palmeras, acequias artificiales y flores de todo tipo y tamaño, me percaté de que nada recordaba de mis lecturas sobre la ética. Si en aquel momento alguien me hubiera preguntado si había leído el dichoso libro, lo más honesto hubiera sido dar una respuesta negativa, pues no recordaba ni una sola palabra de Aristóteles. Y tampoco recordaba haber leído más libros sobre ética. Hice entonces aquello por lo cual soy un tanto despreciado por algunos de mis compañeros: tirar mano de la etimología. En mi mochila, por supuesto, no llevaba ningún diccionario, y no me fiaba mucho de las definiciones que pudiera brindarme el móvil. Debería ir a casa. No obstante, no estaba dispuesto a renunciar a la tranquilidad de aquel apacible y solitario jardín, y aguanté allí hasta la hora de cierre.
Antes de salir del parque también recordé la lectura, todavía la tenía reciente, de una especie de ensayo sobre Pompeya. Me llamó la atención por su didactismo: un profesor de historia, Keith Hopkins, propuso a una pareja un viaje al pasado. La pareja aceptó. Se trasladaron, pues, a la ciudad destruida por el Vesubio poco antes de la erupción. Conforme se relacionaban con la gente, ganaban en fluidez con el latín de la zona. Y así fueron recorriendo las calles de la ciudad, y asistiendo a bodas, banquetes y baños, comiendo en un thermopolium y describiendo todo cuanto veían.2
Yo sabía, y sé, que la palabra ética deriva del griego, ἠθικός. Pero el griego juega con tantas acepciones que resulta difícil quedarse con una. El contexto es importante y, a veces, determinante. Ἠθικός significa “característico, ético, moral. Relativo a las costumbres. Lenguaje insinuante o persuasivo”. La definición me dejó igual. Entonces, ya en casa, pensé en escribirle al profesor Keith Hopkins y proponerle que me enviara a la Grecia del siglo V a. C., tal como hiciera con aquella pareja que envió a Pompeya. Tenía la sana intención de participar en un simposio, en casa de Platón o de Aristóteles, o de quien fuera, pero donde pudiera discutir sobre el origen y la definición de la palabra. Y dicho y hecho: llegué a Atenas como quien llega a su ciudad.
Sabido es que en los simposia nadie interrumpía a nadie, dejando de lado la calidad o la potencia de la voz: habla quien tiene la copa de vino entre sus manos, y no deja de hacerlo en tanto no la pasa al vecino. Eso, al menos, en teoría. Pronto iba a comprobar que era cierto. Nadie me interrumpió en mis razonamientos. Tampoco, ante semejante asamblea, hablé mucho. Es un decir.
—¿Es ético —pregunté mirando al feo Sócrates recostado frente a mí— desear o estar a favor de la constitución espartana cuando con dichas leyes no íbamos a poder filosofar ni, tal vez, a poder reunirnos?
—¿Es ético —me preguntó a su vez cuando tuvo la copa entre sus manos— que mi voto valga lo mismo que el de un zapatero remendón?
Los comensales movieron la cabeza dándole la razón. Y rápidamente me hicieron llegar la copa: al final la discusión quedó centrada entre los dos. Sin necesidad de beber entre uno y otro razonamiento. El simposiarca, no obstante, nos incitaba a ello.
—No hay —le dije tras beber un trago de aquel mal vino— ningún sistema político que sea perfecto. Ninguno. Pero no obstante, y con todas sus imperfecciones, prefiero el ateniense al espartano: aquél, cuanto menos, permite disfrutar de unas tragedias, de unas magníficas obras teatrales, que no tolera el otro.
—En esa cuestión —dijo sonriendo y rechazando la copa de vino— tengo que darte la razón.
—Y ahí quería llegar yo —repliqué rápidamente—. ¿Sería aplicable el término ética a las tragedias? ¿A todas o alguna solamente?
—Pongámonos de acuerdo primero —dijo siguiendo su viejo método— sobre qué es la ética. ¿Defender unas viejas costumbres? —preguntó—. ¿Ser honesto? ¿Y qué quiere decir eso? ¿Es honesto un ladrón que roba y cumple con su costumbre?
—Ético y honesto —dije cuando guardó silencio— es escribir una obra como Las suplicantes, de Esquilo. Ético y honesto es defender al desvalido y hacerlo bien y con elegancia. Con una poesía elevada, nada ñoña ni trapacera. Ético y honesto es indagar, estudiar, averiguar, como hace Temístocles en Guerra del Peloponeso. Sin concesiones de ningún tipo.
—¿Y es ético y honesto incitar a un hijo a que asesine a su madre porque ésta, a su vez, mató a su padre?
Entendí rápidamente que Sócrates me estaba tendiendo una trampa. Seguramente quería hacerme pecar de impiedad. De eso lo acusaron a él, y por eso bebió la cicuta. No me importó: caí en su trampa confiando en que podría escaparme de allí antes de que nadie me invitara a beber ningún tipo de veneno:
—No, no es honesto. Y eso prueba que los dioses son una creación humana. Pues cuando Apolo incita a Orestes a matar a su madre Clitemnestra, no tiene en cuenta que Agamenón, el padre, mató a los hijos de aquélla y, sobre todo, sacrificó a su hija Ifigenia para poder zarpar e ir a la guerra de Troya. Clitemnestra, para mí, está más que justificada. Y no tienen ninguna razón ni Electra ni Orestes. No son éticos ni honestos: ocultan los crímenes de su padre.
—Ojo —apuntó alguien—, esas afirmaciones te pueden costar la prisión y, tal vez, la muerte. No es conveniente cuestionar a los dioses de la ciudad.
—Entonces —volvió a la carga Sócrates ignorando aquello— el asesinato puede ser ético y honesto. ¿Lo fue el de Clitemnestra?
Me salí por la tangente, hasta cierto punto.
—No creo que ninguna violencia sea ética. Es preferible —ahora fui yo quien sonrió— sufrir una injusticia a cometerla. Aun a costa de arruinar a una ciudad. Aunque defenderse debe de ser ético. Y honesto —apunté ante muchos de aquellos comensales, viejos hoplitas, guerreros frente a los persas y a los vecinos. Este último apunte los tranquilizó. Ya se estaban moviendo nerviosamente.
—Y sin embargo, en la tragedia de Esquilo se permite el crimen.
—Esquilo no era tonto. Y evitó, inteligentemente, ser acusado de impiedad: la cadena de asesinatos y venganzas se termina cuando Atenea, que en ningún momento defiende a Orestes, instaura el tribunal del areópago. Éste se encargará, a partir de ese momento, de juzgar los delitos de sangre. Se pone fin, así, a la brutal serie de muertes y venganzas.
—Ni que los abogados —apuntó un comensal— no se dejaran sobornar.
—No serían honestos ni éticos —repliqué.
—Lo ético entonces —intervino Sócrates— sería actuar conforme a las leyes. Y las leyes tienen que ser dictadas por personas virtuosas que miran por el bien de todos, ¿sostienes eso?
—Sí —le respondí—. E insisto: ética y honesta me parece la obra de Esquilo, y toda aquella literatura que, bien escrita, denuncia los errores de una ciudad y trata de hacer mejor al ser humano. Las tragedias griegas. Escritas —dije sonriendo— en Atenas, en una democracia, que no en Esparta, ciudad guerrera por excelencia.
Y ahí se terminó el banquete. Me invitaron a retirarme a la casa de un comensal, pues al día siguiente, estábamos en plenas fiestas, en las Grandes Dionisias, se iba a representar en el teatro de la ciudad Las suplicantes.
Me acosté. Y apagada la luz, en el duermevela, vi a Sócrates aproximándose a mi lecho. Inclinado sobre mi cabeza me susurró: “El hombre es la ética, y si además, y es inseparable, es virtuoso, su obra será ética. Esquilo lo era. Lo fue”.
Vistas las tres tragedias correspondientes, con su drama satírico, se me acabó el tiempo de mi viaje al pasado. No pude preguntar a ninguna mujer del Ática qué opinaba de las grandes tragedias de Esquilo. Ni a éste, y me pareció una falta de ética suya, por la sonora ausencia de Ifigenia en toda la Orestiada. Tal vez en otra ocasión.
- Un viaje necesario
(la búsqueda de una definición) - jueves 21 de mayo de 2026 - Evocaciones - jueves 21 de mayo de 2026
- El cementerio - jueves 14 de mayo de 2026
Notas
- Sófocles, Filoctetes, 900. En Electra, Filoctetes, Edipo en Colono. Alianza Editorial, Madrid, 2016. Traducción de Antonio Guzmán Guerra.
- Keith Hopkins, Un mundo lleno de dioses. Paganos, judíos y cristianos en el Imperio Romano, en Arys, Volumen IX, Madrid, 2020. Pp. 81-132. Traducción de Fernando Lozano.



