“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Borges: el humor como deconstrucción

martes 14 de junio de 2016

Jorge Luis Borges

“Tienes que disculparme por no haber ido anoche, soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa”.
Carta de Macedonio Fernández a Borges

¿Qué debe ser la escritura para significar el eclipse de aquello que es el bien y el padre? ¿No será necesario dejar de considerar a la escritura como el eclipse que viene a sorprender y ofuscar la gloria del verbo?
Jacques Derrida, De la gramatología

Heredero de Macedonio y su “teoría de la humorística”1 Borges privilegió las posibilidades del humor como estrategia deconstructiva: una llave que abre, desedimenta e interroga las concepciones rígidas y las certezas infranqueables; los recursos de la ironía, el sarcasmo o el chiste conceptual, tan macedonianos, se despliegan en su escritura y se ofrecen como abanicos que provocan desde la sonrisa cómplice del lector hasta la disrupción o la subversión de ideas y nociones que parecen inamovibles o conclusas.

Algunos de los mejores textos de cualquier producción literaria aparecen, precisamente, cuando la lógica y la evidencia del sentido se requiebran.

En el cuento “La muerte y la brújula”,2 un diálogo entre un comisario y un periodista judío, en una habitación en la que yace un rabino asesinado, tiene el siguiente tenor:

“Quizás este crimen sea parte de las supersticiones judías”, dijo el comisario Treviranus.

“Como el cristianismo”, contestó el periodista.

La resolución del diálogo opera como chiste pero a la vez como ironía deconstructiva: desde el mínimo comentario se pone en jaque una concepción mayúscula sobre las religiones y sus posibles interpretaciones. Borges es consciente del poder desde el que el humor trabaja, como una lúcida interrogación que obliga a repensar, a revisar y a revisitar afirmaciones.

Otras veces el humor hace estallar la lógica. Podría decirse que algunos de los mejores textos de cualquier producción literaria aparecen, precisamente, cuando la lógica y la evidencia del sentido se requiebran. Es el caso del texto “El idioma analítico de John Wilkins”, donde Borges imagina un idioma tan arbitrario como imposible con el que una enciclopedia china pretende clasificar a los animales:

Los animales se dividen en: a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.3

La humorada del idioma de Wilkins provoca, detrás de la sonrisa inmediata, el desvanecimiento de cualquier sentido posible: la enumeración inaudita mezcla pertenencias con adjetivos, cualidades con acciones y, en medio del conteo increíble, un “etcétera” y un “innumerables” que no proponen finalización ni agotamiento sino el puro y gratuito sinsentido.

En el prólogo a Las palabras y las cosas, Michel Foucault reconoce ese abismo como generador de su propio texto, que sondea como nunca las relaciones entre las cosas y el discurso sobre las cosas, entre los hechos y las interpretaciones de la cultura.

El chiste, la ironía, la formulación del absurdo, ayudan a pensar en abismo, a recorrer los espacios no transitados, o a inventarlos.

Foucault lee con asombro el listado de la enciclopedia: “como un encanto exótico de otro pensamiento, es el límite del nuestro: la desnuda imposibilidad de pensar esto”.4 Desde su productiva perplejidad, el filósofo francés advierte que “lo único que viola cualquier imaginación, cualquier pensamiento posible, es simplemente la serie alfabética (a, b, c, d) que liga con todas las demás cada una de las categorías”.5 Pero en esa proximidad, en ese acercamiento a un sitio común que parece el único lugar de una lógica posible, reside, sin embargo, la radical imposibilidad de su comprensión, es decir, de su lectura: “La monstruosidad que Borges hace circular por su enumeración consiste, por el contrario, en que el espacio común del encuentro se halla él mismo en ruinas. Lo imposible no es la vecindad de las cosas, es el sitio mismo en el que podrían ser vecinas”.6

¿En qué lugar podrían juntarse, yuxtaponerse o cruzarse esas cosas sin relación ni afinidad alguna si no es en el espacio singular del lenguaje?

La estrategia humorística envuelve y expone la noción de esa imposibilidad discursiva, le da forma para que pueda ser comprendida desde el asombro y entrevista como distancia entre las referencias racionales de la realidad y las palabras que vuelven sobre sí para encontrarse en el espacio donde se ha diseminado el sentido. Allí donde Borges adivina ese proceso en la invención de Wilkins y la desopilante enciclopedia china, Foucault descubre una disrupción histórica en la relación entre las palabras y las cosas para mirar desde otra perspectiva los lenguajes que dicen “la prosa del mundo” y las imposibilidades de la representación.

Humorada genial es también la idea de Menard: escribir el Quijote en el siglo XX:

Componer el Quijote a comienzos del siglo XVII era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal: a principios del XX, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.7

La mejor broma del texto es la afirmación de que Menard no quiere componer otro Quijote, su continuidad o parodia, sino el mismo Quijote, letra por letra, coma por coma. Esta desmesura inaudita de la imaginación literaria propone, después de la sonrisa, otra vez, la deconstrucción de las categorías que edificaron la tradición literaria: la originalidad, la noción de autor, el sitio del lector, que adelanta las formulaciones sobre las teorías de la recepción y, especialmente, la reformulación del vínculo entre texto y contexto, también formulada desde el cuento con un chiste sutil, como una nueva humorada:

El estilo arcaizante de Menard —extranjero al fin— adolece de alguna afectación. No así del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.8

El procedimiento se reitera en muchas zonas de la escritura borgeana y la operación lleva a cabo la lección de Macedonio: el chiste, la ironía, la formulación del absurdo, ayudan a pensar en abismo, a recorrer los espacios no transitados, o a inventarlos.

El humor se propone como deconstrucción porque disloca, porque jaquea “las categorías fundadoras de la lengua y de la gramática de la episteme”,9 como dice Derrida y como ejecuta Borges, antes de Derrida. Si la escritura viene a eclipsar “al bien y al padre”, que edificaron la tradición del verbo, en el escritor argentino esa operación nunca prescinde del giro del humor, de la ironía, del sarcasmo provocador.

En “Funes el memorioso”, por caso, el procedimiento racional de la memoria es llevado a su exasperación: Funes recuerda todo; memoriza y repite los días, las horas, los sucesos y los detalles del espesor completo de su pasado y de su presente. La memoria perfecta es también la memoria imposible, sobrehumana. Esa saturación es narrada por Borges también desde la frescura de su punzante humor:

No sólo le costaba comprender que el símbolo genérico perro abarcara tantos individuos dispares de diversos tamaños y diversa forma; le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente).10

Detrás de la “implacable memoria” de Funes y detrás de la broma borgeana parece latir otro sentido: la imposibilidad de vivir sin el auxilio del olvido, la suprema necesidad humana de perder, en los recovecos del tiempo, los detalles, la forma, las viejas certezas del pasado. En el final del texto, leemos:

Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.11

Fiel a las lecciones de Macedonio, Borges no renunciará nunca a la idea del chiste conceptual, absurdo, verbal, como superación del chiste realista, que necesita de la evidencia visual para ser; en el humor que preside la ironía verbal o el concepto sin referencia de imágenes que aporta lo real, es posible pensar, discutir, conmoverse: todas negadas por la humorada realista, que las clausura tras la risa. A la provocación macedoniana que invita a caminar en el abismo del lenguaje (“Faltaba tanta gente que si faltaba uno más, no entraba”) sucede la deconstrucción borgeana que sondea esos abismos para proponer nuevos universos donde el referente único es el lugar incierto, imaginario, inconcluso y vertiginoso en que se ha transformado el espacio literario. Después de Borges, claro.

Sergio G. Colautti
Últimas entradas de Sergio G. Colautti (ver todo)

Notas

  1. Fernández, Macedonio, “Para una teoría de la humorística”, en Papeles de Recienvenido (1944).
  2. Borges, J. L., “La muerte y la brújula”, en Ficciones (1944).
  3. Borges, J. L., “El idioma analítico de John Wilkins”, en Otras inquisiciones (1952).
  4. Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Editorial Siglo XXI, México, 1968. Pág. 2.
  5. Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Editorial Siglo XXI, México, 1968. Pág. 3.
  6. Foucault, Michel, Las palabras y las cosas, Editorial Siglo XXI, México, 1968. Pág. 3.
  7. Borges, J. L., “Pierre Menard, autor del Quijote”, en Ficciones (1944).
  8. Borges, J. L., “Pierre Menard, autor del Quijote”, en Ficciones (1944).
  9. Derrida, Jacques, De la gramatología, Editorial Siglo XXI, 1967.
  10. Borges, J. L., “Funes el memorioso”, en Ficciones (1944).
  11. Borges, J. L., “Funes el memorioso”, en Ficciones (1944).