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Jorge Paolantonio: “Nunca me obligué a escribir nada”

domingo 12 de marzo de 2017
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Jorge Paolantonio
Paolantonio: “Una vez superada la primer plana, la primera hoja, ya está”.

El escritor que hoy nos convoca es un destacado poeta de Catamarca que es conocido por su trayectoria literaria, por sus trabajos, y se podría decir que dentro de las letras catamarqueñas, es tan importante como Luis Franco —el poeta desaparecido. Hablaremos hoy con Jorge Paolantonio.

—Tu infancia, comencemos por aquel Jorge Paolantonio nacido en Catamarca, Argentina, en 1947. ¿Hubo alguien en especial que te inculcó el amor por las letras?

—En realidad, yo vengo de un hogar de docentes. Mi madre era catalana, bióloga, y mi padre, profesor de italiano y latín. Ambos se van a Catamarca para la inauguración del Instituto de Profesorado en Catamarca y entonces yo nazco de esa unión. Más allá de las raíces de las familias catalanas y españolas, por un lado, y muy italiana por el otro, yo soy un hombre que se siente profundamente catamarqueño. Creo que es porque mis padres desde muy jóvenes dejaron sus lugares buscando un horizonte propio y tanto a mí como a mi hermana, somos dos hermanos, nos inculcaron, no nos inculcaron, nos enseñaron a amar el lugar, lugar donde se quedaron ellos y donde nacimos nosotros.

—¿Y hubo alguna persona en especial que te acercó a las letras más allá de tus padres?

Mis padres sabían o conocían qué autores podían acercarme y entonces empecé leyendo Charles Dickens.  

—Sí, yo he tenido una infancia con una escuela muy especial que se llama Escuela Normal de Maestros, donde hice mi jardín de infante, mi primario y mi secundario con un equipo de maestros maravillosos que nos alentaban todo el tiempo para que leyésemos y escribiésemos. Recuerdo que eran composiciones de cinco o seis hojas y que debía pararme, pero bueno. Venía alentado por algunas maestras, recuerdo perfectamente los nombres y los rostros, que decían: “Y bueno, siga, siga así”.

—¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?

—Mi primera lectura importante, que yo siento que fue más importante, fue una colección que mis padres… Yo tuve una hepatitis a los once o doce años, y como en esa época había que hacer mucho reposo, ¿cómo tenías a un adolescente o a un preadolescente cuarenta y cinco días en cama? Entonces me trajeron una colección de veinticuatro tomos que escribió un autor brasileño que se llama Monteiro Lobato, que crea una serie de personajes ficticios, un niño, una niña, una abuela, una mucama negra y un muñeco que de pronto tiene una magia para hablar y moverse. Y con ellos los hace recorrer, porque están vivos, todo un universo que va del país de las matemáticas al país de la física, el país de la literatura, a estar al lado de Esopo escribiendo una fábula, a remontarse a la luna con el polvo de Piriplipín y poder hablar con san Jorge y el dragón y ver los planetas. Una cosa maravillosa que hizo que yo después, cuando comencé mi secundario, es decir, durante mi primer año, no tuviese ni siquiera que leer historia porque yo venía enriquecido, empapado de esa colección que fue maravillosa.

—Después de esa lectura, ¿cuáles fueron los escritores?

—Mis padres sabían o conocían qué autores podían acercarme y entonces empecé leyendo Charles Dickens, que para mí sigue siendo un autor genial.

—¿Qué obras de Charles Dickens?

—Todas, todas las series de aquellas novelas cortas dedicadas a la gente más joven, como aquellas otras que son más oscuras como Tiempos difíciles, Grandes esperanzas, y una serie de otras. Los papeles póstumos del Club Pickwick. Yo sé que hay gente hoy que dice que esta cosa sentimental de Dickens le molesta, yo lo contrario, creo que son cosas que… todo el tiempo estoy volviendo a Dickens, después de leer esas cosas tan violentas y tan sucias vuelvo a Dickens.

—Se dice que el escritor primero es un gran lector, ¿cuándo nace la escritura en vos?

—En realidad, yo creo que conmigo primero nace la escritura. Acá podemos contar una anécdota que me parece que es simpática. Mis compañeros iban de vacaciones y por alguna razón yo no podía salir de vacaciones, así vacaciones importantes. Entonces, en el año 57, yo tenía diez años, mis padres nos llevan a Mar del Plata y viajamos en auto Ford 38. En el auto viajaban mi padre, mi madre, mi hermana, la chica de casa, yo y luego de paso por Buenos Aires, antes de llegar a Mar del Plata, buscamos a mi tío, mi tía y dos primos. Éramos nueve en un Ford 38 y llegamos perfectamente. Entonces no fui en avión, fui en un auto. En segundo lugar, cuando nos fuimos a alojar me encontré con que no era el hotel Tourbillón, que era un hotel maravilloso que yo veía en postales, sino que era Hotel-Pensión de Carolis. Era una colección de frustraciones respecto a mis expectativas con ese viaje que iba a ser de hotel, de avión, y nada por el estilo. Entonces cuando de vuelta en el colegio nos piden que escribamos una composición sobre las vacaciones, lo que yo escribí fue una farsa, porque era una ficción, que había ido a tal hotel, que habíamos ido en avión. Entonces presento, la maestra me felicita frente al curso, me dice que era maravillosa mi historia, y cuando vuelvo a casa digo: “Mamá, esto es lo que me pasó”. Y mi mamá: “¿Cómo has dicho una mentira? Mañana vas y le decís a tu maestra que mentiste, que es mentira, que estas vacaciones no fueron reales, que son imaginadas”. Eso yo volví a decirle a mi maestra, porque me parecía que era lo correcto, lo que había que hacer, le dije: “Señorita, en realidad era todo mentira, lo inventé yo”. “Entonces, en vez de saludar a un alumno tengo que saludar a un escritor, porque lo que has contado es maravilloso. Tu imaginación es fantástica”. Creo que ese fue el primer empujón en serio a los diez años que yo recibí para seguir escribiendo, o sea, entonces uno puede escribir lo que imagina. Esto fue lo que me dio el primer empujón. Es una mínima, pero es bien reveladora.

—Decime ahora, vos un gran escritor reconocido, escribir, para vos, ¿es una profesión, una tarea ardua de todos los días?

—Hay gente que te va a decir que para escribir hace falta disciplina y esto es absolutamente cierto. Yo empecé escribiendo poesía. La poesía te llega en algún momento, te sentás a escribir porque te llega, no pasa eso con la prosa, no pasa eso con la ficción, con las novelas. Una vez que vos decidís que vas a escribir, que tenés una historia por contar, lo importante es sentarse y trabajar cuatro, cinco, seis, siete horas por día, como si fuera un trabajo común. Personalmente, nunca escribí o nunca hice una novela como producto, la hice siempre porque lo que tenía que contar era bueno, era interesante, tenía gancho. Nunca me obligué a escribir nada. Por otro lado, como he sido docente toda mi vida, la docencia me dio de comer, la literatura no, pero la literatura me hizo muy feliz. Yo realmente usaba mis momentos libres para escribir.

—Eres profesor universitario y traductor de inglés, contanos esa etapa de tu vida.

—Mi idea era estudiar arquitectura, me encantaba. Empecé ambas carreras, pero cuando vi que la arquitectura se complicaba por el lado de matemática me reduje a mi profesorado universitario en la Facultad de Lenguas de Córdoba, cosa que yo amaba, amo el idioma, amo los idiomas en general. Hice el profesorado, que en esa facultad a diferencia del secundario duraba cinco años, era larga, muchas materias, como específicas y profundas. Luego hice el traductorado. Con el tiempo, después hice lenguas modernas, especializado en inglés, pero eso ya lo hice acá en la Universidad del Salvador (Usal).

—¿Y seguís dando clases?

—Sí, sigo dando clases. Tengo una fundación muy querida que es la Fundación Octubre, que estuvo a cargo de la edición de mi última novela que es La Fiamma; por amor a esa institución, que me ha recibido siempre de brazos abiertos, yo sigo dando algunas clases como profesor consulto en el instituto.

—Hablemos de tus premios para después de hablar de los libros o como quieras. ¿Cuál de todos tus libros son tus favoritos y por qué?

—Son todos hijos, así que cada uno ha seguido su propio camino, tienen distintos orígenes, momentos, lugares, altura de mi vida. Todos tienen algo que yo quiero profundamente, por eso se corporizaron como libro.

—¿Y cuál en todo caso te costó más trabajo?

Todos mis personajes son personajes creíbles y capaces de conmocionar desde un ángulo u otro.  

—Es difícil decirlo. La poesía es una cosa que no trabajo. Yo tengo un gran interés que es la historia, la historia me fascina. Una de las materias que di durante diez años en la Universidad Argentina de la Empresa (Uade) en el traductorado justamente es la historia de Occidente, pero porque me fascina la historia y porque es hacer una especie de novela con trasfondo histórico, me gusta mucho. La novela que más satisfacciones me dio es la que se llama Cenizas de orquídeas. El origen realmente o la génesis es estudiando en el posgrado a un dramaturgo, uno de los más grandes latinoamericanos, descubro que había pasado un año en Argentina. En la cátedra digo que este genio había pasado un año en Argentina a los veintidós años y digo, bueno, nadie pasa por la vida así nomás, a los veintidós años, un año entero en Argentina. Entonces después averiguo que eso había sido entre 1910 y 1911, entonces me volví al pasado de Argentina. 1910 y 1911, y me encontré con una Argentina maravillosa, que estaba maquillada para ser la Reina del Plata y festejando el centenario. Y él llega y se inserta, nunca termina de insertarse en la pequeña burguesía, en la clase media, sino que se queda cerca del puerto y se conecta con la gente del puerto y con un mundo que estaba más relacionado con empleados de embajadas, consulados, marineros y prostitutas. De ahí parte una especie de investigación que yo hago ver qué hizo en ese año y encuentro unas cosas maravillosas, que después de estos últimos diez años creo que en ese momento yo lanzo la novela que en 2000 no había tanta información, entonces eso me costó bastante investigación.

—¿Qué escritores actuales admiras?

—Dar nombres es siempre una cosa poco especial, porque leo todo lo que cae a mis manos, de manera tal que entonces no te puedo hablar de un autor en particular, sino autores o de libros de autores o de obras de autores que me gustan en particular. Todas las cuentistas americanas, todos los escritores del sur americano me encantan. He llegado a la conclusión de que es porque cuentan una visión de Suramérica que tiene una atmósfera muy cargada, muy especial, que se relaciona también con esta atmósfera cargada y especial que tiene el norte de Argentina. Entonces, no creo equivocarme si te digo que hacen espejo en el sentido de densidad de atmósfera, de la riqueza del personaje, de la peculiaridad de los personajes, de esa cosa casi entre tragedia y grotesco que tienen ellos y que también tenemos nosotros, lo tragigrotesco, no sé si existe la palabra, pero… es el grotesco con todas sus exageraciones, con todas sus caricaturas y la tragedia que subyace, ese sentido de lo trágico. También la importancia que uno le asigna a cómo acepta alguien un destino impuesto, si hay algo como destino impuesto. Si esto existe, cómo estas personas y gente acepta sin protestar, por eso me interesa mucho la defensa del género, crear un poco de resistencia.

—Ahí los griegos hablaban del mito del eterno retorno, de la vida que era cíclica y a la vez teníamos libertad, pero teníamos también que aceptar un destino impuesto por los dioses.

—El concepto de horror más piedad inspira, logra o resulta en belleza. Horror más piedad, igual a belleza, a una apreciación que tiene que ver con este principio bien básico. Todos mis personajes son personajes creíbles y capaces de conmocionar desde un ángulo u otro. Yo creo que pueden ser, por ahí, no tan profundos, pero no fácilmente olvidables. Esto lo digo como poniéndome bocarda, porque están hechos con mucho amor, están creados desde el amor.

—Te escucho hablar y parece como si tus personajes vivieran entre nosotros.

—Es justamente, si te cuento otra anécdota. Yo de mis novelas jamás hago un plan, trabajo sin un plan, con una historia y con un título. Primero surge el título y parto de una idea que yo sé cómo es pero no sé cómo va a terminar. La única excepción fue La Fiamma, mi última novela, que sabía que terminaba asesinado, pero un miembro solo. Cuando tenía toda la novela escrita, tenía que escribir el final de la novela y no había forma de que me sentara a escribir nada. Entonces, yo fui consultando con distintos amigos escritores y gente pensante. Todos coincidieron con lo siguiente, que no era muy difícil de ver, ¿cómo vas a querer asesinar a tu propio hijo?, ¿cómo vos que lo creaste vas a escribir sobre su muerte? Me costó mucho poner la escena del asesinato.

—Cuéntame de tus premios literarios.

—El momento en que recibo el premio de La Gaceta yo tenía diecisiete años, estaba terminando mi secundario. Entonces, con una amiga que se llama Angélica García, que es una importante poeta catamarqueña, ella me sugirió mandar al premio de selección a La Gaceta porque recién empezábamos y era un desafío mandar y ver qué pasaba. Cuando me llegó esa carta, que firmaba el doctor Dessein, con el premio de La Gaceta, me quedé pasmado, era una alegría tan grande. Me decían que me iban a mandar un giro por un importe. Yo no podía creer que me pagaran además de publicarme en La Gaceta. Para mí era una cosa maravillosa. Siempre lo recuerdo con mucho afecto y lo digo siempre, para mí fue un impacto. En esa época era un impacto porque tenía diecisiete años, que me paguen, era el diario más importante para el noroeste y la página literaria de La Gaceta tenía un prestigio, sigue teniendo un gran prestigio. Pero tenía especialmente un prestigio porque había grandes figuras en La Gaceta de Tucumán. Era muy importante que esa gente que estaba ahí tan arriba eligiese algo de uno y saliese publicado. Para mí fue uno de los premios más queridos por el impacto que me causó.

—Cuéntanos acerca de tus proyectos literarios actuales.

—Son una especie de abanico bastante abierto. Es un año muy particular para todos los escritores argentinos, porque tenemos un movimiento tan increíble, invitaciones, congresos, lecturas. Es increíble la actividad que tiene Buenos Aires. Justamente conversábamos hoy, antes de que grabásemos esto, estaba hablando con un escritor que vive en Miami y justamente yo le decía que es imposible en Buenos Aires ir a todo lo que hay, porque todo el tiempo a la misma hora sucede una serie de eventos culturales, conciertos, lecturas, presentaciones de libros, teatro. Es increíble. Más de setecientos espectáculos de teatro hay en la semana de miércoles a domingo. En cuanto a mis proyectos como escritor estoy trabajando en una obra de teatro que posiblemente se estrene simultáneamente por dos elencos en La Rioja y Catamarca, se llama La tristura. Es una obra que yo quiero mucho y que escribí luego de hacer el seminario de dramaturgia con Mauricio Kartun, autor a quien admiro muchísimo. En poesía estoy terminando un libro que creo que tiene que entrar a la imprenta. Se va a llamar El orden y la dicha; es un título un poco vintage, pero es un título que expresa realmente lo que yo quiero decir sobre el orden y la dicha. Y estoy, por primera vez, trabajando en relatos. Yo siempre escribí novela, nunca escribí cuentos. El cuento es una forma tan perfecta, por otro lado, que es muy difícil escribir un buen cuento. Mirá lo que te digo, para mí es más fácil escribir una buena novela que escribir un cuento. Tanto respeto tengo yo por el cuento. Estoy trabajando en una serie de cuentos que yo sé que se va a llamar, como yo siempre tengo el título antes, se va a llamar Aguasanta y otras relaciones; Aguasanta es un nombre muy español que además tiene como una especie de eco, Aguasanta, y que es un personaje norteño. Y otras relaciones, relaciones en sentido de relato, el sentido antiguo de relaciones. Son distintas mujeres, de distintas edades, de distintas nacionalidades, con distinta idiosincrasia, pero siempre pasando por alguna circunstancia que haga al cuento, que haga el núcleo de ese cuento, al conflicto central.

—¿Cuándo se estaría editando?

Las lecturas son fundamentales. Siempre leer de todo, pero también buscar una línea y seguir leyendo sobre esa línea que a uno le gusta, no encerrarse.  

—Eso lo estoy elaborando. Dependerá de cuánto esfuerzo haga, de cuánta conducta tenga para sentarme a escribir.

—Vamos a estar a la espera entonces de ese próximo libro.

—Lo importante entonces es decir para que los que quieran dedicarse a escribir. Hay dos cosas que yo digo siempre, una son las lecturas. Las lecturas son fundamentales. Siempre leer de todo, pero también buscar una línea y seguir leyendo sobre esa línea que a uno le gusta, no encerrarse, pero tratar de buscar esa línea. “A mí me gustan las novelas históricas; bueno, voy a leer más novelas históricas si puedo hasta agotar”. Es inagotable, cada línea es inagotable. Y otra cosa que es fundamental es la conducta, la disciplina, sobre todo en una escritura que demande capítulos, que demande ideas, que demande toda esta cosa que encierra una novela. Hace falta disciplina, como en cualquier orden de la vida, la disciplina no fascistamente hablando, la disciplina correctamente hablando. A mí me encanta escribir, pero en el medio me levanto y tomo mate, me hago un café, escucho alguna música que me gusta o escribo con alguna música, normalmente no escribo con música. Es decir, una disciplina no férrea, pero sí bien organizada. Yo deseo lo mejor a todo aquél que se atreva, porque hay que atreverse a una empresa como la de escribir una novela. No es fácil.

—¿Es difícil ponerse frente al papel en blanco?

—Es lo más difícil. Una vez superada la primer plana, la primera hoja, ya está. Pero lo primero es terrible. Es como enfrentar lo desconocido.

—Muchísimas gracias, Jorge Paolantonio. Para mí particularmente ha sido un gusto esta charla, este diálogo que hemos tenido. Espero que próximamente tengamos tu libro.

—Voy a leer un poema de mi último libro de poesía publicado, que se llama Peso muerto/Dead weight. No es que sea un libro bilingüe, pero expresaba la idea de un poco de lo que yo quería decir con este libro, que es en realidad una reunión de unos cuantos poemas de los últimos años, donde la vida me fue haciendo sentir que hay muchas cosas que terminan siendo para nosotros. Hay una serie de personajes, y yo de esos elijo la partenaire, porque la partenaire de los magos siempre, en las funciones de circos, sobre todo de los circos pobres, eran personajes que llamaban mucho más la atención que el mago en sí. Yo prestaba atención a la partenaire.

Nada por aquí nada por allá
salvo su ajada belleza y los afeites
erguida en sus tacones
tocado de plumas
y el hartazgo de saber
que en las galeras no hay conejos
las flores son de tela
las palomas carroñeras
picotean en su encierro
el armario las ahoga
le va quitando el aire
la rutina es sólo eso
todo tiene un doble fondo
un pie que no se ve
un estante oculto
una mentira que aprieta su sonrisa
y duele como muela mala
esos brazos esas manos esos guantes
que apuntan
a la ilusión ajena
nada por aquí nada por allá
la magia es haber sobrevivido.

 

María Alejandra Crespín Argañaraz
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