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Eugenio Raúl Zaffaroni: “Somos parte de un planeta que debemos cuidar”

domingo 9 de abril de 2017
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Eugenio Raúl Zaffaroni
Zaffaroni: “No es que el planeta se va a morir. Los que nos vamos a morir somos nosotros”.

Realizamos esta entrevista al doctor Eugenio Raúl Zaffaroni, ex ministro de la Corte Suprema de Justicia de Argentina, al presentar su libro La Pachamama y el humano.

—El artículo 1 del Código Civil establece que “persona es todo ente susceptible de adquirir derechos y contraer obligaciones”. Leyendo su nuevo libro, La Pachamama y el humano, uno puede preguntarse: ¿cuáles son los derechos que tiene la naturaleza?

La capacidad de escucha y de pertenencia que tenemos nosotros no la tiene otro animal, por lo tanto tenemos más responsabilidad.

—Sí, el concepto de persona es un concepto que se ha ido ampliando. Fue necesario que en el año 1948 se reunieran y dijeran que “todo ser humano es persona”. Ah, ¡qué novedad! De modo que no nos olvidemos de que en el siglo XIX una sentencia de habeas corpus desató la Guerra de Secesión, o que más tarde el filósofo Hegel dijo que “persona” es aquel que ha superado un espíritu subjetivo, la conciencia. Que luego los nazis hablaron de subhumanos y demás cosas. El concepto de persona es un concepto complejo, pero la novedad es reconocer el carácter de persona a los entes de la naturaleza; es decir, que se les da el carácter de persona. Hay una primera etapa en que se reconoce hasta la responsabilidad penal de los animales —en la Edad Media—, una segunda etapa en que se abre la protección, y luego una etapa ecológica en la cual lo que se hace es tratar de proteger al medio ambiente, pero siempre en función de lo humano. ¡Cuidado! Estamos en el mismo nivel, estamos integrando un conjunto. Es decir, formamos parte del planeta que está vivo y que tiene una delicada red en la cual todos nos integramos. Y no es que el planeta se va a morir. No, los que nos vamos a morir somos nosotros. Si fracasamos, el planeta puede estornudar y sigue… lo cual es impactante. Creo que se abre una etapa de un constitucionalismo que sale de lo teocéntrico y antropocéntrico, una etapa que coloca la vida del planeta en el centro.

—¿Cómo relacionó a la Pachamama con el derecho?

—Justamente, las constituciones de Ecuador y de Bolivia invocan a la Pachamama y de allí derivan las reglas del buen vivir. Son reglas de coexistencia, no reglas que me prohíben estar en la naturaleza, explotarla para vivir, en la medida en que necesito vivir porque tenemos que convivir. Es eso lo que quiere significar. Hay acólitos de la Pachamama. El enano Coquena: “Cazando vicuñas anduve en los cerros. Heridas de bala se escaparon dos. —No caces vicuñas con armas de fuego; Coquena se enoja —me dijo un pastor”. La simbología es una regla del buen vivir que nos dice que somos parte de eso y coincide con la tesis de algunos científicos norteamericanos, la de la hipótesis de Galia. Son dos culturas diferentes que sostienen lo mismo. La hipótesis de Galia implica pertenencia a la Tierra, al planeta. La Pachamama es un símbolo universal. Es un fenómeno interesante porque cuando el cura Hidalgo declaró la independencia en México, salió al balcón con el estandarte de la Virgen de Guadalupe y es una virgen morena —más allá de lo que signifique para la Iglesia Católica— y es un símbolo mexicano. Cuando los soldados zapatistas entraron en el Distrito Federal llevaron como estandarte a la Virgen de Guadalupe. Y de allí hacia el sur, llegamos hasta la Difunta Correa.

—¿Por qué unió en el libro lo ético, lo jurídico y lo filosófico?

—Justamente, la cuestión es cómo se manejó el pensamiento filosófico occidental con respecto a la naturaleza. En un momento dado, el ser humano quiso proclamar su monopolio de la racionalidad. El ser humano con su racionalidad quiso proclamar la naturaleza. El racionalismo europeo nace con Descartes y manifestaba: los racionales somos nosotros, los animales son máquinas. Hay un balbuceo en Kant que no queda claro; nunca arreglaron cuentas con la naturaleza…

—Tanto las constituciones de Ecuador y Bolivia incorporaron una relación de paridad entre la naturaleza y el humano. ¿Imagina que estas iniciativas puedan llegar a la ONU?

—Calculo que sí. Sé que algunas personas, como el presidente de Ecuador, están haciendo gestiones en ese sentido. Es interesante consignar que el Código Civil alemán, el suizo y el francés colocan al animal en la condición de cosa. Hay algo que va cambiando en esto y algo que va mutando, y hay que ser demasiado ciego como para no darse cuenta y no ver el avance, si no vamos hacia una catástrofe. Estos fenómenos de daño al medio ambiente provocan daños, desplazamientos y luego genocidios.

El grado de civilización no lo hemos logrado por la falta de conocimiento.

—Usted dice que en el libro no se habla de ambientalismo sino de la necesidad de cambiar el eje. ¿Cuál es la diferencia?

—Claro, de cualquier manera hay ambientalismo anárquico, ambientalismo marxista y además hay diferentes corrientes. Pero esto no significa que hay que proteger al medio ambiente para proteger al ser humano; esto es insertar al ser humano dentro del planeta —lo cual al ser humano le da miedo. La capacidad de escucha y de pertenencia que tenemos nosotros no la tiene otro animal, por lo tanto tenemos más responsabilidad. No tenemos que dar marcha atrás con la tecnología, pero somos parte de un planeta que debemos cuidar.

—¿Cómo podría el hombre establecer un diálogo con los ríos, las montañas, para así “pertenecer a la naturaleza”?

—Es muy difícil, eso requiere un cambio civilizatorio y uno sobre la forma de conocimiento. Desde el siglo XII o XIII tenemos una forma de conocimiento inquisitorial. Foucault dice que preguntamos por interrogación, interrogamos al objeto que queremos conocer. No lo hacemos por diálogo sino que estamos en un plano superior, interrogamos con un interés. Si interrogamos a la vaca es para sacarle más leche; la vaca no se entera, me contesta como vaca: muge. Pero no estoy preparado para recibir la totalidad de la respuesta, el resto de la respuesta, sino sólo para recibir el dato de sacarle más leche. La etimología lo aclara; objeto es algo que se lanza en contra y sujeto es algo que se empuja para abajo. Esa forma de conocimiento señorial representa un gravísimo inconveniente porque me coloco en un plano superior al otro. A lo que nunca llegamos es a la forma de conocimiento a través del diálogo: lucha, “inquisitio”, “dialogus”. El grado de civilización no lo hemos logrado por la falta de conocimiento.

—Es lamentable porque nos hace falta ese grado de humanidad.

—Y no lo hemos logrado entre nosotros mismos, justamente por ese desequilibrio pragmático-funcional del hombre para adquirir poder.

—En una entrevista usted manifestó que “las comunidades indígenas que están dentro del territorio argentino deberían tener algún tipo de representación política: hay sectores que no reconocen al Estado y si bien muchos motivos para reconocerlo no tienen, habrá que paulatinamente ir dándosela”. ¿Cree que aún esto es así?

—Sería deseable pero es difícil. Todavía no es así porque son comunidades pequeñas y están muy desperdigadas en el territorio —por eso no son “negocio político”. Nuestra realidad es desventajosa para ellas. No es lo mismo lo que sucede en Perú, Ecuador o Bolivia, donde son muy numerosas y están asentadas en un solo lugar. Tenemos que pensar otra forma de articulación.

—¿Qué libro de cabecera elige de su extensa biblioteca?

La Divina Comedia, de Dante, o Canción de Navidad, de Dickens.

María Alejandra Crespín Argañaraz
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