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La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster

sábado 19 de febrero de 2022
“La llama inmortal de Stephen Crane”, de Paul Auster
La llama inmortal de Stephen Crane, de Paul Auster (Seix Barral, 2021). Disponible en Amazon

La llama inmortal de Stephen Crane
Paul Auster
Biografía
Seix Barral
Barcelona (España), 2021
ISBN: 978-8432239052
1.040 páginas

En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte.
Albert Camus, El mito de Sísifo

En su más extenso trabajo, Paul Auster decide biografiar a Stephen Crane, escritor norteamericano que nació en 1871 y murió en 1900, celebrado y discutido mientras vivió y en las décadas posteriores a su muerte, para ser luego condenado a la forma más cruel que inventa el tiempo, el olvido. Para rescatarlo de ese pozo, Auster decide investigar su vida, releer y analizar su obra completa y comprender, con enorme lucidez y generosidad, el sentido de su existencia fugaz, luminosa y veloz como un rayo, para situarlo nuevamente en el campo literario contemporáneo, para que su escritura se instale, definitivamente, como significativa, original y necesaria.

La lectura de La llama inmortal de Stephen Crane elude la interrogación que la precede (¿Por qué volver sobre Stephen Crane?) porque reposa sobre un argumento político y otro literario. Sobre el primero, argumenta Auster en la última página:

En una época oscura para los Estados Unidos, sombría en todas partes, y como ocurren tantas cosas que erosionan nuestras certezas sobre quiénes somos y a dónde nos dirigimos, tal vez haya llegado el momento de sacar de su tumba al muchacho fogoso y empezar a recordarlo de nuevo.1

La respuesta literaria atraviesa toda la biografía, especialmente cuando se detiene a releer los textos de Crane (revisitados con minucioso orden cronológico) para comprenderlos sin tonos celebratorios ni andamiajes académicos. La lectura que se despliega es crítica, muy atenta a los impactantes contextos personales e históricos que la signaron, pero alcanza brillantez cada vez que se advierte, y se advierte con frecuencia, que es el trabajo incesante de un escritor leyendo a otro escritor; detrás de la solidez intelectual y el oficio del narrador late la sensibilidad de quien trabaja y construye signos en el territorio del lenguaje literario.

Hace bien Auster en traer aquí al joven impetuoso, pobre, corajudo y desprolijo que vivió sus pocos años apostando a la única carta que tenía en sus manos, la pasión literaria.

Hay zonas del imponente escrito austeriano sobre Crane que pueden y deben subrayarse por la sutileza de un logro que lo distingue: los momentos en que cuenta el desarrollo y el sentido de un relato, cediendo la palabra a Crane para luego seguir contando desde su propia lectura. Un texto dual, un hombre que se permite contar el texto de otro hombre inventando espejos cóncavos y convexos para rescatar el relato ajeno, decimonónico, y hacerlo presente, intocado y potente, en “esta época oscura” del siglo que nos toca.

De este modo, Auster cita a Crane…

El chico se puso enseguida a dar gritos. Ellos le dijeron que no chillase, que no era nada, pero de todos modos siguieron golpeándolo.2

Para luego comentar y continuar el relato con el mismo aliento: espejos cóncavos y convexos que escriben como si fuera una pieza a dos manos…

El resto de la historia se desenvuelve en un torbellino de acción, reacción y contrarreacción mientras se dispara hacia un final inesperado. Atraído por los gritos de su hermano, Johnnie Hedge aparece dando saltos en el jardín, furioso, desencajado, chillando a Dalzel y diciéndole que va a arrancarle la piel a tiras…3

Auster parece reunir los dos propósitos enunciados, el político y el literario, cada vez que profundiza en el carácter único de un escritor que escribe en medio de la miseria, el azote de las guerras, la incomprensión de los críticos, la indiferencia de los editores. Enfermo, olvidado, marginado, escribe su obra inacabada. Esa actitud de enorme convicción artística, esa sed inagotable de decir y decirse desde el lenguaje más allá de las circunstancias, generalmente lacerantes, que lo aquejaban, son el texto definitivo y la referencia ética que la figura de Crane significan para Auster. También constituyen el Crane de Auster, es decir, la construcción que elige el autor de El palacio de la luna para rescatar al desgarbado autor del XIX como una “llama inmortal” imprescindible en un campo literario demasiado acomodado en los perfiles profesionales y mediáticos de las últimas décadas.

Hace bien Auster en traer aquí al joven impetuoso, pobre, corajudo y desprolijo que vivió sus pocos años apostando a la única carta que tenía en sus manos, la pasión literaria.

 

Lo que Auster lee y ve en el joven autor es no sólo lo explícito sino lo que insinúa su mirada: Crane como anticipación de la narrativa del siglo que no alcanzó a vivir.

Qué lee Auster cuando lee a Stephen Crane                 

Leer a Crane desde la primera línea a la última es la empresa austeriana. Entender el contexto de cada obra, adivinar sensaciones en el proceso de escritura, palpitar los logros que el lenguaje narrativo construye, muchas veces, desde la desesperación o la angustia, comprender el rumbo del barco averiado en aguas turbias que significaba el trabajo de Crane es la ardua labor que asume el biógrafo; pero va más allá: indaga y opina sobre el sentido de sus escritos profusos y disímiles.

La lupa incansable deviene en lectura crítica productiva cuando señala textos de Crane como antecedentes del guión cinematográfico (The Third Violet), otros como anticipación del periodismo moderno (“Stephen Crane entre la multitud, pero no con ella, un hombre invisible que observa la naturaleza humana en plena efervescencia”) y a algunos textos últimos como prefiguración del mito de Sísifo que desarrollará Camus décadas más tarde: Crane como un Sísifo incansable y porfiado, empujando la piedra de su destino en la montaña para verla caer una y otra vez, en el viaje absurdo que, sin embargo, guarda una secreta dicha: dar cuenta de la desesperación humana, escribiéndola.

¿Qué dice Auster leyendo a Crane? ¿Qué decimos los lectores de esa experiencia dual de quien escribe opinando sobre la lectura que cita y comparte?

Cuando se detiene en su primer trabajo, Maggie, una chica de la calle, en el que una muchacha muere en medio de la violencia inusitada de los barrios pobres de Nueva York, Auster actualiza su sentido para instalarlo no sólo en el 1893 que vio el realismo de Crane sino también en el drama que vincula esa violencia con la desigualdad social y la soledad existencial:

En mi opinión, sentía horror de lo que veía porque lo remitía a lo más profundo de sí mismo, al mundo sumergido del subconsciente, a la esfera oculta y oscura de su niñez y la religión de sus padres. Vivir entre los derrotados. No sólo los derrotados de las clases inferiores, varados en el darwiniano campo de batalla del capitalismo, sino los derrotados desde el punto de vista espiritual en el reino de un Dios que bien podría existir o no.4

Más que un análisis crítico, un programa de lectura para situar a Crane como escritor contemporáneo, lo que Auster lee y ve en el joven autor es no sólo lo explícito (cita la serie Los monstruos de Goya para recordar aquello de “el sueño de la razón produce monstruos”) sino lo que insinúa su mirada: Crane como anticipación de la narrativa del siglo que no alcanzó a vivir: Faulkner, Camus, Hemingway, Kafka laten invisibles en la prosa que les pone nombres a los “derrotados” en el campo de batalla que el sistema reproduce en cada calle de cada ciudad moderna.

El mismo gesto atraviesa el volumen y descansa en el final, cuando Auster sintetiza el itinerario de Crane en un párrafo:

No era nadie. Y luego fue alguien. Muchos lo adoraban, muchos lo despreciaban, y luego desapareció. Lo olvidaron. Volvieron a recordarlo. De nuevo lo olvidaron. Otra vez lo recordaron y ahora, mientras escribo las últimas palabras de este libro en los primeros días de 2020, sus obras se han vuelto a olvidar.5

Auster, para terminar, deja que la voz de Crane recupere su espacio narrativo cediendo lugar para que su prosa brille otra vez, ya con el sentido renovado: la potencia para decir el estupor, la mirada atenta a los vencidos, la palpitación del lenguaje que tiembla cuando el escritor se conmueve:

Es como si el herido sujetara con la mano el telón que cubre la revelación de todo lo que existe, el significado de hormigas, potentados, guerras, ciudades, la luz del sol, la nieve, la pluma desprendida del ala de un pájaro, y la fuerza de todo eso resplandece sobre una forma sangrienta y hace que los demás hombres comprendan a veces que son poca cosa.6

Rescatar esa figura y ese fulgor de Crane es el gran acierto de Auster en épocas de modernidad líquida, escrituras prefabricadas y certezas erosionadas.

Sergio G. Colautti

Notas

  1. Auster, Paul, La llama inmortal de Stephen Crane. Buenos Aires; Seix Barral, 2021. Pág. 970.
  2. Crane, Stephen, La pelea, en Historias de Whillomville. 1900.
  3. Auster, Paul, La llama inmortal de Stephen Crane. Pág. 914.
  4. Auster, Paul, op. cit. Pág. 152.
  5. Auster, Paul, op. cit. Pág. 970.
  6. Crane, Stephen, La roja insignia del valor, 1895.