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Una lectura de Mis dos mundos, de Sergio Chejfec:
La narrativa líquida

sábado 23 de abril de 2022
Sergio Chejfec
En la narrativa de Chejfec parece desplegarse una semiótica de los objetos.

El escritor vagabundo

No hay comienzos definidos ni finales visibles, sólo recomienzos inciertos y desenlaces que adelgazan sus formas hasta la disolución. La narración se deja atravesar por esas incertidumbres que pululan en la trama (donde se opera el desvanecimiento de la historia), en el lenguaje (siempre provisorio, dubitativo, resbaladizo) y en los resultados del texto (que se encarga de deconstruir toda idea de eficiencia textual, esto es, descree de cualquier acumulación o logro narrativo).

Un escritor, a punto de cumplir años, camina por un parque del sur de Brasil. La escritura recorre ese espacio para dar cuenta del pensamiento (incesante, indoloro, indefinido, errático) que se desplaza por el parque obedeciendo a la casualidad y al blando asombro:

…me puse a buscar en el paisaje urbano rastros generales del pasado…

(Chejfec, 2009: 15).


Los puntos o circunstancias donde concentro mi atención toman la forma de enlaces de internet (…). Evocaciones y pensamientos conectados, muchas veces azarosos…

(Chejfec, 2009: 18).

La novela de Chejfec parece insinuar que no sólo el presente es inasible en la posmodernidad, también puede serlo el pasado.

La mirada del caminante, modelada por la cultura, reconocible en sus apreciaciones de la arquitectura o el detalle paisajista, no logra jamás afirmarse como un orden, como linealidad racional: vagabundea, oscila, camina, en definitiva, sin delimitar objetivos ni procedimientos.

La incursión, sin embargo, también depara zonas más inquietantes: los cisnes a pedales del lago —asegura el narrador— lo observan fijamente, y le recuerdan los dibujos de William Kentridge, que materializa la mirada de sus personajes. Así, lo cotidiano se cruza con lo imaginario, con la invención artística, para no ser ninguna de las dos y, a la vez, la confluencia de las dos. Se diseña la idea de los “dos mundos” como paralelos, indefinibles e inatrapables en su ser, su corporeidad, su sentido.

Sólo cabe, en esa precaria coexistencia, caminar, ver, intentar escribir.

En una de las metáforas más impactantes que el relato construye sobre esa noción dual, un viejito que el caminante ve en el parque podría ser él mismo en otro tiempo: como una cifra borgeana en la que la realidad juega nuevamente con “las simetrías y los leves anacronismos” (Borges, 1955). Otra figura imaginativa del texto es un reloj cuyas agujas giran en sentido inverso y que la economía de la novela vincula a las ciudades como las alemanas, que reconstruyeron la minuciosidad de su pasado tras la demolición de la guerra. En esos signos, la novela de Chejfec parece insinuar que no sólo el presente es inasible en la posmodernidad, también puede serlo el pasado (que borra nada menos que los bombardeos) o las difusas posibilidades del futuro.

En esa aproximación al tiempo y al espacio, como una divagación sin certezas, como un desvío de las maneras de conocimiento y percepción habituales, se diseña la narrativa líquida. Borges, Saer y Macedonio laten en esa escritura de la incertidumbre, pero también Marcelo Cohen y su poética de la disolución, tan presente en Donde yo no estaba, verdadera joya de ese “adelgazamiento del ser” que reaparece en la obra de Chejfec, especialmente en El aire y, claro está, en Mis dos mundos:

Los objetos perdían consistencia o densidad, aunque no su forma, y en una segunda reacción, dado que no podían estallar, se volvían blandos, muelles, como si fueran modelos de goma o de silicona.

(Chejfec, 1992: 121).

La novela de Chejfec invita a ver, desde ese prisma ambiguo y vacilante que su escritura construye con deliberación, algunos modos de relación social, de comprensión del mundo y de construcción de una cultura de época; de aquello que podríamos llamar el espíritu posmoderno. En la recorrida por el parque el narrador cree ver formas de fantasmas, y los describe subrayando su antiguo carácter extraordinario para contraponerlos a su anodina presencia actual, como acercando sus contornos hasta desdibujarlos en una sola, precaria y deslucida evanescencia…

En un mundo cada vez más angosto y sin demasiados ribetes, ellos también han sufrido el adelgazamiento. Hoy son vapor y sombra.

(Chejfec, 1992: 29).

La idea aparece ya en El aire, en la que pasado y presente también se esfuman para dejar ver solamente las marcas, livianas, casi líquidas, del presente:

El pasado era el olvido, el futuro era irreal; quedaba por lo tanto el presente aislado del universo, como una burbuja suspendida en el aire que necesitaba sin embargo de ese mismo tiempo del que estaba exiliado para permanecer flotando sobre su ambigüedad.

(Chejfec, 1992: 175).

De algún modo, la escritura líquida de Chejfec anticipa y expande las nociones que ha diseminado Zygmunt Bauman (3), esto es, la de una sociedad que no mantiene su misma forma, que trata de hacer pie en la precariedad y la incertidumbre, la de un hombre que carga con bienes u objetos inservibles, sin finalidad, que se deshace de ellos con más rapidez que la que usa para obtenerlos, que se desliza en una “vida líquida” en la que no hay comienzos sino recomienzos y finales vertiginosos, incesantes, indefinidos.

 

“Mis dos mundos”, de Sergio Chejfec
Mis dos mundos, de Sergio Chejfec (Alfaguara, 2009).

Objetos

El paseo del narrador reconoce objetos en el espacio del parque. Disperso, desprovisto de entusiasmos, el ojo y el lenguaje dan cuenta de un itinerario material: caminos, senderos, fuentes, árboles, plantas, animales. Las personas, los sitios, los objetos, parecen decir cosas que el paseante ve y describe desplegando referencias realistas, anodinas a veces, o imaginarias, como el suceso del cisne a pedales, el viejo que parece habitar un tiempo paralelo o los personajes de Kentridge.

Un desvío significativo aparece cuando el narrador recuerda. Los objetos ya no están en presente —como los que se rastrean en el parque— sino en el ayer. Y desde ese ayer cobra sentido la memoria, pero no una memoria humana sino objetual. No un recuerdo que el hombre, el narrador en este caso, proyecta hacia los objetos que el pasado le ofrece, sino al revés: son las cosas del pasado las que dicen, las que significan, las que señalan que algo ocurrió y seguirá ocurriendo.

Esta percepción de la memoria objetual es destacada por el mismo Chejfec cuando analiza Austerlitz, de W. G. Sebald:

Austerlitz va rescatando de la memoria infantil escenas repartidas por la geografía europea. Los objetos luchan por revelarse, hay una concentración de sensaciones imprecisas y de percepciones contradictorias… las cosas, no sólo los hombres, pueden guardar las marcas del recuerdo… que los objetos sean residuos de la memoria y no al revés.

(Chejfec, 2005: 125).

En Mis dos mundos esa operatoria se evidencia en los objetos que el escritor liga a su pasado: un encendedor de su abuelo, un largavistas de su padre, el reloj propio. Esas pertenencias, heredadas, serán ofrecidas a sus sobrinos, otra vez como herencias. Objetos puestos en el tiempo para significar el tiempo.

Beatriz Sarlo, en esta misma línea, agrega:

Los objetos permiten pensar en la muerte, por eso, como un memento mori, entrar en este relato: ellos persistirán cuando el narrador los deje como herencia.

(Sarlo, 2009).

Una operación similar advierte Sarlo en la novela Boca de lobo, de 2000, en la que Chejfec contrapone los objetos que intercambian los obreros pobres a la circulación capitalista de objetos:

Los trastos más miserables van girando de mano en mano, regulados por una ley de honor que hace que esos préstamos sean siempre restituidos.

(Sarlo, 2007).

De esta manera parece desplegarse en la narrativa de Chejfec una semiótica de los objetos, desplazados de su significación ordinaria para decir lo que el sistema mercantil no deja ver, ya sea en su uso social y político (Boca de lobo) o en su memoria y sentido (El aire, Mis dos mundos).

 

Un escritor íntimo

El escritor que camina lleva en su morral los elementos del caminante que escribe: un libro, un cuaderno y lápiz, el mapa de la ciudad donde una mancha verde señala el parque desprolijo, descuidado, sin los rigores del ordenamiento paisajístico. El mapa, como una novela de la divagación, con un territorio por descubrir: el espacio literario, sin programas ni hojas de ruta; como el parque que recorre el escritor, la novela no tiene centro, no construye certezas, es un texto que inventa, descubre y revisitas bordes, rincones, sitios sin rastros. La caminata del escritor (por el parque y por la novela) no obedece a las rutinas del turista sino a los antojadizos vaivenes del explorador.

El narrador se convierte, por su actitud vacilante, por su pensamiento débil, por sus efímeras convicciones de novelista, en un escritor privado.

Ese afán andariego, esa obsesión caminante, olvida y deconstruye los recorridos épicos o aventureros del viajero clásico, del andante tradicional, para ofrecer la modesta posibilidad del viajero posmoderno. Sin rumbo preciso, sin fines heroicos, más cerca del extravío que del conocimiento racional, el personaje de Chejfec intenta entender el paisaje cercano para comprender, desde esa mirada, desde esa especie de “pensamiento débil”, el sitio y el tiempo del mundo que le tocó vivir. Y habla desde esa movilidad, desde esa “errancia como escenario del discurso”, como llamó el mismo Chejfec al estilo de su admirado W. G. Sebald.

La recorrida no obedece a la higiene sanitaria ni a impulsos deportivos o paisajistas sino al estímulo literario:

Si decido comenzar así es porque dos amigos, a través de sus libros, me hicieron ver que estas fechas pueden ser motivo de reflexión y de excusa o justificación sobre el tiempo vivido.

(Chejfec, 2005: 7).

Desde su ensayo Miedo líquido, Z. Bauman analiza la idea de simulacro de Baudrillard (una clave del debate modernidad/posmodernidad), quien lo diferenciaba de la simulación, más parecida al fingimiento. El simulacro baudrillardeano, dice Bauman,

niega la diferenciación entre la realidad y su representación y, por tanto, anula e invalida la contraposición entre verdad y falsedad, o entre el parecido y la distorsión de éste.

(Bauman, 2006: 64).

La novela de Chejfec se escribe desde ese pliegue, entre esos “dos mundos”; ante la imposible tarea de diferenciar o al menos deslindar esos planos, el narrador decide abandonarse a la vacilación y la incertidumbre; oscila y permanece en esa zona que no es realidad ni ficción, verdad ni falsedad sino mero simulacro…

Cada quien tiene su mentira vital, sin la cual la existencia diaria y acostumbrada se desmoronaría; la mía consistía en los simulacros, de la literatura en este caso.

(Chejfec, 2009: 118).

El sitio del texto es esa convivencia entre los “dos mundos”, esa zona que termina siendo un espacio literario, el único capaz de cobijar los contenidos de los dos mundos, que lo tienen como catalizador. El narrador se convierte, por su actitud vacilante, por su pensamiento débil, por sus efímeras convicciones de novelista, en un escritor privado, vergonzoso de ser descubierto escribiendo en público y reprendido por realizar trabajos improductivos. Más aún, es un escritor íntimo que no escribe, que no lee la novela que lleva en el morral (¿es una novela no escrita?, ¿es la misma novela escribiéndose?).

La caminata del narrador por el parque, entonces, como una cifra de la escritura del texto en el tiempo y en el espacio del parque. Escribir como quien camina sobre un mapa sin delimitación ni objetivos. Escribir el mapa de la novela desde los sentidos que los objetos expresen, desde la memoria que los objetos desplieguen en el tiempo a la vez real e imaginario del paseo. Narrativa como divagación del sentido.

El hombre despojado de cualidades o aptitudes elige, por decantación, simplemente caminar. O escribir sin exponerlo: escritura de una intimidad sin atributos, sin mercado, sin aspiraciones públicas.

Desde un temprano momento me he sentido inepto para albergar cualquier entusiasmo: incapaz de creer en casi nada, o en nada directamente… inútil en síntesis para el trabajo en general, carente de todo esto no me quedó más opción que caminar, lo más parecido a la mente disponible y en blanco.

(Chejfec, 2009: 56).

Chejfec replantea el concepto de narración. Otra vez en la línea Macedonio-Borges-Saer-Cohen pone en jaque las nociones de narrador/texto/lector. Procede a su desedimentación, a la reformulación de esas categorías, pero desde una escritura personal, alejada y hasta indiferente del consejo editorial.

En Mis dos mundos deconstruye especialmente la noción de escritor, adelgazando su presencia hasta la disolución para luego construir, desde ese vaciamiento, la idea del escritor íntimo, del narrador que recorre un texto como quien visita un parque sin otra ambición que la ambigua divagación.

La minimización de la figura de narrador, su escamoteo deliberado en el engranaje narrativo, obedece a una convicción más profunda, compartida con buena parte del posestructuralismo francés (Barthes, Blanchot, Derrida, entre otros) pero especialmente con Juan José Saer: el vaciamiento del sujeto y las (im)posibilidades que enfrenta la narrativa actual para dar cuenta de lo real.

 

Referencias bibliográficas

  • Bauman, Zygmunt: Miedo líquido, Paidós, Barcelona, 2006.
  • Borges, Jorge Luis: “El sur”, en Ficciones, Emecé, Buenos Aires, 1955.
  • Chejfec, Sergio: El aire, Alfaguara, Buenos Aires, 1992.
    : Mis dos mundos, Alfaguara, Buenos Aires, 2009.
    : “La historia como representación y condena”, en El punto vacilante, Norma, Buenos Aires, 2005.
  • Sarlo, Beatriz: “La originalidad y el recato, sobre Mis dos mundos, de Sergio Chejfec”, en Perfil, Buenos Aires, 5 de octubre de 2009.
    : “El amargo corazón del mundo”, en Escritos sobre literatura argentina. Siglo XXI Editores, Buenos Aires, 2007.
Sergio G. Colautti
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