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Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez

miércoles 8 de mayo de 2024
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Mariana Enriquez
En los doce cuentos de Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez, hay convivencia con madres muertas, pájaros que eran mujeres, violadores sin rostro, mundos esquizos y obsesiones con el cuerpo enfermo, entre otros temas. Malba

En el umbral del infierno

Y lo que entonces había imaginado era mucho menos horrible que la realidad.
Julio Cortázar, “Las babas del diablo”.

El universo que ausculta Mariana Enriquez hace temblar no sólo porque convoca al horror de las pesadillas y la imaginería paranormal; si los lectores se inquietan cuando cierran su libro es porque los latidos, oscuros, apenas audibles, provienen del cotidiano vivir.

En los cuentos de Las cosas que perdimos en el fuego (2017) ya podía advertirse un desplazamiento del espacio textual a la realidad social, donde reposa la verdadera fascinación de los cuentos de Enriquez: la continuidad del clima narrativo más allá del punto final. Lo que sucede, como decíamos, sigue sucediendo porque los finales no son conclusos: los hechos o las figuras que convocan a la perplejidad en cada cuento permiten vislumbrar el fondo oscuro donde todo se origina y sucede, donde late lo que apenas se escucha, pero está. En ese sentido el trabajo de Enriquez se asemeja al de un cronista de guerra, que registra los hechos conmovedores que aparecen en el día para después dejar ver la perspectiva de fondo, el horror permanente, la herida inacabable.

La lectura de Un lugar soleado para gente sombría sostiene y expande ese universo en construcción que la escritora escarba.

En la imponente novela Nuestra parte de noche (2019) el mundo enriqueziano se expande y multiplica hacia otros escenarios, trasladando la tensión entre lo textual y lo social al pasado histórico y los agujeros negros de la memoria colectiva.

Las referencias permanentes del texto hacia episodios, nombres o secretos que habitan el proceso de represión militar en Argentina en el período 1976-1983 no dejan lugar a la vacilación. La novela tensiona su construcción ficcional con los hechos reales de la experiencia nacional. Ocurre que en el punto de confluencia de esa tensión los dos planos son uno solo: el terror, el desprecio del otro puesto en evidencia en la mutilación de los cuerpos, los sitios oscuros donde se alojan las víctimas, los pozos del horror, la obsesión con los niños y la obediencia servil a dioses, dogmas o escrituras que dictan los sacrificios, son demasiados parecidos en los dos planos. Tanto en el terrorismo genocida de la dictadura como en las operaciones que ordena, diseña y ejecuta la Orden que la invención literaria propone, esos procedimientos se espejan convirtiéndose en un mismo territorio, impiadoso y feroz. El logro literario de esta construcción es singular porque nunca, en la producción literaria argentina, se abordó la cuestión del terrorismo de Estado desde esta perspectiva, descubriendo que la experiencia del horror se constituye en inenarrable y la ficción de lo inenarrable puede ofrecer un sitio desde donde intuir, ya que no comprender, aquello que nos pasó, como un viaje a lo más siniestro de la vivencia política y social.

“Un lugar soleado para gente sombría”, de Mariana Enriquez
Un lugar soleado para gente sombría, de Mariana Enriquez (Anagrama, 2024). Disponible en Amazon

Un lugar soleado para gente sombría
Mariana Enriquez
Cuentos
Editorial Anagrama
Barcelona (España), 2024
ISBN: 978-8433922861
232 páginas

Por eso, recuperando esos textos y otros, la lectura de Un lugar soleado para gente sombría (2024) sostiene y expande ese universo en construcción que la escritora escarba, revisita, huele y descubre en sus rincones siempre tenebrosos y alejados de los efectos ya transitados por el terror clásico. En el cosmos opaco de Enriquez todo es sorpresa, audacia y perplejidad. Pero desde ese sitio habla y dice las formas y los modos de nuestro terror cotidiano.

En sus doce cuentos hay convivencia con madres muertas, pájaros que eran mujeres, violadores sin rostro, mundos esquizos, obsesiones con el cuerpo enfermo, hoteles como museos de aparecidos, hienas en zoológicos, vestidos devenidos en espacios del horror sobre los cuerpos, heladeras donde se esconden niños, artistas con cuerpos sobrecogedores, escenas que escapan de la sucesión o el espacio único. Todo este universo, “al borde del derrumbe”, como se lee en uno de los textos, convive con permanentes referencias a la experiencia social que solemos calificar como normal o habitual; para Enriquez, parecen ser pasajes o transiciones hacia ese universo del pavor que narra con su singular realismo. Pasajes, puentes, pasadizos, que la escritura advierte en ciertas casas viejas y deshabitadas, en las noches insondables de algunas plazas de barrio, en todos los fantasmas que se ven o se presienten, en las leyendas que recogen el paso de mujeres a pájaros-fantasmas como el urataú, en la devoción popular por santos queridos y cercanos, en sectas que celebran muertes extrañas. Pero también en los violadores reales de carne y hueso, en el desprecio por los raros enfermos intratables, en las obsesiones por metamorfosear los cuerpos para que sean otros seres, en ciertas paranoias que inauguró la pandemia, en escenas donde regresa el drama de los desaparecidos, en otras no tan nuevas que disparan el vértigo del vivir sin silencios y temerle a todas las formas del silencio.

 

Convivir con lo siniestro

El cuento que da nombre al libro logra un espesor narrativo y una modulación de la tensión dramática que solamente alcanza una escritora en su madurez. Hay también, en ese texto, un aliento de Fogwill, cuando va y viene entre personajes desgarrados, incomprensibles para la misma voz narrativa, oscilando entre hoteles y escenarios del país y del mundo.

En el centro del relato, una chica desaparecida en un tanque, adorada por extranjeros en un hotel siniestro. Una periodista argentina sale a cubrir la nota, porque luego de trabajar sobre populismo y liberalismo en Latinoamérica, le encomiendan escribir sobre “hechos y situaciones extrañas, cercanas al folclore y lo sobrenatural”, como repitiendo el mismo gesto que analizamos aquí sobre el desplazamiento de la experiencia político-social a otra más abarcativa y menos racional, que quizás la explique mejor, como parecen indicar los doce cuentos del volumen.

El relato se hace vértigo con la historia de Dizz, personaje muerto pero aparecido, cruzado por enfermedades y adicciones atroces, referencia lacerante de las víctimas de la violencia social y la crueldad urbana, allí donde habita el verdadero terror. Donde se convive con lo siniestro.

Estos cuentos vienen a desandamiar las maneras de mirar y escribir en estos años convertidos ya en lugares soleados para gente sombría.

La yuxtaposición que logra el relato entre las dos historias con finales trágicos es de una resolución impecable. Las imágenes de Dizz perdido en la calle vacía y de Elisa, yéndose otra vez de las aguas del tanque, cifran el punto cero entre lo fantasmagórico y la violencia real del tiempo histórico que Enriquez ha decidido narrar.

En todo caso, el acierto de Un lugar soleado para gente sombría es tocar con sutileza y afinación la cuerda narrativa que conecta ese universo estremecedor con el mundo “normal” para ver mejor, para entender mejor. Ampliar la perspectiva de la lupa, incluso hacia terrenos que la literatura prefiere eludir o subestimar, para ensanchar el punto de vista. Explorar las posibilidades de la ficción en esa zona extraña para favorecer la proximidad de lo inexplicable en las formas amables de la vida cotidiana.

Como quien abre las puertas del infierno para hacer ver que estaba ahí, tan cerca, tan presente. Es desde ese umbral que la escritura encuentra sitios nuevos. Si lo imaginado, como enunciaba Cortázar, es menos horrible que la realidad, entonces estos cuentos vienen a desandamiar las maneras de mirar y escribir en estos años convertidos ya en lugares soleados para gente sombría.

Sergio G. Colautti

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