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Argentinos, ¡a las cosas!, de Martín Kohan

sábado 14 de febrero de 2026
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Martín Kohan
Kohan reúne en Argentinos, ¡a las cosas!, una serie de ensayos sobre personalidades, lugares y hechos a través de los cuales se entrevé el alma de su país.

Signos de un país conjetural

No ves que vengo de un país
que está de olvido, siempre gris...

C. Castillo, La última curda

Un Kohan semiótico dispone su lupa y observa, se detiene en el pliegue que oscila entre lo que aparece y lo que desaparece, lo que estaba en el sitio que se indica, pero ahora no está; su lucidez repasa escenas y objetos, cosas: representaciones de la escurridiza identidad nacional. Un abanico de signos que pendulan entre la apariencia y la presencia, cuando no la ausencia, como si esa vacilación definiera eso que llamamos, entre el orgullo y el temblor, lo argentino. El Kohan semiótico parece decir que somos esa vacilación.

Para desentrañar ese concepto, elude las tipificaciones fáciles (el mate, el dulce de leche, el poncho, la birome...) y aborda escenarios menos revisitados por el sentido común.

La hélice del barco Villarino, que trajo los restos de San Martín en 1880, y se hundió cerca de Puerto Madryn, cifra esa primera oscilación: la gloria en las alturas de los Andes y el hundimiento en el fondo del mar argentino. La figura de San Martín, que atraviesa los breves ensayos, retorna cuando la atención reposa en la batalla de San Lorenzo, en la que una marcha dice lo sucedido: escritura de la acción o acción como escritura; en otro ensayo (analizando los frisos de los monumentos), detecta que sólo en dos aparece el héroe caído, debajo de su caballo, en San Lorenzo. Otra vez la vacilación: el militar invencible, el soldado caído. La narración de la historia (como la marcha de San Lorenzo) no menciona la caída, sólo a Cabral y su heroísmo singular: muriendo él, salvar el futuro del hombre que salvaría la libertad. La omisión de la caída es significativa en la narración épica: “En la imagen del héroe enhiesto y victorioso hay que poder percibir también, como parte del mismo dispositivo, la posibilidad de la caída”, concluye Kohan que, curiosamente, no repara en el Cerro de la Gloria, el más imponente de los monumentos que homenajean a San Martín, en las alturas de Mendoza, su tierra más querida. Quizás la comparación de ese coloso con la timidez de los bustos que habitan centenares de plazas de pueblos del interior sea otra vacilación argentina: el vuelo hacia la gloria, en el Cerro, y la quietud del anciano en las placitas modestas de los pueblos, tal vez más cerca de la preferencia del Gran Capitán.

“Argentinos, ¡a las cosas!”, de Martín Kohan
Argentinos, ¡a las cosas!, de Martín Kohan (Seix Barral, 2025). Disponible en Amazon

Argentinos, ¡a las cosas!
Martín Kohan
Ensayos
Seix Barral
Barcelona (España), 2025
ISBN: 978-6316691675
167 páginas

Entre los múltiples objetos de estudio (aunque siempre en la perspectiva porteña, ampliada, sin revisitar la diversidad cultural de las provincias, muy presentes en las poéticas musicales y artísticas del interior profundo, sin que aparezcan Peñaloza, Güemes o Paz entre los héroes que construyó la monumentalidad histórica), hay hallazgos lúcidos y originales del buceador semiótico: entre los vestidos de Evita, el último, sin maniquí, sin cuerpo (como el cuerpo robado por el golpe de 1955 hasta su entrega: un cuerpo desparecido); el gesto triunfal de Firpo sacando del ring a Dempsey, convertido en derrota y nocaut propio: caída y gloria (como en el itinerario militar de San Martín); esplendor y derrota, como en el mural de Maradona donde se detiene la lupa de Kohan; como sucede entre las ruinas del Hotel Edén, en Córdoba, donde se conjugan el esplendor que fue y los escombros de lo que ya no será.

La perspectiva en espejo del ser y la apariencia (como en la foto de Gardel con un obelisco detrás que se inauguró al año siguiente de su muerte) dice lo argentino, el país conjetural que a veces se explica mejor desde la narración del mito o la invención literaria que desde la objetividad del registro histórico, impotente para atrapar su esencia, en caso de que ésta existiera. No en vano, la Argentina es el país que pensaron y edificaron (para bien y para mal) escritores en el siglo XIX, escritores presidentes y ministros, intelectuales influyentes, en cuyos textos (una y otra vez revisitados por Kohan en este trabajo) dieron forma a todos los espejismos, los signos y las nociones que construyeron eso que ahora llamamos, sin certezas ni precisiones, lo argentino.

 

Dos nombres

San Martín es el nombre que atraviesa los ensayos desde la historia real, pero no tan real: el San Martín de Kohan se teje desde los datos reales, pero también desde la escritura: la marcha de San Lorenzo, los textos que dicen su historia y los que lo convierten en personaje de la ficción literaria, los monumentos, objetos, los mitos y los signos: hélices, caballos, el sable corvo...

El otro nombre que transversaliza los textos es Jorge Luis Borges. Sus narraciones, como referencias constantes en el dispositivo de su mirada crítica, convocando a la vez otros textos de otros escritores, también como trama produciéndose. Y Borges en la estatua de un café, con Bioy, y en otra estatua como el Borges de Olmedo. Nadie mejor que el autor de Ficciones para cifrar el país que Kohan quiere explicar: en el pliegue exacto entre lo real y lo ficcional, en la intervención sorprendente de la invención literaria en la realidad, está lo que los ensayos recorren como espejismos de la identidad nacional. Ese es el territorio borgeano; también el país que Kohan pretende metaforizar diseminando el nombre de Borges por todas las páginas.

Los breves ensayos, entre los que no faltan miradas a la mano de Maradona, la firma de Rivadavia, el andar sin permanencia del Che, la memoria esquiva sobre Rosas, el descanso de Güiraldes y Segundo Sombra, la casa de Echeverría lejos del Matadero, la escritura de Walsh develando el terrorismo de Estado, la danza de las Madres en la Plaza: todos registros donde la letra se infiltra para hacer de lo real conjetura, espejismo, ficción, inmortalidad.

Pero hay un final. Kohan decide cerrar su seguidilla de ensayos cortos hablando sobre el Obelisco. En el centro de la ciudad, en el centro de la porteñidad y, simbólicamente, del imaginario argentino que impone la insistencia mediática. El ensayista sube con su lupa hasta el final del Palacio Barolo, entre los más altos de la ciudad, emblema de la europeidad tan valorada por el deseo argentino, para ver el Obelisco. Desde esa perspectiva, distinta y distintiva, el observador deconstruye la aspiración de esplendor y altura que sostienen, desde abajo, quienes lo miran y admiran:

Metido entre edificios mediocres, embutido entre las construcciones de una ciudad sin atributos, pierde no sólo su esplendor sino también su pretensión de altura.

La escritura final, transparente en su afán analítico, recuerda que los suelos de Buenos Aires son blandos, por el diálogo no siempre amistoso que mantienen con el río (como aparece en su novela Confesión), y esa blandura, donde parece asentarse y crecer el Obelisco, tiene otra consideración desde la altitud del Barolo:

Ya no es algo que audaz se eleva. Da justamente la impresión opuesta: que se hunde. Que se hunde y se va para abajo, sin por eso desistir de su intento de ascender a lo alto. Un obelisco que se hunde, con su base ya sumergida, como si fuera a hundirse también, o se estuviera hundiendo también, la ciudad que le hizo lugar, o si fuera a hundirse también, o se estuviera hundiendo también, el país de esa ciudad.

La palabra del ensayista, la lupa del semiótico, adquiriendo un tono que conoce, que le es propio, el de la narración literaria, con aliento profético, condensa y cifra, en la imagen del obelisco hundiéndose, todas las otras escenas diseminadas en el libro: lo real y la apariencia, el pliegue borgeano, el esplendor y el derrumbe, la gloria y la caída, lo cóncavo y lo convexo de la experiencia nacional, como signos del país siempre conjetural, el que está de olvido y siempre gris, como en la niebla que no deja ver lo que parece ser y lo que nunca ha sido.

Sergio G. Colautti
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