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Cada quien, sus necesidades

martes 10 de noviembre de 2015

El viejo llamó al ascensor de los pares y, mientras lo esperaba, llegó la gorda. Sin resuello, sudorosa, cargada con un gran bolso y un conjunto de carpetas manila rebosantes de papeles. No se saludaron. El viejo apenas hizo un gesto con la cabeza. La gorda arrugó los labios y torció los ojos.

Entraron al mismo tiempo a la cabina, empujándose uno a otro con los hombros y los brazos. Las carpetas no cayeron, pero casi. Nadie pidió disculpas. El viejo marcó el dieciséis y se arrinconó a la derecha. La gorda lo miró con desprecio, puso sus cosas en el piso de linóleo y apretó el catorce cuando ya el ascensor arrancaba. Recogió el bolso y las carpetas y se quedó mirando el tablero con los números, dando puntaditas con un pie, como resiguiendo el ritmo de una música silente.

Ella pareció dudar con las armas en alto. Cerró los ojos. Se abrazó al bolso, a las carpetas, y se dejó caer en el piso.

Entre el octavo y el décimo piso se detuvo el movimiento. Ningún ruido, ningún sobresalto. Sólo la quietud, y el ocho y el diez iluminados simultáneos y en diagonal en el señalizador, indicando un desperfecto.

—Lo que faltaba, se puso en huelga y bizco este perol —dijo el viejo con fastidio, sin salir de su esquina.

La gorda obvió el comentario, dejó otra vez sus pertenencias en el suelo y apretó el botón de alarma.

—Ya está viejito y mañoso el pobre —susurró, claramente audible, hablándole a la botonera—, como ciertos vecinos maulas y morosos que no quiero nombrar, pero están aquí presentes. Si esos sinvergüenzas honraran sus deudas, podríamos actualizarlo. Pero es mejor gastar en ron y mujerzuelas que ponerse al día. Y después protestan. ¡Vagabundos!

El viejo ladeó una sonrisa. Se tronó los dedos de ambas manos y alzó la mirada al techo raso, observando al detalle el desconche de las láminas, y suspiró:

—Ay, ascensor, cómo te tienen. Si la gorda loca esta, presidenta del condominio, no se robara los reales, estarías precioso. Pero así es la vida, mi hijo querido: unos comen la guayaba, otros pasan la dentera.

La gorda sacó la bemba, tongoneó la cabeza y, muda, recogió sus cosas del piso, colgándose el bolso, apretando las carpetas al pecho, manteniendo la mirada en los números del señalizador: el ocho y el diez permanecían impasiblemente iluminados.

El viejo miró el reloj en su muñeca. Dos minutos más tarde volvió a mirarlo. Y a los cinco minutos también. La gorda lo observaba de reojo, tragando saliva cada tanto. Apretó de nuevo el botón de alarma haciendo una maroma extraña y exigente para no tener que bajar de nuevo sus pertenencias.

—¡Pero sí se tardan, Dios mío! —clamó.

El viejo emitió una breve risa gutural y murmuró:

—Si será ingenua esta gorda, Señor. Se extraña. ¿Has visto? Como si algo aquí funcionara bien. Como si no supiera que el conserje es un vago, un incapaz. Como si no estuviera al tanto de que el tipejo se la pasa jugando dominó y bebiendo aguardiente en el botiquín de la esquina. Algún jujú habrá entre ellos, si no cómo se explica.

La gorda respiró hondo, soltó un bufido. Tiró el bolso y la carpeta al piso y apretó varias veces seguidas el botón de alarma. Después emprendió a puñetazos contra la puerta de metal y gritó “auxilio, sáquenme de aquí, que alguien me ayude”, hasta que la voz no le dio más, o se cansó. Entonces se sentó en el linóleo, agarró el bolso, lo abrió y revolvió en él, y sacó un encendedor y una cajetilla de cigarros machucada. Había tres cigarrillos, cada cual más maltratado que el otro. Escogió uno y lo fue alisando con los dedos hasta casi devolverle la forma cilíndrica. Lo encendió y aspiró y expiró y una neblina gris-azul quedó suspendida a ras del techo.

Sólo en ese instante el viejo hizo un movimiento: con la mano sacudió el aire dispersando el humo, y con tono neutro dijo:

—Usted está loca, señora. Este es un espacio cerrado. Y, además, con ese sobrepeso, ¿fumando? Eso mata, ¿sabe?

—Lamentablemente, la entrepitura no —respondió la gorda concentrada en la lumbre del cigarrillo, en la forma que tomaba el papel al consumirse.

Él hizo un gesto de asentimiento, encogió los hombros y se volteó en la esquina, de cara a la pared, como un escolar castigado. Dos segundos después se escuchó un repiquetear continuo contra las láminas verticales del ascensor, y, poco a poco, una lengüeta líquida fue avanzando sinuosa por sobre el linóleo del piso, hasta llegar y lamer la rodilla de la gorda sentada.

—Pero… ¡Cómo se le ocurre, desgraciado! —rugió ella, incorporándose de un salto, dejando caer el cigarrillo encendido.

El viejo continuó en su asunto sin voltear a verla:

—De qué se queja. Usted tiene sus necesidades; yo, las mías.

La gorda, ensoberbecida, miró hacia todas partes, vio el bolso y las carpetas mojándose en el piso, se dobló para recogerlos, se alzó con ímpetu y con el mismo impulso fue a golpear con ellos al viejo. Éste giró sin cerrarse la bragueta y la atajó con mano airada y un grito:

—¡Ni se le ocurra, gorda de mierda!

Ella pareció dudar con las armas en alto. Cerró los ojos. Se abrazó al bolso, a las carpetas, y se dejó caer en el piso, indiferente al pozo amarillento que anegaba el linóleo y le humedeció las piernas y la falda. Comenzó a llorar en silencio.

El viejo abrió la boca, no dijo nada, pestañeó un par de veces, se acomodó el pantalón, y después pareció inclinarse y extender la mano como compasivo hacia la gorda, justo cuando los ruidos metálicos y las voces en la puerta del ascensor anunciaban que la ayuda había llegado.

Arnoldo Rosas
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