Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La escritura de Mari

martes 27 de junio de 2017
¡Compártelo en tus redes!

Por lo que supe más tarde, Egiarte Echegoyen no había conseguido organizar esa conferencia de prensa en la que tenía tantas esperanzas. Los únicos interesados fueron dos periódicos pequeños, más bien tabloides, con vinculaciones con el Bildu, la coalición soberanista vasca de izquierda. No había mucho más en materia de medios de comunicación disponibles para ese partido chico, refugio de lo que quedaba del nacionalismo vasco militante y que era tolerado a regañadientes por las autoridades españolas, más preocupadas con el despertar de los catalanes que, aparte de ser moderados, tienen vínculos con la Unión Europea. Pero eso no quiere decir que los españoles fueran a hacer totalmente la vista gorda en materia de religión y antropología. La segunda es sobre todo un terreno bastante escabroso, incluso después de la desaparición de los etarras. Si ahora se daba a la luz pública que Mari, la divinidad prehistórica vasca más o menos correspondiente a Gea, pero bastante más antigua, había sido objeto de un libro o texto sagrado, inmemorial y escrito en idioma vasco, o en su precursor, hace miles de años, eso podía volver a despertar las aspiraciones territoriales nacionalistas. Bastante había costado demostrar, o tratar de hacerlo, que las cuevas de Altamira y Lascaux no habían sido habitadas por los protovascos hacía 30.000 años. Por otro lado, dada la cosa política de la Unión Europea, siempre en crisis, pocas instituciones académicas iban a permitir que su gente se dedicara o tan sólo reconociera una línea de investigación que pudiera respaldar aspiraciones secesionistas, bastante a mal traer, pero que podían afectar a dos miembros principales de esa importante comunidad económica, política y estratégica. Estamos hablando de España y Francia. Además de que podría haber un escándalo —real o fingido— en los medios interesados, por las afirmaciones de esta reputada arqueóloga y antropóloga, pero que hacía unos quince años, y siendo estudiante y militante Batasuna, había sido propuesta para reina de la belleza del país vasco por grupos nacionalistas. Además, sus tendencias feministas extremas trascendían a los medios profesionales en que se desenvolvía y le daban a la antropóloga un carácter semipolítico.

La investigadora más de una vez había concitado la furia en ciertos medios católicos por sus comentarios sobre la mentalidad colonizada de muchos vascos.

Pero yo, en realidad, y pese a los argumentos de Carlos, y a lo que la misma Egiarte me dijo con su intensa manera de hablar aquella vez en Ottawa, no creo que haya nada nuevo en esta versión vasca de Gea. Una diosa terrestre aparece en la historia de casi todas las culturas. En mi opinión, pero reconociendo ser un lego en la materia, si esta entidad no existe documentada en la historia cultural o hagiográfica de algunos pueblos, es porque todavía no se la ha descubierto. Pero si se escarba es seguro que va a aparecer. Lo que no quiere decir que yo desconozca el enorme valor de la versión castellana de ese antiquísimo texto en paleovasco de la ya mencionada antropóloga y especialista en estudios culturales y del joven lingüista Carlos Exaitía, que recién se iniciaba, quizás desafortunadamente para él, en las lides académicas. El texto, que tengo a la vista, comienza así:

Mari yacía en el centro de la montaña que es el centro de lo que existe arriba, abajo y alrededor, esa montaña era su morada desde siempre, desde que existe eso que existe cuando cerramos los ojos, cuando los abrimos.

Mari dormía en el centro de esa montaña que es el centro de eso que se viste de negro cada noche y se cubre de luz blanca o amarilla todas las mañanas.

Pero el sueño de Mari era y es más vigilia que la que asoma en la mente y los ojos de nosotros, sus creaturas, cuando estamos despiertos, que la vela de las sorguiñas sus acólitas y damas, cuya mente se enciende después de bailar frente a las montañas en que Mari habita,

Que son todas las montañas en que duerme Mari, cuidada de sorguines y sorguiñas, que son sus congéneres, parejas y siervos. Pero Mari no siempre duerme y sueña.

Decían los primeros párrafos de este breve texto, que parece que al fin va a ser publicado por la Fundación Caro Baroja, uno de cuyos investigadores afiliados habría afirmado que “el trabajo conjunto del joven lingüista y la antropóloga ha logrado en la versión castellana la bella cadencia rítmica del paleovasco, tarea nada fácil, pero que se puede achacar a la indudable vena poética del poeta y lingüista Carlos Exaitía”. Que, dicho entre paréntesis, había publicado un par de poemarios, el más reciente de los cuales me regaló y dedicó cuando nos conocimos durante su visita a Ottawa. Pero por otro lado, y casi al mismo tiempo, seguramente promovido por grupos interesados, apareció en los medios virtuales peninsulares un rumor: el joven, romántico e impresionable poeta se habría involucrado en esta empresa subyugado por la belleza madura y la vitalidad y magnetismo de la Echegoyen. Hay que mencionar que la investigadora más de una vez había concitado la furia en ciertos medios católicos por sus comentarios sobre la mentalidad colonizada de muchos vascos, que aún celebran el rito anual de la quema de la sorguiña, costumbre bárbara de origen inquisitorial que victimizaría a las mujeres chamanes de la mitología prehispánica vasca. Cosa que no es tan extraordinaria, argumentaban otros, la quema de brujas tuvo lugar en toda Europa y también en América. Además, esa teoría de que la persecución y exterminio de las brujas había sido para erradicar la religión primigenia de una diosa terrestre, adelantada por ejemplo por Margaret Murray, actualmente estaba bastante desacreditada. Los temas de la vigilia y el sueño, también inmemoriales, aparecían en esta versión Echegoyen-Exaitía de la escritura o cosmogonía de Mari, así como su carácter de divinidad cosmogénica, que en general comparten todas las divinidades en la geografía mítica de los pueblos:

A veces despierta y vuela y su vigilia es un sueño más profundo que el sueño de la muerte y su vuelo es pesado como la tierra oscura y húmeda apenas seca donde brotan los bosques que son la falda y la túnica de Mari que sueña en su montaña que son todas las montañas y su sueño somos nosotros sus creaturas. El sueño de Mari lo velan sorguiñas y sorguines que ayudan a Mari a hilar y sostener el tejido de lo que existe y sus tres capas, la del vellón fino y claro sobre nuestras cabezas, la del vello oscuro y denso sobre el que caminamos y el cabello delgado que se teje y desteje en los senderos que son nuestras vidas desde que brotamos desde el vientre de nuestras madres hasta que desaparecemos en el vientre de la tierra oscura por la que caminamos.

Pero a mí se me aparecían en la memoria otros datos: la misma exuberancia vital de Egiarte, su rostro expresivo, de facciones quizás un poco demasiado acentuadas, su estatura, sus formas voluptuosas.

Pero a fin de cuentas, fue la pareja la que desapareció de mi círculo de relaciones cuando volvieron a España después del congreso. Pero volví a ver al joven Carlos dos años después, durante un viaje a España. Lo vi cuando llegó esa noche bastante agitado a esa herriko taberna que frecuentaba en esa Donostia de calles angostas y empedradas, local con un aura histórica, ya que hacía un par de décadas daba refugio, camaradería y conversación a los jóvenes pro o futuros etarras, y donde ahora uno todavía podía escuchar, con la novedad del turista, las actuales e infaltables teorías conspirativas de la izquierda; el autoatentado de las torres el 11/9, o si no, cómo Rothschild controlaba el mundo y Soros planeaba implantar un nuevo orden mundial. Pude oír cómo unos españoles en otra mesa comentaban “es una pelea de vascos”, en un momento especialmente álgido de la discusión. Yo me encontraba allí porque en Ottawa, y después de unas copas después de presentar su último libro de poemas en un taller literario en español que se reúne todos los meses, me dijo que si alguna vez visitaba San Sebastián (Donostia), tenía que ir a verlo a esa taberna en cuestión, que ese lugar era su segunda casa, prácticamente su oficina. Yo andaba por ahí a medias de vacaciones y a medias en una empresa quizás un poco cursi de conectarme con mis orígenes, ya que mis ancestros son de Vitoria. Carlos llegó por fin, echándose hacia atrás un mechón de pelo que le colgaba sobre la frente alta y pálida, por la que corrían gotas de sudor. Me saludó efusivamente, refirió agitadamente a sus contertulios las alternativas de su visita a Ottawa, donde habían ido con Egiarte a presentar sus hallazgos en un panel sobre diosas terrestres en un congreso internacional de antropología en la Universidad de Ottawa. Se quejó de que a la conferencia sólo hubiera asistido un puñado de personas. Yo, que como digo estaba de paso por San Sebastián (Donostia), con Sharon, además de mis razones anteriores, porque ella había decidido que “hay que ir a Europa antes que se acabe”, le dije que no fuera paranoico, que eso es lo habitual, que salvo que uno sea una estrella académica nunca asisten a esas cosas más de cuatro gatos, algunos colegas y algunos estudiantes y pare de contar. Yo lo había conocido, como repito, en ese congreso en Ottawa, donde resido, ya que mi hija estaba presentando ahí mismo algo sobre la santería. Me había llamado la atención el nombre del panel y sobre todo la exposición de Egiarte y de él. Nos pudimos conocer en la conversación de pasillo que siguió a la conferencia y después cuando nos fumábamos un par de cigarrillos en la vereda —los tres fumábamos. Pero ahora, en la taberna, el joven, agitado y nervioso, prosiguió diciendo que a Egiarte se la había tragado la tierra, que él tenía profundas sospechas de los grupos de detractores y fanáticos, de los sectores oficiales opuestos a la causa vasca y al renacimiento de su cultura, que en general sospechaba del alcance y la influencia de una misoginia renaciente que se cobijaba bajo diversas banderas. Parece que su exuberancia no le era desconocida a sus amigos, que no se mostraban sorprendidos. Pero yo tenía barruntos de que ella, la investigadora, como la divinidad objeto de su trabajo, era movediza e inubicable, ya que como dice la escritura de Mari, en ese universo ya existía esa oposición, por lo demás universal, entre un principio que podríamos llamar “bueno” y uno malo.

Mari velaba en el seno de esa montaña que cambia de lugar y que es todas las montañas. El color de su vestimenta es el color de lo que brota de la tierra. El color de su cabello que peina incesante es el de la luz que fecunda y hace brotar todo lo verde desde la humedad. A su diestra discurre su progénito Atagorri el bueno, envuelto también en luz y a su siniestra bulle Mikelatz el malo, engendro de sombras, ambos hijos, ambos amados y albergados y criados en su seno por igual como la noche y el día se suceden sobre los mismos campos, al invierno sigue el verano y a la vida la muerte en la vida de los hombres.

Pero a mí se me aparecían en la memoria otros datos: la misma exuberancia vital de Egiarte, su rostro expresivo, de facciones quizás un poco demasiado acentuadas, su estatura, sus formas voluptuosas, su misma mirada que automáticamente cataba a los hombres, de una manera ora furtiva ora abierta, cosas que Carlos, en su indudable —para mí— fascinación de amante, no veía o no quería ver. Me acordé de esa noche en Ottawa cuando Carlos, en el café, después de la presentación de su libro y quizás excitado por un público entusiasmado y atento que compensaba al escaso y poco entusiasta de la conferencia, se explayaba sobre la poesía vasca, su mitología y orígenes, sus principales representantes contemporáneos. Absorto, no se había dado cuenta de que Egiarte salía acompañada de un habitué del café, Hendrick, ya entrado en años pero muy guapo de una manera nórdica, y que se rumoreaba que en su momento en los Estados Unidos de los setenta, y siendo sólo un adolescente, le había conquistado una niña a Abbie Hoffman. Ambos habían salido por una puerta lateral. Estoy seguro de que Egiarte me hizo con la mano un vago ademán de despedida. Yo los había visto por el rabillo del ojo. No he encontrado en la versión manuscrita que poseo de ese importante aunque marginal trabajo de fijación y traducción textual de la escritura de Mari, obra de Echegoyen y Exaitía, ninguna mención al personaje del vate, del poeta, de su trágica devoción al impertérrito y cruel objeto de sus desvelos, figura presente en incontables mitologías y escrituras, pero que parece haber estado ausente en la mitología paleovasca.

Jorge Etcheverry
Últimas entradas de Jorge Etcheverry (ver todo)