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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

El transer, tipo posverdadero

• Martes 17 de abril de 2018

El transer, tipo posverdadero, por Daniel Buzón

De entre las especies creadas por el vulturno sulfurado de una década convulsionaria en lo económico-social, hallamos esta que tengo bien estudiada, la cual alcanza, por fin, una esencia más allá de las formas de existencia. Pero una esencia que impacta en la existencia, que vive imbricada en ella. Es indudable que las grandes firmas de Palo Alto han preprogramado ya todas las nuevas actualizaciones de la esencia virtual que se gesta al ritmo de ceros y unos. De todos modos, esta segunda década del milenio que ya va tocando a su fin ha sido capaz de elaborar, por fortuna o por desgracia, sus propias esencias inexistentes también al margen de lo digital. Pero el común de la gente no lo advierte y cree que todo se reduce a las llamadas posverdades, que se nutren de la viralidad y de medios periodísticos y políticos viralizados, hijos pobres, sin embargo, del genuino espíritu de una época de desdoblamiento progresivo, por supuesto internetiano (permítaseme el vocablo), pero en realidad mucho más generalizado.

Allá en el centro de la ciudad la transesencia no podría manifestarse de forma palmaria para ellos, por más que la palparan en la mayoría de tipos humanos con que alternaban cada fin de semana.

Y que tiene hijos pródigos. Uno de ellos es la transesencia, fenómeno real que puede rastrearse en la calle. Por ello los cité a todos a las 3 de la madrugada. Que vinieran de sus devaneos tan alborotados como les pareciera. Lo que yo debía mostrarles iba a ocupar las horas siguientes de la noche, hasta el alba. Allá en el centro de la ciudad la transesencia no podría manifestarse de forma palmaria para ellos, por más que la palparan en la mayoría de tipos humanos con que alternaban cada fin de semana. Me sería mucho más fácil evidenciársela en el barrio alto donde yo resido, entre funiculares, cuestas empinadas y flanqueadas de alamedas, cerrillos coronados de torres suntuosas, callejas simpáticas jalonadas de barecillos elegantes, con sabor a pueblo residencial. En estos lugares los personajes tan peculiares como desinhibidos son habituales. De pronto se te cruza en la majestuosa escalinata de piedra de la boca del metro un espécimen que lleva ladeado un chambergo amarillo y va enfilado en una americana de pana beis. Te mira con recelo, la cara grande, curtida y aceitosa, desbordada, sin apocamiento, como la de un hombre bregado en la alta sociedad. Su atuendo es estridente, pero sabes que se trata a buen seguro de un arquitecto, un restaurador o un músico con ingresos anuales alrededor de los cien mil.

Nada especial. Y mis ingresos no son mucho menos de eso. El indicio de transesencia te viene después. Al tipo a menudo no le ves nunca más, pero sientes que te lo vas encontrando. Quiero decir…

En definitiva, Edmundo, Gutierre y Lope llegaron con Elvira y Ágata hacia las 3:20. Genoveva me dijo que se quedaba si no lo iba a alargar mucho. Le aconsejé que los saludara y luego se fuera a la cama: trataríamos de legislación, de contratos, de tonterías prosaicas. Me hizo caso y subió a dormir a la cúpula de 25 metros cuadrados de nuestro chalé, delicioso ático en un cuarto piso, con balaustrada y ventanales, silencioso y fresco para los veranos calurosos, recogido y cálido en invierno.

—Explícame, Edmundo —le pregunté tras la primera charla—, ¿qué clase de trabajo hacían las personas con quienes te tratabas en esos encuentros entre desconocidos de aquella famosa web, gente de paso, recién llegados, etc.?

—Existe una figura interesante —respondió algo divertido—. La del trabajador indefinido por internet. Está claro que hoy día hay decenas de profesiones que se desarrollan en la red. Gutierre lo sabe muy bien. Pero en esos encuentros preguntabas por la profesión, por pura cortesía, y entrabas en una tolvanera de imprecisiones alrededor de alguna estrambótica e inaprensible actividad en línea.

—Es que hay muchas profesiones en internet —terció Elvira, también con conocimiento de causa—. Seguro que no te engañaban, máxime si es gente con movilidad laboral.

—Ya… —insistió Edmundo—. Pero, aunque yo sólo vendo vinos por la red, me producían la sensación de que me estaban escondiendo algo, de que ponían una pantalla ante el otro.

—Puede ser —admitió Gutierre, sin darle mayor importancia.

—¡Oh, Vicente, antropólogo de renombre! —exclamó de pronto Ágata con guasa, para espabilarnos—. ¿Qué nos vas a demostrar esta noche tan señalada? ¿Qué tengo que escribir mañana en mi columna de Diserta? ¿Que la gente miente en fiestecillas de sociedad?

Sonreí como un petimetre de novela negra.

—No. Hoy os voy a proponer un viaje.

—¡Qué hermoso! —continuó Lope, el obeso asesor segundo del consejero de Cultura.

—Pues sí… Mi pregunta a Edmundo iba, claro, con intención.

—Pero ¿dónde se ha metido Genoveva? ¿De verdad se ha ido a la cama? —me interrumpió Ágata.

—El viaje es peligroso… —siguió interpretando Elvira una especie de comedia que habían iniciado todos. Y se reían con desenvoltura. Yo también me reía, rodeado de aquellos buenos amigos, valiosas teclas del entramado de poder de la ciudad.

—Tanto como peligroso, no sé —continué yo.

—Veamos —me animó Lope, y lo secundaron casi todos.

—He preguntado a Edmundo por esos encuentros porque fue él mismo quien me contó que, antes de conocer a Ágata, al trasladarse aquí desde la provincia, se había arrojado a noches de alterne con este tipo de gente de aluvión. Y que le había acabado afectando.

—Bueno, me afectaba en el estado de ánimo —quiso aclarar éste—. Es decir, todo era muy amistoso, o educado, y superficial a la vez.

—En efecto —seguí—. Lo que ocurre es que no se trata de aquellas antiguas reuniones de salón que ya conocemos por las novelas y donde se venían a confundir los burgueses y la antigua aristocracia, el pillo arribista y el capellán de mundo. Allí aún se interpretaban papeles con una fuerte personalidad y muy marcados por la identidad verdadera de cada uno.

—Ya, lo del novelón romántico —especificó Elvira.

El que percibe o asiste a un rasgo de otra persona no lo interpreta como natural, identitario diríamos, sino, en medio de un ambiente estándar, neutro, como un semema artificial.

—Sí. Pero estos encuentros de ahora no son lo mismo. La cortesía entonces era un lenguaje común aristocrático para identidades distintas y no podían entenderse de otro modo. Eso no quiere decir que todos fingieran ni tampoco que no hubiera doblez. Ahora la clase media es la gran clase, la más alta, la más poderosa, o eso cree, y con eso basta. La clase media no tiene más identidad propia que una neutralización de los particularismos. Si uno es más simpático, más social, más exitoso, lo es porque ha conseguido vender su producto, lo ha empaquetado adecuadamente y se lo han comprado. Si su simpatía se debe, digamos, al carácter alegre de su abuela, que él ha heredado, la gente valorará ese dato como un rasgo atractivo, como una prestación más.

—En esos meetings —intervino Ágata— suele haber mucho extranjero y para entenderse es imposible usar a menudo la propia lengua y menos manifestarse tal como uno es: el humor, los hábitos, los sobreentendidos, los valores, etc., deben ser comunes.

—Estándares, diría yo más bien. Por lo tanto, neutros, neutralizados.

—Globalización —apostilló Elvira.

—Por supuesto. Si yo os diera una explicación de manual de antropología, la explicación entra más en el terreno cognitivo que en el de la ontología. Quiero decir —me apresuré— que la mayor parte de los asistentes muestran algo, más o menos real, más o menos fingido, pero la lejanía del receptor de ese semema…

—¿Cómo? —me preguntó Gutierre.

—Un rasgo, gesto, movimiento, expresión al que damos un sentido e interpretamos para crearnos una idea de conjunto, de la personalidad del sujeto, en este caso —aclaré mientras asentían—. El que percibe o asiste a un rasgo de otra persona no lo interpreta como natural, identitario diríamos, sino, en medio de un ambiente estándar, neutro, como un semema artificial. De acuerdo con la teoría ese efecto sería sólo cognitivo, obviamente.

—Y eso provoca la sensación banal que tenía Edmundo —concluyó Ágata.

—Sin duda —cayó en la cuenta éste—. A menudo pasabas dos o tres horas hablando con tres o cuatro personas. Todas se comportaban con la misma involuntaria cautela, contando anécdotas un poco sin ton ni son, y a la vez sondeando con desconfianza la personalidad de los otros.

—Pero —dijo Elvira— yo insisto en que se trata de la globalización: gente que viaja, conoce a mucha otra gente y al final pone un piloto automático.

—¡El nuevo ciudadano cosmopolita! —exclamó Lope.

—Sí —añadió Gutierre—, que sabe inglés, francés, español, alemán… y suele trabajar en línea, de moral abierta, divertida, pero progresista, humanitaria. Me parece un estupendo modelo de ciudadano del mundo.

—No saben tantos idiomas… —quiso desengañarle Ágata—. Y en cuanto a esa cosmovisión progresista…, no sé qué decirte. Yo también había acudido tiempo atrás a esos encuentros para practicar lenguas y a menudo topas con viajeros que sólo hablan inglés (aparte de su propio idioma, si es otro), la verdad bastante cerriles, a pesar del aire de mundo que se dan. Algunos xenófobos, otros veganos, otros animalistas radicales…

—No… —le contestó Lope—, pero lo cierto es que esos rasgos suelen ser de verdad particulares. A veces también hay políglotas tremendos. De todos modos eso no quita para que se dé, como dice Vicente, una especie de tipo estándar.

—El cosmopolita estándar —reflexionó Edmundo—. Da un poco de grima. Recuerdo que una vez estuve hablando con una pareja de la costa oeste de Estados Unidos. Muy simpáticos. En un momento dado ella me dijo que hablaba chino. De hecho tenía rasgos orientales y seguramente era hija o nieta de chinos asentados en California. Nada de qué avergonzarse. Así que le pregunté por ello… Qué situación más absurda. Ambos disimularon como si yo hubiera mostrado una especie de racismo.

—Y eso ¿qué tiene que ver con lo que hablamos? —le espetó Gutierre.

—Me pareció que ninguno de los dos quería tomar conciencia de la diferencia racial, que evidentemente para mí es una riqueza. Pero ellos, como si temieran volverse racistas, eliminaban ese rasgo personal y se acabó.

—Es una forma de acabar con las barreras —dijo Gutierre, mosqueado—. Supongo que también me criticarás las parejas internacionales que hablan en una lengua común y para la relación no usan las propias. Lo importante es la persona.

La teoría establece que hay una especie de neutralización de identidades, etc. Pero que es temporal o sólo cognitiva. Una verdad posible, quizá alternativa, es que esas neutralizaciones son reales.

—Eso es —se sumó Elvira, convencida.

—El nuevo ciudadano cosmopolita, simple persona, monolingüe y estándar… —se mofó Lope—. No sé si suena mejor.

—Pues ¿qué opina el antropólogo? —volvió a apostrofarme Ágata.

—El antropólogo opina —empecé— que eso es la teoría. Otra cosa es lo que pienso yo esta noche.

Me miraron más seriamente de lo que hubieran querido. Seguí:

—La teoría establece que hay una especie de neutralización de identidades, etc. Pero que es temporal o sólo cognitiva. Una verdad posible, quizá alternativa, es que esas neutralizaciones son reales.

Como me callé, Lope creyó completar:

—Lo mismo que yo pienso, que se vuelven de verdad vacíos, para siempre.

—Puede ser. Pero hay algo más. Las neutralizaciones vienen a funcionar como una fuerza blanca, es decir, ontológicamente cuentan con una energía bastante más poderosa y atrayente.

—Me vas a perdonar —terció Gutierre—, pero no se te entiende.

—Amigos, vosotros podéis creer que en esas fiestas las identidades se reducen, se van limando y perdiendo. Que existe un ciudadano universal, globalizado, cada vez menos sustancial. Que para evitarlo basta con huir de esos encuentros, de la encrucijada mundial y hueca de personalidades, y mantener un círculo de amistades sólido y fiel para no sufrir esa especie de vértigo que padecía Edmundo. El horror vacui de la pérdida de identidad.

—Digamos… —asintió Ágata.

—Ahora es ese momento cuando el personaje algo asocial enseña el monstruo o la máquina del tiempo a sus amigos —dije.

Eran las 4:50. Los arrastré hasta el ala derecha, donde está mi estudio supletorio y me entrevistan a veces. Como estaban demasiado callados, yo les iba comentando algo baladí, como si fuera ese todo el secreto:

—Lo preocupante es cuando uno mismo ya no puede de ninguna manera sentirse dueño de su gestualidad, etc. O, mejor dicho, cuando sabe que haga lo que haga será para los demás un productor artificioso de sememas.

Llegamos. Puse en las manos de Lope una reproducción a menor escala del Memorial al burócrata desconocido de Tómasson.

—Ah… ¡qué existencialista! —exclamó Lope con cierto desdén.

Ágata me dijo que le encantaban la librería de caoba y cómo la presidía la Historia del estructuralismo, de Dosse (que, a decir verdad, no he abierto nunca). Elvira y Gutierre se besaron antes de entrar y les sorprendió el descomunal Mac que dormita en el escritorio. A Edmundo le encantó el tresillo. Empecé diciéndoles que aquél era mi taller y mi atalaya. La ventana caía sobre un recoveco formado por el cruce de seis callejas. La primera asciende y se pierde tras el palacete a la derecha, recubierto de falso sillar, en tres pisos, con un alero absurdamente ancho que parece un desfiladero. La segunda desdobla en paralelo a la anterior, a dos metros por encima, delimitada por una barandilla, y las une una escalerilla con dos rellanos. La tercera asoma por la casa de la izquierda, ceñuda obra vista con tres balconadas repletas de árboles de maceta, con ventanales sin cortinas que dan a salones casi vacíos por donde no pasa nadie. La cuarta desemboca desde el fondo de la escena en la curva de la primera. La quinta, estrecha y casi inexistente, cruza transversal a los pies de nuestro chalé. La sexta vía atraviesa a la altura del tercer piso de las dos casas, sobre las dos callejas paralelas, como un paso a nivel.

Descorrí la cortina, apagué luces y les pedí que miraran con detenimiento. Las cinco farolas que alumbraban el conjunto lo dejaban más bien envuelto en una penumbra charolada, bajo una larga y vibrátil quietud. Cuando ya musitaban, cruzó por la primera calle el caballero del chambergo. Aunque eran sólo unos rasgos suyos secundarios, no llevaba sombrero, tenía unos hombros anchos, el cuello grueso, la boca carnosa y la nariz con dorso curvo.

—¿Qué? —preguntó Edmundo.

—Nada —dije, sugiriéndole esperar.

Elvira y Gutierre fingían mirar desde el tresillo. Una chica pasó por la quinta calle con la diligencia de quien vuelve a casa tras una noche de fiesta. Vestía una chaquetita de pana beis. Los ojos somnolientos. Los labios gruesos. Las manos delgadas, un poco huesudas. Importante el mentón prognato y un balanceo de brazos algo juguetón. Al cabo de tres minutos dos muchachos se paseaban tranquilos por la quinta calle, intercambiando algún comentario. El de la derecha tenía el pelo rojizo, la figura rechoncha y un andar a zancadas. Cuellicorto. El de la izquierda era más bien larguirucho, aunque recio de hombros y caminaba a pasos muy regulares, medio marcial. La nariz nervuda como un tronco, demasiado igual a la del hombre solitario. Llevaba una americana azul clara. Disparaba sobre el labio una mueca muy impaciente mientras el otro gesticulaba con una mano como si fuera el vuelo de un cóndor, para explicar no se podía saber qué. Luego chascó los dedos con un gesto del todo genuino.

—Bueno… —balbució Elvira, desengañada.

—Parecen metidos en un hormiguero abierto en canal —advirtió Ágata.

Un segundo antes de que desaparecieran los anteriores, salió bromeando por la cuarta calle un pelotón de cinco jóvenes de distinto sexo. Enfilaron por la primera calle abajo. Delante iban dos chicas, una llevaba una especie de chambergo amarillo ladeado. Era escueta y vigorosa. Tenía, sin embargo, unos ojos muy claros que parecían no proteger párpados. La otra le explicaba cualquier cosa con una solemne gestualidad senatorial afianzada en un corpachón de matrona, cubierto por un vestido de gala rojo. Llamaba la atención la mandíbula prominente, que parecía transportarnos a unos minutos atrás. Un chico bajito y guapo, con la nariz muy fina, balanceaba los brazos como a causa del relente. Un tercero lucía una chaqueta con alamares de un añil ya visto, y reía con carcajadas a sotto voce, que acababan en un hipo. El cuarto iba algo encorvado, bajo una especie de gabardina, andaba a zancadas y se frotaba una mano con la otra de un modo muy minucioso, con un gesto relamido que repetía con precisión inquietante. También ponía una mueca labial que reflejaba estrés, acaso el mismo que padecía el tipo larguirucho que pasara antes que ellos.

Entre un tejido áspero de gestualidad propia se colaba la misma iteración de identidades fractales, además de otras características hasta el momento sin reaprovechar.

Se fueron perdiendo por la cuarta calle, a la izquierda, cuando pasó un matrimonio maduro, tranquilo, que subía de la quinta a la primera calleja. Él era rubio platino y caminaba medio jorobado, con pasos cortos, disciplinados, mientras movía la mano derecha como si planeara, antes de chascar los dedos con energía. Ella era chaparra, pero las manos aparecían óseas, chupadas. Llevaba una gabardina bermeja y soltaba una risa terminada en hipo, incómoda y vana.

—¿Los conoces? ¿Qué hacemos aquí espiando? —me preguntó Edmundo algo desasosegado.

No respondí. Gutierre se acercó a la ventana, dejando a Elvira en el tresillo. Lope se pasó al otro ángulo. Ágata observaba cada vez con más atención. Antes de que la pareja cruzase bajo la sexta calle se incorporaron a la primera desde abajo tres mujeres: una era pelirroja y bajita con pantalones de pana amarillos. Otra tenía el pelo extremadamente rubio y gesticulaba con solemnidad. La tercera llevaba una chaqueta colorada con presillas y se restregaba las manos como si mimetizara el frotamiento mosquil del cuarto integrante del grupo apenas desaparecido. Un hombre de cierta edad bajó por la primera, dando la curva, y era larguirucho, andaba a grandes pasos, tenía un mentón prognato y los ojos muy saltones, clarísimos. Llevaba un chambergo lila y podía ser perfectamente el mismo tipo del principio. Sin embargo, a su derecha bajó por la segunda calleja, que va en paralelo, un hombre en la veintena, con la cara aceitosa, que resultaba parecerse mucho más. Avanzaron a la misma altura mientras se les cruzaban el matrimonio y las tres mujeres, todos dando vida a ademanes, repitiendo rasgos ya experimentados.

Un borbotón de muchachos aún más jóvenes apareció por la tercera calle y ocupó las escaleras entre la primera y la segunda. Entre un tejido áspero de gestualidad propia se colaba la misma iteración de identidades fractales, además de otras características hasta el momento sin reaprovechar. Una madeja de hilos describibles sólo con alguna especie de ecuación de ondas nacía de la expresión facial, de las extremidades, de la estructura más íntima de los transeúntes de la encrucijada.

—¿Qué pasa con ellos? —preguntó Edmundo, con nerviosismo, porque no sabía si la impresión que tenía era sólo suya o compartida.

—¿Repiten patrones? —sugirió Gutierre.

Elvira captó el sobrecogimiento que titilaba en los otros y se levantó para mirar también. Edmundo parecía molesto conmigo, mientras Gutierre espiaba en el semblante de Elvira algún cambio que no podía darse en tan poco tiempo.

—¿Qué ocurre, Vicente? ¿Qué hacemos aquí a oscuras como unos pervertidos? —preguntó incómoda, pero riendo por compromiso. Gutierre la tomó por la cintura.

Remotamente empezaba a alborear. Lope comentó, como sin darse cuenta:

—¿Es que la ventana tiene, digamos, propiedades o una perspectiva singular? ¿Vemos desde aquí como realzado el entramado de códigos con que estamos constituidos al comunicarnos socialmente, como un lenguaje que repite fonemas, o los sememas esos que decías?

—Me temo mucho que no sea simple semántica… —articuló Ágata, reflexiva, callada hasta entonces.

—Es ontología —les dije.

Gutierre sabía que había advertido algo pero no era muy capaz de sacar consecuencias y prefería terminar la estrambótica experiencia, mientras se empeñaba en distraer a Elvira. Con poco éxito, porque Edmundo se agitaba por momentos.

—Bueno, yo tengo sueño ya. Va a amanecer —soltó, apartándose de la ventana.

—¿La ventana te inquieta? —le preguntó Lope, también turbado.

Es como si fuera la misma gente. Con otras fisonomías, otros cuerpos. Pero una indistinción total. Nadie es nadie.

—No veo por qué —contestó cayendo sobre el tresillo mientras se frotaba las manos—. Sólo que, perdona, Vicente, pero Elvira tiene razón. No sé qué parecemos aquí acechando.

—No te angusties, Edmundo —le indiqué, didáctico—. Déjame que te explique. Creo que, al final, estarás de acuerdo. Más o menos todos sabemos que te trataste por depresión. También Genoveva. En tu caso fue a los 10 meses de instalarte aquí, en la capital. En las depresiones puede o no haber una causa. Pero siempre hay un detonante. Es indudable que aquellas idas y venidas, aquella vida sólo alimentada del trato con desconocidos… Es decir…

—Vicente —me interpeló Ágata.

—Has sentido algo de todo aquello, de los encuentros vanos, en estos momentos —concluyó Lope.

Guardamos silencio un par de minutos. Lope se sentó en la silla del estudio. Yo estaba apoyado en el marco izquierdo de la ventana. Elvira se había ido a un rincón, dejando solo a Gutierre. Ágata se sentó junto a Edmundo, que finalmente dijo:

—Es como si fuera la misma gente. Con otras fisonomías, otros cuerpos. Pero una indistinción total. Nadie es nadie.

—Pero ¿qué habéis visto? —nos preguntaba Elvira.

—Lo que hemos visto nos lo tienes que explicar tú, Vicente —dijo Ágata—. La sensación que tenemos ahora mismo resulta desagradable. Si es todo cosa de ilusionismo, no sé… Dinos algo.

Corrí a medias la cortina. Quedamos a una luz filtrada del exterior suficiente, sutil.

—Delante de vosotros han aparecido dos cosas. Por un lado, una serie de personas que estaban como imitándose. Bueno, pues esa mímesis es del todo sustancial. Llevo muchas horas observando desde aquí. Realmente mi conclusión es que no se trata de repeticiones exteriores, sino que de hecho brotan de la raíz. He tenido la misma impresión que Edmundo —dije mientras éste se pasaba las yemas de los dedos por las sienes—. No son nadie.

—Y por otro lado… —me animó Ágata.

—Por otro lado, es indudable que hay algo entre todos ellos. Lo que se repite no sólo existe sino que también es. O quizá sólo sea y los toma a ellos como formas de existencia. Al principio creí que podían ser varios programas o caracteres. Ahora a veces dudo. Me parece que tiene verdadera personalidad, pero no estoy seguro de si es uno o varios.

—Pero entonces ¿qué es? —casi me rogó Edmundo.

—La verdad, lo desconozco. Yo lo denomino transer. Está entre todos ellos, se manifiesta ahí, se lo percibe ahí, pasando de uno a otro, aunque probablemente tiene una conciencia de unidad, él no transita, él o ellos son uno sobre muchos. A nosotros nos parecen muchos. Pero es sólo nuestra perspectiva.

—¡Ah! —no pudo contenerse Edmundo. Ágata le sugirió dulcemente calma.

—Pero ¿qué sería?, ¿el diablo, que domina el mundo material? —me preguntó Lope queriendo descafeinar el misterio.

—No, Lope, no es el diablo.

Luego, me quedé callado.

—Transer, Vicente —dijo Ágata con inopinado desdén—. Bonito término antropológico. Invención tuya.

—Como todo —terció Elvira, irritada.

—Me parece, Vicente, que sacas conclusiones muy aventuradas de una impresión muy particular. Aparte de aprovecharte de Edmundo, para hacernos tragar a todos con ilusiones —comentó Gutierre con condescendencia, tendiéndole una mano a Elvira como para irse de inmediato.

Hay una pugna por las formas de existencia. No. No. Es una pugna por la esencia que se da en las formas de existencia.

—Yo os he mostrado lo que quería —añadí.

—Poniendo por caso que te creyéramos, o uno de nosotros, ¿para qué? —intervino Lope—. Nos estás avisando de que a todos nos afecta. Ni tú ni yo ni ellos somos reales, o lo que sea, sino que somos puentes de un… transer, o de varios. ¿Y qué? ¿Nos chupan la sangre? ¿Nos parasitan y nos matan? ¿Qué?

—No. No hay lucha ni depredación ninguna. No hay correlación o forcejeo físico de ningún tipo en nuestra imbricación con ello —dije.

—Hay una pugna por las formas de existencia. No. No. Es una pugna por la esencia que se da en las formas de existencia —aclaró Edmundo—. Eso es. Pero esa pugna es anterior, se da en un espacio previo, intemporal, inmaterial, quizá conceptual… en el negro más absoluto, el del pavor que aterra al que padece una depresión, ahí… ahí, en ese cuchillo inmenso que amenaza en las tinieblas de uno mismo.

—Muy bien —interrumpió Ágata al cabo de unos segundos—. Se acabó la noche. Nos vamos.

Elvira y Gutierre pasaron en seguida al pasillo y parecía que volvían al comedor principal. Lope estaba como recogiendo algo que no era suyo, pero sólo me reordenaba alguna cosa en la mesa, temeroso de haberla descolocado. Tenía un aire meditabundo, cabizbajo. Edmundo se colocó en el quicio de la puerta, a medio salir.

—¿Por qué? —me inquirió Ágata, en voz baja, dolida.

Descorrí la cortina otra vez. Se mostró ante los tres de nuevo la encrucijada de calles, ahora vacía, somnolienta, plácida, tocada de una luz joven, inocente, que había limpiado a todas aquellas personas. Las había hecho desvanecerse. Sin embargo, apetecía salir a pasear por ese cruce.

—Se ha hecho de día —les dije—. Sí, idos.

Luego añadí, mientras nos mirábamos:

—Yo no os he mentido, Ágata. Estoy convencido de esto.

—Atrévete a ponerlo en un artículo —me retó Lope, de pronto compasivo.

No comentamos nada más mientras Edmundo tomaba el rooibos con leche que le serví en el comedor. Gutierre y Elvira ya se habían ido. Lope esperó porque Ágata y Edmundo tenían que llevarlo a casa en su coche. No hizo falta que los acompañara hasta la puerta. Cerraron del tirón. Tomé las escaleras hasta el ático de la torre. Genoveva dormía apretujada contra la almohada por esa opresión nerviosa en la columna que no la abandona. Me sentí amargamente dichoso de poder trabajar desde casa. Hacía al menos 18 meses que sólo salíamos al jardín. También me alegré o quise alegrarme de poder mantenernos a los dos con mi sueldo, puesto que lo que cobra ella por la invalidez es ínfimo. Pero ella necesita tanto no volver a pisar la calle, no sentirse asaltada por la sensación de banalidad, y asegurarse de que yo no salgo, para que no me contamine. Es tanta su obsesión, que no cura ningún tratamiento, que a duras penas consigo ya mantener una distancia científica, siempre escéptica, respecto de mis propias observaciones y análisis.

Sumo ya miles de casillas en tablas donde recojo rasgos de esos transeres. Aún desconozco, pero tengo que descubrirlo pronto, si son uno o muchos.

Daniel Buzón

Escritor y filólogo español (Manresa, 1977). Se ha dedicado a la docencia. Ha publicado relatos en las revistas electrónicas Axxón y Ariadna-RC. Así mismo ha colaborado en Rebelión. En 2012 editó una traducción al castellano de una obra prácticamente ignorada del escritor romántico Stendhal, De un nuevo complot contra los industriales (Madrid, Ediciones Sequitur), cuyo estudio preliminar trata sobre la implicación del sansimonismo en la defensa e implantación del sistema de deuda pública en Francia.

Sus textos publicados antes de 2015
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