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Ritual con mar, lluvia y cuadros de Manet

jueves 4 de octubre de 2018
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Sábado al fin, sin duda cumples el rito complejo y personal de consentirte.

Despertarás sin las urgencias del día. Retrasarás levantarte, retozando entre las sábanas. Reacomodarás la almohada acoplándola a la forma de tu cabeza, acurrucando las mejillas hasta sonreír plácida por la ergonomía del soporte. Estirarás pies, piernas, brazos, manos… Se tensará tu vientre con esa tensión riquísima que has anhelado toda la semana… Acariciarás muslos, senos, hombros, cabellos. Recorrerás todo tu cuerpo. Pero no, no irás al centro del placer; encuentras vana la autocomplacencia, estéril desgastarte… Tornarás a la posición fetal y, de nuevo, te cubrirás con el embozo… Otros diez minuticos más… Sentirás que no hay apuro, y estás tú contigo, y estás como en sosiego, sin deberes, sin obligaciones. Dispensarás un bostezo y un murmullo de satisfacción que te viene de adentro, adentro… Allí, desde la cama, te quedarás mirando al frente, hacia el collage de obras famosas de Édouard Manet que gustas creer eres tú en poses inverosímiles de vidas pasadas, de personalidades secretas, de ánimos efervescentes y no compartidos, apenas con amantes olvidados… Diez minuticos más… Olympia, eres Olympia y el gato no tiene nombre. Sólo está en la esquina erizado. ¿Fúrico? ¿Temeroso? ¿Protegiendo el territorio que cubres con la mano? Estás desnuda como si no. Como si no estuvieras desnuda, Olympia, con el gato sin nombre a tus pies sobre la cama. Únicamente una cayena en el pelo te viste, cubriendo tu desnudez. Como si no te importara o no tuvieses conciencia o si es que aún desnuda estuvieras vestida o es que te basta la mano obstruyendo la entrada de tu pasión. Miras como si así fuera, digna y distante, Olympia. Sólo ahora entra la sirvienta negra ofreciéndote el manojo de flores ¿Presente del tipo aquel? Ni volteas a verla… Diez minuticos más…

Te deleita estar así, sentada desnuda, con las piernas cruzadas, sosteniendo el pan frente a tu boca, lejos del tráfico de las mañanas, de las noticias de la radio.

Espero y sé de tu llegada. Una cerveza gélida es la compañía precisa en este rancho marino, restaurante turístico, nocturno refugio de discretas parejas. Lejos. Lejos de algún encuentro indeseado, imprudente, desestabilizador… Y el mar tan próximo, tan acá, tan apaciguante, tan estimulante… Describo tu rostro a oscuras. De memoria detallo tus rasgos. El peinado rebelde de tu pelo crecido. Las cejas delineadas en arco. Los párpados sin pliegues que dan la impresión de letargo. La nariz recta y delgada. Los labios generosos que invitan al beso y mil cochinadas ricas que uno imagina.

Los sábados no hay dieta. Prepararás el desayuno sin conteo calórico ni raciones ajustadas a tabla alguna. Disfrutas desayunar; aunque durante la semana tan sólo tomes una galleta de soda y un café negro antes de emprender la carrera para llegar puntual a la oficina o, al menos, antes que el jefe. Te encantan los desayunos variados y completos, como en un bufé de hotel. Dedicarás tiempo para arreglar el espacio de la mesa, para hacerlo agradable, a tu antojo: una flor, un mantel individual de urdimbres artesanales y colores pasteles, servilleta de tela bordada, la jarra de porcelana para el café o el té de aromas frutales, según la inspiración del momento; la jarrita blanca para la leche; la vasija de cerámica con ese palito de madera que tanto aprecias para servir la miel… Te agrada disponer de varias fuentes y platos para queso, mantequilla, embutidos, mermelada, tostadas… Te servirás con cuidado, con esmero, con parsimonia… Morderás el bocado de a poquito… Masticarás bien, tratando de discriminar cada sabor, cada textura, cada matiz… Te deleita estar así, sentada desnuda, con las piernas cruzadas, sosteniendo el pan frente a tu boca, lejos del tráfico de las mañanas, de las noticias de la radio.

Llegaste. Estás a mi lado hace ya varios minutos. Tiendo mi brazo por el respaldar de la silla e inclino mi cuerpo hacia ti. Ligeramente te acercas, aún guardando la distancia, conservando la espalda erguida y la altivez del cuello. Nuestras miradas se enlazan ajenas al entorno. Mi otra mano acaricia el vaso de cerveza como si fuera tu muslo o tu seno. No te han traído aún la bebida y tus manos reposan juntas sobre la mesa, una sobre la otra, extendidas. ¿Hay un cuadro así en el collage frente a tu cama? Sí. La Thuile no sé qué, creo que es su nombre. Uno donde el mesonero, distante, observa a la pareja enamorada. ¿Qué percibe ese hombre servil que porta una jarra de metal y sostiene un mantel bajo la axila? ¿Recordará una juventud de amores furtivos en otro café, en otro bar, en otro puerto? ¿Algo de envidia, quizá? ¿Te juzgará en ese instante? ¿Te ha reconocido de visitas previas con otro interlocutor que extiende el brazo hacia el respaldar de la silla y ligeramente se inclina hacia ti y acaricia, con la otra mano, el vaso como si fuera tu muslo, tus nalgas, tus senos?… ¡Qué importa el mesonero si ya te trae la bebida!… Noto que las alas de tu nariz se inflaman. Respiras profundo. Oigo tu respiración… Me deseas… Sé de tu íntima humedad más allá del espacio que nos separa en la mesa… Tus ojos se entornan y tu boca se entreabre anhelante… Juegas con el borde superior de la copa… Índice derecho recorriendo el canto de cristal con lentitud… La lengua asoma recorriendo los labios… ¿Te transmite mi mirada tanto amor nervioso como en el cuadro?

La cera, enriquecida con Aloe vera y Vitamina E natural extraída de germen de trigo, se estará calentando en el microondas de la cocina, predisponiendo la cuidadosa depilación de cada centímetro cuadrado de las piernas, de los empeines, de las ingles, del pubis, del ano, de las axilas, del entrecejo, del bozo, de los antebrazos… A lo largo de la semana han ido aflorando casi imperceptibles, pero definitivamente presentes, vellosidades indeseables: imposible afrontar los nuevos días con la insatisfacción de una piel hirsuta… El proceso es lento, doloroso, extenuante, preciso; requiere de concentración y posiciones exageradas, contorsiones frente al espejo bajo una intensa luz, no siempre disponible en el cuarto de baño.

Las uñas de los pies y de las manos requieren atención especial… Pero, antes, ahora sí, encenderás la música. ¿Jane Monheit? ¿Taking a Chance on Love: Bonus Track: Over The Rainbow? Caminarás desnuda de vuelta al cuarto con el equipo de música portátil. Te fascina tu desnudez. El apartamento es sólo tuyo y no necesitas de albornoz, ni de toallas que molestan la libertad. Te gusta andar descalza y sentir la frescura del piso. Los premios de ser independiente, te dirás: sin perro que te ladre, ni árbol que te cobije. Sobre la cama tenderás un paño mediano y ubicarás pinzas, limas, piedra pómez, aceites, crema humectante… A tus pies una ponchera de agua tibia y sales aromáticas y enriquecedoras… Seguro iniciaste con Jane Monheit el cuidado de tus uñas.

Es tu mano en lo oscuro un temblor. La calle. Carros estacionados. Brisa de mar. Un temblor que viene de adentro y sacude y asusta. Apenas las pálidas luces del alumbrado público en la noche. Nadie más en las afueras. Un temblor que asusta y alegra y somos. Un paseo en silencio por el pueblo de casas viejas pero conservadas. El vahaje marino entre las hojas, muy tenue. Un temblor que asusta y alegra, que somos y queremos y estamos conscientes de ello. Al fin la plazuela y los bancos de cemento. Al fin el beso.

Con agilidad de prestidigitador armarás con el paño un turbante para recoger la cabellera húmeda y sedosa.

Te visualizo en la tina. Baño iniciático de agua tibia, espuma y especies. Sumergida hasta lo preciso para respirar, como si durmieras, ciertamente ausente. Presiento el olor a mandarinas del incienso y la música suave de un saxo tenor desde el equipo que has acercado a este espacio… ¿Stan Getz?… ¿Estás allí? Puedo jurarlo… Prefieres así, y no parada en la ancha cubeta de zinc, restregándote con una esponja natural, como “La dama en la bañera”. ¿Te has fijado que mira como si alguien la observara mientras se lava? Como si supiera de nuestra presencia de espectador. Debe ser excitante bañarse y saberse espiada, avizorada, atisbada con lujuria por alguien oculto y desconocido que no sabe que sabemos. Dedicarle los movimientos y mirarlo de reojo sin que perciba que lo vemos y que sabemos que está allí… ¿Es Wynton Marsalis quien ejecuta la trompeta en The Midnigth Blues?… Imaginarás que te observan mientras semiduermes en la tina… ¿Quién? ¿Quiénes? Tus ahora anónimos amantes del pasado, quizá… El tipo aquel… El que te conté… Un tipo con el que estuviste… Todos ellos, escondidos, agazapados, para poder disfrutar de nuevo de tus formas, así sea de lejos, pero en vivo y en directo… ¿Sonreirás?

El mar nos habla profundo y a los ojos. Es de noche y hace frío. Tu mano en la oscuridad es un temblor grato que me toma tenue y me estremece. Siento el sudor de tus miedos y me sé poderoso. Caminamos muy juntos por la orilla apenas percibiendo el sereno y la brisa. El mar que toca nuestros pies desnudos y huye para regresar en un pisa y corre de timidez y picardía… ¿Acaso es un sueño?… La ternura de tu boca… El fuego de tu vientre… El terremoto de caricias… El huracán de arena sobre nuestros cuerpos… Quizá.

Con agilidad de prestidigitador armarás con el paño un turbante para recoger la cabellera húmeda y sedosa. A diferencia de otros días, pasarás por alto las gotas que han saltado de ti y dibujan un arco sobre las lozas azules de la pared. No las limpiarás; ya habrá chance el lunes u otro día rutinario no exclusivo para ti. Tomarás la gran toalla blanca con la que te cubres íntegra e irás hacia la cama. ¿Es Diana Krall quien canta? ¿The Look of Love? Te acostarás sobre el edredón mullido y, despacio, despacio, despacio irás enjugando primero los pies, los dedos de los pies, uno a uno… ¿Quién te sorprende, Nympha, mientras te secas? ¿Qué amante perdido ha entrado a verte? No te gusta, Nympha, ese inventario de nombres y rostros del ayer; sí las escenas que son recuerdo y vivencias repetibles de manera renovada en cada nueva relación. Lo pasado, pisado, Nympha… No te place hablar de eso… Ocasionalmente con las amigas, una noche de viernes de cervezas, cuentas alguna anécdota divertida, siempre referenciando anónimamente al coprotagonista: un tipo con el que estuve. El que te conté. El innombrable. Un ex… Te secarás los pliegues con cuidado, consciente de la extraña presencia de este observador hambriento de tu piel. Del aroma de tu piel limpia. Un aroma tan de ti, Nympha… Te abrazarás para sentirte protegida y permanecerás recostada en la cama, plácida, con la mirada hacia el techo, con Diana Krall estéticamente impecable cantando para ti.

Es de noche y está oscuro. Quiero verte, me llamas. Y es que en esto del sexo, no mientas las cosas por su nombre. Lo eludes con términos cursis y absurdos: vernos, los altos, lo de abajo, lo de atrás, besar, sentirnos. Vamos a vernos… Me haces falta… Me siento ridículo y hasta ofendido en la intimidad al escucharte esos términos asépticos, impolutos: glande, pene, ano, felatio, cunnilingus… Necesito palabras más próximas, más sonoras, más propias… El placer no tiene que ser vulgar, dices. Me reconforto cuando explotas en: ahí, ahí, ahí… Frente al mar… En el hotelito de las afueras… En el carro antes de dejarte… En el rincón de un baño… En la mesa del comedor… Vamos a vernos… Me haces falta.

Seguramente Norah Jones interpretará Come Away With Me frente al espejo. Es hermoso ver cómo te arreglas el cabello, cómo lo oreas con el secador, cómo lo cepillas, cómo le das forma, Naná. ¿Un cliente? ¿Tu productor? ¿Tu admirador patrocinante? ¿Tu mecenas? Siempre te han gustado los hombres mayores, Naná… No sé, me dan seguridad, dices… Es excitante detallar cómo te maquillas; cómo delineas las cejas en arco perfecto; cómo esparces las cremas; cómo manejas los pinceles; cómo haces más apetitosos tus labios… ¿La sonrisa es de burla, Naná? ¿De tu amante te burlas, Naná?… Toda relación termina, ¿sabes?… La dependencia es odiosa, ¿sabes?… Es siempre mejor iniciar otra, dices… Te excita ese temblor de los primeros días, esa desesperación por los encuentros. La impaciencia por la piel, por descubrirse… Después es historia repetida, dices… Aburre, dices… Norah Jones habrá cedido el escenario al Nat King Cole Trío: Dream a Little Dream Of Me. Es apasionante ver cómo te perfumas; cómo das toques precisos en lugares estratégicos de tu anatomía, Naná… ¿Le has dicho: “Adiós, no me llames”, a tu cliente, a tu mecenas, a tu productor, a tu amante? ¿Por eso luce abatido sobre el sofá tras de ti? ¿Por eso empuña, con furia y falsa dignidad, esa como daga? ¿Te pregunta si hay otro? ¿Si lo dejas por otro, Naná?… Se ha ido, te dices elegante, admirando el camafeo que has puesto para adornar un cuello que no necesita adornos, sólo besos necesita tu cuello, Naná.

Un poco como en esos cuadros de Manet que imaginas vivir, seré el espectador desconocido, ese que apenas asoma en la imagen o que se presiente fuera de la escena.

El mar en la oscuridad es un murmullo. Recurrente siseo íntimo, secreteando en la distancia. Titilantes reflejos de luces lejanas que van y vienen sinuosas. En la mesa tengo una cerveza para la espera. Un cigarrillo innecesario para ocupar las manos y el cenicero. Sé que es inútil mi presencia, pero cumplo la palabra empeñada. Un danzón, un vallenato, un bolero, un tango, un son, un merengue, se alternan en el equipo de música que intenta alegrar el ambiente del local. Me lleno de calma respirando profundo. Tenso cada músculo del cuerpo para relajarlos, uno a uno, con imaginarios masajes con motas de algodón… Vendrás… Hablaremos… La dignidad por encima de todo, pensaré… Ya sin ti, encenderé un nuevo cigarrillo… Pediré una nueva cerveza…

Apagarás la música. Lista, ahora sí, en este tu sábado, para salir. ¿De compras? ¿De paseo por lugares inéditos o de moda? Seguramente a un restaurante… “Bar Folies-Bergere”… Frente a su barra, en la vidriera de vasos y copas y licores, coronarás la tarde ante al espejo donde ya se perfila el rostro de ese nuevo amor.

Llueve suave por la tarde. La mar de azules múltiples aflora tonos grises, y la espuma de sus olas muere en arenas oscuras. El viento ya no es brisa y golpea irreverente las lunas de las ventanas, las ropas en los tendederos. Los pájaros se han ido y tan sólo el agua corre por las calles… Te extraño en silencio, en la distancia, en el tiempo, en mi cigarrillo a medio terminar que se consume en el cenicero de vidrio, en el trago que se evapora despreciado en la mesa… Mi nombre ya no tendrá lugar en tus labios; seré una anónima referencia (un tipo con el que estuve, el fulano aquel, el que te conté) en la charla de viernes por las noches con tus amigas, en algún bar de cervezas y ensaladas con peras, nueces, queso de cabra y vinagreta con miel…

Llueve suave por la tarde. Una trompeta férrea desafía imponente a un bajo, a un piano, a una voz en la tonada de jazz que ejecuta el tocadiscos. Te añoro y, tú sabes, tal como escribió el poeta Igor Barreto, “Siempre leo el horóscopo / de esas mujeres que me abandonaron”, un poco para saber si tienes otro amor, Olympia; si te va bien en el trabajo, Naná; si alguien del pasado volverá a tocar a tu puerta, Nympha… Es que ahora, un poco como en esos cuadros de Manet que imaginas vivir, seré el espectador desconocido, ese que apenas asoma en la imagen o que se presiente fuera de la escena, observando sin tomar acción, nunca más, en tu vida.

Llueve suave en la tarde y el mar se agita a pocos pasos de este rancho marino, restaurante turístico, nocturno refugio de discretas parejas. Te añoro y, hoy, sábado al fin, no necesito hurgar en las estrellas para imaginar de ti.

Arnoldo Rosas
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