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La niña que ríe

jueves 8 de noviembre de 2018

“Se coge un niño de dos o tres años, se le coloca en un vaso de porcelana más o menos original, sin tapadera y sin fondo, para que pasen la cabeza y los pies. De día se tiene en pie este vaso, de noche se le tiene acostado, para que el niño pueda dormir”.
Víctor Hugo, El hombre que ríe

Ni un trazo de maquillaje, si se exceptúa el dibujo de las cejas tatuadas en color caoba desde el entrecejo hasta las sienes. La melena, recogida en una coleta. Lycra negra, sudadera azul claro, cholas crocs anchilargas, ideales para los obreros del aseo urbano, por lo encubridoras.

Como todas las mañanas, sus manos empujan un cochecito americano. En él, una niña modelo para una imagen de valla Gerber: inmensos ojos azules y sonrisa tierna. Van por aceras de mangos centenarios cargadísimos de flores, tan sobrados como esos viejitos de la tercera edad que bailaban salsa todos los domingos en las plazas caraqueñas.

A la vista, una niña con una mujer, su niñera o su madre, paisaje aún visible por el este de la ciudad, a pesar de lo desmantelada y de los delincuentes acechando por las esquinas.

Luego de algunas vueltas, regresan a una casona protegida por enrejado alto de doble pulgada, más concertina. En el portón, un vigilante en camisa blanca con distintivo y pantalón oscuro les franquea el paso hacia los capachos rojo-amarillos y el perfume a cedro recién lloviznado.

De la niña, aparte del rostro, se sabe de sus dos moñitos sujetos al cogote por elaborados lazos en vichy, que se le escapan traviesos de la gran manta tejida en menudo crochet rosa.

De la mujer, nada más, porque los vecinos que pudieran contar, hace tiempo se mudaron para urbanizaciones más modernas, o convirtieron en dólares sus pertenencias y se fueron a Panamá, Bogotá o Madrid. Con los nuevos residentes, no se puede cruzar ni la mirada: pertenecen al target que sólo comunica por lo digital. A la vista, una niña con una mujer, su niñera o su madre, paisaje aún visible por el este de la ciudad, a pesar de lo desmantelada y de los delincuentes acechando por las esquinas.

***

Hace algunas décadas, el boom petrolero provocó en el país una epidemia de princesas Sukimuki. Niñas y niñas de familias acomodadas contagiadas todas por la única tarea de quedarse quietitas.

Nada de ayudar a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… —atchís—, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas…

Controles pediátricos estrictos, clases exclusivas, días de sol y de playa, frascos de nutella, bolsas de torontos, litros de coca cola, toneladas de hamburguesas y milanesas de pollo, y el caldero bendito de la miscigenación, hicieron niñas de estatura, cuerpo, cabellera y rostros de belleza extraordinaria, a las que unas horas de dicción, pasarela y flamenco ponían un sello de calidad.

Cuando pisaban la adolescencia pedían las tetas: un punto de honor para toda adolescente con más o menos billete. Las tetas, apenas un guiño primario con la cirugía estética, un abreboca para encontrar otros muchos motivos y regresar al quirófano: sacar esa costilla como de perro callejero; o rebajar el hueso de la mandíbula; perfilar esta nariz de medio cazuela, o estirar las arrugas del codo porque ¿sin ser vieja y ya pelleja..?

Susana las pidió como uno de sus regalos de quince años, y papá, para no ser señalado por las amigas de la hija como el pichirre de la partida, hizo la transferencia bancaria de una buena vez, y oídos sordos a la abuela, actualizada en copas menstruales y fertilización asistida, pero nula cuando su nieta exigió ese par de artificiales que me le van a duplicar la edad a mi muchachita.

Estaba claro para Susana que, así la abuelita, tan equivocada ella, repitiera que no había mujer fea sino mal arreglada, los correctivos eran muy necesarios.

Y Susana, repotenciada, fue lanzada a la sociedad.

Nadie podría acusarla de tener un gramo de sobrepeso, un asomo de várice o de línea de expresión, un grano de acné. Con sus metas enfiladas al modelaje.

En el salón Cassandra de un hotel de la capital, su madre la ofertó, orgullosa curadora de una exposición con imágenes de su hija: Susi recién nacida a la salida de Clínicas Caracas. En su primer día en el kínder del San Ignacio. Noche de Halloween, traje sirena, cabellera plateada, mirada diabólica y larga boquilla. En la piscina del club, con las chicas miradapícaramelenaonduladasonrisaperfecta, las mismas del tequieroamiguis del Facebook. Susana en Santorini, cerrando su tour de quinceañera por Europa, negándose entre las risas del grupo a encaramarse en el borrico. Susana sumergiendo la naricita respingona en un cake elaboradísimo en rosa y lila, mucho de pepitas, pirulines, lazos y flores, como los de Paulina, la del Gourmet. Como cierre, una graciosa genealogía en fotos donde el maquillaje de tías y abuelas triunfa sobre el agotamiento prefestejo, gracias a meses de dietas, masajes energizantes, calor de piedras y batidos verdes. La consigna: suavizar las arrugas para no cagarla, para estar, al menos, a la altura del look de la heredera, que desde el comienzo de los preparativos ya intuían imposible acompañarla en la bajura en que terminaron perreando los invitados, ellas en cuatro patas arremangándose los chiffones, ellos arrojando levitas y soltándose los botones. Toda una escena para un Miller tropical.

Y la vida continuó.

Como una fruta en sazón cuajó Susana. Nadie podría acusarla de tener un gramo de sobrepeso, un asomo de várice o de línea de expresión, un grano de acné. Con sus metas enfiladas al modelaje. ¡Claro! que estudiaría alguna carrera universitaria, complacía a papá cuando a éste se le alborotaba la conciencia de testaferro. Odontología, lo más probable. Y sí: ¡que se casaría luego! Y hasta tendría familia, pero con uno tan exitoso como tú, papi, socio principal de cinco empresas, reconocido contratista en todos los gobiernos. Tranquilizaba a mamá y a la abuela. Pero ahí mismo, malcriadita, los paraba a todos en seco, se les sacudía: Nada de presiones. Suficiente con las que ya me he calado, por ejemplo, estas academias majunches de los Altos Mirandinos. Y a papá, con la trompita fruncida: MCM. He Dicho. Mariela Centeno Management. Miami. Y él: la carajita es tenaz. Hinchado de orgullo. Sobando la chequera y pensando tranquilazo en su parte del próximo contrato. Y Susana, apenas a tres horas de Caracas, afina su paso de pantera: y, un pie delante del otro, y, un pie delante del otro… caderas al ritmo. Cerca, muy cerca de Key Biscayne.

Todo prometía. Todo muy bien. Hasta el día en que, perdida con alguno en medio de la bruma rosa que decora todos los lugares adonde acuden por las noches los chicos y chicas in, desde Panamá hasta la Patagonia, debió ocurrir algún accidente. Supuso. A posteriori.

Sin embargo, mientras muy serena y glacial desfila ¡por fin! un Camacho, adherido a su piel como el plumaje de un pájaro, ¿cómo iba a asociar las irregularidades normales provocadas por las dietas tan exigentes, con algo tan fuera de lugar en su vida, tan exótico o peor, tan tierrúo, como un em-ba-ra-zo?

Han pasado poco más de dos años. Susana pasea por las veredas de su vecindario. Las manos fundidas al manubrio del cochecito.

Cuando lo supo ya era tarde. Las caderas se ensanchaban invadiéndole de sobrepeso y de horror. La solución era muy fácil, pero no acompañada con la certeza de morir que se le incrustaba en el pensamiento como las patas de una garrapata. Decidió ajustarse una faja de remodelación posparto, prohibiéndole a su panza todo intento por asomarse al mundo, y se alejó del runruneo social con la mejor excusa: los estudios, ¿sabes? le prometí al viejo… La idea audaz y loca, pero tan antigua como el oficio más antiguo, como la misma humanidad, era esconder el embarazo y luego, ya vería qué hacer con el producto. Y la princesa Susana, durante esos larguísimos meses, le prohibió a su piel expandirse, a costa de casi ni respirar. Su único pensamiento estaba en el futuro, ahora tan próximo y tan lejano, cuando retornara a la normalidad, cuando este mal rato quedara atrás, cuando saliera de nuevo a comerse el mundo, como les aseguraba a sus dos amigas en intenso cotilleo, las tres ante el gran espejo biselado del tocador, en un ritual particular de cruzar los deditos y entonar en trío el mantra favorito: recuerda tus sueños y lucha por ellos ¡qué quiero de la vida! ¡qué quiero de la vida! Coelho dixit.

El parto la tomó por sorpresa en un ascensor de Los Palos Grandes. Tormenta familiar desviada por su guerrera madre hacia un íntimo aguacerito: las visitas y presentaciones están en desuso. Nada de fotos ni participaciones por la red.

Han pasado poco más de dos años. Susana pasea por las veredas de su vecindario. Las manos fundidas al manubrio del cochecito donde lleva a su niña de sonrisa hermosa e inalterable y extremidades tullidas como las secas raicillas de un pino muerto.

María Isabel Briceño Armas
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