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Adaptación

martes 4 de agosto de 2020
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En el día de nuestros quince años sucedió algo que trastornó la vida de nuestra familia.

Juliana y yo nos parecíamos mucho pero siendo mellizos de distintos sexos no nos confundían. Bailamos hasta medianoche en la fiesta de nuestro cumpleaños y cuando nuestros amigos se fueron nos pusimos a ordenar el jardín. Sillas aquí, vasos allá, platos descartables por doquier. Cuando entré en casa llevando un cajón de botellas vacías escuché un ruido ensordecedor. Salí al jardín. Se oía sólo el cantar de los grillos. Pensé que Juliana me estaba gastando una broma, pero pronto me di cuenta de que en realidad había desaparecido. Desperté a mis padres. La policía, los vecinos y los amigos la buscaron en vano durante días por toda la zona. Desde entonces pasaron cinco años.

Marcado por este misterioso acontecimiento no festejé más mi cumpleaños.

El día en que hubiéramos cumplido veinte volví a escuchar aquel ruido ensordecedor a media noche. Salí al jardín y me encontré atado a una camilla en una habitación iluminada por una luz enceguecedora y con un bulto como un gran reloj sobre el estómago. Aparecieron dos formas esponjosas que hablaban entre sí en un idioma extraño, que sin embargo comprendía. Comentaban entre ellos el resultado de la adaptación idiomática y la anulación parcial de la memoria. Decían que todo estaba a punto para “el experimento”. Me animé a preguntar qué querían hacer conmigo. Una de las formas me contestó que harían una investigación sobre una característica de los terrestres que ellos desconocían y agregó que terminado el experimento me dejarían en casa.

Poco a poco comprendí qué era lo que estaban experimentando conmigo.

—¿Cuándo?

—Nosotros no tenemos el concepto de tiempo —dijo la forma que parecía ser la única que podía comunicar conmigo. Me vistieron con un amplio sayo metálico y me dejaron solo. Estaba muy confundido. Recordaba mi nombre y pocas cosas más. Trabajaban en los aparatos de la caja de mi abdomen. La forma esponjosa que comunicaba conmigo me anunció que todo estaba listo.

Me dejaron solo, sentía un frío intenso y un miedo colosal. En la caja de mi abdomen se producían los sonidos de una febril actividad mecánica. No sé cuánto tiempo pasó porque allí no había forma de percibirlo. Un pequeño robot entró en mi espacio visual. ¡Tenía la cara de mi hermana! Quedé impresionadísimo y mi caja abdominal comenzó a agitarse. La llamé por su nombre y no conseguí que me reconociera. Ella hablaba mi idioma adaptado pero era de muy pocas palabras. No me reconocía y se limitaba a caminar en círculos por la habitación. Las visitas se hicieron frecuentes y después de cada una de ellas yo quedaba destrozado. Juliana no recordaba nada, a veces hasta dudé de que fuera ella. Lloré, supliqué, le hablé de nuestros padres, de los amigos, del gato, de la enredadera de jazmines que ella había plantado cuando tenía cinco años… nada, total ausencia, estaba perfectamente “adaptada”. Poco a poco comprendí qué era lo que estaban experimentando conmigo, habían conseguido anular la mente de mi hermana pero a mí me habían dejado una memoria parcial y mis propias reacciones. Estudiaban lo que ellos no poseían; LAS EMOCIONES; el miedo, el amor, la angustia, el frío, la sorpresa, la rabia, la desesperación, el llanto. Juliana estaba allí, impasible en su deambular robótico, para suscitar en mí ese torrente de emociones. De pronto no volvió más, volvieron las dos formas esponjosas y me dijeron que me llevarían a casa, que el experimento había concluido.

Mis padres no creen en mi relato, dicen que en mi cumpleaños estoy siempre muy trastornado. Según ellos no me ausenté ni un momento de casa.

Yvette Schryer
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