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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Emoción

jueves 29 de octubre de 2020
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¿Tienes un momento? Quiero contarte la experiencia que tuve en el concierto de despedida en la embajada francesa. ¿Me creerías si te dijera que un ciego puede emocionarse ante una puesta de sol? Difícil… ¿no es cierto? Sin embargo yo pienso que podría hacerlo y participar con sus otros sentidos a esa fiesta de colores que percibe sin verla. No te estoy gastando una broma, escucha.

Cuando estaba terminando mis estudios de música, sabía que mis manos estaban hechas para sostener el arco y pulsar las cuerdas del violín. También sabía que podía ser un virtuoso, pero no lo era. Mi juventud me llevaba a desatender ese talento que pocos reciben y confiaba sólo en mi musicalidad y en la técnica.

En aquel entonces estaba enamorado de una joven pianista algo mayor que yo con la cual tenía mucha afinidad.

Reconozco que debo a las palabras de esa mujer, que entonces se alejó de mi vida, el haberme convertido en el intérprete de éxito que soy hoy.

Ella era una intérprete mediocre. Lo sabía y no aspiraba a más. Ella correspondía a mi sentimiento con cariño pero no conseguía hacerla vibrar en nuestras relaciones íntimas, frente a las cuales se mostraba tan indiferente como ante mis ejecuciones musicales. Algo estaba fallando. A pesar de su frialdad llegamos a ser muy amigos. Había algo que nos unía. Su presencia me daba energía y ella, a su vez, decía que mi presencia la electrizaba. Esa afinidad hizo que nuestra relación vibrara unísona en la cuerda emotiva.

Después de un tiempo se casó y se transfirió al extranjero. Al despedirse, me dijo lo que creía que había fallado entre nosotros; lo hizo con tacto, tratando de no herirme, y percibí en sus palabras algo similar a la compasión.

Sus palabras tuvieron la fuerza de una semilla que penetra en un terreno duro pero fértil.

Reconozco que debo a las palabras de esa mujer, que entonces se alejó de mi vida, el haberme convertido en el intérprete de éxito que soy hoy. Me dijo que yo no ponía ni concentración ni pasión en lo que hacía, que tocaba el violín utilizando una excelente técnica desprovista de alma. “Lo que das no es suficiente, debes entregarlo con todos tus sentidos”. Su última recomendación al alejarse definitivamente de mi vida fue: “Aprende a anular tu mente, libera el sentimiento, no malogres tu talento”.

Estas palabras me sacudieron. No podía pasar por alto su consejo, que colocaba mi interpretación musical a la par de nuestras relaciones íntimas. Sus palabras calaron hondo en mí. Cambié de actitud, estudié de otra manera, trabajé sin cansancio. Tuve momentos de exaltación y otros de desaliento. Aspiraba a dar lo máximo concentrándome en la entrega y la emoción. Ella había dicho que debía merecerme a mí mismo y respetar el talento que poseía. Puse todos mis sentidos en el empeño y conseguí vibrar ante las manifestaciones de la belleza, de la naturaleza y del arte. Aprendí a sentir y a transmitir mi emoción.

Pasaron veinte años desde entonces. No la volví a ver hasta ayer en el concierto de la embajada.

Llegó a último momento. La acompañaba un hombre, su esposo probablemente, me sorprendió verla. La sala estaba en penumbras y el director, batuta en alto, esperó a que se atenuaran los rumores provocados por el ingreso tardío de la pareja.

Su presencia me había cargado de una energía extraordinaria y no recordaba haber tocado tan bien como esa noche.

Sin sospechar que ella estaría presente había incluido en el programa el doble concierto de Brahms que era su preferido. Al final, mientras la orquestra tocaba y yo estaba atento a mi entrada, la miré y vi que dos lágrimas buscaban la comisura de sus labios.

Llegaron los aplausos y al inclinarme la miré y le sonreí. Ella sonrió a su vez, aprobando varias veces con la cabeza. Pronto me vi rodeado por mucha gente.

La busqué con la vista por la sala. Alguien me entregó una tarjeta que leí y guardé en bolsillo. Sentí una gran desilusión porque se había retirado sin saludarme. Su presencia me había cargado de una energía extraordinaria y no recordaba haber tocado tan bien como esa noche. Ella, con sus lágrimas y su sonrisa de aprobación, lo confirmaban.

Más tarde releí la tarjeta: “Te felicito, lo has logrado, he disfrutado enormemente. La emoción que trasmitiste me sacudió como una descarga eléctrica. Gracias”.

Me enteré por un amigo de que ella, a causa del atentado terrorista de París de hace unos años, quedó sorda.

Ahora comprenderás qué relación tiene lo que te acabo de contar con mi pregunta acerca de la posibilidad de que un ciego pueda disfrutar de una puesta de sol.

Yvette Schryer
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