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Alta tensión

domingo 30 de mayo de 2021
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Alta tensión, por Yvette Schryer
Si buscamos un común denominador entre el suicidio y escritores y artistas, no tardamos en hallarlo; son todos seres muy sensibles y avanzados.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

Se sabe que bomberos, policías, acróbatas, alpinistas o corredores de automovilismo practican actividades peligrosas, pero ¿también la lapicera que rasga la página en blanco o las letras del teclado son armas mortales? ¿La creatividad artística es peligrosa? A juzgar por la cantidad de escritores y artistas que cometieron suicidio, podríamos pensar que lo es.

Si buscamos un común denominador entre el suicidio y escritores y artistas, no tardamos en hallarlo; son todos seres muy sensibles y avanzados, en general anticonformistas y disidentes que difícilmente se adaptan a su tiempo. Estas personas, salvo excepciones, están obligadas a ejercer trabajos inestables para sobrevivir y se encuentran a menudo en dificultades económicas que los someten a un continuo estrés.

La mezcla de sensibilidad y anticonformismo forma una combinación explosiva.

 

Algunos opinan irónicamente que ciertos autores reprimen sus impulsos suicidas trasladando la agresividad personal a sus personajes.

Suposición discutible, que es sin embargo una óptima estrategia.

Shakespeare elimina a Romeo, a Ofelia, a Julieta, a Desdémona y a muchos más. Goethe ejecuta en pocas palabras al joven Werther y Tolstoi pone a Anna Karenina bajo las ruedas de un tren… la lista es larguísima.

 

Albert Camus escribió, en el comienzo de El mito de Sísifo, que el suicidio es un problema filosófico. “Juzgar si la vida vale o no la pena de ser vivida es responder a una de las preguntas fundamentales de la filosofía”.

El creador artístico encalza a la perfección en este concepto porque es de la categoría de personas que se cuestionan obsesivamente sobre el sentido de la vida.

 

La causa por la cual cometen suicidio es en general la depresión, los amores imposibles, las enfermedades incurables, sus tendencias sexuales o la vergüenza de ser descubiertos públicamente en un plagio. Cabe incluir en la lista la insatisfacción de su propia obra.

 

Hay tres tipos de suicidio: el depresivo, el despechado y el heroico.

Los artistas responden por lo general a los dos primeros tipos. Quien comete el suicidio heroico lo hace en general por una causa o una ideología; Sócrates y su paralelo latino, Séneca, son ejemplos del suicidio heroico. Cesare Pavee, quien antes de poner en acto su decisión publicó el libro Vivir cansa, se quitó la vida fiel a sus propias filosofía y convicciones.

 

El suicidio genera una especie de contagio. La gran mayoría de los que llegan a cumplir su propósito viven en un ambiente familiar trágico en el cual abundan esos hechos.

 

Cometieron suicidio, entre muchos otros, Virginia Woolf, Hemingway, Stefan Zweig, Koestler, Yukio Mishima, Sándor Márai, Primo Levi, Emilio Salgari…

En el libro Escritores suicidas, Pere Rojo cita los métodos usados por cada uno de ellos para cumplir con su cometido; en ciertos casos son espectaculares. Yukio Mishima usó el método de seppuku (semejante al harakiri). Emilio Salgari se suicidó también así, después de dos anteriores fracasos. Cuando la causa del suicidio es una enfermedad terminal Pere Rojo lo considera eutanasia.

 

Finalizando esta breve reseña recuerdo a cuatro escritores sudamericanos que eligieron diversos modos para cumplir con su propósito.

 

Horacio Quiroga (uruguayo), siguiendo el ejemplo de su maestro Edgar Allan Poe, teorizó sobre el texto corto y resumió sus ideas en el “Decálogo del perfecto cuentista”. Sus cuentos son de extrema perfección. Su familia parecía ser perseguida por la tragedia. El continuo acoso de dificultades económicas, matrimonios conflictivos, experiencias con el hachís y el frecuente suicidio de los familiares se reflejan en su obra.
En 1937 ingiere cianuro poco después de saber que padecía de un mal incurable.

Un año más tarde, Leopoldo Lugones, que era su amigo y admirador, se quita la vida con whisky y cianuro. Una grave depresión lo condujo a realizar este acto; los motivos fueron probablemente la frustración política y el fin de una apasionada relación sentimental.

Los últimos años de la vida de Alejandra Pizarnik estuvieron marcados por serias crisis depresivas que la llevaron a intentar el suicidio en varias ocasiones.

A los 36 años Alejandra Pizarnik ya estaba en un hospital psiquiátrico de Buenos Aires cuando se quitó la vida (1972). Ingirió cincuenta pastillas de un barbitúrico en un fin de semana en el que había obtenido un permiso para salir del hospital. Sus poemas giran sobre la temática del miedo y del paso del tiempo. Ese miedo lo siente como una verdadera tenaza que anula la voluntad. La soledad, la nostalgia y la noche impregnan su poesía. “Alejandra Pizarnik no pudo sobrellevar el cotidiano acto de vivir”.

Afectada de un mal incurable, pocos días antes de cometer suicidio Alfonsina Storni envía al diario La Nación de Buenos Aires el poema “Voy a dormir”, en el cual era claro el preaviso de su intención. La Storni eligió el camino del agua. Seguramente hubiera sido más fácil recurrir a la muerte placentera optando por barbitúricos o por el alcohol, pero en Mar del Plata, en 1938, Alfonsina eligió un camino de arena, musgo y algas por el cual se sintió siempre fatalmente atraída.

Voy a dormir

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste:
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes…
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides… Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido…

Yvette Schryer
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