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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Morirse de a poquito

viernes 1 de octubre de 2021
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Se había hartado de la lástima que su condición podía generar en los demás, y siempre supo que para eso tenía a su familia. Los suyos estaban ahí para consentirla, protegerla, esconderla de todos. Se lo contó a Patricio aquella tarde junto al lago a donde habían ido a caminar antes que él entrara a la estación de radio. La güera creyó que Patricio tampoco la complacería. Hombre al fin, pensaba, en lo único que está interesado es en satisfacer su deseo sexual. Los conozco, los veo babear siempre por mis fotos.

Patricio no sería diferente, menos cuando siempre dejaba en claro que había sido la güera quien lo había buscado. Ella fue quien abrió las comunicaciones entre ellos, la que decidió que tenía que verse con ese locutor y hablar de frente, fuera de las llamadas que le hacía durante el programa, como otra docena de personas. Pero esa tarde frente al lago, ella se dejó besar y acariciar los muslos. Y entonces lo supo. Se dio cuenta de que no quería verlo otra vez.

Aquella plática donde le preguntó a Patricio si estaba dispuesto a embarazarla ya no tenía razón de ser, porque ella terminaría sola su paso por esta vida. Patricio era como todos. Era peor porque no hacía nada por consolarla, por consentirla, por estar ahí cuando ella lo necesitara. Incluso tuvo que pedirle, casi exigirle que se saliera de la oficina para llamarle, porque ella necesitaba de eso, que él estuviera siempre para escucharla. Le exigió que le diera Me gusta a uno de sus autorretratos en las redes sociales. “¿Por qué el afán? Tienes muchos admiradores que ya interactuaron con tu foto”. Y ella respingó: “Pero eres tú el único al que se lo he pedido”. Patricio era consciente de que aquello tampoco tenía por qué ser verdad. Pero decidió ceder, al final ella tenía razón: se lo había pedido. “No voy a donde no me invitan”, recordó, y entendió que no violaba de ninguna manera sus propios principios.

A la güera ya no le importaba que aquel novio hubiera construido la casa de sus sueños para luego de la ceremonia por la iglesia cargarla y conducirla a su nuevo Reino.

La güera se presentía necesaria para el amor, o para aquello que ella dilucidaba como tal emoción. Lo cierto es que la mirada nocturna de la muerte que siempre le acechaba no le permitía la ensoñación, ¿para qué?, era la pregunta que siempre se hacía. Para qué insistir en un amor, para qué soportar el enojo de todo chico, o preocuparse por consentir a uno solo si podía consentir a todo aquel que ella quisiera; al final iba a morir joven, y no podría siquiera disfrutar de una relación larga. “Te gustaría que yo saliera con él; eso me estás diciendo, dices que no te importa”, le reclamaba la güera una de tantas veces. Patricio sólo atinaba a responder. “Harás lo que tengas que hacer”.

—Entonces no te importa. Claro que saldré con él, si me da la gana. Incluso me voy a meter a bañar ya, porque debe pasar por mí en una hora. ¡Adiós!

A la güera ya no le importaba que aquel novio hubiera construido la casa de sus sueños para luego de la ceremonia por la iglesia cargarla y conducirla a su nuevo Reino. No se dio la oportunidad, no quiso ser ella la que consintiera en algo por lo cual ya se había aburrido. Y le había dicho un día a su padre: “Terminé con él, no quiero que lo dejes venir a verme más”. Y qué otra cosa podría hacer un padre más que obedecer los caprichos de la hija. Los gastos los había generado aquel hombre dieciséis años mayor que la güera, “el que quiere un pedazo de cielo tiene que gastar una fortuna en bendiciones”, decían la familia y las buenas costumbres. Y la güera se quedó en su cuarto sonriente por la travesura. “¡A qué lidiar con esos hombres, si no hacen lo que yo deseo! Pronto ya no estaré en este mundo. O se hace lo que yo digo, o me aburriré hasta morir”.

Luego llegó aquel joven cocinero que tanto la había cortejado con pedazos de pastel y nuevas recetas cada vez que podía, que terminaron fascinando a toda la familia. Tenía las puertas abiertas, llegaba y todos los integrantes de la familia se sentaban a la mesa sonrientes, en esa escenografía rutilante para que la güera sólo tuviera que bajar de su encierro, si estaba de ánimo, y escuchar: ¡Mira lo que ha cocinado Marquito, se ve delicioso, ven a probar!; pero la güera sin poderlo resistir terminaba vomitando aquellos ácidos que le iban despedazando el estómago.

¡Miren lo que han hecho!, gritaba, envuelta en esa desesperación por huir de aquella escena, y correr al baño a meter su delgadez bajo la regadera; mientras la familia y el hábil cocinero se quedaban ensimismados masticando la tristeza de ver a la pequeña despedazarse en las emociones.

Todo era un sueño fallido y no era posible imaginar mayor final que el de la mortaja: “¿Me extrañarás cuando ya no esté?”, le había preguntado a Patricio luego de hablar del nombre de la hija que le gustaría tener con él; le había preguntado, y esperaba una respuesta que le dibujara una sonrisa. Pero aquel hombre no era nada complaciente: “Claro que no, para qué”, le había dicho, y remató: “Nadie te extrañará más de dos horas, dijo el poeta”; la güera no podía dar crédito a semejante respuesta idiota. “Mi madre me extrañará siempre”.

—Eso crees tú. La verdad es que no hay forma de que puedas saberlo. Ya no estarás.

—Tú no tienes idea de lo que es una familia unida. No tienes idea de lo que es el amor puro.

Pero los días aciagos terminaron por pasar de largo. La güera recuperó sus formas, aumentó de peso, aquella sombra mortal había decido abandonarla tal cual había decidido alguna vez aparecer. O eso esperaban todos. Lo que no había cambiado, sino que se había instaurado cada vez con mayor firmeza en su mente, era esa actitud frente a la vida, una construcción mental rayante en la soberbia. Su cuarto se había vuelto la guarida, mucho más que un refugio, era la adorada prisión, el sitio donde la reina podría hacer lo que quisiera, donde todos aspiraban alguna vez llegar a ella, y quienes lo tenían permitido se desvivían por cuidarla. Si tenía que morir joven, tenía que hacerlo también siendo el objeto del deseo de muchos. Estaba dispuesta a divertirse, para escapar a esa frustración de enfermedad a la que estaba condenada.

Patricio entendía a la güera y sus acciones, su forma de encarar la vida, su idea de la travesura sobre la emoción de los demás, su mandar al diablo al cocinero, y escribirle después: “¡Hola!, invítame a cenar”, cuando más le convenía, cuando quería salir un poco de aquel aburrimiento en que las tardes querían sitiarla. Por qué no apurarle un beso, si se presentaba la ocasión. Pero para todo lo demás, no era necesaria su cercanía. Mucho menos para hablarse de amor. Y se lo contaba a Patricio, ya entrada la madrugada: “¿Qué estás haciendo? Se enojó mi cocinero. ¿Puedes creerlo? Sólo porque me escribía y yo me reía de él, le contestaba mensajitos de risa, y eso terminó por enojarlo”.

La güera tuvo que reaccionar: ¡Al carajo!, fueron las palabras que aparecieron en la pantalla del móvil, y después un silencio, la foto de perfil de la güera ya no estaba.

Claro que podía creerlo. Patricio no era ningún estúpido, y hasta llegaba a sentir lástima de aquel chico. Formaba parte de aquel juego, que podría parecernos grotesco a muchos, pero Patricio hacía de tripas corazón, y la escuchaba. A ratos se carcajeaba por las actitudes de la güera: “Pareces una preparatoriana de veintitantos, que sigue viviendo bajo el techo de sus padres, como un parásito. Hace años te graduaste y prefieres la comodidad y el confort de que tus padres se encarguen de resolverte todos los problemas domésticos; no son una familia unida, más bien parecen un par de alcahuetes que no quieren dejarte ir y ser adulto”; le dijo en una ocasión, cuando sintió lástima por aquel cocinero.

La güera tuvo que reaccionar: ¡Al carajo!, fueron las palabras que aparecieron en la pantalla del móvil, y después un silencio, la foto de perfil de la güera ya no estaba en la aplicación que se mantenía abierta irradiando su luz sobre el rostro de Patricio, para demostrar que no podía haber réplica, ella lo había bloqueado. La comunicación se dio por terminada, y ella dijo la última palabra —como la güera gustaba, era parte del montaje al que todos debían acostumbrarse—, y Patricio no pudo más que sonreír: ¡Increíble! Constató en sus redes sociales, y lo mismo, no había rastro de la güera, había desaparecido, tal como meses antes, con el invierno empezando, decidió meterse a su vida. Ahora hacía su salida triunfal. ¡Al carajo! Los malditos berrinches, se dijo Patricio mientras le intentaba marcar al móvil, para escuchar los tonos alargarse sin ser atendidos. ¡Vaya pues con los caprichos de la nena!

La güera murió el siguiente 15 de mayo. El silencio en que sumió su relación con Patricio se convirtió en una grita inabarcable sobre el papel, recuerdos de letras sobre las hojas que cada noche aleteaban en la mente del locutor, y no había más opción que seguir escribiéndola. La güera ahora lo acompañaba. Fueron los padres de la güera los que se acercaron a verlo una noche a la estación de radio. “¿Qué le hiciste? Nuestra hija siempre escuchaba tu programa. Cerró los ojos gritando tu nombre: ¡Te equivocas! ¡No sabes nada del amor puro! Claro que me recordarán. Claro que tú me recordarás, decía sin poder conciliar el sueño”.

Patricio no respondió. Vio a los padres de la güera alejarse en la noche neblinosa. Ella se quedó junto a él, sonriente, triunfal: “¡Te lo dije!”, el viento corrió sobre su nuca. El fantasma de la güera se quedó para hacerle entender que Ella sería inmortal. Que justo era todo lo contrario. “¡Jamás vas a olvidarme! ¡Ya verás que no!”. Y Patricio vive en el insomnio, escribiendo siempre, mientras la música se esparce por toda la ciudad, en esas noches en que, lo sabe, la güera lo acompaña a través de las horas, y va muriendo de a poquito con ella, con esa memoria que cada día lo cubre más y más.

Adán Echeverría
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