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Escolopendra

martes 16 de noviembre de 2021

Sólo éramos Alicia y yo separados por la delgadez de la madera. Yo junto a la puerta del baño, atrapado en la rendija donde filtra esa luminosidad. En la nariz el olor de la piel húmeda. En la piel las astillas del temor a ser descubierto. Una hoguera se iba gestando en el vientre, un estallido de los capilares en los labios, en la punta de los dedos, en los ojos.

Y acá está desnuda de nuevo, inmersa en la boca abierta del silencio, calladita e inmóvil sobre la plancha metálica. Sólo es el azul de sus labios, los moretones y los coágulos cubriendo algunos centímetros de piel. Hace frío en la habitación, miro la sequedad de sus células.

Apenas me avisaron recorrí las calles de la ciudad rumbo a la morgue, con el escozor en las venas, cual si el tiempo se comprimiera al romper los espejos de la mente, y es ahí donde vuelvo a mirar aquel animalejo que subía por las paredes, sus patas me recorren otra vez la espalda y pienso en la lengua de Alicia ensalivando mis axilas.

Con los minutos descolgándose del reloj de la pared, iba una escolopendra por la verticalidad del muro, ajustando sus articulaciones, goteando su ponzoña sobre las losetas del suelo mientras mis piernas permanecían atrapadas, como si estuvieran contagiadas del veneno del bicho que caminaba por el muro, junto a la puerta, junto a mí, y yo entumido e inmóvil recargado en el deseo, observando a Alicia desvestirse.

—Es ella.

La cubierta de sequedad arcaica, las líneas inexactas de las circunvoluciones, eran lo único que me separaba de Alicia.

El agente del ministerio público sostiene la blanca sábana con que le cubrían el rostro. La médico forense, con su bata clínica y sus delgados dedos cubiertos de látex, va mostrándome las heridas y los moretones en el cuerpo de mi prima. Los costados han sido desgarrados, a lo mejor por animales de rapiña que abundan en los basureros donde encontraron el cadáver. Tiene piquetes de insecto en toda la espalda y en los muslos. Me fijo en los dedos de la médico, en el color café obscuro de sus uñas, en la delgadez de su muñeca, tiene el pelo recogido, el cuello alargado, los pómulos realzados y las cejas bien cuidadas.

Detrás de la bruma, miro cada movimiento cuando me acerqué al lugar exacto, esa aspereza de la puerta del baño, puedo sentirla aún: la cubierta de sequedad arcaica, las líneas inexactas de las circunvoluciones, eran lo único que me separaba de Alicia. El obstáculo que detenía mis impulsos de niño que abría los ojos ante la humedad del sexo. Mis trece años dominando el tumbo de mi corazón, las venas quemando las entrañas.

La tarde que me atreví a espiarla había llovido, la humedad se sentía en las paredes y una brisa fresca entraba por los resquicios de las ventanas. Mi abuela había salido como siempre a alguno de esos rezos vespertinos en que las ancianas se entretienen. El cielo mantenía su negrura amenazante; yo me hacía tonto mirando el techo y descubrí la escolopendra caminando por los rincones de la casa. La humedad la había hecho salir de su escondrijo a recorrer el techo y las paredes, dispuesta a la cacería. La capturé y evitando la mordida la introduje en un frasco de cristal.

Cuando salí de la morgue, llevé conmigo el collar que de niño le había regalado a Alicia. Era el artrópodo de la niñez dentro de un cubo de cera. Igual he guardado el número de teléfono de la médico forense, su letra limpia y ágil me dan esperanza. Su risa se había destartalado cuando se dio cuenta de que le coqueteaba.

—Llegó hace tres días, pero fui posponiendo la cita para verla —explicaba mientras me entregaban sus pertenencias. Había sido asesinada como otras tantas mujeres, se haría la investigación con todos los tiempos y deficiencias que eso implica.

Cuando Alicia se metió al baño supe que era el momento de aprovechar para correr a sus cajones y hurgar entre su ropa interior para encontrar la imaginaria de sus olores. Hasta aquel momento me conformaba sólo con esto. Pero esa tarde la oscuridad del cuarto me permitió darme cuenta de que, por las ranuras de la raída puerta, la luz filtraba. Escuché el agua de la regadera.

Ahí estaba yo, junto a la puerta, mirando la transfiguración de todos mis sentidos, encandilado por la luz como un insecto, dejé el frasco con la escolopendra en el suelo e introduje la vista. Alicia se pasaba el jabón por las piernas, subiendo sobre los muslos, y haciendo crecer la espuma sobre la vellosidad del pubis.

Mis manos quedaron pegadas a la puerta y la pupila creció, como si se tratase de esos juguetes de esponja que vienen comprimidos dentro de un huevito de plástico, y aumentan su tamaño cuando les echas agua.

Ella cerró la llave de la regadera, salió a escurrirse, y cuando quedó frente a mí, vi cómo la toalla corría sobre sus pechos redondos y relucientes; la tela iba arrancando las gotas, como la lengua de algún monstruo que la paladeaba, se cerraba alrededor de su talle y se abría de nuevo girando sobre la cadera, enredándose al cabello que le continuaba goteando la espalda.

Alicia dio un paso enfrentando mi respiración; se acercó a la puerta, y las piernas se me hicieron una masa gelatinosa por el calor que me envolvía.

Desde entonces comenzó a meterse a mi cuarto tumbándose en la cama para quedarnos mirando el techo, y le enseñé mis juguetes con los que torturaba insectos y otras alimañas.

Fue cuando sentí la herida en la pantorrilla, grité y Alicia me descubrió, el bicho sintiéndose libre me había hundido sus quelas. Con un manotazo me lo arranqué, no me dio tiempo de meterlo al frasco, y corrí hacia mi casa.

—Yo avisaré a sus padres —le había dicho a la médico forense mientras firmaba los papeles que daban constancia de su identidad, y tuve oportunidad de rozarle la mano; ella me lanzó una mirada invitadora. Quedamos de ir a cenar. Bajo la bata clínica me he percatado de sus diminutos senos y no pude resistir, de nuevo, la tentación.

Ardiendo en calentura me visitó Alicia en mi cuarto. El veneno del artrópodo me dejó indefenso. Mi prima me había traído el animal dentro del frasco, remojado en alcohol.

Desde entonces comenzó a meterse a mi cuarto tumbándose en la cama para quedarnos mirando el techo, y le enseñé mis juguetes con los que torturaba insectos y otras alimañas. Pusimos el frasco con la escolopendra enfrente de la cama, y Alicia me enseñó a recorrer su cuerpo: primero a mordiditas, y luego sorbo a sorbo hasta quitarnos el aliento.

Me acostumbré a esa mágica furia con que supo atrapar mi lengua.

Yo le presumía mis aficiones de diversión con toda esa fauna rastrera que la gente odia, y son parte de mí. Comenzó a ayudarme a alimentar tarántulas, a ver cómo los alacranes sujetan a los grillos para devorarlos; toda esa violencia depredador-presa nos excitaba hasta el orgasmo. Llegamos a cazar escolopendras para dejarlas caminar sobre la cama mientras enredábamos la piel. Nos acostumbramos a su ponzoña.

Por eso le regalé el collar. Había enrollado la escolopendra como un caracol, y lo cubrí con cera líquida que al enfriarse formó un cubo sólido, hice unos cortes con un micrótomo, luego lo guardé en un relicario que robé en una iglesia, le crucé una cadena de plata que era de mi madre, y lo colgué a su cuello, para que cayera entre sus enormes pechos, hasta que llegara el momento de olvidarnos. Y supe que, a pesar de los años que me llevaba, por más que quisiera, no podría arrancármela de encima.

—Quiero pasar contigo las vacaciones —había dicho por teléfono. Pero no pude reunirme con ella hasta que la policía vino por mí. Encontraron su teléfono portátil con la última llamada a mi número. Su cadáver tirado en la basura.

Camino por el interior de este parque con el collar de Alicia entre los dedos. Puedo ver la rigidez del miriápodo dentro de la cera. La sequedad de mi prima en la memoria, sobre la plancha metálica, sin más gritos de dolor y sangre escurriendo.

Al anochecer pasaré por la médico forense para ir a cenar. He atrapado algunos alacranes para divertirnos.

Adán Echeverría