“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Ella primero

viernes 24 de junio de 2022

Cuando nos enteramos rogamos que muriera ella primero y no papá. No porque ella padeciera alguna enfermedad terrible. Todo lo contrario. Cumplidas las noventas vuelta al sol, transitó suave la covid-19, sin fiebres ni asfixias.

Entre sus contertulios de corazón en un soplo y bronquios crujientes, ella adjudica su buena salud a la pisca con su trozo de queso ahumado y el huevito de las picatierras naufragando crudo en el caldo, a las papitas suaves como mantequilla, a la leche recién ordeñada y al aroma a ajos y cilantro fresco de su Boconó natal.

Tampoco eran urgencias por heredades jugosas el motivo por el que le invocábamos a la pelona. Si bien teníamos unos tatarabuelos que cambiando conchitas de cauris por esclavos africanos hicieron grandes fortunas, de esos remotos saqueos no nos llegó ni un doblón.

Que no. Que madre es madre aunque tenga cochochos.

Menos se piense que tal deseo indigno se cociera entre resentimientos añejados desde la infancia, riquísima en silencios extendidos como tragavenados, en plantones perpetuos frente al rincón del que llegas a conocer la vida a cada arañita, pelusa, rasguño del friso; en palizas a lo maldita sea, en culpabilidades fantasmagóricas como para flashback cinematográfico… Que no. Que madre es madre aunque tenga cochochos.

Por ello, preferimos siempre pasar, ensayando estrategias para esquivarle desde un bofetón, hasta la solución final cuya sola mención nos aterraba: enviarnos a ese destino de códigos ininteligibles llamado internado.

Cosa, por cierto, que sí le ocurrió a Juan, el chico mayor del vecindario al que volvimos a ver de a raticos por las vacaciones, cuando lo soltaban y nos actualizaba en un mundo no imaginado, abrumándonos con la descripción minuciosa de los carros regalados por los papás a sus nuevos amigos del San José, en los que junto a ellos paseaba por un sitio llamado Elestedecaracas.

—Ustedes ni idea de rumba y mujeres bien buenas, no estas vainas

Así nos decía Juan con su lengua ya sin miedo a los correazos: mu-je-res y estas vainas.

A cada uno de sus breves regresos más peludo y experto en algo. Adorado por nosotros pero ya lejano. Petulante como nada más un adolescente muy sobrado.

Hasta las mamás decir la droga, muy bajito, y que en una última llamada le gritó al papá: si eres tan valiente ven a buscarme, CDM, ven donde ahora estoy para devolverte cada golpe.

Así lo contaban ellas, porque las mamás de antes no usaban groserías, nombrando sólo las iniciales Ce.De.Eme. del coñodemadre.

Además contaban, muy tristes, porque todas las mamás de antes eran sensibles, casi todas en verdad, que ya ellas ni la reconocían a doña Nubia de tan vieja de repente, con ese ojo que nosotros espiábamos detrás de sus lentes de sol volteado hacia el cielo como el ojo gigantesco de una monstrua, por un único puñetazo del señor Miguel al atreverse a defender a su muchacho.

Como sólo una madre… finalizaban ellas susurrantes.

Conclusión, lo teníamos muy claro: resistir. Y siempre sonreírle a papá no se fuera a marchar sin más, y mamá, que era el señor Miguel de nuestra casa número 10, cuarta transversal de la urbanización Los Lirios, no nos fuera a lo peor. Por decir, a lanzarnos a puntapiés en vueltas de carnero por las escaleras.

Muchos dientes perdió mi hermano, nunca jamás hallados por más escarbadera en la nieve vomitada desde la lavadora.

Que contra ella ni pensar en el uno para todos y todos para uno. Que se le iban los tiempos a mamá muy similar al marido de doña Nubia cuando enmudecía al vecindario machacando cráneos y tronando puertas. Que muchos dientes perdió mi hermano, nunca jamás hallados por más escarbadera en la nieve vomitada desde la lavadora, convencidos hasta el pavor de que se le desbarrancaban garganta abajo por las tripas huecas y rosadas como las de los pollos, abriéndole agujeros por donde a mi hermano se le saldrían el repollo de la ensalada, las tajadas, los garbanzos, el pupú y quién sabe si hasta el mismísimo estómago, ese mismo estómago dibujado en nuestros cuadernos de biología como un grano de frijol rosado gigante con tubería de entrada y de salida.

Que bastante tuve yo al estrenar la correa de cuero de res cortada por mi abuelo con su navajita prodigiosa en tiras finiticas, como largas agujas para tatuar dispuestas a pegarse a espaldas y piernas y a engordar idénticas a sanguijuelas, por no atreverme en esa Navidad a ocupar mi lugar en el pesebre de la escuela vistiendo un disfraz lanudo al que ella terminó de bordarle a mano, a-no-che, sin-pe-gar-o-jo, las orejas de oveja más envidiables de todos los establos de la ciudad. ¡Díganmeahorasiesteniñonomereceuncastigo!

Sonreírle a papá, no se nos fuera a la calle de nuevo, como le veíamos las ganas cuando llegaba del trabajo y saludaba y no había respuesta, pues por más que ya llevábamos la cuenta desde el martes de silencio, miércoles de silencio, jueves día de deportes y de silencio, viernes, de silencio, sábado de ir muy temprano al mercado municipal a ayudar a cargar las bolsas de yute en la carrucha de Conejo y a tomarnos la chicha de arroz de Francisco, igualitos a la tribu de los comeguayabas decía papá, uno detrás del otro sin hablar, hasta el domingo, de silencio, y de sentarnos una horita en la acera de los González, único lugar permitido porque era un excelente ángulo de escucha y acecho, aún faltaban muchos días para completar las tres semanas de mutismo intrafamiliar estipuladas.

Entonces cada tarde él se iba al jardín mirándonos de lejos, muy serio pero no bravo, de eso estábamos seguros; como a punto de improvisarnos una nueva cabriola de esas comiquísimas en el par de patines que trajo a escondidas, o de construirnos otra jaula inmensa para que un nuevo casal de conejos comenzara a echar de su cajita como del sombrero de un mago caído en un rincón, sombrero de mago pero no redondo sino cuadrado, un tropel de gazapitos de policromía imposible; o de invitarnos a pintar las paredes del anexo-casa de muñecas, fabricado por el señor Armando, con su cocinita y su baño, su batea para lavar y su alfombra de bienvenidos, para traer a vivir a casa a la abuela Elena y su soledad, su baúl cargado de penny dolls y sus borrosos almanaques con grabados de mujercitas empijamadas, sus maceteros con malangas, rudas, calas rojas, madreselvas blancas y amarillas y cestitas de florecitas enceradas para, finalmente, al cabo de dos días, o ella o yo; o de dejarnos entre nuestras seis manos suaves como su lomo, por una semana inolvidable, la negrura asombrosa de una cachorra de pastor; o de llevarnos al patio a sembrar cinco granitos de maíz apenas comenzaban las lluvias, dos para los bachacos que vamos a echarle tierrita en los ojos a estos zánganos, a ver si nos dejan crecer las tres maticas restantes, a poco ya empinadas, fascinantes con sus mazorcas y el sonido de la brisa entre las hojas cortantes hasta el arcoíris, hasta donde él nos dejaba levantar el poderoso chorro de la manguera, un poquito más arriba pá, hasta el sol ¿sí?

Sonreírle siempre, como si sus ojos también estuvieran en su espalda calientita y fuerte y desde allí nos siguieran mirando mientras bajaba los escalones y cerraba con mucho cuidado la verja, a la espera de la hora de dormir. Sonreírle mientras lo imaginábamos cambiando a paladas la tierra oscura y perfumada en la que se retorcían disgustadas las lombrices, del lado donde la dejara la tarde anterior para colocarla en donde lo esperaría al día siguiente.

Hincados al borde de nuestras camas, los treinta pequeños dedos entrelazados como jugando a la candelita tras un deseo inalcanzable.

Y mis hermanos y yo sin poder acercarnos a decirle, por ejemplo, que durante el día un escarabajo oscuro y brillante, tan grande como tres veces la cáscara de una nuez, había rodado con sus patas pinchosas una pelotita de algo hasta la misma pata de su mata de lima y ahí la había enterrado. Podíamos, podíamos contarle, no era nada difícil, pero siempre antes debíamos arreglar los bultos con los cuadernos para el otro día, y ordenar el uniforme, y embetunar los zapatos, y luego cepillarse los dientes, y rezar el Padrenuestro ¿estás en los Cielos? Dios te Salve María llena eres de Gloria. Santa María Madre de Dios, ruega por ella y por nosotros los pecadores. Hincados al borde de nuestras camas, los treinta pequeños dedos entrelazados como jugando a la candelita tras un deseo inalcanzable.

Que ya no hay tiempo: su papá quiere descansar.

Y luego nosotros tres solos con nosotros y un único pensamiento: que no lloviera esa noche porque desde el patio entrarían por la ventana, más atrás del trueno, los relámpagos igual a flechas veloces, y se instalarían encima del antiguo escaparate a bailar en los ojos de vidrio del gato siamés regalo de la tía un diciembre.

Y después cada uno sudando bajo su cobija con el Cristóbal Colón bordado con seda en la etiqueta. Colón, el mismo hombrecito en falda cuadrada pero sin faralaos ni lunares, pelo largo y cruz clavada en el piso, que dibujábamos todos los años en la escuela luchando por ponerle unos ojos, boca y nariz que nadie, nadie conocía, y la pierna derecha siempre más larga que la izquierda para podérsela doblar e hincarle la rodilla en una playa sin olas ni espuma, de azules marinos o celestes medio dudosos, dependiendo de si la caja de creyones era de Prismacolores de punta cremosa, comprados en la librería Lido ubicada cerca de la plaza Guaicaipuro o en la Librolandia bajadita de La Lucha al lado de la heladería, o si era la caja con los seis lapicitos majunches de la quincalla de El Mocho, mezquinos y resecos como viejitas solas y malintencionadas.

Cobija de la que no levantaríamos sino el ladito justo para dejarle entrada a un poquito de aire y no morirnos asfixiados, para no ver el rayo en aquellos ojos transparentes mirándonos pavorosos desde las alturas del armario; sin atreverme yo a lloriquear a ver si a ella le llegaba la señal de que estábamos a punto de morir electrocutados como el esposo de la mejor amiga de nuestra tía la del gato, que se subió a trabajar en un poste de la compañía de la luz eléctrica y una centella lo dejó ahí pegado en la cesta como un chicharrón chiquitico y quemado, y eso fue lo que la amiga fue a ver con los bomberos y supieron los hijos de su papá.

Y amanecer trasnochados sin remedio y levantarnos de la cama flotando como zombis rumbo a caminar las diez cuadras hasta la escuela, primera estación la bodega del portu Manuel, segunda estación la casa con el jazmín Falcón de la señora Contreras colgando como un sol desde el balcón, en la mano de cada uno el bulto de siete letras repujadas E-S-C-O-L-A-R, con sus hebillas de bronce bien enlazadas con las correas y dentro, igual a todos los días, la arepa de masa untada de margarina, fría, dura como una penitencia para comer en el recreo de dos horas más tarde mientras todos los del salón, hasta las meonas Aguerrevere, día sí día no podían desayunar una empanada perfumada de comino y canela, rellena con misteriosos guisos escurridizos que a nosotros nos sacaba la saliva y ponía los ojos puyudos; o una inmensa y anhelada tunja, tunja, tunja, esponja-pan dorada con coronita de azúcar que apenas valía un medio, un cuarto de bolívar, deshecha en cintas de masa entre los dedos olorosos a la punta recién sacada de un lápiz, ambas meriendas absolutamente prohibidas tras cuyos misterios se perdían paladeando nuestras conjeturas.

 


 

Que así tuviera cochochos esperaríamos por ella lo que fuera.

 


 

Viéndola desde aquí como una hormiguita, buscando acomodo a sus orquídeas entre los brazos antiguos de la rosa de montaña.

Y aquí estamos, los tres sentados en la sala, dándole vueltas al medio siglo y a unas cervecitas bien frías. Sin una idea de cómo terminará todo esto luego de saber lo que ya sabemos; viéndola desde aquí como una hormiguita, buscando acomodo a sus orquídeas entre los brazos antiguos de la rosa de montaña; atenta al movimiento en desarrollo o reversa de cada hoja de sus plantas; de la equidistancia con respecto a los cuatro puntos cardinales de cada silla de su casa, de cada marmita, plato, cucharilla, gabinete, par de zapatos, puerta que se abre o cierra; de cada uno de los vecinos y parientes, de nosotros, de las tres nueras y los cinco nietos.

Y del marido oscilando en la mecedora del corredor mientras pasa con parsimonia las páginas de un libro, alternándolas con las únicas interrupciones a su biorritmo: las horas de meter los pies bajo la mesa del comedor, como llama a las horas del desayuno y el almuerzo, o de irse a dormir sin muchos aspavientos, sin pensar ni remotamente ¿o sí? en la posibilidad de que él muera primero y entonces nos quedemos sin palabras para explicar, cuando lo llevemos a enterrar al panteón encargado entre ambos para sólo ellos dos, de quién es el cadáver de la mujer que reposa en ese lugar bajo una lápida grabada con los dos nombres y los dos apellidos idénticos a los de ella.

María Isabel Briceño Armas
Últimas entradas de María Isabel Briceño Armas (ver todo)