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A través del insomnio

martes 23 de mayo de 2023
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Mucho hay que decir respecto de las relaciones pasadas. De las que con mucho trabajo saliste, lleno de raspones, o de las que no saliste sino fuiste hecho a un lado con un “¡Al carajo!” y el bloqueo de toda posibilidad de comunicación. Queridos radioescuchas que gustan trasnocharse conmigo, es necesario saber que nos afirmamos en el otro. Somos el otro que nos da forma con el paso de los días, los fluidos, las palabras. Si no prestamos atención, si no paramos las orejitas y ponemos cuidado en observar cómo va sucediendo todo, de pronto poco quedará de nosotros, de lo que fuimos al nacer, de lo que hicieron nuestros padres con nuestra infancia, nuestra sufrida adolescencia, esos terribles abandonos (¿los recuerdan, los sintieron?), nuestra primera juventud, aquellos maestros con los que discutimos, o aquellos en los que alguna vez pudimos confiar, todos esos adultos que se encargaron de irnos formando. El tiempo nos hará mutar hacia algo que los demás aprecien, que apenas los deje satisfechos de a ratos. La pasión, el enamoramiento, el despunte bárbaro de las hormonas, forjará nuestro carácter, enfrentándonos a las estructuras que nos limitan, rechazándolas o intentando hacerlas a un lado.

¡A veces, y estoy convencido de esto, lo mejor es romper las ataduras, negar todo aquello que nos han querido imponer, aunque nos lo impongan con cariñitos! Porque existen procesos en que nuestra fragilidad hace que los padres jamás se cansen de consentirnos, esas enfermedades que nos astillan el cuerpo o la mente, o ambos, y que les impide reprendernos, castigarnos, protegiéndonos del mundo hasta la alcahuetería.

¡Nos miran débiles! Creando en nosotros el triste espectáculo del consentimiento, hasta que ya no podemos más que asumir que merecemos el mismo trato sumiso, amigable, de parte de todos los demás, de los que nos rodean o con quienes topamos en nuestro devenir, y, queridos compañeros radioescuchas, ustedes que todas las noches atraviesan el insomnio conmigo, sabemos (no me dejen mentir, por favor) que eso no permitirá nuestro sano desarrollo social, porque los otros nada tienen que ver con nuestra forma de entender la vida, los demás no están ahí para hacernos favores ni dulzuras.

Al contrario, en las cuestiones del amor todo es cacería, todo se trata de obtener, de sacar ventaja; ya lo dijo Houellebecq: el amor es un campo de batalla (la verdad no sé si esa es una frase del escritor francés, pero ahí ha dejado la idea); lo nuestro es aquello de mentir para obtener lo que queremos. Los otros quieren derrotarnos, utilizarnos para saciar sus instintos con nuestros cuerpos, saberse completos utilizándonos; todos lo hacen, los desconocidos y los muy cercanos, eso incluye también a todas las parejas que tengamos a lo largo de nuestra historia. ¿Me lo podrán negar? ¿Se atreverán a no estar de acuerdo conmigo?

¿Les ha pasado? ¡Díganme, llámenme al 646… y díganme si eventos como el que ahora les narro les han pasado!

¿Acaso somos tan inocentes aún para creer que, en una historia de amor, no nos impulsa el ego? El vivir en un mundo de ponys y unicornios, llenos de arcoíris, familias idealizadas, núcleos familiares unidos, como si camináramos en la portada de esas revistas Atalaya, ¿acaso creemos, al crecer, que así será la vida? “¡Me mentiste, Wang Fo: la vida no es como tú me la has pintado!”, dice Yourcenar. Sabemos que la vida es puerca, que el diablo es listo y está siempre hablándonos al oído para que brinquemos al acantilado. “Mi papá ama a mi mamá; jamás los he visto discutir, y todo es alegría en nuestra casa”, y con esa mentira, en ese constructo, nos hacen creer que podemos buscar a diferentes personas para hablarles de amor: “Te llamo porque me gustas, y me di cuenta de que tenía que decírtelo”, para luego agregar: “Toma en cuenta que me fastidio rápido de las relaciones de pareja. No suelo enamorarme”, y lo dicen como si fuera un tipo de advertencia. ¿Les ha pasado? ¡Díganme, llámenme al 646… y díganme si eventos como el que ahora les narro les han pasado!

Patricio apagó el micro y dejó entrar la canción: “Voy buscando el signo de tu piel / voy volando, creciendo en tu interior / voy golpeando la luna de tus pies. // Ignorando que quieras complacer / voy ardiendo mis labios junto a ti / y mi boca que devora tu interior.”

Se recostó un poco en el asiento, levantó los pies y los puso sobre la mesa que soportaba la consola. Miró los plafones grises del techo. El letrero de letras de luces rojas que decía AL AIRE se repetía en los diferentes cristales que rodeaban la cabina donde ahora se encontraba. En su mente permanecía Nora. Su voz. Sus palabras: “No todas las relaciones están destinadas al fracaso”.

Tenía que tragarse el cuento. Todos los días llamaban. Lo hacían ellas y ellos igual. Su pensamiento viajó hasta los labios de Nora. Los ojos de Nora. Las palabras de Nora que le hacían darse cuenta de lo poco que le creía, lo mucho que le disgustaba su actitud ante la vida, ante lo que Patricio denominaba: los otros, las otras. “No todo se trata de las mujeres y los hombres que te llaman a la estación. ¿No crees que al hacerlo ya están fingiendo? Sólo buscan atención, pero no tuya, sino de la voz que sale de su radio, aquel desconocido”.

Esa era una posibilidad, tenía sentido. Necesitaban sentirse los interesantes. Valientes seres que somos los humanos.

Ustedes, como yo, lo saben porque es un hecho que el amor en muchas parejas permanece —abrió de nuevo el micrófono y mientras hablaba quería que su voz llegara hasta Nora, y no sabía si ella estaría escuchándolo de nuevo, o ya estaría disfrutando de una nueva historia en la vida de otro hombre, de Rafael, o de Juan Carlos, qué importaba ya. Ella se tiene a sí misma, mientras yo estoy atado a esta cabina, a estas historias, a estos fingimientos—, el verdadero amor sólo lo logran aquellas parejas que se esfuerzan todas las veces por superar cualquier escollo, cualquier problema. En una relación de dos, ambos tienen que querer de la misma forma, con la misma intensidad, sostener la relación; sin embargo, eso dista mucho de lo que considero el amor ideal. Porque, para mí, el amor tiene que ser unidireccional o simplemente no es amor.

Hay relaciones que ni siquiera estaban destinadas a cruzarse, pero eso lo vas entendiendo con el paso de cada una de ellas, lo vives en carne propia, ¡cada quien hablará de acuerdo a como le fue en la feria! Cuarenta, cincuenta, sesenta relaciones de pareja después, debieron afirmar ciertos aspectos de nuestra conducta, pero lo más hermoso siempre será comportarse esperando que las cosas se resuelvan de la manera más azarosa posible. Dejarse llevar con la corriente; es lo que abunda, porque no somos capaces siquiera de prestar atención de quién es aquella persona que nos ha llamado la atención de manera especial, ¿o acaso me lo podrán negar? ¿Acaso no han fingido interés o desinterés en una relación de pareja? Con la experiencia uno necesita establecer principios que moldeen su vida. Díganme si no lo creen, díganme si eso no es también una verdad: los desapegos. Pueden llamarme al teléfono de cabina 646… ¡Cuéntenme sus historias!

—Acá tenemos la primera llamada de la noche…

Patricio atendía con mucha paciencia cada llamada. Y en cada historia que le contaban al aire, o con el teléfono en silencio mientras dejaba correr la música de su catálogo, siempre decidía que podía ser de él de quien hablaban aquellas personas.

Ya no era aquel jovenzuelo que solía caminar erguido presumiendo su altura y sus buenas nalgas. Después de los años, y el vicio, a los cincuenta años su cuerpo se ha encorvado.

“¡Hay que tener principios que regulen tu vida, tus actos!”, se decía siempre y a cada rato, pero en su fuero interno sabe que sus principios habían ido cambiando de un día para otro. Ya no era aquel jovenzuelo que solía caminar erguido presumiendo su altura y sus buenas nalgas. Después de los años, y el vicio, a los cincuenta años su cuerpo se ha encorvado. Y desde que comenzó a sentirse un mal amante, la mente se le había comenzado a desquiciar. ¡Nora! Nora había sido responsable por ello. La culpaba a veces. Fue incapaz de comprender. Tal vez sea que estoy demasiado preocupado. ¡Terminas demasiado rápido! ¡Me dejas a medias, eso no se vale, lo sabes bien! Ni siquiera a medias. ¡Terminas demasiado rápido!

Patricio no lo podía creer. Nora, Nora, ¿cómo pudiste hablarme de esa forma?

El saber hasta dónde se puede llegar, cuánto pueden permitirse sobre el tema de las relaciones de pareja, era algo de lo que ya podía hablar. Había decidido mudarse a la cabina de radio, vivir casi todo el día en la estación. Para los dueños era bueno, puesto que era muy limpio. Despidieron casi a todos y sólo se quedaron con Patricio y dos operadores más. Patricio estaba toda la noche, desde las diez de la noche hasta las ocho de la mañana. Por eso podía alagar todo lo que quería su programa que comenzaba a las once y terminaba a la una o dos de la mañana. En él las personas llamaban para contar sus historias de pareja. Patricio no les daba soluciones, sólo las escuchaba con tal atención que aquellas historias se mezclaban en su mente, como si de su propia vida se tratara. Se había convertido en el personaje principal de cada una de aquellas historias.

Ya conocen los números en cabina, si quieren llamar y darme su opinión, pueden hacerlo, ¡háganlo! Mientras tanto sigamos disfrutando de un poco de música, escuchemos a Almendra con “Muchacha ojos de papel”, y sigamos enamorándonos, que para eso somos criaturas de la noche, viajeros del insomnio.

Sabía muy bien de sus propios principios, y los tenía muy claros respecto a las relaciones de pareja. El principal de ellos era: “No voy a donde no me invitan”; el otro: “Me voy si me siento ajeno”. “Cuando sientas que te enamoras, hay que alejarse”. Y siempre los plantó como principio y fin de todo. Nora no los ignoraba, era simplemente que no les daba importancia.

Se conocieron en un festival de trova nueva a donde Nora había ido a leer poemas mientras un guitarrista ejecutaba. Morena, alta, de pechos prominentes, quizá para algunos algo regordeta; para Patricio, y muchos de gustos similares, Nora era una mujer atrabancada de carne para volver loco a cualquiera. Y Nora sabía el poder de su voz, de su mirada, del impulso sexual que desprendía en todos aquellos que la observaban. Lo supo a los trece años que las caderas se le ensancharon, y cuando aquellos pechos empezaron a crecer y crecer, sintió el vértigo de miradas que los hombres padecían. Les era casi imposible fingir que no querían verle las tetas. Por eso le agradó Patricio, en primera instancia, disfrutaba verlo luchar por no verse descubierto mirándole las tetas. Pero aquel locutor nocturno teorizaba demasiado.

Para Patricio, sin importar lo mucho que pudiera atraerle una mujer, le era indispensable reconocer que jamás accedería a buscarla, a menos que ella fuera quien se lo pidiera. Y eso ocurrió con Nora. Era claro que por su trabajo en la radio se le complicaba mantener relaciones estables como cualquier otra persona. En la alta noche son otras las criaturas que deambulan. En aquellas madrugadas las niñas de calzoncitos rosados, las que aún creen en el catecismo, ya se encuentran arropadas en casita. Mientras su papi ve las noticias, o mami les ha preguntado sobre las tareas que hay que entregar al día siguiente, ellas se han estado peinando, y se precipitan sobre las almohadas, leyendo los últimos mensajes que en las redes sociales, o por la mensajería instantánea, les han estado enviado. ¡Me voy a dormir! ¡Apáguenlo todo y buenas noches, dulces animalitos de la creación!

La noche se ha hecho para quienes se atreven a espantarse los miedos.

Pero aquellos fantasmas que se arriesgan a la noche, cuyo pelaje se confunde entre las sombras de la ciudad, que aúllan a la luna, revolotean por las paredes, o están de cacería: ¡A dónde vas, amigo! ¡Conoces a Rubén, me dijeron que vive por acá! ¡Voy en esa dirección, quieres que te alcance, súbete! ¡No, gracias, vengo de casa de mi novia, no se preocupe, ya mero pasa mi pesera! La noche se ha hecho para quienes se atreven a espantarse los miedos. Y ahí, en ese horario, desde las diez de la noche, es que Patricio toma el control de las consolas. Deja correr la música que más le gusta, programa aquella que pueda ser bailable, porque igual —y lo sabe bien— algunos estudiantes seguirán prendidos de la FM dejando que les acompañe mientras revisan los libros y las anotaciones antes de cada examen.

En una ciudad fronteriza, donde las empresas maquiladoras tienen tres turnos, la música que Patricio lanza inunda algunas oficinas de aquellos seres que necesitan los acordes y las letras de canciones de determinados artistas para no caer presas del cansancio; también le ocurre a los choferes que a esa hora siguen corriendo de una ciudad a otra, por las carreteras y caminos del estado, de cada población. La noche alcanza para todos, para aquellos que siguen atreviéndose y que la buscan. Y en esas condiciones, tener una pareja estable, mantener una relación que fuera creciendo, y pasarse sola las horas desde las diez hasta el amanecer, era algo que Patricio dejó de buscar.

Al principio Nora pudo ser el sol del amanecer para este noctámbulo. Y durante varias semanas probó a acomodarse a sus carnes. Nora disfrutó al principio, hasta que ya no quiso disfrutar. ¿Te veo al rato? ¡Estoy cansada, mejor otro día!, fue la primera vez que Nora se negó. Razón más que suficiente para que Patricio se desconociera. Luego ella le dijo con total claridad: ¡Cómo crees! Estoy ocupada. Y después se sinceró aún más: ¡Estoy esperando a un hombre! Fue cuando Patricio entendió que la historia de animal nocturno, de cazador de flores, de jardinero de la oscuridad, dejó de tener importancia. Los años se habían apretado en su cuerpo. Era verdad que Nora accedió a verlo, que ella comenzó buscándolo y ofreciendo cama y felaciones. Ahora era distinto. Patricio había insistido tanto por verla, y supo que era un amante derrotado.

—¡Terminas demasiado rápido! ¡Me dejas a medias! ¡No quiero verte más! Necesito un hombre de verdad, que pueda partirme a la mitad y me deje las piernas temblorosas.

Patricio la tenía en el recuerdo, la escuchaba aún enojada, más que enojada, la recordaba harta de él, de los hombres, de que le pidan explicaciones a sus necesidades. Detenido en la cabina apenas logra fantasear con el chico apuesto que alguna vez dividía sus horarios entre más de seis mujeres. Ahora sólo le quedaba ser el protagonista de las historias que los radioescuchas decidían contarle. Era justo. Ya no podía separar una historia propia de las historias contadas por los otros. Seguro Nora no había existido jamás. Lo que aquella mujer entrada en carnes le había escupido en la garganta, era la historia de algún pobre camarada que no podía con el insomnio. Creerlo era lo mejor.

Mientras se servía un poco de café, Patricio movía la cuchara recordando besos, sueños y palabras. La canción seguía girando, una canción como otras tantas, y Patricio soplaba el humo sobre la taza, no le gustaba quemarse con el café y aceptaba que no podría beberlo hasta que volviera a la cabina. Una cabina como cuarto de hotel, casa, madriguera, nido, refugio y tal vez escondite para mirarse envejecer, acurrucado en su derrota.

Adán Echeverría
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