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Tres poemas de C. A. Campos

lunes 6 de abril de 2020
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mariposas

captamos mucho y poco, desde aquí,
oímos plenamente pero nos cuesta escuchar,
sentimos una ramérica libertad
aunque también una exagerada soledad,
podemos medir con exactitud y precisión de cirujano
nuestra esperanza o desesperación,
nuestra altura o caída,
nuestra escasa sombra o magnitud,
gritamos a todo pulmón
para así estudiar con detenimiento
la invasión de lo público, la violación de lo privado
y, con audífonos de último modelo,
el curso de nuestro asmático aliento,
de nuestro eco/ego infantil,
experimentamos lo fugaz y el aislamiento,
lo inconmovible y lo audaz,
la paciencia y su locura o exigencia,
la sed, el hambre y la mala fe,
las ganas, entre comillas, de hacer el bien,
de desactivar el mal, de matar o matarnos,
cambiamos de ángulo y posición,
de antónimos y sinónimos,
de odios y amores, de gustos y valores
buscando el efecto o el defecto de la luz, de los ríos,
contaminados nosotros,
desde tiempos inmejorables, disculpen, inmemoriales,
de lo que se nos escapa de las manos,
de lo que no podemos poseer

 

sala de espera

el mundo se ha convertido en una sala de espera,
en donde, aislados, desinfectamos
y nos lavamos hasta hacernos daño,
como si finalmente hubiésemos entendido
lo que somos: un peligro, una infección,
en donde, no obstante,
hincándonos o arengándonos, rezando o meditando
buscamos del favor de los dioses,
para que no nos llamen nunca los uniformados

 

en cuarentena

la abuela hacía magia con sus manos,
la barriga me ensalmaba cuando me dolía
y el dolor en un abrir y cerrar de ojos
desaparecía,
y yo volvía a mis juegos con los chicos
de la vecindad nuevecito,
listo para otra partida,
listo para otro round

hace tiempo que la abuela nos dejó
aunque, si me sincero, yo hacía tiempo
que la había abandonado,
que me había convertido en otro
hijo de puta más del montón

nada para sorprenderse:
de árboles producimos más libros
que papel higiénico
y la vergüenza sólo sabe de persignarse
cuando la arrogancia le muestra sus tetas

pero qué suerte, no obstante, que la abuela
no vivió en los tiempos que quemaban
a las brujas,
de la que se salvó,
y qué bueno que no hayamos todavía
matado por completo a la magia,
de la idiotez que nos salvamos

aunque, desde luego,
yo no sepa un carajo de hacer magia,
menos de curar a nadie

C. A. Campos
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