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la educación del pequeño poncio y otros fracasos

lunes 11 de mayo de 2020
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time machine

a ese niño de ocho años
me gustaría volver a ver,
como lo estoy viendo ahora
o imaginando
que lo estoy viendo
mientras llora,
me gustaría volver a verlo
para verle,
para que no me vea

 

de caracoles

el vacío llenamos
para que no pese.
el vacío que pesa más que el agua
que cargábamos en la infancia,
cuando ella no llegaba a nosotros,
cuando teníamos que ir por ella
para limpiar y bañarnos,
para cocinar y saciar la sed,
echándonosla al hombro o la cabeza
cuando gozábamos de más fuerza
pero de menos recursos,
de más libertad
pero de menos seriedad.
lo llenamos de cachivaches
para que no pese.
vaciarlo es aterrador.

 

la educación del pequeño poncio

lo que más detestaba era ensuciarse las manos,
cuando ayudaba en el conuco
al abuelo y al tío en la eterna lucha
contra la mala yerba

se acuerda de que lo que más le alegraba
era cuando terminaban
y él corría a buscar del agua del pozo de la casa
para lavárselas con jabón de cuaba

 

chichiguas

en aquel entonces,
usábamos el muñeco de la mata como pega,
las varillas de la palma y el papel de colores,
que las tías nos traían,
para hacerlas

y, de hilo, sin la ayuda de una ariadna,
usábamos el cáñamo
o nos robábamos los zapatitos de nailon
de los recién nacidos,
deshaciéndolos a escondidas (avergonzados)

luego las corríamos descalzos
y a todo galope,
con el favor de los vientos,
usando, como pista de despegue, el callejón
y, como horizonte, los conucos
y el fogón, el tabaco de los abuelitos

sin alas, hoy en día, sin hechos ni derecho,
era así como volábamos,
como nos enviábamos cartas, amores
y mensajes

 

bolero cubano

y la promesa no era un monosílabo
o la respuesta,
no era un sí ni un no,
no era un puñetazo ni el beso prohibido,
menos un abrirse o cerrarse de puertas,
la que esperábamos
o de la que nos escondíamos,
la que corríamos hacia
o de la que nos mandábamos,
era, más bien, un quizás, un acaso,
un a lo mejor, un tal vez,
y no lo sabíamos, nunca lo supimos,
mientras jugábamos a desairar empates,
a perder o ganar,
nadie se ocupó de decírnoslo

C. A. Campos
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