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Poemas de c. a. campos

lunes 29 de junio de 2020
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viaje a las estrellas

avergonzado, no obstante agradecido,
ahora es que finalmente la escucho
hacer lo suyo,
40, casi 50 años después,
a la lluvia

no sé si volveré a escucharla otra vez
pero la estoy escuchando ahora:
¡eureka!

nos toma un, dos, tres años para hablar
y una vida acaso
(si se compagina bien)
para aprender a escuchar

no obstante, me inmiscuyo,
la verdad es que no sabemos quitarnos
del medio

cuidadosamente,
la aparo cual si fuese un pichón
y la amparo en mis manos temblorosas:
¡cómo me la creo!

a su delicada y elevada edad,
la lluvia empecinada sigue en aprender
a volar

 

fotosíntesis

descarriados, las hojas hacen lo que pueden
con el viento, con el ser humano.

a los árboles honran que las parieron
y sus ramas (cunas, mecedoras, ¿mejores brazos?)
regateando con el sol,
lidiando con los vahídos de las nubes,
con el eterno insomnio de la luna.

expertas trapecistas:
se la juegan a diario, la existencia,
hasta que caen por causa justa y necesaria,
sin honor y sin público.

sus primas, las perennes,
creo que las envidian.

 

desinfectante casero

la lluvia nos limpia la mirada.
trabaja en conjunto
con párpados y lágrima
para mitigar los efectos secundarios
de las manos,
de la noche y la luz,
del polen y los ruidos.
con su canción de cuna,
con su música de ascensor
(subir, aunque a veces bajar
sea mejor)
la lluvia nos pone a soñar
mientras trapea el mugriento
piso de la realidad.

 

el gran secreto

el verde llega desde afuera.
se reencuentra con el verde
de mi fuero interno: son viejos amigos.
se saludan y a la mesa
se sientan: es la hora del café.

uno de ellos trae el azúcar,
el otro el café
y yo pongo, sin interrumpirlos,
desde luego, todo lo demás:
casa, mesa, estufa,
greca, taza y música de fondo.
tal ha sido siempre el acuerdo.

se sientan y se cuentan, nada nuevo,
sus penas y alegrías,
sus diferencias y afinidades,
sus odios y amores,
sus miedos y esperanzas.

uno habla mal de los árboles,
siempre,
mientras que el otro
mal de los seres humanos.
tal debe ser el gran secreto,
ahora que lo pienso,
de su próspera y continua amistad.

 

inti, dios de los incas

para que me ausculta,
me ayuda con mi mal,
me pongo al sol como los gallos,
me tiendo como ropa mojada

para que el frío espanta, el tedio
y ahuyenta las arañas,
los murciélagos de mis cuevas
hago de árbol
y me pongo al sol sin gafas,
sin protector,
dejo que me interroga

para mejorar, salvarse
hay que jugarse la vida

C. A. Campos
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