“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Terpsis, de Lubio Cardozo
(selección)

miércoles 15 de diciembre de 2021
Lubio Cardozo
Lubio Cardozo (1938-2021).

El 22 de noviembre falleció en Mérida, a los 83 años, el escritor venezolano Lubio Cardozo. Colaborador de Letralia desde 1999, deja una vasta obra poética y ensayística que da cuenta de su preocupación por el lenguaje y su permanente maravilla ante el mundo. Hoy lo recordamos con tres de los poemas en prosa que conforman su último libro.


“Terpsis”, de Lubio Cardozo
Terpsis, de Lubio Cardozo (Fundecem, 2021).

Terpsis
Lubio Cardozo
Poesía
Fundecem
Mérida (Venezuela), 2021
36 páginas

Lugar del Paraíso

No se sitúa el Paraíso en el lugar aquel, más allá de la frontera entre el día azul y la noche invisible. No es espacio la naturaleza del Paraíso sino tiempo. Paraje si se quiere, pero hecho de horas, de días, de momentos, tal vez de años, siempre fugitivos, etéreos, inaprehensibles, infijables, inatrapables más allá del rito de la plúmea existencia. Habitamos por mucho tiempo un apartamento, una casa, una ciudad, una aldea bañados por la opaca luz de lo cotidiano, de lo rutinario. Y un día de pronto allí ábrese la anaranjada flor del Paraíso. Raros espacios solares por cuanto su luminosidad pareciera diferente o mezclada con la imaginación y el sueño. Aparece casi sin darnos cuenta la reconciliación con el mundo. A veces no nos percatamos sino si se quiere detener, perpetuar el éxtasis, mas por lo general ello sucede en el decline de ese pequeño sol cual lámpara del dulce recinto. Y se apaga. El lugar queda, lo insólito ha desaparecido. Adiós, Paraíso, dejaste la nostalgia y la rabia por la fugacidad de las cosas.

 

El balcón

Quien es dueño de un balcón vive como en un globo suspendido sobre la ciudad; contempla la gente con el amor merecido por todos quienes vamos en el barco del tiempo, con el anhelo de la dicha y el dolor cierto. Cuando se tiene un balcón se es también amo de los ensueños del atardecer, del aire; del azul una porción de cielo y de una civilizada ración de sol. Cual una alfombra mágica resulta al fin y al cabo el balcón, bajo la luminosidad rápido florecen los jardines del espíritu; a través de los ojos la luz entra e ilumina nuestro corazón, caliente tenuemente la sangre, las fuerzas tórnanse optimistas. Cuando un balcón nos pertenece, de día somos amigos de las aves, zamuros, raudos pájaros; las golondrinas anuncian la tarde; al ocultarse paulatino el sol arriban los nuevos visitantes, los murciélagos, los búhos, las estrellas, la luna y sobre todo la maravillosa señora noche. Si la suerte nos regala un balcón, por sus ventanas abiertas se introducirá la brisa mientras dormimos, y ella se transforma en caballos de los sueños para viajar juntos por ese país insólito de los desordenados registros memoriales de la oniria. En la temprana mañana por el balcón entra el pájaro matutino de la vida cotidiana y nos despierta. Al levantarnos volamos al balcón a contemplar de nuevo esa magnífica dádiva del azar: el mundo.

 

La barca de Caronte

Poco antes de morir un guaraúno sueña durante sus últimas largas noches con manatíes, cunaguaros, serpientes grandes de los ríos, papagayos, valga decir con sus cotidianos compañeros de la aventura terrena. Ellos representan sus vivencias, sus emociones y recuerdos existenciales dentro del mundo mágico del Delta del Orinoco. Así mismo aparecerán en nuestros sueños agónicos los seres queridos, quienes compartieron con nosotros la dulzura y los dolores del deambular térreo. A la orilla de nuestra muerte esperándonos permanece la barca. Allí aguardan ellos, las imágenes de personas, animales, cosas; también quienes llegaron al corazón por la vía de los libros, Homero, Platón, Virgilio, Petrarca, Garcilaso, Góngora, Bello, Manuel Díaz Rodríguez; las amadas dormidas en la memoria; no faltarán el perro, el gato, el canario; los árboles estimados como personas, el tamarindo aquel al cual vimos crecer después de sembrarlo con manos patriarcales, los araguaneyes, los apamates con sus flores de amatista. Todo cabe en la barca por cuanto todo se irá con nosotros, igual a los entierros egipcios o incaicos mas solo aquí no los objetos reales, corpóreos, los cuales la tierra algún día albergará como despojos testimoniales, sino todo cuanto fue carne del espíritu, sueños, recuerdos, anhelos, vivencias modeladoras del alma. Y zarpará la pequeña barca, en ella no habrá aflicción ni lágrimas. ¡¿Por qué!? Sólo aquiescencia, tranquilidad. Atrás ha quedado la tierra del dolor.

Lubio Cardozo
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