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Aginecia III: El dios de las circunstancias

viernes 29 de abril de 2022

En virtud de una metafísica psicótica, advierte
que los hombres encarnan injusticias y pugnas superiores a sí,
de las que no comprenden gran cosa.
Y escribe:
Si hablo en las lenguas de los hombres, en las de los ángeles,
pero no tengo mujer, soy como cobre que resuena
o como címbalo que tintinea.
Y si poseo la profecía y conozco todos los misterios
y toda la gnosis y tengo toda la ideología necesaria
para mover montañas,
pero en cambio no tengo mujer, nada soy.
Y si reparto todas mis pertenencias y entrego mi cuerpo
para que arda, pero no he tenido mujer,
no me sirve para nada.
La mujer es paciente, es honrada la mujer,
no emula, no se vanagloria, no se ensoberbece,
no obra torpemente, no busca lo que es suyo, no se irrita,
no concibe nada malo, no se alegra de la injusticia,
se congratula de la verdad, todo lo sufre, todo lo cree,
todo lo espera, todo lo soporta.
La mujer nunca sucumbe: se desecharán
las profecías; las lenguas callarán; la ciencia
cesará. Porque conocemos a medias
y a medias profetizamos. Pero cuando llegue lo perfecto,
se desechará lo imperfecto. Cuando era niño,
hablaba como un niño, sentía como un niño,
razonaba como un niño. Cuando me hice hombre,
deseché lo que era propio del niño.
Es verdad que ahora vemos borroso
a través del espejo, pero luego veremos cara a cara.
Ahora conozco a medias: entonces conoceré como fui conocido
por mi madre.
Ahora están la ideología, la política y la mujer, las tres:
la mejor de todas es la mujer.
1
Y, suplicante al trasgo de la realidad, se arrodilla,
ahogado de los días,
junto a la cama, a rezar nuevo cristiano la oración
del padre nuestro.
O retiene mal que bien un nudo de sollozos
por la calle
hasta llegar a casa
y a su paso un perro aúlla como único vestigio.
Embiste largamente contra esfinges metálicas que le expelen,
otra vez,
al cabo de cinco años,
hacia colmenas mullidas y oleosas, en cuyas celdas
devora a cierto precio, devorado,
penetra penetrado,
rebasa los límites del gratuito albedrío de un cuerpo
cediendo los propios.
Comprado comprador, cucaracha cíclica.
ya ha cejado en sus empeños límpidos.
Ha renunciado a la libre voluntad de las mujeres,
remolino mistérico que Numenio2 velaría
y al que cierra los ojos insectos.
Se hace venero de besos para una americana de Machala,
noble como el castaño,
que le cuesta una décima parte de su mensualidad.
La Insinuación puede legislar entre ciudadanos
sólo si se merca su reverso en las periferias,
donde la mujer se muestra pura, ella misma,
a pesar de la degradación,
que en verdad es incapaz de macularla.
En la última copa del Barça
colguen les gents amb alegria festes,3
cuando, animal perdido, se aparta del último corro,
No acierta a entenderse por el móvil con la suministradora
del angry fix4 somático y lo acarrea
hasta casa un metro sucio de jaleo.
Se descubre solo en la infinitud tras el último chute
en calle Pacífic, cuando creía haber descorrido de su mente
la última hipocresía y se veía satisfecho comprador de cuerpos.
Ese consumo de esclavitud debería penarse con cárcel,
murmuraba con delicia.
Pero la esclavitud como la igualación ideológica
sólo arroja nuevas luces sobre el mismo fondo.
Débora llena el segundo condón de saliva mientras chupa
tras correrse bocabajo en la cama
con las manos apoyadas en el suelo.
Gustosa le ha dado gratis su voluntad de mujer
(de la que él ya había desistido, si no era pagada),
y sólo le vende su físico.
Cliente burlado en el producto que venía a buscar,
Engañado por una especie de amante mercenaria,
pero complacida,
a la cual hubiera preferido en ese equilibrio de cuarzo, profesional,
de la puta que goza, voluntariamente, tras vender su libre arbitrio.
Pero antes de que pueda agradecer el poroso regalo
reconoce en él la batuta del dios de la realidad,
que le ha infestado con vago malestar de clamidia
o gonorrea.
También de “la mera Habana”, como Débora,
había sido su anhelo por la oriental,
oriunda de Holguín,
que invitó a comer y no podía seducir por sí mismo,
Mientras se negaba jinetera.
Un taxi arrebatado lo llevó hasta el umbral descantillado de su casa,
calle Ánimas,
del que se levantó por cien euros
para ser prisionera una noche, de un solo coito,
que la libido angustiada de él concluyó precozmente.
Ella había sonreído dándole un segundo lo que pagaba,
el consentimiento de su alma,
cuando las Circunstancias lo precipitaron a destiempo.
Arismeidis no aceptó una segunda vez.
Miseria, ignominia, indignidad
son también dulces recuerdos.
Y único presente, que revivo
en su Ewige Wiederkunft.5
No te dé miedo perder la Dignidad,
no seas tan burgués.
Que cualquier otra emoción te resguarde o te pierda,
pero no ese instinto hollywoodiense de La Casa de los Rothschild.6
Desea y merece la muerte de gadafi
por haber soñado alguna vez con un harén
que te resarza de tu represión.
Gánate un linchamiento moral como strausskan,
socialmente incestuoso.
La nefralgia afiebrada te persuade de haber sido
el absurdo amigo de un amigo que viajó a Londres
a hallar al acaso una joven conocida en la Barceloneta
dos minutos.
Y sólo se trajo incrustado en una sien el parecido lejano
de otra muchacha escorada,
que fue por necesidad
—lo sabes él-tú, lo sabe vuestro amigo—
ontológica y sensorialmente la misma.
Lo sabe incluso ella.
Un transer común.
¿Has visto esas black shapes7 lánguidas
en el tren que va camino de La Garriga
entre campos como han cultivado sus hermanos
no hace mucho?
Aún llenos de felina sensualidad cremosa, civilizada y ctónica
no procuran ya juntar su piel a la acuosa
de las vedadas ciudadanas de raíz, irreconociblemente tentadas
de sano deseo.
Han alcanzado ellos una indefinida mirada en absoluto terrenal,
que te gustaría tener.
Te has atrevido a exponer técnica y brevemente
tus privaciones
a tu médico de cabecera
mientras te tramitaba las pruebas venéreas.
Se ha afilado la nariz embarazado y desentendido.
Recuerdas ahora centenares de euros en charlas
pseudo-analíticas
que te adoctrinaban sobre la reverberada pagoda de la Insinuación.
Lo más que te has aproximado a Anna Freud o Goleman
ha sido en el sumido campo de batalla de la cama8
cada vez que ambicionabas
la inexistencia retroactiva
de tus generaciones previas.

 

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Notas

  1. Palmaria adaptación de una carta de san Pablo.
  2. Se trata de Numenio de Apamea, a partir de una cita de Boccaccio.
  3. Cita de Ausiàs March.
  4. Cita de Allen Ginsberg. Se da a entender que la prostitución afecta como el síndrome de abstinencia.
  5. Aquello del Eterno retorno, de Nietzsche.
  6. Película de los años treinta en que se exalta la Dignidad de modo premonitorio respecto del valor que adquiriría en la Declaración de los Derechos Humanos, de 1948, tras el holocausto.
  7. Es una cita de alguna obra de Joseph Conrad.
  8. Cita de Garcilaso de la Vega.